Historias sin cuento

<p>Última voluntad</p>
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<p>Cuando el abuelo se despidió de este mundo, en realidad sin despedida, porque fue un golpe de aldaba en el corazón exhausto que no respondió al llamado, hubo que repartir los bienes que quedaban. El letrado les preguntó si el causante había formalizado su última voluntad. “¿Causante? Y eso ¿qué significa?” “¿Última voluntad? ¿Y cómo saber cuándo es la última?” Estaba visto: eran almas inocentes, en la más irónica acepción del término.</p><p>—Causante es el que deja bienes para sus sucesores. Y última voluntad es la que se plasma en el testamento de fecha más reciente.</p><p>—Aaah.</p><p>Era un “aaah” envuelto en bruma de escepticismo. Lo de “causante” resultaba fácil de entender; pero lo de “última voluntad” tenía sus bemoles. Y más por el hecho de que el difunto, como era de esperar conociéndolo, ni siquiera imaginaba la posibilidad de un testamento. Su filosofía era, literalmente: “Después de mí, el diluvio”.</p><p>Y como en verdad había causante pero no testamento, lo que venía era el reparto por partes iguales entre los tres nietos, que eran los únicos descendientes directos del difunto. Parecía simple, en términos legales, pero era una maraña en términos existenciales, porque cada uno de los nietos tenía su mundo propio, incomunicado del de los otros dos. </p><p>El causante poseía muchas cosas en vida, una larga y meticulosa vida. Aparte de inmuebles tanto citadinos como campestres y playeros, infinidad de objetos adquiridos en sus incontables viajes por los cuatro rumbos cardinales. Además, un apartamento en Nueva York y un velero que estaba anclado en Cádiz, la ciudad de sus antepasados. </p><p>Los tres nietos, que parecían trillizos en el físico y antípodas en el temperamento, se reunieron para hacer el primer intento de reparto. Cada quien hizo su lista, y, cuando las compararon, resultó que los tres habían escogido lo mismo. ¿Entonces? </p><p>—Pensemos hoy y nos reunimos mañana –dijo el más impulsivo.</p><p>—Va a ser por gusto –sentenció el menos expresivo.</p><p>—Hay tiempo –murmuró el más reflexivo.</p><p>Pero así estuvieron durante los días y semanas siguientes, sin pelearse pero sin entenderse. Hubieran podido animarse a dejarle el encargo a un partidor, pero eso ni pensarlo. Era cosa de familia. Lo único en lo que estaban escrupulosamente de acuerdo.</p><p>Y entonces el más impulsivo ofreció una salida que podía parecer extravagante, pero que tenía la gracia de lo enigmático:</p><p>—Natalia Boz podría ayudarnos. </p><p>Natalia era una dama extraña, de nebuloso origen centroeuropeo, que había llegado al país por motivos que nadie conocía del todo. Su condición de médium la volvía, además, un personaje que atraía a la vez adhesiones y rechazos. </p><p>—¿Una bruja? ¿Para qué?</p><p>—Como médium, podría comunicarse con el abuelo, y saber qué es lo que él piensa…</p><p>—Bueno, ¿qué perdemos?</p><p>Y los tres juntos fueron a ver a Natalia. La sesión fue breve y sin aspavientos. Natural, como una plática entre amigos. Y el abuelo, en voz de la médium, dio su mensaje:</p><p>—Véndanlo todo y repártanse el pisto.</p><p>Los tres se miraron entre sí. Aquel mensaje crudo y descarnado les había removido trasfondos anímicos soterrados. Esa voz recibida por vía indirecta acababa de recordarles que todas aquellas cosas eran vida vivida y sobre todo vida por vivirse. Era un recordatorio que los convocaba de pronto como la campana cariñosa de una capilla familiar. Cuando salían, cabizbajos y dispuestos a buscar nuevas fórmulas de reparto, se oyó una risita a la vez irónica y entrañable. El abuelo tenía sus puntadas. De eso sí que no había duda. </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h2>ESPEJISMOS NOCTÁMBULOS</h2><p>&nbsp;</p><p>El vecindario siempre fue tranquilo, porque la ciudad lo es. En condición prácticamente impecable. Una ciudad que parece de otra galaxia, en estos tiempos de trastorno climático global. Climático sobre todo en el plano mental. </p><p>Y entonces el vecindario es perfecto para cautivar a un personajillo como el que se baja una tarde del autobús interdepartamental, en uno de los costados de la plaza.