Historias sin Cuento

EL MISTERIO NUNCA DUERME
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Todo comenzó cuando ella dispuso irse aquella tarde de paseo, en su carrito ya casi de colección, hacia las escarpaduras de la cordillera vecina, a reencontrarse con el mundo natural, según sus palabras.

Él se quedó encerrado en la habitación de la casa de familia donde moraba porque aún no tenía disponibilidad económica para adquirir la vivienda de sus sueños. En aquel momento estaban ya casi a punto de definir su futuro en común, aunque quedaban muchos cabos sueltos…

Mientras trataba de concluir un capítulo más del proyecto de jardines interiores, que era su tema de tesis, él dejó pasar las horas abstraído en lo suyo. De pronto, y al trazar una línea que se quedaba suspendida en el aire, pensó en ella, miró su reloj de puño y se percató de que ya era de noche, o iba a serlo. Buscó su celular y marcó el número de ella. Sonaba y sonaba sin respuesta. Lo apagó. Quizás lo había dejado por ahí, pero esa no era su costumbre. Ella, tan atenta a todo lo que pasaba a su alrededor…

El silencio duró toda la noche. Al día siguiente salió a buscar información. En la casa de la familia de ella, donde aún vivía, tampoco sabían nada, y ya estaban angustiados.

—Ha desaparecido. Vamos a dar parte a las autoridades –dijo la madre con sollozo.

—Todavía no, Adela, tené paciencia –se pronunció el padre, que era un abogado a punto de retirarse.

—¡Paciencia, paciencia, tu cantaleta se siempre!

Él se retiró, porque su angustia iba por otra ruta. Tomó un bus que hacía su recorrido por la zona hacia donde ella se había dirigido la tarde anterior. Los entornos estaban casi inhabitados. A las pocas gentes que encontró les hizo las mismas preguntas. Nada. Y ya estaba para volver a la ciudad cuando alguien se le acercó:

—Busca a la muchacha que andaba en el carrito azul, ¿no es cierto?

—¿Usted la vio? ¿Sabe dónde está?

—Sí la vi y sé dónde está.

—¡Dígamelo, por favor!

—No puedo, porque ella me pidió que cuando usted viniera a buscarla yo le dijera que andaba tras un tesoro y que al hallarlo ella misma le avisaría…

—¡De seguro la tienen secuestrada! ¡Confiéselo antes de que se compliquen más las cosas!

El aludido salió corriendo en el instante y se perdió en la espesura. Él se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. Tomó el bus de regreso y fue a dar parte al primer puesto policial que encontró. Le ofrecieron investigar sin demora. Al final, le dieron respuesta: todos los indicios apuntaban a que ella se había ido con alguien, por su propia voluntad. “¡Incapaces!”, pensó, con expresión concentrada.

Pasaban los días y todo iba entrando en la normalidad, como si aquella ausencia sin explicaciones fuera perdiendo relieve. Ella pertenecía ya a la aleatoria lista de los desaparecidos. Fueron semanas, meses, quizás años. Hasta que sonó aquella llamada:

—Mi amor, ¿dónde te has metido? Estuve esperando tu llamada toda la tarde y toda la noche. Yo me fui a caminar a la montaña, como te dije. Buscaba la casa de mis abuelos maternos, que eran ermitaños y guardaban en cofre de recuerdos de familia. Hallé la casa, abandonada pero intacta. Y encontré el cofre. Lo he estado revisando, y entre mil fotografías está la de un antepasado igualito a ti… Es una señal, ¿no te parece?...

PACTO DE CENIZA

Cuando ella tomó entre sus dedos la ceniza recién salida de las llamas, recordó la ceremonia del Miércoles a la que la llevaba su abuelo Adrián todos los años. Nunca entendió bien qué significaba aquella cruz cenicienta dibujada en la frente, pero quedó encariñada con el símbolo, sobre todo desde que su abuelo se fue de este mundo.

