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¿Hay paz en El Salvador?

Ellos le dirán que no hay paz, que los acuerdos no sirvieron de nada y que han escuchado de sus padres o abuelos que antes, aun en medio del conflicto, se vivía más tranquilo.
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De cuentos y cuentas

¿Hay paz en El Salvador? La respuesta depende de a quién se le haga la pregunta. Si me pregunta a mí, los Acuerdos de Paz sí han sido un gran paso, uno enorme, importantísimo, pero la firma de un documento no iba a garantizarnos tener, de un día para otro, el país ideal.

La firma de ese documento determinó las condiciones del cese al fuego, de la desarticulación de los cuerpos de seguridad, de cómo la hasta entonces guerrilla se integraría a la vida política. No pretendía ser, y por supuesto no lo fue, una fórmula mágica para que desaparecieran los problemas que de hecho generaron el conflicto, problemas tan complejos y enraizados como la pobreza, la desigualdad y la exclusión.

La firma de los Acuerdos de Paz marcaron apenas el inicio. Ya sin conflicto armado podríamos comenzar a preocuparnos por reconstruir, por mejorar nuestra democracia, por hacer que el país creciera de forma inclusiva y sostenible, y tratar de no repetir los horrores del conflicto.

Las personas de mayor edad pueden dar fe de las libertades individuales y políticas que se ganaron tras el conflicto. Quedaron atrás las historias de elecciones en las que de nada valía el esfuerzo de ir a votar en medio de las balas si después simplemente se iba la luz y desaparecían urnas, o las anécdotas de no poder decir en voz alta lo que se pensaba, tener que enterrar libros y discos, los cateos y los retenes, el temer cuando aparecía la Guardia, el miedo de los jóvenes de ser reclutados...

Pero si usted le pregunta a nuestros jóvenes, la historia será diferente. Ellos le dirán que no hay paz, que los acuerdos no sirvieron de nada y que han escuchado de sus padres o abuelos que antes, aun en medio del conflicto, se vivía más tranquilo.

Estos niños, adolescentes, jóvenes que nacieron después del final de la guerra reclaman y sufren un ambiente de violencia que nos ha llevado a tener territorios controlados por grupos delincuenciales, a temer caminar solos por la noche, a ejecutar una serie de rituales para viajar en bus –desde no portar prendas llamativas o valiosas hasta ver dónde pararse o sentarse–, a haber sufrido más de algún asalto en la vida...

Y en el caso de los niños y jóvenes de zonas en riesgo, la amenaza constante de poder ser reclutado por la pandilla, no hacer enojar a la mara que controla el área en la que viven y no poder pasar por los lugares bajo el dominio de la pandilla rival son parte de su cotidianidad.

¿Cuál de las dos es la respuesta correcta? Diría que ambas. Los Acuerdos de Paz, que se firmaron hace ya un cuarto de siglo, fueron una solución a la que tomó muchos años llegar para una problemática que aquejaba al país en ese momento: la guerra civil. La actual situación de inseguridad y violencia tuvo su caldo de cultivo en el abandono de comunidades completas, en la exclusión y la pobreza, en la falta de oportunidades, que son problemas que aún persisten y que se deben corregir.

Pero pretender que por lo que ahora vivimos pierde mérito todo lo que costó e implicó la firma de aquellos acuerdos es ignorar una parte vital de nuestra historia, es un insulto para todos los que perdieron su vida durante ese período y una falta de reconocimiento de los cambios para bien que se dieron tras la firma.

En nuestros tiempos confluyen retos del pasado, problemas presentes y amenazas futuras. Ver hacia atrás debería ser un imperativo para determinar mejor la ruta que se debe tomar, no una excusa para que los rencores y divisiones de esa época nos impidan tener un mismo objetivo de país.

La paz se firmó y nos marcó no un final, sino un punto de partida. ¿Queremos verdadera paz? Nos toca a todos abonar por conseguirla, desde nuestro comportamiento individual hasta la forma en la que elegimos y exigimos a nuestros políticos.

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