Historias sin cuento

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Álbum de libélulas (58)

472. PIQUETE INVERNAL

Coñac Remy Martin. Crema blanca de menta. Agua con burbujas. Y todo eso junto, un ensueño líquido capaz de convocar otros ensueños. Por ejemplo, el de esa mirada que estaba ahí, junto a él, viendo alternativamente hacia sus ojos y hacia la calle. Los ojos que se posaban en los suyos eran casi transparentes y la calle mostraba la desnudez aterida propia de aquella época del año. El lugar, ideal por cierto para ambas contemplaciones, era el pequeño restorán francés sobre la neoyorquina calle 79: Quatorze Bis. ¿Por qué 14 y por qué Bis? No era el momento de averiguarlo. Ella, en ese preciso instante, sorbía la última gota del coctel llamado Piquete Invernal. Y eso le dio ánimo a él para convertir en palabras su corazonada que también era un piquete: “¿Dormimos juntos esta noche?” ¡Primavera repentina que llegaba en el pulso de una sonrisa cómplice!

473. LECCIÓN DE VIAJE

El vuelo es impecable, pese a la huelga de pilotos de IBERIA. Un ligero retraso en tierra, y luego el aire impone su ley. Como es vuelo nocturno, todas las lejanías están refugiadas en sí mismas. Las luces de la cabina se apagan. El silencio hace su acostumbrada fusión con las respiraciones. Pero entre éstas hay una que parece querer escapar de ese giro casi fatal. Es una rebeldía tenue, que no produce ningún sobresalto. Las otras respiraciones están inmersas en su propia irrealidad. Volar en una cápsula de metal es desde luego lo más irreal que existe. Hay un instante en que la misma respiración rebelde parece quedar envuelta por tal encantamiento mecánico. Pero de pronto sucede lo irresistiblemente humano: el silencio impone, a su estilo, la autoridad paternal. Y la leve respiración insumisa se refugia en un rincón, como una gatita bien entrenada.

474. EL JARDÍN DE BOUGIVAL

Es una maraña educada, según diría el profesor, sonriendo como siempre por su ingenio verbal. Una maraña de apacibles verdes blanquecinos, entre los que fulguran algunos rojos anhelantes. Ahí nomás, al fondo, las altas paredes indican que se trata de una edificación doméstica. Y eso se comprueba con el balcón de caja redonda que está a la izquierda, en lo alto. Al fondo, también a la izquierda, los tejados distantes muestran los trazos de un poblado. Composición pictórica perfecta. El profesor se queda serio de pronto. Lo oigo respirar como si la emoción lo atenazara. “¿Qué le pasa, maestro?” Responde en un susurro: “Es ella”. Y dirige el índice hacia el cuadro. No veo a nadie ahí. Él, entonces, vuelve a sonreír. “Si no la mira, necesita un trabajo de observación más fino”. Y entonces en el cuadro de Bherte Morisot siento que vuela una mariposa. El maestro, emocionado, suelta una lágrima.

475. NUNCA FALTA UNA MANO

Nieva como pocas veces. En las noticias está presente, a cada instante, el temporal blanco que lo envuelve todo. Pero la vida no se detiene: es el temporal perfecto, y viene siendo así desde siempre, sin necesidad de que el famoso “cambio climático” tenga que “echarle una manita”. Él lo piensa mientras se refugia en el pequeño espacio donde reside: ese desván lleno de objetos ya inservibles. Hace frío. Mucho frío. No hay calefacción. ¿Qué hacer? Se sienta sobre la estera arruinada que le sirve de lecho, cierra los ojos y entra en una especie de trance. Así va sintiendo que un calorcito suave se le acerca. Intuye que todas las cosas que están a su alrededor se han movido para darle abrigo; pero no se atreve a abrir los ojos para no correr el riesgo de romper el encanto. Afuera, la nieve parece una amante celosa que quiere recuperar lo suyo.

476. AÚN ESTÁ AMANECIENDO

Paredes, muros, buhardillas, cúpulas, ventanas y, arriba, los edredones del cielo con alguna abolladura de azul curioso. Desde el balcón de metal joven y reluciente, el entorno es una estampa del siglo antepasado. Si no fuera por el oportuno vuelo de dos o tres golondrinas, le bastaría al paisaje con estar ahí para volver a ser la eterna fantasía impresionista. ¡Pero un momento, por favor! ¿Qué es aquello que parece cruzar en dos segundos la calzada que se adivina al fondo? No, no es ilusión nostálgica: es un carruaje tirado por caballos. ¿Y aquello otro que, más lentamente, acaba de atravesar el retazo visible de la avenida custodiada por el batallón de árboles que la estación convierte en indigentes? Sí, es un auto de lujo para potentados distraídos. Entrecierro los ojos, y en el interior aletea la banderola con mensaje: “París es París, ayer, hoy y mañana”…

477. ¿ES POSIBLE LA PAZ?

El expositor, luego de presentar un muy escueto marco teórico, había iniciado el diálogo con una pregunta con olor a provocación filosófica: ¿Es posible la paz? Alguien, en el público levantó la mano: “La paz de los sepulcros, sí”. El ponente sonrió: “Respuesta obvia. Más creatividad, por favor”. Se alzó entonces otra mano: “La paz de los sueños realizados”. “Respuesta lírica. Quisiera algo más practicable”. Luego de unos cuantos segundos se alzó otra mano: “La paz de tener todas las cuentas pagadas al fin de mes”. “Respuesta doméstica. ¿Sería posible un poco más de imaginación?” El auditorio parecía estarse impacientando. Y, con gesto casi crispado, se alzó otra mano: “La paz del corazón contento”. “¡Upa, entramos en terreno de las emociones!” Entonces se oyó una voz que no tenía mano: “¡Viva la inspiración, muera la filosofía!” Fin de la clase.

478. EN CUALQUIER PARTE

Chamarra de cuero, botas de vaquero de antes, bufanda que parecía toalla degradada. La realidad no da para mucho cuando se es indocumentado en tierra inhóspita. ¿Y qué tierra no es inhóspita en estos tiempos sin ley ni compasión? Caminaba por la avenida, entre las olas de desconocidos. Apenas tenía unas monedas y había que beber y comer algo. Entró en el sitio donde su condición de habitual le proveía una especie de inmunidad sobreentendida. Fue a ubicarse a su rincón del fondo. Llegó la mesera de larga trenza única y de ojos oscuros con reminiscencia del desierto, cualquier desierto. “¿Qué haces hoy?”, le preguntó ella. “Lo de siempre”, respondió. “¿Nunca te da miedo?” “Todos los días, pero robar es mejor que desaparecer”. “¡Filósofo existencialista o político posmoderno!”, se rió ella, haciendo alarde de lo que aprendía en un cursillo virtual…

479. ADVERTENCIA SUPERIOR

La manifestación venía por el Paseo del Prado, entre la onda de frío siberiano. Una frase ondeaba en todas las banderas: ¡NO A LOS RECORTES! Y de pronto, de alguna parte surgió una voz, casi apocalíptica: “¡Porque, si siguen recortando, el Sol se va a quedar sin cojones y la Luna sin tetas!”

480. LO ÚNICO QUE FALTABA

Pasó todos los controles y sólo faltaba el interrogatorio final. “Por aquella puerta”, le indicaron. La abrió, y la exclamación estalló: “¡¿Tú aquí?!” Sí, ahí estaba su conciencia, esperándolo.

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