Historias sin Cuento

EL CAPITÁN Y LA SIRENA
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Eran una pareja estable que desde hacía algún tiempo se hallaba incómoda en su actual estado, porque cada uno sin decirlo quería probar de alguna manera el tránsito hacia la propia felicidad. No encontraban señales orientadoras y por eso seguían en la vida de siempre, como si nada.

Aquella tarde hacían tertulia de amigos en el restorán con mirador que daba hacia la ciudad, su volcán y sus lejanías. Como en toda tertulia semejante, la confianza entusiasta con gran facilidad se convertía en estridencia. Y los traguitos iban haciendo lo suyo. Él y ella estaban sentados uno frente al otro, conversando con los vecinos de asiento. El paisaje les quedaba a un lado, y para observarlo tenían que girar la cabeza, él hacia la izquierda y ella hacia la derecha. El cielo iba nublándose, pero sin amenaza de chubasco inminente.

Un pájaro de plumaje blanquecino y casi fosforescente, como si hubiera escapado de un cuento de hadas, comenzó a volar en círculos muy cerca del espacio de visibilidad abierta, pero nadie pareció percatarse de ello. El cielo se nublaba cada vez más, y ahora sí ya había inminencia de lluvia, con envío de primeras gotas, gruesas y chispeantes. En un giro sin propósito, ella advirtió que el pájaro y la lluvia se hacían sentir. Le hizo a él un gesto para que viera hacia afuera. Y lo que se dijeron a continuación tuvo calidad de susurro, inteligible a pesar del bullicio imperante:

—Hora de irnos, ¿verdad?

—Estaría feliz de hacerlo. Ya me aburrí.

—¿Viste ese pájaro?

—¿Cuál?

—Ahí viene. Mirá.

—Lo que veo son gotas que caen… ¡Ah, sí, viene a ponerse sobre tu hombro! ¡Espantalo!

—Si lo hago va a ir a ponerse sobre el tuyo. Algo quiere decirnos.

—¡Pero vámonos, que no quiero que nos coja el tormentón en la bajada!

Se escabulleron sin despedirse, como si una fuerza superior los atrajera hacia sí. Afuera, y sin transición, el cielo ya lucía completamente despejado y el ave agorera lo observaba todo desde una rama próxima.

Ellos se miraron con intensidad desconocida. No lo habían hecho así ni siquiera cuando estaban en la alborada del noviazgo.

—¿Qué nos pasa, sirena?

—Lo que usté quiera, capitán.

Eran los sobrenombres del cariño inocente de otro tiempo.

Y en ese justo instante el pájaro recién llegado revoloteó alrededor de ambos y la llovizna que invitaba al refugio se hizo sentir alegremente.

Tomaron su vehículo hacia la ciudad que era un derrame de luces en las hondonadas y en los promontorios. Llegaron a su casa y se encerraron de inmediato. Estaban ahí, abrazados en la penumbra.

—¿Quién iba a decirnos que un pájaro inesperado y una ráfaga de lluvia iban a recordarnos la necesidad de estar juntos?

—Démosles las gracias, pues. Pero ya, por favor –dijo ella con traviesa intención.

EN BUSCA DEL CANDIL

De algo o de alguien venía huyendo aquel hombre silencioso que llegó a instalarse en la casa de la hacienda, como dueño desconocido por toda la gente de los entornos. No hablaba con nadie, y siempre que salía a caminar por los potreros casi abandonados lo hacia con escopeta al hombro. Sólo la anciana que le preparaba los alimentos y le lavaba la ropa lo veía con destellos de ternura. Era la comadrona que lo había visto nacer allá bien lejos, en un mesón de la ciudad. Y él era el ignorado hijo único del dueño de la hacienda, que, aunque lo había reconocido como tal, jamás se ocupó de él. Un día el abogado lo llamó para avisarle de la herencia. Fue a instalarse al puesto. Huía del abandono refugiándose en la soledad. Huía del padre ausente yendo a vivir entre sus cosas. Círculos concéntricos que andaban en busca de algún candil encendido…

MISIÓN INMEMORIAL

El navegable río Saguenay, en el norte canadiense, tenía en aquella estación otoñal una placidez fuera de lo común, como si su serenidad natural quisiera atraer nuevas claridades. Los costados hirsutos de la montaña rocosa que se extendía en los costados del río estaban casi cubiertos de vegetación amarilla y roja, la bandera del otoño en tales latitudes norteñas.

Tierras deshabitadas, en las que cualquier presencia humana parecía inverosímil. Aunque de pronto ahí, entre la arboleda tupida, se podía distinguir un techo resplandeciente. El capitán de la pequeña embarcación que escalaba la corriente hizo el anuncio:

—Vamos a atracar por unos momentos, para que podamos tocar las hojas vivientes y sentir el olor de las espesuras inocentes…

“Extraño lenguaje”, pensó uno de los pasajeros, ese que llevaba una alforja prendida al hombro en todo momento.

Desembarcaron por un muellecito casi simbólico. Avanzaron entre los árboles. El techo resplandeciente era de una capilla escondida. Alguien estaba en la puerta, aguardándoles:

—Bienvenidos a la Casa del Señor.

Unas cuantas sillas rústicas y un altar al fondo. En ese altar no había figura humana, sino un árbol de verdor tropical sostenido en la tierra viva y levemente agitado como si se hallara en medio de un respiro del aire. A sus pies, una llamita dulce, que brotaba de un pocillo lleno de agua.

—Arrodíllense, hermanos, y recemos la oración de los Cuatro Elementos, que son la Divinidad representada.

El pasajero de la alforja la abrió y extrajo de ella una gasa etérea de tonalidades celestes.

—Este es el Quinto Elemento –dijo con voz concentrada–: el Alma.

Perfecta alianza. Ahí cerca, entre sus dos orillas, el río seguía fluyendo y todos los árboles de los alrededores parecían suspirar…

PARÁBOLA DE LOS ECOS

Ellos habían llegado hacía poco a su nuevo destino en el norte, empujados por la inseguridad que envolvía opresivamente la cotidianidad, aun de los que parecían más ajenos al trastorno. Hallaron fácil refugio en Canadá, como inmigrantes deseosos de incorporarse cuanto antes al trabajo, y sus credenciales formativas les servían de palanca. Él, experto en sistemas computacionales; ella, cosmetóloga puesta al día.

Trabajaban en lugares muy próximos dentro de Saguenay, cerca de la parroquia de San Alfonso. Las horas avanzaban como en sus destinos originarios, porque el tiempo no respeta latitudes. Él suspiró, antes de tomar su primer descanso de la mañana, dejando en blanco la pantalla, y ella hizo lo mismo entre clienta y clienta, poniendo a un lado los tubos y los envases.

—Hola, ¿me escuchas?

—No oigo tu voz, pero sí su eco.

—Es lo mismo, ¿verdad?

—Hasta mejor puede ser, porque el eco trae memoria…

Así estuvieron, hablando de lo que soñaban y de lo que temían, con esa sinceridad que sólo se transmite a través de los iPhones del sentimiento. Hasta que la pantalla donde él trabajaba le avisó tarea y una nueva clienta llegó a hacerse el tratamiento facial. Muy cerca, en la parroquia de San Alfonso, la campana hablaba con su propio eco mientras los flurries tempraneros jugueteaban entre el aire soleado…

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