Historias sin Cuento

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (142 )
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1158. AMOR EN LA NUBE

Se llamaba Bessie y era la hija menor de sus únicos tíos maternos, que habían emigrado a Suecia por efecto de las condiciones políticas del país en los años ochenta. Nunca se habían visto en persona, pero tenían contacto directo por vía virtual. Y era como si se conocieran de viva voz y de cuerpo entero, porque las imágenes estaban ahí siempre. Entre San Salvador y Estocolmo, un hilo constante en el que se posaban a diario todas las golondrinas imaginables. ¿Por qué nunca viajaron a los respectivos destinos, con lo fácil que es hacerlo en estos días? Buena pregunta. Pero cada vez que uno de ellos se lo proponía, algo se presentaba. Así llegó el momento de darse a conocer mutuamente lo que sentían. Amor. La palabra resplandeció en las pantallas. Y ellos al instante activaron sus celulares por primera vez. Las voces llenaron el aire.

1159. DIRTY DANCING

Ni ella se parecía a Jennifer Grey ni él se parecía a Patrick Swayze, pero ambos suspiraban hasta el fondo cuando sonaban los compases de “The time of my life”. Y todo eso pasaba en un suburbio empobrecido de la ciudad periférica de donde eran originarios y en la que siempre vivieron y de seguro vivirían siempre. Era época veraniega y las noches invitaban al jolgorio, aunque alrededor hubiera tantas amenazas del crimen organizado. Bueno, pues había que organizar también la fiesta. Los invitados tenían que estar en sintonía con la naturaleza del encuentro bailable. Algunos ni siquiera eran allegados. El lugar, ese espacio que de potrero había devenido en pequeño parque comunal. La música disco irumpió en el aire. Cuando sonó “We are family” se activó el encanto. Ellos, en el centro, lideraban el convivio de fantasmas felices.

1160. MUY DEL MOMENTO

Se habla de globalización precisamente cuando los espacios personales van adquiriendo cada vez más condición de sótanos. Él, que era un ciudadano anónimo, había vivido siempre en esa especie de catacumba social que sólo tiene respiraderos imaginarios. Ahí, en su permanente penumbra de vida, que a ratos se hacía tiniebla, era navegante obsesivo, porque por suerte había ganado un iPad en una rifa promocional. Y por ese afán se asomaba al infinito de las imágenes. De las propias a través de las ajenas. Y de ahí a la creación de fuegos compartibles sólo había un paso. En las redes sociales empezó a viralizarse la producción de aquel autor enigmático que sólo se identificaba con una palabra: Nadie. Y él, asomado a su balcón, desde la cueva oscura, veía el juego de luces artificiales en que se convertían sus audaces desvelos.

1161. HAPPY FAMILY

Nació el primogénito y el acontecimiento se convirtió en festejo familiar de amplio alcance. Llegaron hasta unos parientes que vivían en New Jersey desde hacía años y otros que no hacía mucho que se habían trasladado a Calgary, Canadá. ¿Qué tenía de peculiar aquel suceso que le pasa a cualquiera? El único dato diferenciador era la edad de los padres : él setenta y cinco y ella cuarenta y nueve. Ninguno de los dos tenía descendencia anterior, y eso enfatizaba la novedad. Una prima desinhibida les preguntó, en una de las cenas que los reunían a todos: “¿Y cómo hicieron para convencer a la Naturaleza de que les hiciera este regalito?” Ella hizo un gesto de sorpresa regocijada. Él dio respuesta coincidente con su condición de lector empedernido de historias fantásticas: “Mi amigo Hans Christian Andersen me conectó con las hadas…”

1162. ARRECIFE DE CORAL

Desde jovencito tuvo adicción por las profundidades marinas, y no porque hubiera vivido en alguna playa sino por movimiento espontáneo de su recogimiento psíquico. Fue niño silencioso y luego adolescente contemplativo. Pronto se inscribió en una escuela de buceo y comenzó a sumergirse en las aguas más cercanas. Lo hacía los fines de semana, porque en los días hábiles tenía que dedicarse al estudio: arquitectura del paisaje. Cuando se graduó tuvo la suerte de encontrar sin esforzarse un trabajo afín con sus anhelos más hondos: modelar los entornos de una colonia para retirados pudientes en la costa. El mar estaba ahí, a la mano. Y entonces alguien le preguntó: “¿Ya visitaste el arrecife de coral?” Lo hizo de inmediato, y no volvió a aparecer. Amor eterno a primera inmersión.

1163. ALL YOU NEED IS LOVE

Estaba estudiando Derecho en la Universidad Nacional y vivía con sus padres en una de las casitas apiñadas en aquel complejo de viviendas recién construidas en las inmediaciones de la 29 Calle Poniente. Aunque la vecindad era tan inmediata, él no conocía a nadie de los alrededores. Su padre le decía: “Ser tan ermitaño no te va a llevar a nada”. Y su madre: “Tenés que socializar para conocer y para que te conozcan”. Por un oído le entraba y por el otro le salía. Hasta que un día, ya bien de noche, empezó a oír algo que llegaba del otro lado de la pared divisoria junto a la cual estaba su cama plegadiza: una melodía del grupo musical del momento. Y así noche tras noche. No pudo contenerse: fue a tocar la puerta vecina. Abrió ella, y le preguntó al instante: “Te gustó, ¿verdad? Los Beatles son mágicos. ¿Los oímos juntos?”

1164. TRAMPA FELIZ

Iba caminando sin rumbo por los corredores del centro comercial, como hacía todos los sábados, para reponerse de las tensiones laborales de la semana. Se detuvo de pronto ante una vitrina que no había visto antes: quizás ese negocio lo habían abierto aquella misma semana. Lo curioso era que no tenía nombre visible. En la vitrina lo que había era un despliegue de multicolores máscaras ingenuas, como para una fiesta infantil. Se quedó ahí un buen rato, sin saber verdaderamente por qué. La mañana iba avanzando y pronto sería hora de almuerzo. Cuando lo pensó tuvo el impulso de entrar en la tienda de las máscaras. Lo hizo y adentro le esperaba una sorpresa. Ninguna máscara. Todos eran objetos de casa. Y la que atendía era una joven como la que había soñado siempre. ¡Qué ingenioso es el destino!

1165. MANHATTAN. COM

Estaba casi acostado en el banco junto a la pared interior de la entrada, con todas sus pertenencias, que eran dos bolsas de ropa y un paquete de alimentos preparados. Con los párpados a medio abrir, miraba hacia un horizonte desconocido. En aquel momento comenzaba a llegar la gente al lugar, porque la hora de la ceremonia se hallaba a escasos minutos. Empezó a sonar la música introductoria, y muy pronto emergió el oficiante vestido de blanco. Cuando todos los bancos estuvieron llenos alguien fue a sentarse a la par del indigente. Éste abrió los ojos y sonrió. Su ángel de la guarda no fallaba. La iglesia de Santa Mónica era el hogar de ambos.

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