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Historias sin cuento

<p>Misión del calendario</p><p>Todo listo. El coyote había dado la fecha, que estaba marcada sin más explicaciones en el calendario de farmacia, prendido en la pared. Una pared con lamparones de humedad, que delataban lo endeble o lo caduco de la construcción. Y, en contraste, la voluntad era firme como un muro de roca viva. La voluntad, la suya, la de un joven de aspecto casi raquítico, que no quería quedarse quieto mientras el mundo giraba sin descanso a su alrededor. Bueno, esto es lo que siempre pasa desde que el mundo es mundo, pero cada quien lo encaja y lo procesa a su modo y según sus posibilidades y habilidades.</p>
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Historias sin cuento

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<p>En la víspera del viaje se dio un hecho del que nadie pareció percatarse en el momento: desapareció la hoja del calendario que correspondía al día señalado. El único que se dio cuenta fue el viajero, porque justamente se acercó al calendario para confirmar por última vez la fecha de la partida. Cuando observó la ausencia, hizo un gesto de “qué importa” y se dirigió a su rincón a darle el último toque al bulto que llevaría consigo, con lo mínimo, porque el trayecto sólo admitía cargas mínimas. Todo en orden.</p><p>Se incorporó al grupo de viajeros indocumentados. Cruzó dos fronteras. Y cuando ya iba en el tren por ásperas tierras desconocidas, en hacinamiento asfixiante, giraron vertiginosamente todas las imágenes. Las imágenes y los estruendos. </p><p>El tren detenido humeaba, resquebrajándose. Había un montón de cuerpos inmóviles alrededor. Él respiraba, pero no podía moverse. Ni siquiera tenía ánimo para gemir. Y entonces se fue haciendo la penumbra a su alrededor, y luego la tiniebla. Tiniebla que de seguro era más una forma del destino que una contingencia del trayecto. </p><p>Entreabrió los párpados. ¿Dónde estoy? La pregunta revoloteaba en torno a su cabeza inubicable, como las avispas de los panales campesinos, allá donde había crecido desde el instante de nacer. Y eso le detonó el otro revuelo: el de las imágenes vividas desde entonces.</p><p>La frase surgió de los labios amoratados y dolientes:</p><p>--¿Dónde estoy?</p><p>La figura vestida de blanco se hallaba de pie junto a la camilla estrecha. </p><p>--Aquí, respirando.</p><p>Escuchó la respuesta como si fuera una sentencia de vida entre tantos indicios de muerte. Cerró de nuevo los ojos, antes de hacer otra pregunta:</p><p>--¿Es hospital?</p><p>--No.</p><p>Era un “no” casi susurrado, como si la voz se fuera alejando. Había que apurarse:</p><p>--¿Albergue?</p><p>El “no” ya se hacía inaudible.</p><p>--¡Espere! ¿Qué pasó en el camino? ¿Atacó la mafia? ¿Fueron los agentes?</p><p>Imposible saber si la respuesta era otro “no”. La voz había desaparecido. Tenía que hacer un esfuerzo heroico. Volvió a abrir los ojos. No podía incorporarse. Todo su cuerpo le era de pronto desconocido. Gritó o creyó que lo hacía. Pudo alzar una mano, que le cayó sobre el pecho. Y la mano se detuvo en un papel grueso. Lo agarró como pudo. Sí, era la hoja del calendario donde estaba marcada la fecha de la partida. La vista se le nubló antes de averiguar si la fecha tenía el círculo del señalamiento.</p><p>El escalofrío lo sacudió con fuerza. Entonces cayó en cuenta de que estaba sobre el suelo vivo, sin nada a su alrededor. A campo abierto, entre lo que salta por todos lados cuando se produce una explosión. ¿Cómo había llegado hasta ahí? ¿Dónde estaba? Y la respuesta que había recibido al principio le llegó de nuevo, como un eco providencial:</p><p>--Aquí, respirando. </p><p>&nbsp;</p><h2>LA HISTORIA DE SIEMPRE </h2><p>&nbsp;</p><p>Lo miró directamente a los ojos, con ánimo de grabador de imágenes:</p><p>--Vos sos hombre de mi entera confianza, y eso tiene un alto precio, para bien y para mal.</p><p>El aludido oyó la frase sin inmutarse, aunque el tono de voz del que la había proferido revelaba un cierto matiz de sentencia.</p><p>--A sus órdenes, jefe –fue su respuesta mecánica.