Historias sin Cuento

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Había leído muchas veces la palabra en las redes sociales, que eran su espacio de acogida dondequiera que se hallara. Aun en el microbús atestado se las ingeniaba para activar el teléfono y revisar mensajes. Algún compañero le había advertido: “No tengás a la vista el celular porque los malacates están en todas partes y esos juguetes son sus favoritos”. Imposible: la adicción era extrema. Y aquella mañana lluviosa había un montón de llamadas que hacer y de contactos que ver.

De pronto, un mensaje que había llegado a su aparato en forma de WhatsApp: “Hoy en la tarde, a la hora, cuando esté llegando a su casa. Plomo total”. No parecía contacto entre mareros, porque el lenguaje usado no tenía nada que ver. Aunque hoy todo puede pasar, y sobre todo lo inverosímil. Si no, que lo digan los titulares de las noticias que inevitablemente se ven atrapadas en los círculos concéntricos de una fatalidad con sello de espejismo.

Guardo el mensaje por aquello de las dudas. La jornada estaba por comenzar. Y como el trabajo en el call center era incesante, el trajín cotidiano lo absorbió de inmediato, con la pantalla succionadora enfrente. Fue pasando el tiempo con la naturalidad de siempre. El Servicio Meteorológico había anunciado por la mañana onda tropical para las horas posteriores al mediodía, pero, como casi siempre ocurre en estos tiempos, a la hora indicada ni siquiera había llovizna indicadora; por el contrario, sol esplendente.

Al atardecer, el cielo seguía en las mismas. Hora de salir. Ordenó su cubículo y se dispuso a dejarlo todo listo para mañana. Cuando la palabra “mañana” se le dibujó en la pantallita de la mente, recordó el enigmático mensaje que le cayera unas cuantas horas antes. Un mensaje que parecía augurar que no habría mañana. Ya no había nadie en los salones cuadriculados de la oficina.

Salió a la calle y se puso a caminar por los entornos cundidos de pequeños negocios de toda clase. Era una zona bien concurrida siempre, y más cuando el tiempo era favorable. De las lluvias mañaneras se había pasado a los nublados del mediodía y luego al cielo claro de la tarde. La atmósfera enviaba, pues, buenas señales. Luego de un buen rato, y cuando la noche estaba por asomar, se dirigió hacia su casa, que era una sencilla townhouse con unas cuantas gradas de acceso. De seguro su mujer y sus hijos ya se hallaban ahí.

Al acercarse observó que un vehículo desconocido se encontraba estacionado un poco antes de la entrada que le correspondía. Se le activaron las alarmas interiores, en forma de jadeos y de silbidos. Tomó un atajo entre las casas y así pudo llegar a la suya sin entrar por la puerta principal. Se asomó sigilosamente por la ventana, apartando apenas la cortina. El vehículo ya no estaba ahí. Alivio momentáneo.

Luego, la rutina del atardecer. Palabras triviales con su mujer, que era promotora de seguros, y con sus hijas, que estudiaban en un colegio privado de clase media. Algo de televisión previsible. Noticias calcadas del día anterior y algún programa para distenderse, como “La Rosa de Guadalupe”. Después, irse a la cama. Aquella no era noche de intimidad sexual. A dormir, pues.

Se dieron el beso de buenas noches, fueron a acostarse y apagaron todas las luces. Oscuridad y silencio, los mejores cómplices del buen dormir. Su mujer, a su lado, comenzó a respirar fuerte. Él trató de concentrarse en el sueño previsto. Lo logró. En unos minutos ya estaba dentro de él.

En el sueño había claridad de crepúsculo. Él se encontraba junto a la ventana, observando la calle; y ahí se hallaba de nuevo el vehículo desconocido. Por uno de los extremos de la escena visible apareció alguien en camino. Era el único transeúnte en aquel momento.

Aguzó el ojo observador. Abrió más la cortina, para que no hubiera duda. Sí, lo reconocía. Sin ningún margen de error.

De pronto, del vehículo descendieron dos tipos con pasamontañas y armas gruesas. Atacaron al caminante con ráfagas seguidas. Este quedó tendido en la acera. Los atacantes volvieron al vehículo, que desapareció como por encanto.

