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Historias sin Cuento

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (148)
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1207. MISIÓN CUMPLIDA

La fortuna familiar era producto del esfuerzo disciplinado de varias generaciones, desde que el bisabuelo Samuel inició una pequeña y rudimentaria tienda miscelánea en el barrio original, en cuyo centro corría una quebrada profunda. Ahora le tocaba a él, que era el único heredero de su padre, gestionar el conjunto creciente de salas de ventas, modernas y surtidas al máximo. Todo parecía seguir sobre ruedas, pero detrás de las apariencias iba emergiendo un espectro ilusionado. Y eso quedó a la luz, aunque nadie lo advirtiera, cuando un anciano desconocido se le acercó, y no a pedirle una limosna sino a entregarle la verdadera herencia: “Yo era niño cuando su bisabuelito Samuel me entregó esta carta para usté. Aquí está”. La tienda original necesitaba encargado. La última frase de la carta era inapelable: “Pero tenés que venirte ya, por favor, porque el futuro peligra”. Hecho.

1208. REGRESO A CLASES

El próximo sería su último año de estudios antes de concluir la educación media. Era estudiante destacado desde el principio, que anualmente aparecía en el cuadro de honor, y todos imaginaban que aspiraría a irse a estudiar a alguna de las grandes universidades del Norte. Al llegar el momento, sus padres, orgullosos y entusiasmados, promovieron aplicaciones en varias de ellas, y el jolgorio estalló en la casa cuando lo aceptaron en Harvard. Él fingió alegría, pero en verdad se hallaba desconcertado y aterido. Y es que, pese al reiterado aprovechamiento, su íntima ilusión era dejar los libros y las laptops para siempre y dedicarse al cultivo de la tierra con sus propias manos. Lo logró escapando como un fugitivo. Nadie pudo seguirle el rastro. Dejó una breve grabación, para que no fueran a creer que era víctima de la delincuencia. Y se fue a su aula soñada.

1209. SOLIDARIDAD INVERNAL

De resultas de su vagabundeo como inmigrante sin papeles ahora habitaba en una urbanización casi rural en las cercanías de Philadelphia, y su trabajo era de jardinero, que tuvo que asumir por necesidad, ya que en su lugar de origen ni siquiera se fijaba en las plantas que había cerca de la comunidad marginal donde vivía o en los arbustos que rodeaban la maquila donde hacía labores de limpieza. Ahora jardinereaba en un cementerio, y la experiencia le estaba abriendo zonas de percepción emocional que hubieran sido inimaginables en otras circunstancias. Dormía en una cabaña dentro del lugar, y por las noches la soledad era total. Pero eso se refería a la soledad convencional, porque en las horas nocturnas se producían las mejores visitas, las de las lluvias y los vientos de su mundo original, almas en pena listas para hacerle compañía.

1210. HORIZONTE FRATERNO

Tenía miedo tiritante de quedarse solo en el mundo, y por eso tuvo hijos en cadena y vivió todo el tiempo rodeado de perros. Pero la suerte o el azar parecían dispuestos a darle lecciones que él de seguro sintió como maleficios inmerecidos. Todos sus hijos se fueron dispersando como si huyeran del centro original y todos sus perros tuvieron quebrantos precoces, que les hicieron desaparecer prematuramente de los espacios visibles. Hasta que llegó el momento en que tuvo que enfrentar su miedo ancestral: quedarse solo en el mundo. Estaba ahí, en su refugio venido a menos, ya sin alternativas previsibles. Y entonces descubrió un pasadizo desconocido de la mente: aquella senda disimulada que llevaba hacia una azotea que comunicaba directamente con el horizonte. En ese espacio se quedó a vivir. No necesitaba más compañía.

1211. EMANCIPACIÓN PERFECTA

Los contados amigos le decían: “Te tiene preso la soledad digital”. Él, sin embargo, lejos de sentirse poseído se sentía libre, cada vez más libre, porque la comunicación cara a cara siempre le fue dificultosa al máximo, hasta el punto que sus periódicos tratamientos psicológicos nunca concluyeron en nada definitivo. Hoy se encerraba en su diminuto rincón y no tenía que justificarse en ningún sentido. Felizmente para él, existía la educación no presencial, y a esa optó en cuanto le fue posible. Vivía, pues, en reclusión total, como si el mundo exterior no existiera. Y en una de esas se detuvo un instante en la nube y desde ahí miró hacia todos los entornos. Lo que había abajo era un universo en miniatura, con todos los componentes del universo natural. Libertad pura, libertad plena. Cerró su máquina. Ya no la necesitaba. Todos los mensajes iban y venían por los alambres de la mente.

1212. AQUEL VUELO DE AIR FRANCE

Cuando abordó de madrugada en el aeropuerto neoyorquino JFK el vuelo de Air France todas sus intenciones eran dirigirse directamente a París, como lo había hecho en la adolescencia novembrina, aquel año tan remoto en el calendario y tan próximo en la memoria. El pasaje adquirido era, pues, para trasladarse a la capital de Francia. Se distendió para descansar, y muy pronto flotaba en el sueño. ¿Cuánto duró aquella levitación profana sobre las aguas de la inmensidad atlántica? Nunca lo supo a ciencia cierta, pero al despertar el avión estaba descendiendo entre la luminosidad del paisaje hacia una pequeña pista de otro tiempo. El capitán anunciaba la llegada por el altoparlante, pero sin hacer referencia al lugar de arribo. Tocaron tierra. Empezaron a salir. “Bienvenido, señor, lo esperábamos”. Él miró a su alrededor. Nadie. Perfecto destino.

1213. CRISIS DE IDENTIDAD

Entre la luz tempranamente vespertina el pequeño puerto poblado de gaviotas primaverales parecía una acuarela infantil. Él acababa de llegar, en viaje de trabajo, enviado por la empresa manufacturera que se iba expandiendo gallardamente por todas partes. Una vez instalado tuvo la tentación instantánea de salir a la intemperie cálida a tomar contacto directo con los entornos. Así lo hizo. Caminó hacia un lote de casas antiguas junto al malecón semiderruido donde se seguro estuvo el centro originario. Se detuvo ante el portón de una de esas casas y el número que estaba sobre el dintel le parpadeó inesperadamente en la memoria. Sí, era ahí. Solo recordaba que su madre soltera le decía sin más que había nacido junto al mar. Su padre, marino mercante, se fue y nunca volvió. Entró sin llamar. Al fondo, un hombre mayor en silla de ruedas le extendió los brazos. ¿Sería él?

1214. CONCLUSIÓN OBLIGADA

Había oído mil veces aquello de que las paredes oyen, pero nunca se había puesto a pensar en lo que podía pasar después de la oída. Cuando conoció a Manolo, el bailaor de flamenco, se sintió en confianza para hablar todo lo que quisiera y donde fuera. Después de todo, no tenía nada que ocultar. Era una mujer adulta en el sentido calendárico del término. Pero las cosas se complicaron, y el flamenco se volvió batalla campal. Cuando él se fue, ella les reclamó a las paredes: “¡Hablen, cobardes!”

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