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Herederos de Malinche

Y es peor creerse superior por un par de documentos que respalden nuestra presencia en este pedazo de Norteamérica. Decir que todos los salvadoreños indocumentados son mareros y violadores que vienen a vivir de las ayudas del Estado es una generalización injusta.
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El jueves 16 de febrero será recordado siempre por la comunidad latinoamericana que vive en Estados Unidos. Esta vez, las redes sociales sí sirvieron como vehículo para hacer ciudadanía. La huelga “Un día sin inmigrantes” fue apoyada por trabajadores y patronos –entre ellos miles de salvadoreños–, con el objetivo de dejar claro que la relación de dependencia entre este país y sus migrantes (de las nacionalidades que sean) es mutua.

Las escuelas despobladas, cocinas apagadas, tiendas cerradas, construcciones detenidas y protestas en diferentes ciudades fueron un mensaje contundente sobre lo que puede hacer ese sector de la sociedad estadounidense que casi siempre es visto con desprecio. Y aunque al cierre de esta columna aún no haya datos precisos sobre el impacto económico que esta medida ocasionó, lo cierto es que sirvió para demostrar que la comunidad inmigrante está dispuesta a luchar por ser tratada con dignidad. Y esa lucha, al menos hasta ahora, ha estado alejada de la violencia y el vandalismo.

Este jueves también se pudo conocer aquellos que no creen que la búsqueda del respeto y un trato digno sea una causa por la que valga la pena manifestarse. Incluso algunos, entre ellos un buen número de compatriotas, han criticado esta medida y a quienes la hemos apoyado. Varios se han jactado en redes sociales de apoyar las iniciativas de Trump, porque creen que solo expulsando a sus mismos hermanos podrán hacer a “América (Estados Unidos) grande”. Se enorgullecen de comentar que son “Green card holders” (residentes permanentes) o ciudadanos naturalizados y que por ello deben ayudar a defender a su nuevo país.

No puedo evitar recordar a Malinche, a quien concebimos en Centroamérica y México como la encarnación de la traición a los orígenes. Sí, es cierto que a la luz de la historia es posible debatir esta concepción, pero por ahora vale quedarse con lo que su nombre significa para nuestra tradición oral. Malintzin, la intérprete y amante del conquistador Hernán Cortés, sirvió de intermediaria y favoreció a los extranjeros por sobre sus hermanos de sangre. Los traicionó.

Es reprochable despreciar a aquellos que vienen del mismo lugar que nosotros. Y es peor creerse superior por un par de documentos que respalden nuestra presencia en este pedazo de Norteamérica. Decir que todos los salvadoreños indocumentados son mareros y violadores que vienen a vivir de las ayudas del Estado es una generalización injusta.

Cuando la hacemos, negamos a todos esos niños que huyen de ser asesinados por pandillas y policías, a adolescentes que se arriesgan a ser violadas y comercializadas en el camino con tal de escapar de una realidad que las pone en peligro a cada minuto, a padres desesperados que prefieren desaparecer en la ruta antes que permitir que sus dependientes languidezcan de hambre. Los salvadoreños que delinquen son tan pocos que usarlos como argumento para rechazar a todos los demás es un insulto a la inteligencia. Y es todavía más insultante que el que los use sea otro salvadoreño.

Los documentos no transforman el ADN. Por mucho que alguien quiera rechazar su origen, seguirá prendido del cordón umbilical a la tierra que lo parió. Menospreciar a nuestros connacionales es traicionar nuestra sangre. Qué pena que la peor zancadilla para un salvadoreño sea otro salvadoreño con la cabeza llena de humo.

Pero por muchas Malinche que broten, la comunidad ha demostrado estar dispuesta a hacerse escuchar y respetar. Porque su trabajo, que contribuye al funcionamiento de esta sociedad merece ser reconocido.

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