Historias sin cuento

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<h2>Premio de perseverancia&nbsp;</h2><p>Cuando llegó el día en que estaban en la justa mitad de la existencia deseable, decidieron celebrar una pequeña fiesta privada: una fiesta de dos, como corresponde a las parejas que han conseguido, sin proponérselo pero trabajando afanosamente, la armonía suficiente para sentirse libre cada quien en compañía. No hablaron de que aquella sería una celebración especial aunque ambos sabían que lo era. En aquel momento, como de seguro nunca antes con tanta nitidez, los dos sintieron que habían llegado al punto de compenetración espontánea en el que ya resultaba casi imposible distinguir las fronteras anímicas.</p><p>&nbsp;</p><p>—¿Subimos? –le preguntó él, con un leve fulgor de ilusión en la mirada.</p><p>&nbsp;</p><p>—Como gustes –aceptó ella, sonriente.</p><p>&nbsp;</p><p>Él la tomó de la mano, dirigiéndose hacia la escalera de caracol que se hallaba al fondo, en la penumbra de lo que está fuera de servicio.</p><p>&nbsp;</p><p>Cuando llegaron al primer peldaño, ella fue la que preguntó:</p><p>&nbsp;</p><p>—¿No tienes ninguna duda?</p><p>&nbsp;</p><p>—No, ninguna. ¿Y tú?</p><p>&nbsp;</p><p>—Tampoco.</p><p>&nbsp;</p><p>—Entonces, vamos.</p><p>&nbsp;</p><p>Era tan estrecho el pasaje ascendente que tenían que ir uno detrás del otro. Él, con uno de esos gestos corteses que le eran tan propios, le cedió el paso. Dice la cortesía elemental clásica que cuando un caballero y una dama suben por una escalera, el caballero debe ir detrás, por si la dama resbala. Ojalá que no. </p><p>&nbsp;</p><p>A medida que ascendían, el caracol de la escalera se iba convirtiendo en un espacio más holgado, sin que hubiera causa aparente para ello. Y, además, pese al esfuerzo natural de ir ascendiendo en aquella forma, ninguno de los dos mostraba signos físicos del mismo; por el contrario, la respiración se les iba volviendo cada vez más tenue y apacible, como si el aire adquiriera, en la ascensión enclaustrada, un nuevo sentido de sí mismo. </p><p>&nbsp;</p><p>Allá arriba empezó a notarse una claridad que no era la de un tragaluz, sino la de un ámbito sin límites. Y, al final, arribaron. </p><p>—¿Qué es esto? –inquirió ella, dejando abierto el destinatario de la pregunta.</p><p>&nbsp;</p><p>Él, entonces, la abrazó con repentina efusión.</p><p>&nbsp;</p><p>—Preguntémoselo al aire, que es el único que tiene las claves del destino, porque nos permite respirar. </p><p>&nbsp;</p><p>Así, unidos en el abrazo, se quedaron en silencio, viendo hacia los entornos, que desde aquella altura parecían la mezcla de paisajes de diversas latitudes. Allá, al fondo, hasta se divisaban cumbres nevadas, inimaginables en la plenitud del trópico.</p><p>&nbsp;</p><p>En algún instante de aquella contemplación, se hizo sentir alrededor el vuelo giratorio de un pájaro de amplias alas resplandecientes, que fue a posarse muy cerca de ellos, en un pequeño saledizo de hierro oxidado. Y, al hacerlo, soltó del pico en que lo llevaba sostenido un liviano sobre, que sólo al desprenderse se hacía visible.</p><p>&nbsp;</p><p>Antes de que cayera al piso de lozas, él lo alcanzó. Y, sin esperar a más, extrajo el contenido, que era una hoja de papel evidentemente muy antiguo, en el que había algo escrito en caracteres de caligrafía ancestral.</p><p>&nbsp;</p><p>“Esperen que llegue la próxima nube”, leyó, en voz que era casi un arrullo.</p><p>&nbsp;</p><p>—Es ésa –indicó ella, mientras la vaporosa sustancia se les acercaba, a punto de envolverlos.</p><p>&nbsp;</p><p>Y cuando lo hizo, ambos se volvieron invisibles por algunos segundos. De inmediato, la nebulosa se desvaneció y ellos se miraron, sin decir palabra. En algún enigmático sentido estaban transfigurados, como si acabaran de recibir la energía necesaria y suficiente para emprender la segunda mitad de sus respectivas y coincidentes existencias. </p><p>&nbsp;</p><p>—¿Bajamos? –invitó él, haciendo un giro como de caballero de antes.</p><p>&nbsp;</p><p>—¡Sí, para que lleguemos a tiempo de gozar nuestra cena de aniversario!</p><p>&nbsp;</p><p>Así lo hicieron, y ya no por la escalera de caracol, sino por un tubo que les permitía jugar como adolescentes rehabilitados.