Historias sin cuento

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<br /><h2>Aventura en clave</h2><p>&nbsp;</p><p>Era una típica tarde de mayo, cuando la lluvia ya se siente en confianza de agitar ráfagas a su antojo. De seguro el cielo estaba encapotado, haciéndose sentir a lo lejos las palpitaciones del relampagueo inminente. Y es que para él todo aquello, y cualquier cosa que estuviera pasando en los entornos, sólo era perceptible por asociación imaginativa, porque vivía prácticamente en una cueva.</p><p>Ahora tenía, sin embargo, una compañía insospechada: su telefonito celular, que funcionaba de milagro. Lo recargaba allá a las mil quinientas, cuando asomaba al mundo por alguna rendija de lo imprevisible. En realidad, aquel pequeño aparato estaba en sus manos por intercesión mágica, porque no recordaba cómo había llegado a su disposición. Quizás algún visitante de los ocasionales lo había dejado por descuido. El mundo de la cueva tiene vida propia. </p><p>Lo tomó para activarlo y a lo mejor enviar un mensaje. No daba señal.</p><p>—Bueno, yo traté –dijo en voz alta, como si necesitara justificarse.</p><p>Y entonces, justo entonces, la cajita pacha sonó. Lo llamaban.</p><p>—¿Ajá?... ¿En serio?... No sé… Quizás más tardecito…</p><p>En cuanto cesó la comunicación, una de esas ráfagas aleteantes de las que se habla al principio llegó hasta donde él estaba, sin alterar nada de lo que ahí había, aunque evidentemente con una cierta curiosidad ilusionada. La tarde de mayo, con todos sus destellos animosos y húmedos, se hacía presente. </p><p>De pronto, una hoja de papel, arrugada y de origen desconocido, flotó un instante frente a sus ojos, legañosos y entrecerrados.</p><p>La hoja tenía una sola palabra, en caracteres manuscritos con tinta de la de antes. La leyó, deteniéndose el tiempo que cualquiera se tarda en leer un denso párrafo.</p><p>—Entendido –dijo, sin más.</p><p>Después soltó el papel, pero ya no estaba presente la ráfaga. El polvillo de la cueva volvía a reinar como siempre. Y la hoja cayó desvanecida sobre un montón de objetos inútiles.</p><p>Él miró a su alrededor. Aquella era su cueva conocida, y ahora se le hacía la invitación a conocer otra cueva. Ató cabos. La voz en el celular y la palabra en la página. Sin salir no le sería posible descifrar nada de aquello.</p><p>Emergió. El pasadizo de salida era estrecho y zigzagueante. Cuando estuvo afuera, descubrió, con sincero sobresalto, que había un grupito de gente esperándolo. Aplaudieron. ¿Qué significaba? Estaba empezando a llover. Una mujer mayor anunciaba entre lágrimas de gozo inefable:</p><p>—¡Nació, ya nació!</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h2>CONSEJO PARA NACER CON SUERTE</h2><p>&nbsp;</p><p>Habían hecho todo lo posible, en los distintos planos artesanales, para consumar el doble anhelo unánime de la paternidad y de la maternidad. La obra consumatoria había comenzado en la misma luna de miel, para la que escogieron un hotelito de montaña refugiado entre pinares, al que se llegaba por una carretera de polvo. Si hubiera sido por la intensidad de los orgasmos, la impregnación se habría dado desde el primer día, entre los aleteos del aire fresco. Pasó la semana, y hubo que volver a los ajetreos de la vida citadina. Tenían casa arreglada, en una colonia nueva, de arquitectura ingeniosa, porque los espacios disponibles parecían irreales al ser medidos en metros cuadrados.</p><p>Siguió la vida. El fervor amatorio continuaba en vivo, pero se despenicaba sin resultados. Un mes después, la ansiedad había hecho acto de presencia, y empezaba a controlar la atmósfera. Ella tomó la iniciativa:</p><p>--Voy a hacerme exámenes.</p><p>Nada. Todo normal. Óvulos en orden y en ritmo. Y al saberlo, le quedaba a él el turno. </p><p>--Todo normal. Espermatozoides para regalar –fue su comentario, al conocer los resultados.</p><p>El silencio tenía su propia pregunta: ¿Y entonces qué pasaba?</p><p>Había que esperar con perseverancia fue el consejo del experto al que habían acudido para que les condujera la búsqueda. Y después, ya se verá que estrategia seguir. Estaría monitoreándolos periódicamente.