</p><p>Trae sólo un atado de ropa, un cartapacio repleto de papeles y una alforja deshilachada con su tesoro inspirador: el DVD y su colección de CDs. La tecnología del momento entre la imaginería del pasado. </p><p>Visto en persona, el lugarcito que ha alquilado parece una trastienda abandonada, que da hacía un predio que alguna vez quizás intentó ser jardín, también rústico por cierto. Y aquella misma noche, después de comer un par de bocados típicos en un comedor vecino, se encierra a trabajar en lo suyo. Y necesita empezar por un ensueño consagrado: Humphrey Bogart e Ingrid Bergman bailando el bolero “Perfidia” en un cabaret del París de la Segunda Guerra Mundial. Sí, “Casablanca” es ahora un clásico, y todos identifican el cautivante melodrama con otro clásico de la música: “As time goes by”. Pero nadie menciona el bolero “Perfidia”, con la pareja estelar en una típica danza de enamorados. Descuidos que merecen una historia alternativa, inventada donde menos se espera.</p><p>Por la ventana descabalada entra un lampo de luna analfabeta, perfectamente ajena a las sutilezas provocativas de un filme de Michael Curtiz. Pero para eso él está ahí, redescubriendo la misma historia con lujo de destellos, como si compartiera emociones en el Café Américain de “Casablanca”. Él, un soñador intrépido e inútil que tiene hoy como tarea de vida recrear espejismos sin que nadie pueda interrumpirlo, ni siquiera las necesidades elementales del diario sobrevivir en condiciones aleatorias…</p><p>Mientras Ingrid y Humphrey, Ilsa y Rick, se besan desesperadamente, frente a una copa quebrada, en el París que está siendo ocupado por las tropas nazis, el actual y anónimo desterrado de sí mismo inventa su propio romance entre la guerra de las sombras sentimentales. ¿Dónde está su Ilsa? ¿Dónde está su Ingrid? ¡Eso es lo de menos! ¡La imaginación lo puede todo! Y mañana será otro día. Mientras el tiempo pase…</p><p>Ahí, ya queda listo el material reciclable de mañana. “Trapeze”. París en vivo. Tony Curtis saliendo del Metro, a unos pasos del Cirque d´Hiver. Y Gina, la Lollobrigida, sonriendo como una diosa de suburbio… El trapecio en el que se mece Burt Lancaster es el próximo escenario.</p><p>Hoy es hora de dormir. El vecindario tranquilo está invadido de fantasmas. ¿Qué puede ser más motivador para que la fantasía personal haga de las suyas impunemente?</p><p>&nbsp;</p><h2> PARED DE POR MEDIO</h2><p>Esa casa es de las antiguas, de cuando empezaban a aparecer las primeras colonias en la ciudad. Cuando desaparecieron los moradores originales, la casa fue pasando de mano en mano, y a alguno de los herederos se le ocurrió dividirla por dentro, habilitando dos entradas, de seguro para obtener más ingresos por alquiler. Así se construyó una pared medianera, botando algunas divisiones y haciendo desaparecer algunos ángulos. </p><p>La pared medianera no está hecha para aislar sonidos, y por eso cualquiera de ellos, aun de los más íntimos, transita de un lado a otro con absoluta confianza. Ha sido siempre así, y, aunque cambian los vecinos, y muchos ni siquiera se conocen más que por algún saludo casual, el hecho no cambia. Hay quienes lo aceptan sin mayores problemas y otros se cambian de vivienda a la primera oportunidad. </p><p>Hoy viven al mismo tiempo en la casa una viuda sin familia y un joven sin esperanza. Ambas condiciones proliferan en este tiempo atribulado por tantos contrastes. </p><p>La viuda ocupa la porción de la casa que da a un predio baldío. El joven habita la porción que da a una calleja prácticamente abandonada. Ninguno de esos dos horizontes inmediatos es en realidad horizonte, como si la vida les estuviera poniendo a los dos convecinos la misma prueba con escenografía diferente.</p><p>Ellos ni siquiera se conocen personalmente, porque cada uno sale por su lado a horas diferentes. La viuda, temprano, a hacer las compras elementales del día. El joven, después del mediodía, a unas clases universitarias que sólo son una vía rutinaria de imaginar formalmente el futuro. Y, por extraño que parezca, la pared tan frágil ha sido esta vez como un muro sellado.</p><p>Un día, pasan dos hechos simultáneos en cada una de las porciones de la casa: en la de la viuda, estalla un fusible y todo queda a oscuras y en silencio; en la del joven, aparece un batallón de luciérnagas, que se esparce por todos los rincones. </p><p>Y, a la mañana siguiente, es perceptible el extraño contraste: el joven está pálido, ojeroso y a punto de desvanecimiento; la viuda, rozagante, animada y ágil. Se encuentran por primera vez en persona. No es nada inverosímil que sean madre e hijo. Hay partos perfectos, sin dolor.</p>

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