Hoy se hallaba en otra etapa de la vida, y las libertades y los miedos jugaban un constante pimpón interior, como si nunca fuera a haber posibilidad de sosiego seguro. Aquel año apuntaban, sin embargo, algunas novedades que bien podían llegar a ser giros en la rutina que ya estaba llegándole a la garganta, como un agua empantanada que se nutriera de invisibles afluentes.

Quiso tomar en serio aquellas señales y sin pensarlo dos veces se fue a ver a la más antigua de sus amigas del colegio, que desde que estaba en los umbrales de la adultez mostró poderes psíquicos especiales, hasta el punto que acabó poniendo una especie de consultorio espiritual, disimulado en venta de productos naturales esotéricos. Como habían perdido todo contacto, la única vía disponible era la visita sin avisar.

—Angelita, aquí estoy. ¿Me recuerdas?

—¿Y cómo no voy a recordarte, Marisol, si eras la niña mejor portada de la clase?

—Y la que menos suerte ha tenido en la vida, fíjate.

—Pasa, pasa. Vamos a mi santuario.

El santuario era un ático de madera que daba a un predio arbolado. Todos los árboles parecían muy antiguos, con ramas ya secas y otras en pleno esplendor. Marisol observó ese detalle, y Angelita le hizo el comentario esclarecedor:

—La vida es como esos árboles, amiga mía. Siempre tiene ramas agotadas y ramas emergentes. Lo importante es saber que en el conjunto está la clave. Y por lo que yo miro tú estás lista para reconocerlo. ¿Te animas?

—Claro. A eso he venido.

—Sí, a eso te han mandado.

—¿Quién?

—Ya lo sabrás.

Se fueron a un rincón, donde había una pequeña hornilla bajo la cual estaban las ramas encendidas. Y bajo las ramas, la ceniza acumulada por la ignición.

—Toma un poco de esa ceniza y hazte con ella una cruz en la frente.

Marisol tuvo la impresión directa e inefable de que su abuelo estaba ahí, sonriéndole con ilusión de futuro. Se consumaba el pacto con la vida, tanto tiempo anhelado.

OJOS QUE NO VEN…

Corazón que no siente. ¿Cómo así? Tomó su celular y marcó el número de Noemi. Sabía que ella difícilmente estaría disponible a aquella hora por la naturaleza de su trabajo: era masajista para ejecutivos, y el grueso de la clientela se presentaba por la tarde ya avanzada. ¿Qué horas serían en aquel momento? Quizás las cinco, quizás las cinco y media. Y él estaba haciendo sus lucubraciones precisamente a la misma hora en que Noemi destrababa nudos de tensión en las espaldas de sus clientes. Apagó el teléfono y se acomodó en la silla de extensión que utilizaba para el reposo crepuscular. Pero aquella tarde más bien parecía un vivero de inquietud. Volvió a la frase que le rondaba como una avispa insistente:

—Ojos que no ven… corazón que no siente.

Entrecerró los ojos. Noemi, con todos sus imanes personales, estaba frente a él, en otro espacio que él conocía al detalle, porque era la habitación de su conciencia que daba a los paisajes multicolores que se perdían en el horizonte.

—No tienes que llamarme: yo siempre estoy aquí, de cuerpo entero –le recordó ella, con su sonrisa más seductora.

—Sí, pero… nunca se cierra el cofre de las dudas…

—¿Dudas? ¿Entre tú y yo? ¿Cómo es eso?

—Es que mira, Noemi, tú sabes que yo siempre he sido un firme promotor de la sabiduría popular, y hay un refrán que dice: Ojos que no ven, corazón que no siente…

—Ah, entonces lo que tienes es desconfianza de tu corazón, ya que ser ciego no te priva de nada fundamental, y mucho menos del sentimiento. Porque el sentimiento tiene ojos por todas partes. ¿No te has dado cuenta, hombre de poca fe?

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