Herencia literaria en la narrativa

América Latina estaba por descubrir algo más valioso que el pan, la tortilla y los postres. Ese hallazgo es, para mí, el mérito del llamado “boom”: universalizar la presencia de un maravilloso continente rico en valores humanos.
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A mediados de mayo de 2015 salió en Argentina el libro “Cortázar en Solentiname”, coordinado por el poeta argentino Jorge Boccanera y el nicaragüense Sergio Ramírez, en el que participan varios autores de la Red Internacional de Escritores por la Tierra, en el que tuve el honor de participar con el trabajo “Mi Julio Cortázar”. Se trata de un homenaje a este gran argentino que en época difíciles para Centroamérica viajó al archipiélago Solentiname, formado por 36 islas, en el gran lago “Cocibolca” o “Nicaragua”. El libro arriba mencionado se publicó en memoria del escritor argentino Julio Cortázar (1914-1984).

Años antes, en el año de su muerte, se publicó otro libro en el que también escribimos escritores centroamericanos junto a otros autores de América Latina que habíamos conocido al autor Julio Cortázar en su paso desde Costa Rica hacia Solentiname, Nicaragua. Esa obra es “Queremos tanto a Julio”, título basado en un libro del argentino francés titulado “Queremos tanto a Glenda”.

Las islas de Solentiname se hicieron famosas por la presencia de una comuna contemplativa de poetas fundada por el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal en 1966. La visita al archipiélago de Julio Cortázar, que vivió muchos años en París, causó mucha expectativa pues se trataba de un fundador del “boom” de literatura latinoamericana: por sus cuentos y su novela “Rayuela”. El viaje desde Europa a una zona del trópico, además con una dictadura del general Anastasio Somoza, fue considerado como una proeza que le dio gran cobertura internacional a Nicaragua luchando en ese tiempo por derrocar una dictadura que llevaba 45 años. Tratándose de un escritor muy querido y admirado la visita creó mucha expectativa, pues se trataba de alguien que colocó en primer plano mundial a una narrativa que en esos momentos en Francia, centro de cultura universal, se estaba hablando de la muerte de la novela. De modo que mientras la ficción literaria “moría” para los europeos, Latinoamérica daba a luz una narrativa, con un segundo abanderado: Gabriel García Márquez.

Con Márquez y Cortázar el Sur del continente, que décadas antes produjo grandes novelas (Jorge Isaacs, Rómulo Gallegos, Hugo Wast, Eustasio Rivera, Vargas Vila), sin lograr proyectarse planetariamente, porque más se nos reconocía como productores de materia prima o de golosinas (bananos, café, azúcar, cacao). Además se nos atribuía ser geografía de selvas, de barbarie, de dictaduras (Trujillo, Martínez, Ubico, Somoza, Stroesner, etc.). Sin embargo, América Latina estaba por descubrir algo más valioso que el pan, la tortilla y los postres. Ese hallazgo es, para mí, el mérito del llamado “boom”: universalizar la presencia de un maravilloso continente rico en valores humanos, y se proyectó a una cultura planetaria (como lo muestran las traducciones en decenas de idiomas, incluyendo premios Nobel.

Pero Cortázar quiso algo más, las zonas más profundas del Sur, desde su París de exilio y residencia. Atraído por la vida centroamericana, en países marginados, soleados, de dictaduras y guerras y de ambiente insalubre y pobrezas. Después de su viaje escribió varios trabajos que dieron a conocer el archipiélago de Solentiname y, con ello a una Nicaragua y Centroamérica de intensas tragedias políticas. Se trató de una visita clandestina, por lugares inhóspitos pero de naturaleza paradisíaca. Caminó por bosques húmedos, conoció los ríos torrentosos de Costa Rica, hasta llegar al Gran Lago de Nicaragua donde se embarcó hacia una isla en ese momento productora de poemas y poetas bajo el patrocinio de Ernesto Cardenal, propietario de una de esas islas de Solentiname.

Esta mística de un gran escritor que llegaba desde Europa hasta la periferia de Suramérica, me impulsó a entrar de la poesía a la narrativa. Tenía 28 años cuando decidí escribir mi primera novela, publicada dos años después en Argentina. ¿Cómo hacer si nunca estuvo en mis planes ser un narrador? Este dilema se me presentó en la misma época que ya en Centroamérica estábamos leyendo “Rayuela”, obra en la que descubrí la posibilidad de acortar distancia entre narración y poesía, un aprendizaje sobre cómo combinar ambos géneros. Para consolidar mis aspiraciones decidí adoptar como guía a ese maestro de la prosa contemporánea y, a la vez, me permitía incursionar en la técnica narrativa.

Esa novela fue “El Valle de las Hamacas”, obra que tiene como puerta de entrada un epígrafe de Julio Cortázar. Nada más puse sus iniciales: J. C. al pie. Dice: “Todo eso fue ayer, todo eso estaba sucediendo ahí, un poco más allá de ese horizonte plateado y purpúreo”. Pareciera increíble que un escritor que trabajó tantas páginas de ficción me iluminara con diecinueve palabras para hacer incidir valores poéticos en la narrativa.

Como escritor, adoptar aquel epígrafe de Julio Cortázar fue como hacerme acompañar de mi nahual, (el duende de la buena suerte en la geografía Mesoamericana), por esos territorios plenos de paisajes y horizontes purpúreos y plateados. Y por mi cuenta descubrí que la sola realidad nuestra es una novela viva.

Tengo una foto acompañado del maestro de ese único encuentro; además, con los poetas Pablo Antonio Cuadra y Ernesto Cardenal, tomada en Costa Rica. Ese encuentro más la lectura de toda su obra fue suficiente, la afinidad con el maestro argentino ya se había anudado para dar continuidad a mi obra narrativa.

Esa es mi herencia cortazariana, suficiente para asegurarme como escritor de realidades noveladas, que no significa aislarse del potencial invaluable de la palabra poética. La clave está en la obra “Rayuela”, en sus cuentos, una escuela de poesía, musicalidad, ternura y misterio de la cotidianidad.

Recuerdo ese encuentro: le hice mención a Cortázar del epígrafe El Valle de las Hamacas: “Julio, he leído que la crítica clasifica a ‘Rayuela’ como una obra surrealista o existencialista, y en el caso de mi novela está considerada como realista; pero fue el epígrafe tuyo que me abrió el camino ¿cómo podríamos explicarlo?” Me respondió de inmediato y breve. “Porque somos personas que trabajamos arte y literatura, nunca exento de horror y humanidad donde todo lo real parecieran irrealidades”

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