Historias sin Cuento

LA PROCESIÓN QUE VIENE DE ADENTRO
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El jefe lo llamó a su oficina y eso no era usual, porque el jefe tenía la costumbre de enviar todos sus mensajes en cadena jerárquica descendente. La secretaria del jefe, una mujer de mediana edad y de muy buen ver, que estaba ahí desde mucho antes de que él llegara a trabajar al lugar, le hizo tomar asiento para la espera correspondiente.

—Puede pasar.

Lo hizo con creciente inquietud, porque algo serio tendría que haber motivado aquel llamado.

El jefe, sentado en su escritorio clásico, con el retrato al óleo de su abuelo fundador de la empresa justamente detrás de su silla giratoria, observó el ingreso como si se tratara de un encuentro fuera de lo común..

—Siéntese ahí, por favor.

El “ahí” era la pequeña silla que se hallaba enfrente del escritorio.

—Lo he llamado porque quiero ofrecerle una gerencia.

Así de escueto. El aludido pareció no entender.

—¿Una gerencia, señor? Yo acabo de entrar a trabajar…

—¿Y eso qué? Se la ofrezco por otras razones, que están en la base de mi ofrecimiento. Usted es el nieto de Matías Lobo, ¿verdad?

—Sí, señor.

—Acabo de saberlo, porque algo me movió a pedir sus datos de familia.

—Me crié con mi abuelo, porque mis padres murieron soterrados en un terremoto. Éramos tres nietos y a los tres nos acogió como un buen padre.

—Ah, con mayor razón.

—¿Usted lo conoció?

—Fuimos cheros en la infancia y en la adolescencia. Después yo me fui del país, a estudiar fuera; pero nunca me olvidé de Matías. Un gran tipo.

—Sí, pero no pudo tener éxito. Se quedó vegetando, no sé por qué. Era hombre de familia que parecía siempre feliz, pero que vivía con muchas limitaciones…

—Cosas que pasan. Nadie sabe. Cada quien su destino. Yo he tenido un gran éxito empresarial, pero mi vida personal… Bueno…

Él sólo hizo un gesto de benévola aceptación, porque no acababa de entender el sentido de todo aquello. El otro siguió:

—Aquí como me ves, muchacho, estoy en un momento de expansión comercial por las nuevas condiciones que me ofrece el comercio global; pero yo como persona estoy solo en el mundo. ¿Te parece lógico?

—No sé –respondió él tímidamente.

—Preguntáselo a Matías, a ver qué te dice.

—Él ya no está.

—¿Cómo que ya no está? Si lo tenés vivo en tu memoria, sigue aquí. Y aprovechá para preguntarle por favor otra cosa: ¿Me daría permiso para adoptarte como familiar, ya que yo no tengo familia?

Se quedó de una pieza. El jefe sonreía, y aquella sonrisa era muy parecida a la de su abuelo Matías.

VIVIR EN EL ALERO

Conservaba una radiola de las de aquellos entonces en los que él ni siquiera soñaba en venir a este mundo. Había sido herencia familiar, sin que hubiera ninguna intención especial en ello. La verdad era que el aparato se fue quedando entre los bienes familiares, como un intruso amable, que además no parecía tener ninguna salida comercial ni tampoco le interesaba a ninguno de los herederos. “¿Radiola? ¿Y eso qué es?”, preguntaban los que llegaban a conocer objetos adquiribles. Junto a la radiola estaba el bloque de longplays, que en su momento fueron el último grito de la tecnología musical. Sensaciones prehistóricas.

Por las noches, cuando se quedaba solo en su cuarto allá en el ático, porque Armida, su compañera de vida, estaba ausente por algún motivo, activaba su radiola, que tenía un sonido cada vez más fino y perfecto, como si el tiempo le produjera un misterioso efecto rejuvenecedor. Los boleros cantados por María Luisa Landín, Pedro Vargas o Toña la Negra estaban en su mejor momento.

Armida salía cada vez menos, como si la compañía de sus amigas le fuera cada vez menos atrayente. Él lo notó y en algún momento no resistió la tentación de la pregunta:

—Ya no te gusta tanto salir por las tardes, ¿verdad?

—¿Umm? Es que el trabajo cansa y la diversión también.

—Nunca pensé que te iba a oír decir algo así.

—Bueno, todos cambiamos, mi vida, cuando hay algo que nos toca de veras…

—¿Y eso?

—¿Te lo tengo que explicar a ti, que ya veo que eres maestro en revivir melodías?

—Pues la verdad es que no entiendo del todo.

—Entonces, vamos al ático y se lo voy a pedir a alguien que sí va a entender.

Él le siguió por la estrecha escalera de caracol que había estado ahí siempre y por la que él nunca la había visto subir. Lo hacía, sin embargo, con la naturalidad de quien lo hubiera hecho muchas veces. Al llegar al sitio él se quedó expectante y ella se dirigió directamente a la radiola, que aquella tarde parecía resplandecer como nueva.

—¿Qué quieres oír? ¿Toda una Vida, Flores Negras o Solamente una vez…? –le preguntó, gozando la sorpresa que provocaba.

—Para mí cualquier cosa es buena –susurró él, con voz de sollozo emergente.

—Entonces, déjame escoger.

Revisó cuidadosamente la pila de longplays y sacó uno. Extrajo la pieza redonda y oscura y la ubicó. Encendió la energía y el disco empezó a circular, con la aguja lista en el extremo del brazo.

—¡Bésame mucho! –exclamó él, en éxtasis.

—Si lo dices, hazlo.

Ni corto ni perezoso él se acercó a ella, la enlazó con sus brazos y le estampó el beso húmedo que hacía tanto tiempo que estaba pendiente.

A ORILLAS DEL ESCOMBRO

Estacionó su carro frente a la verja que protegía a medias el entorno de la casa. Lo hacía cada tarde, al concluir sus labores académicas. Era una disciplina religiosa movida por la efervescencia del sentimiento. Ella estaba siempre ahí, y al encontrarse cambiaba la atmósfera: un suave aroma a fantasía consumada giraba alrededor. ¿Cuánto tiempo hacía que aquella ceremonia tenía lugar entre ellos? No había calendario disponible, y por eso el tiempo se movía a su propio antojo.

Esa tarde nada parecía diferente, aunque tanto él como ella mostraban, a simple vista, una desenvoltura sin precedentes. Él, entonces, le preguntó al nomás estar en el interior:

—¿Vienen de nuevo los invitados?

—Si, ¿cómo lo supiste?

—Te lo leí en el pensamiento.

—¿No sería que te lo leíste a ti mismo?

Ambos se rieron. Eran la pareja perfecta. Vivían en realidades diferentes –el mundo y el trasmundo– y era una experiencia incomparable. Todo comenzó después de que ella dejó de respirar aquel día que al principio pareció el fin del tiempo, pero que en realidad fue el principio.

En ese instante llamaron a la puerta los invitados de hoy y de siempre. Sus recuerdos.

SANTO REMEDIO

—Doctor, estoy padeciendo de insomnio. Me casé hace poco con la mujer de mis sueños…

—Eso es común, amigo. Si es la mujer de sus sueños, usted ya no necesita dormir para tenerla consigo.

—¿Y qué hago?

—Y ahora convénzala de que ella lo invite a compartir sus propios sueños.

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