Historias sin Cuento

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Álbum de libélulas (117)

958. MI DEUDA CON DON ENRIQUE 

Enrique Larreta, el célebre y olvidado novelista y poeta argentino, me ha seguido a lo largo del tiempo, como una sombra iluminadora. Y digo “me ha seguido” en vez de decir “lo he seguido” porque anímicamente es así. Allá, en la resplandeciente mañana del 2 de diciembre de 1959, adquirí el volumen de las “Obras Completas” de don Enrique, en la Librería Cervantes, a media cuadra del Parquecito San José. Aún existía la iglesia en su costado norte. Me dirigí hacia ahí, con el volumen empastado en cuero rojo, y le di gracias a Dios por el regalo. Lo abrí al azar. Ahí estaba el signo, en la carta que le sirve de prólogo a la obra teatral “Pasión de Roma”, fechada en París en 1915 y dirigida a Mauricio Barrés (un siglo, shhh): “Nada vale tanto, usted lo sabe, como en un día de sol cegador, la tenebrosa frescura de una iglesia castellana”. Mensaje recibido. Mensaje compartido. Mensaje inmemorial.

959. JUEGOS DEL TIEMPO

Frente al Mercado Central de San Salvador y a media cuadra hacia el sur del Palacio Nacional está la Librería Navas, de don Manuel Navas, que se halla siempre sentado en su escritorio, ubicado en el extremo izquierdo del pequeño local rebosante de volúmenes. Don Manuel sonríe poco, pero orienta bien. El colegio en el que estudio se halla ubicado a muy poca distancia de ahí, sobre la 8ª. Calle Poniente: la librería Navas me queda, pues, al alcance de la mano. Paso con frecuencia frente a su vitrina y entro las más de las veces. Los libros que busco en primer término están detrás de una división de cuerpo entero. Son las novelas de Hugo Wast, el novelista argentino más popular de aquellos años. “Novia de Vacaciones”, “Valle Negro”, “Lo que Dios ha Unido”… ¿Quién las recuerda hoy? Don Manuel, desde su lejanía sideral, hace un guiño. Nos entendemos, como siempre.

960. HOMENAJE PÓSTUMO

Tía Mercy fue siempre el dínamo familiar. De avanzada desde el principio de la vida, estuvo dispuesta en cualquier circunstancia a aliarse con el avance de los tiempos. Aun en su propio nombre. La asentaron como Mercedes. Luego fue Mechitas. Pasó después a Meches. Y un dijo dispuso que le dijeran Mercy. En uno de mis viajes al Norte pensé llevarle una prenda de vestir que fuera de su agrado. Aquella bata de casa en tejido sedoso y con variedad de colores florales. “¡Me encanta!”, me dijo en cuanto la recibió. Yo la visitaba con frecuencia por las tardes, porque me gustaba conversar con ella y saborear sus tés incomparables. Curiosamente nunca la vi vestida con la bata que recibió con tanto entusiasmo. Un día de tantos, un infarto masivo la dejó inmóvil. Cuando me asomé a su caja descubrí que estaba vestida con la prenda. La persona que la cuidaba me explicó: “Ella quería su bata para irse con ella. Me encargó que se lo explicara con toda su gratitud…”

961. AUTOGESTIÓN

Todas las casas de los alrededores tenían jardín. Lo que variaba era el tamaño de los jardines, que dependía más de la antigüedad de las posesiones que de la condición económica de los dueños actuales. Y aquella vivienda ubicada en uno de los extremos de la colonia, justo en el borde de la quebrada profunda, era la muestra viva de ello. Un caserón en ruinas con espacio muy amplio alrededor. Los moradores visibles vivían ahí porque los dueños reales carecían de familia, estaban en total decadencia física, y ellos, sus servidores inmediatos, los cuidaban. Dizque, porque en verdad los dueños permanecían en el sótano y los cuidadores eran los dueños de casa. ¿Quién se ocupaba entonces del jardín? Pregunta ingenua. El jardín había aprendido a cuidarse a sí mismo, y por eso era el más floreciente del entorno.

962. PARÁBOLA DE LA BIENVENIDA

De pronto pensó: “¿En qué siglo estoy?” No era una pregunta inoficiosa, porque lo que le rodeaba era una combinación de señales provenientes de muchas épocas, algunas muy antiguas y otras muy próximas. Se acomodó en su diván favorito y cerró los ojos. Estaba habituado a convocar a los espíritus en esa forma. Pero ese día los espíritus parecían gozar de asueto, porque no se dejaban sentir en los alrededores. Sin abrir los ojos se incorporó y comenzó a caminar. Su guía era el aire. Y aunque por primera vez lo hacía, sintió que esa era su forma natural de desplazarse. De pronto, la pregunta que acababa de hacerse tenía respuesta espontánea: “Estoy en el Siglo de las Luces”. Sonrió. Sí, en el siglo de las verdaderas luces, en la intimidad del tiempo sideral, a un paso de la mansión de los espíritus, que lo aguardaban ahí adentro, con todas las luces encendidas…

963. CERRADO POR VACACIONES

Leyó el rótulo: “Cerrado por vacaciones”. Y en ese mismo instante se sintió como un peregrino ilusionado que se extravía de pronto en una llanura desértica. Permaneció unos instantes frente al rótulo, como si no entendiera su sencillo mensaje, y luego se fue alejando sin rumbo hacia los alrededores. Cuando estuvo frente a aquella clínica para dolencias cardíacas entró sin pensarlo dos veces. “¿Quiere cita, señor?” “Lo único que quiero es hacerle una pregunta a algún especialista”. “Eso sólo puede hacerse por cita. El doctor Mendoza está disponible en este momento. ¿Quiere cita?” Pasó. El doctor lo observó de pies a cabeza. “Vuelva a la tienda a ocupar su lugar”. “Está cerrada por vacaciones. Siento que mi corazón no resiste ser un maniquí ambulante. Me escapé anoche y no hallo que hacer…” “Le podemos dar asilo en el desván. ¿Se anima?...”

964. LECCIÓN EN SOLITARIO

El profesor de meteorología de punta llegó aquel día al aula con el ánimo decaído. Se le notaba sobre todo en los movimientos casuales. Los estudiantes, que se hallaban en las últimas fases de la carrera, estaban preparándose anímicamente para las vacaciones largas, en las que los que ya trabajaban tendrían un respiro y los que aún no lo hacían podrían despedirse de la cómoda dependencia familiar. El profesor emprendió su lección del día casi en aura ceremonial: “El tiempo no quiere saber nada de nosotros, y estamos entrando en la categoría de huérfanos siderales. ¿Qué les parece si salimos a caminar por las arboledas vecinas? Tenemos que reconciliarnos con el aire y con la luz…” Nadie se movió. “Eso lo vamos a hacer en vacaciones”, pensaron todos. Y entonces el profesor se levantó y salió del aula. Lloraba como un profeta menospreciado.

965. FICCIÓN PARA INCONFORMES

El jurado se había retirado a deliberar, y todos los presentes estaban a la expectativa, salvo el acusado, que medio reclinado en su asiento parecía a punto de dormirse. Volvió el jurado y se leyó la sentencia. “Inocente”. El acusado hizo un gesto de resignación: “Me lo temía”. Y se durmió de inmediato.

966. FINAL CON LUCIDEZ

Luis XVI, que tenía fama de hombre de escasas luces, se lució con su comentario final: “No voy a permitir que la guillotina me haga perder la cabeza”

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