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Historias sin cuento

Cuentos de medio minuto (3)
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Historias sin cuento

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(Homenaje al cuentista húngaro István Örkény)
SOLUCIÓN INMEDIATA
 
Somos gente de campo. Nuestra subsistencia depende de un pequeño predio donde sembramos cereales, según la época del año. Antes, la estación lluviosa y la estación seca se respetaban mutuamente. Hoy, nunca se sabe. El cambio climático –¿qué es eso?– hace de las suyas. Las nubes parecen bien cansadas y con ganas de dormir, y al día siguiente despiertan hechas una furia. Solo nos queda un recurso: acudir al brujo del cantón. Don Rufino nos mira a los ojos: “Olvídense, muchachos. Esto ya se acabó. Los granos ahora no hacen caso, igual que la suerte. Les compro el terrenito y santas pascuas”.

SIGLO XXI Y SIGUE…

—¿Están todos los que deben estar?

—¡Toditos! –confirma el coro de voces.

—Entonces, no estamos todos. Falta alguien.

Los presentes se miran entre sí. No entienden el reparo.

—Sí, falta alguien: el que va a conducir este seminario sobre las funciones trascendentales del tiempo. Porque yo tengo condición casual. Soy un estornudo del pasado, un bostezo del presente, un eructo del futuro. ¿Entienden?

UNA BELLA AMISTAD

26 de noviembre. Es un día jueves, de otoño. ¿O será un día lunes? No importa. Nueva York resplandece entre la niebla. El Teatro Hollywood es el lugar escogido. La sala llena está expectante. Rick e Ilsa aparecen, pero no en la pantalla, sino en el escenario. ¿Pero que no era esta la primera exhibición de “Casablanca”, esa cinta en blanco y negro que embelesa a los críticos? Silencio. La voz y el piano de Dooley Wilson sí son los mismos: “As time goes by”. Allá al fondo, dos fechas parpadean: 1942, 2012. Así pasa el tiempo, sin pasar. Ingrid y Humphrey sonríen, en su palco.

ROSAS ROJAS

La dama se distingue en lo alto. Viene bajando, ágil y gallardamente, por la sinuosa escalera de mármol, que no parece tener fin. Aunque sonríe, lo que se adivina en el fondo de su ser es un pozo de melancolía. ¿Una dama triste, entonces? Quizás. Se pasea por los alrededores, como si quisiera reconocer todo lo conocible de los que alguna vez fueron llamados los tres Reinos de la Naturaleza. Hasta que llega junto a nosotros. “¡Hola, mis pequeños salvajes!” Le entregamos entonces el ramo de rosas rojas. Y la dama vuelve a sonreír, con lágrimas rebosándole los párpados. Ahora estamos seguros: es la Vida.

SANTO REMEDIO

—Nunca fuimos felices, y ese fue nuestro mayor pecado.

—Si no lo supieron en su momento, ¿de qué les sirve ahora?

—De nada.

—¿Entonces?

—Quizás en otra vida, si es que la hay.

—Lo que habría que asegurar entonces es que la memoria siga viva.

—La memoria y nosotros, porque sin nosotros, ¿qué vale la memoria?

—¡Bueno, mejor cortémosla aquí, porque si no el insomnio olvidadizo nos va a sorber el seso!

PARAÍSO URBANO

Me establecí en la ciudad porque ahí parecía haber posibilidad de futuro. Eso es lo que nos vendían y nos siguen vendiendo. Me instalé en mi agujero, etiquetado como “vivienda mínima”. Y además tenía que compartirlo con vecinos invasores: el polvo, los “aromas” de la quebrada vecina, los gritos de los bolos infaltables. Y, desde luego, los mañosos. Aguanté por un tiempo. Luego, decidí escapar. ¿Pero hacia dónde? Miré hacia afuera: los cuatro puntos del horizonte invisible estaban cerrados. Quedaba una opción: escapar tierra adentro. Es lo que hago. Pero me estorban los grilletes.

GALÁCTICA

Otoño neoyorquino, lluvioso a ratos. Estoy en la calle –East End Avenue, para más precisión— y en el paseo diario. Mi guía lleva paraguas. Yo voy al descampado. El privilegiado se moja; el subordinado se protege. Cosas del mundo. Nadie en el parque junto al río. Bueno, sí, allá está una pareja, asomada a la baranda.

—¡Hey, ustedes, qué hacen?

Ellos, hombre y mujer, ni siquiera advierten mi pregunta. De una bolsa de papel sacan piedras y las lanzan a las aguas turbias.

—¡Ya sé: quieren que esas piedras se purifiquen porque alguna bruja las puso al servicio del mal!

Pasamos junto a ellos. Nada. ¡Qué diferente es la galaxia mental de los seres humanos a la galaxia supramental de nosotros los perros! De lo que se pierden…

QUÉ FRÍO HACE

Hay que subir mucho para sentir este frío. Es el frío de las alturas. Allá al fondo, muy abajo, hay una fogata encendida. Alguien vive en esa hondura.

—¿Quién vive?

La pregunta, susurrada, se convierte, por obra de los poderes del eco, en una especie de mensaje que va rebotando de cumbre en cumbre antes de descender en círculos.

¿Cuánto habrá que esperar para recibir respuesta?

El frío, indiferente por naturaleza, nos hace compañía, la única compañía posible.

Y la respuesta que llega no es una voz sino la promesa de una voz. Dios, allá abajo, se hace rogar. Nosotros, aquí arriba, somos los desvalidos perpetuos.

INVENTO PARA SONÁMBULOS

En la plazoleta, los desocupados hacen tertulia espontánea.

—¿Alguien conoce el nombre de aquella estrella?

—Venus.

Silencio admirativo. Hay, pues, un sabio entre los presentes.

—Deberíamos celebrar el descubrimiento de Venus.

—Pero si esa estrella ha estado aquí todas las noches, desde que tenemos memoria.

—Ah, pero solo hace un instante que conocimos su identidad. Venus es el símbolo del amor.

—Despertemos, entonces, y hagámosle honor al sueño de los poetas románticos, que son los únicos que merecen el nombre de tales.

Ely, TANIA, EUGENIA

Escenario escueto, de cantina olvidada. Nunca más justo el símil. Cantina. En un extremo, la puerta entreabierta. Llegarán parroquianos. Los esperables. Y las que van asomando: tres mujeres. Jovencita espigada envuelta en sedas grises. Dama de media edad, en atuendo de revuelos color rojo cereza. Señora de melenita entrecana, casi al rape, con túnica y volante para las piruetas del ritmo. ¡Sí, identificables! Ely Guerra, Tania Libertad, Eugenia León. Voces mágicas. ¿Qué hacen aquí? “Lo mismo que ustedes: hemos venido a recordar a Chavela Vargas, en su templo...” ¡Música, maestras! Y la cantina, sin dejar de serlo, se transfigura en un lugarcito llamado Carnegie Hall.

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