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Historias sin cuento

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David Escobar Galindo

Álbum de libélulas (59)

481. ENTRE LAS NUBES

El avión va descendiendo hacia el aeropuerto de Comalapa y ese descenso tiene dos recibimientos contrastantes: el aire con traviesas turbulencias y la tierra con alfombras de lujo tropical. Por el parlante se ordena abrocharse el cinturón para prevenir cualquier percance. Dentro de la cabina de pasajeros todo transcurre con normalidad bien atendida. Pero de pronto la nave tiene un acceso, como si fuera de tos alérgica. La tripulación se sobresalta y los pasajeros entramos en pánico. Se oye entonces la voz del capitán, serena como si nada pasara: “Se ruega a todos que recuperen la tranquilidad. No hay ningún motivo para alarmarse. El movimiento que se ha sentido es sólo una leve crisis emocional del aparato. Hace tiempo que esta nave no volvía a su tierra. Seamos comprensivos”. Explicación curiosa. ¿Creemos o no creemos?

482. PARÁBOLA DEL ASCENSOR

Se conocieron en el ascensor. Lo que no recordaban era si el ascensor subía o bajaba. Más bien había un contraste en las imágenes recordadas: para él, el ascensor subía; para ella, el ascensor bajaba. En todo caso, se fueron a vivir a un lugar donde no había ascensores: una pequeña comunidad habitacional ubicada en una planicie rústica. Pero eso sólo en apariencia resolvió el problema de origen. El ascensor mental seguía ahí, funcionando como una máquina impenitente. Un dúa de tantos, ya cuando sus hijos habían alzado vuelo y ellos se habían quedado solos de nuevo, surgió en ambos, al unísono, el impulso de recuperar el misterio que parecía rodearles desde un inicio. Y, sin mayores preámbulos, vendieron su casa y compraron un apartamento en el piso más alto de un edificio muy reciente. Y cuando tomaron el ascensor se sintieron verdaderamente en casa.

483. ENCUENTRO CASUAL

¿Recuerdan a Madeline Ashton? Difícil olvidarla, sobre todo después de haberla visto caer por la escalera de la iglesia donde se celebró el funeral de su ex marido Ernest Menville. Pero Madeline es más, mucho más que un personaje de película interpretado por Merryl Streep. Es la encarnación trágica y cómica a la vez de nuestro sueño más evasivo y pertinaz: ser eternos. Esta tarde, en una vieja calleja superpoblada de tenduchos y negocios varios, que tengo que recorrer con frecuencia, me ha llamado la atención el anuncio borroso: “Madeline Ashton ofrece asesoría para sonámbulos”. ¿Madeline Ashton? No puede ser. O bien puede ser. Entro en el lugarcito, que es poco menos que una pocilga. Al fondo, una mujer cubierta con un velo aguarda. Me siento frente a ella. Se levanta el velo. Mantiene los ojos cerrados. Cierro los míos. Comienza la función.

484. ALMAS GEMELAS

Aquella noche, en la rotonda del madrileño Hotel Palace, la vio aparecer y de inmediato se dio cuenta de que era la presencia tan largamente esperada. Salió a su encuentro y, sin preámbulos, la invitó a tomar algo en el bar ubicado en uno de los costados de la rotonda. No se presentaron mutuamente, porque no era necesario. Ambos ordenaron un fino, para abrir el apetito. Y así empezó la plática. Se fueron luego al restorán, en el otro costado de la rotonda. Una cena frugal, con delicias hortelanas y marineras bien calculadas. El reloj se movía sin prisa. Estaban ya a tiempo del bajativo. Orujo y pacharán. Entonces llegó el momento de la pregunta mágica, que hizo él, porque le correspondía hacerla: “¿Cómo te llamas?” Ella lo miró a los ojos: “¿Importa?” Y él hizo un travieso gesto negativo. No, no importaba: la calidez del lecho no requiere identidades.

485. VIVIR DEL CUENTO

Tocaron a la puerta, que se había vuelto bastante más estrecha de lo que ellos recordaban. Más estrecha y mucho más moderna, con algunos arabescos de metal incrustado. Aunque estas sensaciones bien podían ser fantasmagoreos de la memoria, que siempre es mucho menos fiel de lo que imaginamos. Sólo unos segundos transcurrieron antes de que la puerta se abriera, dejando ver a la mucama vestida con uniforme negro y cofia blanca, como en un filme de Hitchcock. Sin decir palabra les franqueó el paso. Adentro, la ambientación recordaba los argumentos de Orson Welles. Cruzaron el pasillo y llegaron a lo que era un puentecito sobre una corriente de agua. Al otro lado, se abría la arboleda. Ellos dos –Hansel y Gretel— eran ahora dueños de su destino. Algún atajo del bosque los llevaría al otro lado, a ese lugar tan parecido a un escenario de Woody Allen…

486. PASIÓN DEL ARTISTA

El escultor parecía estar en época seca, porque no hallaba motivos que le movieran la voluntad hacia un tema preciso. Aquel día, meditabundo en su pequeña biblioteca, reparó en un libro ilustrado que su abuela le había dado en la infancia. Una colección de cuentos de Óscar Wilde. Ahí estaba esa brevísima narración: “El Artista”, que esculpió la estatua del “Dolor que se sufre toda la vida” y luego la quemó en un horno para utilizar el mismo bronce en otra estatua: el “Placer que dura un instante”. Providencial hallazgo. Mensaje recibido. Fue a buscar entre sus esculturas y halló una que se llamaba “Deseo”. Era la ideal para su propósito. La llevó al horno, para cumplir el rito. Y luego llegó el momento de pensar qué haría con el metal disponible. El artista de Óscar Wilde lo había tenido fácil. Él estaba en suspenso, hasta que lo supo. Se llamaría “Duda”.

487. NOTA DE PIE DE ESPUMA

La cabellera suelta del oleaje golpea contra los pretiles rocosos de la costa acantilada. Ahí, en el extremo de la delgada lengua de costa, se halla el faro, mucho más pequeño que los faros legendarios, pero con una capacidad de irradiación que ya hubieran querido los de entonces. Alguien pregunta: “¿Aún existen los faros?” Por supuesto que existen, y siguen cumpliendo con la labor de siempre: orientar la navegación. El velero va cruzando ahora mismo ante el faro que está enfrente. Las espumas salpicadas parecen salivazos gozosos de un orador incansable. Desde la cubierta del velero, un navegante desconocido le hace una señal al farero también desconocido. Como por obra de un juego del viento, el barquito de vela casi toca el promontorio pétreo donde se alza el faro. Y entonces, entre un jolgorio de gaviotas, comienza la tertulia de viejos amigos.

488. UN SÁBADO CUALQUIERA

Dios es bueno con nosotros. Y lo es en lo más importante: los detalles pasajeros que le dan sentido al diario vivir. Esta mañana, por ejemplo, Titi y yo salimos a hacer nuestras compras de sábado. En la ruta nos encontramos con un antiguo vecino, al que no veíamos desde hace mucho tiempo. Lo abrazamos con profusión de sonrisas y frases de cariño. Después de un minuto nos despedimos, prometiéndonos vernos más a menudo. Nosotros nos vamos a seguir nuestra faena sabatina. Él se queda en su sitio. Es el almendro que está en una esquina casi escondida entre muros.

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