Él despertó de súbito. Se incorporó y corrió a la ventana. Afuera, nada. Solo la noche. Volvió a la cama y se embocicó hasta la frente. Comenzó a llorar en silencio por la pérdida irreparable. Sí, porque en el sueño habían acribillado a su otro yo, y con él a todas las imágenes vividas que le acompañaban.

PRIMERA PRUEBA

Acabo de comenzar mis estudios para ser algún día experto en comunicaciones extrasensoriales. No los realizo, desde luego, en una academia común, sino en un pequeño círculo comandado por una maestra certificada, que en realidad aplica su propia experiencia. Ayer por la tarde, la maestra parecía estar especialmente inspirada, y lo que nos recomendó al final de la sesión fue:

—Vayan a sus respectivos hogares y véanse en el primer espejo que encuentren.

Lo hice, con disciplinada puntualidad. Como en la casa no hay espejos ornamentales, me fui a ver al espejo del baño. Y me quedé impávido ante el resultado de la imagen. Durante muchos días no he hablado del asunto ni vuelto a clases. Entonces la maestra me llama por teléfono:

—¿Ya te repusiste de la impresión?

Ante mi silencio, sigue:

—Ya sé que descubrir la identidad verdadera puede ser impactante, pero si no se llega a eso no hay cómo avanzar. ¿Estamos?

Mi silencio es un sí que no se anima a tomar la palabra. Regreso y continúo. Lo que había visto en el espejo era un tigre dormido.

ARMONÍAS EN JUEGO

“Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón…” Sí, es la letra de uno de mis boleros favoritos de antaño, de esos que oían mis abuelos y mis padres con religiosa devoción. Y, por extraña referencia, lo que me ha venido pasando en los tiempos más recientes parece calzar de manera perfecta con la letra de dicho bolero.

Elisa se me ha distanciado paulatinamente, y yo vengo poniendo en práctica todas las tretas habidas y por haber para acercármele de nuevo. Un día de estos, reunidos en un restorán popular, me miró a los ojos y me preguntó: “¿Por qué no podés dejarme tranquila de una vez?” Y le contesté con la letra del bolero: “Porque yo seguiré siendo el cautivo de los caprichos de tu corazón…”

Nos despedimos sin más. A Elisa parecían divertirle mis ansiedades. Y el hecho de que yo asociara tan exactamente las vivencias personales con la letra de un bolero para ella desconocido le daba aún más pábulo a su travesura emocional. Estuvimos muchos días sin vernos, y ella ni siquiera respondía por el celular o se asomaba a Facebook. Me fui entonces a pasar una temporadita a la playa y el mar me habló. Sí, literalmente me habló. Entre las barcas atadas al muelle rústico estaba de seguro la barca del bolero…

De la espuma incansable pareció brotar el susurro: “Haz de cuentas que la barca ya partió, y que lo más probable es que no vuelva nunca”. Mensaje recibido. Dejé, entonces, de tratar de comunicarme con Elisa. Disciplina espinosa, que me tuvo muchos meses al garete emocional. ¿Sería que yo ya me había vuelto adicto a las angustias previsibles del rechazo y del abandono? Y la única respuesta que hallé a mano fue: “El tiempo va a decírmelo”.

Pero lo que hizo el tiempo fue quedarse callado, quizás observándome como se seguro también observaba a Elisa. En los meses siguientes moví algunos intentos por reconectarme con ella. Fue inútil. Quise resignarme, aunque por dentro la ilusión seguía borbollando. Hasta que en algún momento la ilusión pareció ir perdiendo energía. Me dolió, lo reconozco. Y me rebelé contra mí mismo. Siguió pasando el tiempo. Gracias, tiempo que pasa. De pronto, un mensaje de Elisa. Con gotas de miel. ¿Qué era aquello? Me retraje. Ella insistió, con todo su arsenal de imanes femeninos.

Me animé y nos encontramos en el lugar de entonces. Elisa, imprevisiblemente, me invitó a volver. No vacilé: “Vete, olvídalo todo y pega la vuelta”. Su rostro se torció en una mueca. ¿Qué te pasa: dónde quedó el famoso bolero? La respuesta tenía que ser inmediata: “Vete, olvida que existo, que me conociste, y no te sorprendas, olvídalo todo que tú para eso tienes experiencia…”

De Los Panchos a Pimpinela. Todo sirve.

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