Historias sin Cuento

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (145)
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1183. LO ENTENDEMOS AHORA

El mensaje apareció en su iPad: “Le recuerdo que necesito hablar con usted lo más pronto posible sobre cuentas pendientes contraídas para concretar su viaje”. Se fue a recorrer espacios habitados en los entornos recién descubiertos, y luego le dio respuesta al mensaje: “No se preocupe. Todo lo adeudado le será cubierto, quizás en especies desconocidas de gran valor”. Respuesta inmediata: “Lo que quiero es tener seguridad de que nada va a quedar pendiente”. Días después, otro mensaje. Y él anunciaba: “Dentro de muy poco embarco de regreso. Llevo lo necesario. Y en todo caso, recuerde: la Corona responde”. “Gracias, don Cristóbal, pero con usted fue el trato”. Don Cristóbal, que dentro de muy poco estaría en todos los encabezados, lanzó su iPad al lecho rústico: “¡Qué dicha hubiera sido que aún no hubieran inventado estas mierdas cuando salí del Puerto de Palos!”

1184. TAREA POR HACER

Recordó sus tiempos de emigrante en Canadá, cuando todo se le hacía a la vez desconocido y tranquilizante. Pero algo básico faltaba. Hoy estaba de vuelta, y lo que sentía era al revés: lo conocido e inquietante. ¿Por qué había regresado, entonces? La respuesta tenía sabor a memoria trasegada. El sueño, ese sueño, que se le repetía cada vez con mayor urgencia. Consiguió empleo bien pronto, porque volvía con credenciales de especialización en artes computacionales, de las que apenas había noticia cierta en el país. ¿Qué era lo inquietante, entonces? Bueno, nada de los entornos, sino su propia vida. Ahí estaba ella, enfrente, en su balcón de siempre. ¿Se animaría al fin a acercarse? Lo hizo, pero sólo para descubrir que la imagen en el balcón no era más que un espejismo de sus sueños. Tenía, pues, que buscar de veras… Ahora sí.

1185. JUEGO DE SENSACIONES

El otoño se había instalado en los pequeños jardines de la ciudad y, por todos los indicios disponibles, se conformaba con eso. Más allá de tales recintos, la vida continuaba moviéndose con la normalidad de los ritmos incansables, porque la intensidad del cotidiano vivir le iba ganando espacios a todo. Él, desde la ventanita en su antiguo y casi ruinoso piso bastante cercano al suelo, observaba aquel contraste entre el rito jardineril y la rutina de las calles, que de seguro para casi toda la gente pasaba inadvertido, porque no había tiempo ni ganas para reparar en tales exquisiteces existenciales cuando los apremios de la supervivencia eran tan insaciables. Cerró los ojos para interiorizar la sensación que ya convertiría en palabras, y adentro el efecto era al revés: el otoño bailaba una danza exótica y la ciudad estaba a punto de bostezar tiritando…

1186. DEVOCIÓN MATUTINA

Caminaba por la Rue de Baude, rumbo a la Catedral de Notre-Dame, que se alzaba en el costado derecho de aquélla. Estaba comenzando a lloviznar, y él no llevaba paraguas. Como siempre, se acogía a la ruleta de los elementos, en este caso el agua y el aire. Alcanzó a llegar a la entrada de la Catedral con sólo algunas gotas sobre los hombros de su chaqueta descuidada. Se persignó con agua bendita y fue a sentarse en una de las bancas laterales, lejos del altar mayor. ¿Cuánto tiempo estuvo ahí? El suficiente para que su presencia se fuera desvaneciendo, como la de un fantasma en proceso. Pero aquello no era más que una versión imaginativa, porque en alguno de los minutos siguientes se incorporó y se fue de regreso a su cuevita en uno de los edificios de la pendiente sinuosa en la Côte de la Montagne, del centro de Québec hacia el puerto. Era un escarabajo creyente.

1187. EL DESTINO TRAZA LA RUTA

Quiso ser farmacéutico desde niño, allá cuando visitaba, de la mano de su madre, la farmacia del doctor Andrés Duque, en Apopa, en la esquina frente a la parte trasera de la iglesia principal. Pero la vida lo fue llevando por rutas insospechadas. Al ingresar en la universidad los nubarrones del país se estaban convirtiendo en borrascas, y él no sólo no pudo escapar sino que se animó a colarse en la tormenta. Salió del país mientras las amenazas arreciaban. Se fue donde un tío lejano, en Nuevo México. Y ahí encontró acomodo, no en la cercanía del tío casi desconocido, sino en una comunidad muy vinculada al pueblo indígena. Era, de alguna forma, volver a los orígenes. Se olvidó de sus estudios de Derecho y pasó a las artes de las esencias originarias. Cuando regresara al país –y lo hizo al concluir la guerra– pondría su propio taller de productos naturales, sin sello pero con alma.

1188. ENSAYO CON ESPERANZA

Saguenay, 9 a. m. La parroquia de San Alfonso está cerca del agua, y en sus paredes laterales hay una secuencia fluyente del Calvario y de la Muerte del Señor. A un costado del templo, los arces emblemáticos, con sus hojas cortadas en cinco extensiones, están unánimemente amarillos por la estación. Alguien entra por la puerta principal de la iglesia, y nadie más se ve en los inmediatos entornos. Allá, al fondo, algunos barcos atracados hacen pensar en visitantes de ocasión. Pasa el tiempo y por la puerta de la iglesia no se advierte a nadie en plan de salida. Ya casi al mediodía, el observador de la escena cree oportuno asomarse al recinto religioso para ver qué ha pasado. Entra. La nave principal, que es la única, se halla en penumbra. Alguien duerme en el suelo, bajo la imagen de Cristo descendido de la cruz. El durmiente ha llegado de muy lejos a ensayar su propia resurrección.

1189. LABOR EN COMÚN

Estaba de vuelta en el país por la grave enfermedad de su padre, a quien los médicos le daban poco tiempo de vida. Vivían en una zona asediada por las pandillas contrarias, y ese había sido el principal motivo de su migración hacia donde fuera. Ahora regresaba por razones de fuerza mayor, y de seguro no tardaría en volver a su nuevo destino. Pasaba encerrado en la pequeña vivienda, con su madre entre el rezo y las labores de casa y su padre postrado en su cama de siempre. Los días pasaban, y los médicos que veían periódicamente al enfermo en el Seguro no le hallaban explicación a la mejoría que experimentaba. La madre tenía una respuesta: “Es tu presencia, hijo. La tuya y la de Santa Rita, la abogada de los imposibles, a quien se lo tengo encomendado. No puedes irte”. Y no se fue, porque no quería cargar con aquella culpa. Aquel quizás era el mejor ejemplo de una vida mejor.

1190. SECCIÓN AUTOBIOGRÁFICA

En aquellos tiempos, lejanos y cercanos al mismo tiempo, según se les vea desde el calendario o desde la memoria, había domingos con marca especial: la misa tempranera en la iglesia de San Francisco y luego la primera función en el Cine Principal, que era de vaqueros en el Oeste de Roy Rogers y Hopalong Cassidy. Él era un niño, pero ya practicaba, con devoción espontánea, el culto a la fe y a la imaginación. Un doble juego de protecciones anímicas insuperables. El mejor auxilio de la Providencia, que, contra todas las adversidades, estuvo siempre ahí. ¿Qué más pedirle al destino?

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