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Historias sin cuento

<h2>Álbum de libélulas (45)</h2>
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Historias sin cuento

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<p><br /></p><h2>366. UNO PARA EL OTRO</h2><p>&nbsp;</p><p>Milena vino hacia mí entre la variopinta aglomeración de transeúntes que llenaban la zona peatonal a la hora en que todo el mundo está en la calle, de vuelta a sus casas o trajinando por ahí para refrescarse un poco. Nunca la había tenido tan cerca, y la sensación era de pronto una mezcla de euforia y de angustia, que se amasaba en el paladeable deseo de que pudiéramos estar verdaderamente juntos sin dejar de ser desconocidos. Cuando estuvo a un par de pasos de mí, su sonrisa tuvo el imperioso imán de las invitaciones sagradas. Extendí los brazos hacia ella y ella se acercó aún más. La estreché con ansia. Entonces, sólo entonces advertí que Milena era a la vez figura e imagen, cuerpo y reflejo. Eso no me amilanó. Al contrario: me sentí visceralmente identificado con ella, como nunca antes. Al fin podríamos funcionar como iguales.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h2> 367. ESTÁ AQUÍ, POR FIN</h2><p>Para llegar a ese punto es necesario que todas nuestras palabras entren en estado de gracia y le abran espacio a la presencia del profeta. Y el profeta por fin se hace presente. Sabíamos, desde siempre, que el profeta estaría aquí cuando verdaderamente lo invocáramos. Y la hora ha sonado. Lo inevitable tiene presencia, por fin. Nos sentimos envueltos por la emoción irreal que se vuelve real. Está aquí, con todos sus atuendos y atributos, y con la naturalidad de lo que se hace sentir sin intención explícita de hacerlo. Nos observa, nos transmite su mensaje sin palabras, resplandece para que no tengamos duda. Y luego alza vuelo. Todo vuelve a la normalidad cotidiana, entre el cemento y el alambre. El profeta es lo que tenía que ser: un ruiseñor fugaz. Nosotros, lo que tenemos que ser: sus discípulos distraídos.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h2>368. TWO DROPS</h2><p>Tenía conexión de Vonage y podía hablar cuanto quisiera, desde donde quisiera. Estaba haciéndolo en ese mismo instante, mientras la nieve caía alrededor, convirtiendo el entorno suburbano en una postal de las de antes. La plática era la de siempre, con algunos detalles del momento, que funcionaban como las rajitas de limón en el Martini. Y entre esos detalles del momento estaba el misterio de la nieve sobre los montes de tierra caliente. Al otro lado de la línea, ella reveló entonces otro misterio: sol tropical y brisa cálida en las escarpaduras boreales. Ambos se rieron de la broma climática. Quizás el verdadero misterio era que sólo ellos percibieran el inexplicable suceso. El mesero se acercó, en uno y otro lado de la línea, a preguntarle a cada uno si quería un poco más. Y ambos respondieron al unísono: “Two drops”. Dos gotas: suficiente para sostener el enlace místico.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h2> 369. LUGAR DE DESTINO</h2><p>&nbsp;</p><p>Venía caminando como siempre: erguida, cimbreante, magnética. Manejaba los tacones altísimos con gallardía gimnástica. Los jeans ajustados hasta lo inverosímil mostraban como preseas las abolladuras en la tela desteñida. La blusa floreada exhibía, en ritmos alternos, su muestrario de deleites. Y así ella iba dejando una estela de bocas entreabiertas con baba inminente. Llegó hasta el umbral de la entrada. En la puerta había un guardián que pedía documentos a los asistentes, porque era un club privado. Ella lo encaró, sin arrogancia, pero con aplomo natural: “Pertenezco a este lugar, y usted debería conocerme”. “Soy nuevo, señora, disculpe”. “Ah, entonces aquí tiene mis señas: revíselas”. Él Leyó la hoja de papel manido que ella le extendía. “Aquí sólo dice que usted es la Musa”. “¡Ah!, ¿y qué este nos es acaso el Bar Parnaso?”</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h2> 370. CONSEJO PROVIDENCIAL</h2><p>En la esquina norte de la plaza abierta del pueblo estaba la farmacia del doctor Andrés Duque. En esa plaza se desplegaba el mercado desmontable, y el colorido de las ventas fue de seguro una de las inspiraciones iniciales del pintor Noé Canjura. Allá, al fondo, más al norte, la figura gatuna del Cerro El Sartén anunciaba las elevaciones más remotas, allá donde por las noches aullaban los coyotes. Entré sin pensarlo en la farmacia del doctor Duque. Necesitaba alguna poción reparadora de las energías gastadas en un largo año de estudio obsesivo. El doctor no era expresivo, pero me indicó un jarabe color magenta. “No va a fallarle --me indicó--, pero usted tampoco le falle a él”. “¿Cómo así?” “Eso: que se apoyen mutuamente el paciente y el remedio”. Salí casi ilusionado. Tomé la poción con fe y con método. Y aquí estoy. Adolescente como entonces. La receta no falla.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h2> 371. NO ES COMO SE CREE</h2><p>&nbsp;</p><p> Un dios es un dios, independientemente de los vestuarios de que disponga y de los mensajes que se le atribuyan. Y si es un dios, todos sus músculos, cartílagos y membranas actúan en ese orden. Las que no se someten son las neuronas. Su oficio nervioso se resiste a las disciplinas ordinarias, tan comunes en la vida normal. Eso quedó otra vez en evidencia más que irrefutable aquel mediodía, en el convivio habitual entre lo humano y lo divino. El lugar era el pequeño spa en el centro del desierto urbano, desierto superpoblado, por supuesto, como son los peores desiertos del mundo. Reunidos, los habituales parecían fatigados o aburridos, hasta que el chasquido de un relámpago nervioso desató el desorden. Se excitaron, llegaron hasta las manos, trifulca de cantina. Después, los dioses se aquietaron, sonriendo. Recuperaban su espontánea condición humana.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h2> 372. LA RUTA DEL PLACER</h2><p>&nbsp;</p><p>Desde la ventana, el paisaje urbano era una estampa sensible al influjo de las estaciones. Y eso se percibía sobre todo en la suerte de los árboles: desnudos o vestidos, como en un acto de streap tease recurrente. De pronto, estaba en el cabaret del tiempo, y una seductora penumbra, con pulso de dama disponible en la barra del bar climático, le movía los mecanismos de la voluntad. Giró en su silla, y de la ventana abierta pasó a contemplar el estante donde estaban las botellas ordenadas, mostrando sus multicolores contenidos radiantes. El barman le preguntó: “¿Qué ordena ahora?” Él indicó un recipiente de los disponibles. “Ah –dijo el barman--, crepúsculo íntimo con ensueño abrigador”. Él giró de nuevo, y ya no era la ventana ni el bar, sino la habitación recién asignada. Ahí estaban él y ella. Solos. Libres. Dispuestos. Crepúsculo bebible.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h2>373. ZONA DE PELIGRO </h2><p>&nbsp;</p><p>Ayer no fue ayer. Afirmación puramente literaria, podría decir cualquiera. Pero no. Lo sé por los colores de mis sensaciones. Ayer siempre es más pálido que hoy y hoy siempre tiende a tener un tono mate en comparación de mañana. Pero, por lo que puedo comprobar sensiblemente, ayer fue y sigue siendo una muestra de luz intensa, hoy brilla como si no se quisiera quedar atrás, ¿y mañana? La escueta y natural pregunta me deja en suspenso. Si ayer no fue ayer ni hoy es hoy, ¿habrá mañana? ¿Dónde estoy entonces, pues? ¡Auxilio! </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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