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h2> HORMIGAS EN EL MURO</h2><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>¿Cómo, si aquí no hay muro? Y era cierto, en torno a la casa lo que había era una valla de arbustos de flor, que permanecían alternativamente activos. La frase, pues, parecía una metáfora más de aquel pensador original que era nuestro vecino, y que con alguna frecuencia nos visitaba, con un motivo diferente cada vez. Esto nos impacientó en un principio, pero luego nos fue pareciendo una especie de aventura inocente e inspiradora, porque el vecino tenía siempre un juego de imágenes a su disposición, que barajaba como si estuviera en una partida de cartas.</p><p>&nbsp;</p><p>En esta ocasión, el móvil de su presencia se resumía en esa frase:</p><p>&nbsp;</p><p>—Hay hormigas en el muro, y de ahí pueden ir invadiéndolo todo.</p><p>&nbsp;</p><p>Le presenté de inmediato el comentario correctivo:</p><p>&nbsp;</p><p>—¿Cómo, si aquí no hay muro?</p><p>&nbsp;</p><p>El visitante hizo un movimiento oscilatorio de cabeza, lo que le agitó la melena cada día más cana. Algunas hebras quedaron suspendidas sobre su frente. </p><p>&nbsp;</p><p>—Ahí está justamente la cuestión: en la presencia evasiva de ese muro. Si no lo reconocen, pronto llegarán las hormigas, como una invasión incontenible. </p><p>&nbsp;</p><p>—Amigo, está de moda la onda apocalíptica. ¿Se une usted a ella?</p><p>&nbsp;</p><p>No se alteró por el sarcasmo de mi reacción. En un impulso que no le conocíamos, llegó junto a nosotros, que estábamos de pie junto a la ventana abierta. Y, sin que tuviéramos tiempo de evitarlo, nos tomó de las manos. </p><p>&nbsp;</p><p>—El muro es nuestra falta de confianza en el misterio, y el misterio se impacienta mucho más fácilmente de lo que nos imaginamos. Las hormigas sobre el muro son las avanzadas del misterio ofendido, que vienen por nosotros…</p><p>&nbsp;</p><p>En su actitud y en su voz se manifestaba una energía tan profunda y convincente que nos impregnó sin resistencia. Lo sentimos, de súbito, como un ser de otra dimensión. Y él, una vez producido el efecto, empezó a apartarse de nosotros, hacia la puerta de salida.</p><p>&nbsp;</p><p>—¿Qué ha pasado? –me preguntaste, una vez que él hubo desaparecido.</p><p>&nbsp;</p><p>—No sé. El vecino es sin duda un ser muy especial. Asusta un poco, ¿verdad?</p><p>&nbsp;</p><p>—Mejor salgamos un rato a pasear por ahí, para asegurarnos de que todos los muros que hay en los alrededores son de piedra y de que las hormigas trabajan tan pacíficamente como siempre.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><h2> ENTRE LUCIÉRNAGAS</h2><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Caminaba por los senderos encementados, entre los árboles de bálsamo y los macizos de arbustos ornamentales. Una de las entradas estaba en el monumento conmemorativo del centenario del Primer Grito de Independencia, y por ella llegaba todas las tardes a hacer su ronda vespertina, para aligerar los músculos después del trabajo burocrático, espeso por excelencia. Alrededor, había múltiples construcciones residenciales, porque la ciudad todavía estaba concentrada en sus límites de origen, con algunas expansiones prometedoras hacia el occidente. Aquella tarde, se detuvo en su caminata cuando un brillo cautivante se le apareció entre unas matas de gemelas. No pudo evitar acercarse, y casi arrodillado descubrió lo que era: una luciérnaga muy diferente a todas las que recordaba. </p><p>&nbsp;</p><p>La noche estaba próxima, y él tuvo que dirigirse hacia su vivienda en el barrio San Miguelito, que quedaba hacia el norte, rumbo a Mejicanos. Y llegó al destino cuando ya la luz crepuscular iba dejando sus últimos lampos violáceos sobre los tejados irregulares. </p><p>&nbsp;</p><p>Abrió la puerta con su llave, como todos los días, y se incorporó a la semipenumbra del interior, que semejaba la de las capillas pueblerinas. No hacía mucho que se había acompañado con Benigna Luz –ese era su nombre, según lo ven escrito–, una viuda joven que conociera en las fiestas agostinas recién pasadas, al azar, caminando entre los puestos de la feria. </p><p>&nbsp;</p><p>—Ya llegué.</p><p>&nbsp;</p><p>Nadie respondió. Fue a la cocina, al pequeño dormitorio, al lavadero. Nada. Sólo quedaba la ínfima azotea donde se ponía a secar la ropa. Subió la escalerita de escalones crujientes. Ahí, en el único rincón disponible, estaba ella, de rodillas. Enfrente tenía la misma luciérnaga que él acababa de encontrar en una jardinera del Campo de Marte. </p><p>&nbsp;</p><p>Y, sin pensarlo, se ubicó junto a Benigna Luz, cuyo nombre ahora podía entender en su verdadero sentido. Así, ambos arrodillados, era como si estuvieran recibiendo la bendición radiante que enlazaba sus vidas.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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