</p><p>A los seis meses, aquello ya era emergencia. El especialista les abrió un horizonte:</p><p>--Creo que aún es muy pronto, porque tanto usted como usted están en los niveles normales, ideales diría yo; pero más adelante, podemos pensar en la fertilización in vitro…</p><p>--¿Eso quiere decir juntar artificialmente…?</p><p>--Bueno, no es un artificio: es un método.</p><p>Se miraron. No les hacía gracia, porque era meterse en las cosas de la Naturaleza o de la Providencia, según quisiera verse, pero…</p><p>Se avinieron al método. Todo por hacer realidad la ilusión. Y, después de hacer muchas pruebas en distintos laboratorios de países diversos, con inversiones cada vez más elevadas de por medio, todo resultó ilusión, no en la acepción de esperanza por cumplir, sino en el sentido de ensueño irrealizable. Pero no todo estaba perdido. Quedaba el milagro.</p><p>Santuarios van, santuarios vienen. Sin fronteras de credos. Desde Fátima hasta Putaparti. Desde Guadalupe hasta el Monte Toham. Desde Santa Fe, Nuevo México, hasta Puerto Príncipe, Haití. Peticiones en cadena. Y el silencio inmutable.</p><p>Un día de tantos, ella susurró, con aliento de fatiga:</p><p>--Ya probamos todo. Quedémonos así. Hay que respetar lo imposible.</p><p>Él lanzó un inesperado suspiro de alivio:</p><p>--Sí, ya es hora.</p><p>Y, como si hubiera estado aguardando aquella frase con tono de sentencia, el reloj de pie, hierático por tanto tiempo, típica herencia de familia, lanzó desde las interioridades de su maderamen oscuro, el latido de la hora. El tiempo seguía vivo, pues, desde las entrañas de sí mismo.</p><p>Y si el tiempo seguía vivo, también tenía que seguir viva la vida, porque entre ambos –la vida y el tiempo-- hay una alianza indisoluble, que se respira sin más. Los dos evadieron sus miradas directas, pero sabían que de alguna manera estaban mirándose, quizás por primera vez.</p><p>Se fueron a dormir, sin sobresalto. Estaban uno junto al otro, sin que sus pieles se tocaran. Descansaron así noche tras noche. Inmóviles, serenos, como dos estatuas paralelas. Y, cuando los síntomas empezaron a aparecer, fue tan natural que ni siquiera hicieron comentarios alusivos. </p><p>En el entorno familiar, la noticia de la próxima “visita de la cigüeña” fue tomada, en contraste, como un acontecimiento. Ellos eran tan reservados que con su actitud daban pábulo para las preguntas y los comentarios:</p><p>--¿Verdad que el que persevera alcanza? –querían averiguar entre risas picarescas.</p><p>--¡Ah, si la ciencia hoy lo puede todo! –afirmaban, con tono de autosuficiencia.</p><p>--¡Dios es grande y todo lo puede! –aseveraban en plan de conquista de voluntades.</p><p>El parto se dio casi en secreto, con comadrona anciana. Todo en orden. Fueron gemelos. Niño y niña. Tersos. Rosados. Impecables. Los progenitores, tranquilos en su enigma, comprendieron de inmediato que ahora serían cinco: ellos dos, los mellizos y la ruta secreta de aquel convivio.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h2> LLEGAR A DESTINO</h2><p>&nbsp;</p><p>Llegamos al monasterio antes del amanecer. Era lo previsto. El camino había sido largo y tortuoso, pero nada de lo que encontramos en su curso fue inesperado. Veníamos de nuestro anhelo más ferviente y estábamos a punto de encontrarnos con nuestra plena realización. Es lo que pudiera considerarse un recorrido perfecto. En la puerta nos esperaba el introductor:</p><p>--¿Listos para la travesía?</p><p>--Venimos de la travesía –argumentamos, con un principio de sorpresa inquietante.</p><p>--Bueno, los calificativos no importan. Están dispuestos, ¿verdad?</p><p>Hicimos, como era de esperarse, un signo de afirmación. Él, entonces, puso gesto de guía.</p><p>--Adelante.</p><p>Entramos en la vetusta construcción. La puerta de hojas imponentes se cerró de inmediato a nuestras espaldas. Estábamos adentro. Y hemos estado aquí, transitando sin descanso por pasadizos, escaleras, torreones, estancias y plazoletas interiores, desde que el tiempo es tiempo. Ahora ya se nos generalizó la sospecha de que este monasterio es la eternidad.</p>

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