</p><p>--Vamos entonces adentro. Te voy a dar las instrucciones.</p><p>Con el jefe a la cabeza, se dirigieron hacia una puerta de metal pesado que daba acceso a las interioridades de la edificación que mostraba todos los volúmenes y perfiles de un monasterio convertido en fortaleza. Al cerrarse la puerta tras ellos, en el lugar donde estaban quedó una penumbra imperturbable, sin que fueran visibles las fuentes de solapada claridad.</p><p>Ya adentro, un curioso ambiente familiar abría sus espacios hospitalarios. Ni monasterio ni fortaleza: más bien el refugio residencial de algún noble venido a menos. Y aquel era, sin duda, el salón de recibo. </p><p>El jefe pasó a ocupar el sillón de cabecera, junto al cual había una pequeña repisa llena de botellas de contenidos multicolores. Al lado de las botellas, las copas de distintas figuras y tamaños. </p><p>No lo invitó a sentarse, y él se mantuvo de pie, con un cierto aire de obediencia militar. El jefe se sirvió una copa, que tenía figura de dragón expectante. El líquido era azul intenso. Luego tomó otra en forma de roedor sigiloso. El líquido era casi transparente.</p><p>--Aquí está el mapa, y en él la posición indicada. Hay que socavar el terreno sin que nadie se dé cuenta para que luego digan que el hundimiento fue efecto de una cárcava. Todas las edificaciones tienen que quedar soterradas, para que nadie sobreviva. El hormiguero es la amenaza mayor. A preparar las cuadrillas de inmediato, pues. </p><p>--Entendido.</p><p>El jefe y el subalterno bebieron de sus respectivas copas. Y en cuanto lo hicieron se produjo la metamorfosis. El dragón se irguió con su vestido imperial. El roedor se puso a la expectativa, listo para cumplir la orden.</p><p>Cuando ocurrió la catástrofe, fue tan perfecta la obra que nadie quedó para contar el cuento, ni siquiera su autor intelectual y su autor material. Pero el cuento sobrevivió por su cuenta, como lección moral para dragones y roedores. Nadie, desde luego, le ha hecho caso. </p><p>&nbsp;</p><h2>TOUR PERSONAL</h2><p>&nbsp;</p><p>--¿Adónde lleva esta cuesta?</p><p>--Al otro lado del mundo.</p><p>Respuesta ingeniosa, pensó. Le bastaba para quedar satisfecho. El coche conducido por cuatro caballos en doble fila continuó su dificultosa ruta ascendente. Las piedras rodantes iban soltándose al paso, y por momentos parecía que el vehículo rodaría también con alguna de esas piedras. Alrededor, los promontorios rocosos apenas dejaban espacio para algunos mogotes de verdor arruinado por los rigores de la resequedad veraniega. Y el aire incansable también hacía lo suyo. </p><p>Llegaron, por fin.</p><p>--Baje, que aquí se acaba la carrera.</p><p>“¿Carrera?”, pensó. “Si este mamotreto no da más que para un avance tosigoso”. Y, saliendo por la puertecita cóncava, aspiró a fondo el aire de la altura, como si él fuera el que acabara de hacer un esfuerzo extraordinario.</p><p>Bajó, sin tocar los dos escalones flojos que estaban al pie de la puertecilla crujiente. Pero al tocar tierra se percató, ya sin posibilidad de remediarlo, que abajo no había tierra, sino el vacío. </p><p>--¡Auxilio! –gritó con voz que se perdía en la caída.</p><p>El cochero, impávido, observaba lo ocurrido, como si fuera un acontecer cotidiano sin ninguna novedad adicional. Los cuatro caballos resollaban, de seguro reclamando las señales del regreso. Allí, en lo alto, pasaban mansamente las nubes.</p><p>--Vamos –dijo el cochero, haciendo girar las riendas. </p><p>Y, mientras los caballos accionaban con precisión impecable, desde el filo mismo del precipicio sin fondo, el conductor iba pensando, como en todos sus trayectos de rutina, que los turistas existenciales están cortados con la misma tijera. Nunca dejan de hacer la misma pregunta: “¿Adónde lleva esta cuesta?” Él da la misma respuesta: “Al otro lado del mundo”. Todos sonríen, pensando: “Respuesta ingeniosa”. Y, al final, gritan: “¡Auxilio!” Quisiera toparse alguna vez con un viajero perspicaz.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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