Historias sin cuento

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Cibernauta 

Encendió su aparato y todo a su alrededor pareció irse disolviendo en una especie de neblina complaciente, como si la modorra del aire fuera el único ser visible en los dilatados alrededores. El vaivén del suelo tenía esa mañana cierto ritmo ritual. Quizás algún aficionado a los mensajes esotéricos hubiera estado tentado a hacer de todos los signos presentes en el ambiente un pequeño racimo de señales.

En la pantallita fueron emergiendo imágenes de muy distinto tipo: algunas, perfectamente congruentes con la realidad en movimiento, otras exactamente ajenas e incomprensibles, al menos por el momento.

Por el ventanuco que estaba junto a su mesita de trabajo, que era lo que se llama un ojo de buey, se colaban algunas iluminaciones rebeldes al sereno imperio de la neblina. Él apartó la vista de la pantalla y la fijó en ese espacio redondo, por el que le llegaban los rayos revueltos y entusiastas. Algo quizás querían decir. Sonrió. ¿En qué clase de voluntad estaba pensando? No era hombre que creyera en anuncios o en auxilios sobrenaturales. Lo cierto estaba ahí, moviéndose a su alrededor. Y al pensarlo una vez más volvió al convivio con las imágenes movidas por la disciplina de las teclas.

¿Cuánto tiempo permaneció así? Quizás sólo unos cuantos segundos. De repente, las maderas del techo sobre su cabeza empezaron a crujir, como ante un vendaval de pasos.

En la pequeña pantalla apareció entonces una palabra en mayúsculas y entre admiraciones, sobre un fondo de mar tranquilo frente a una línea irregular de variados colores, que bien podía ser el dibujo de una costa: ¡TIERRA!

Y, desde afuera, de seguro el eco hacía su propia función:

—¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!

Conmoción general, que él percibía sin moverse de su sitio. Los pasos, arriba, iban y venían, como en una emocionante fiesta de bienvenida. Un par de esos pasos se desprendieron por la escalera descendente, hasta el sitio en que él se hallaba:

—¡Señor, Rodrigo de Triana ha gritado Tierra!

Él no se conmovió. Se restregó las manos entre sí. Su misión de cibernauta estaba tocando playa.

ENTRE MARES

Le aquejaba la angina de pecho. En estos días, tal padecimiento le habría sido tratado sin mayores problemas, pero en aquellos entonces no había nada que hacer. Lo que le recomendaron es que se fuera a vivir a la playa, para que estar al nivel del mar le proveyera el alivio posible.

Así lo hizo, y por fortuna tenía una hoja de vida que le servía de salvoconducto. Obtuvo un puesto en la capitanía portuaria, y se instaló en una casita inmediata al borde espumoso de las olas. En cuanto estuvo ahí experimentó desde el primer instante una especie de mejoría sigilosa, que se le colaba entre los tejidos físicos y los bordados síquicos como la respiración benévola de un ser que estuviera unido al suyo con exquisita voluntad de siamés.

No había cómo consultar al médico, porque en la pequeña población sólo había curanderos. Para obtener algún criterio científico tenía que viajar a Sonsonate, y eso es lo que se dispuso a hacer un día de tantos, aun exponiéndose a los ajetreos del trayecto.

Se acomodó en la cabalgadura y emprendió camino. El día invernal estaba claro y el aire tenía una ligereza casi infantil. Buen acompañamiento para la travesía. Allá, al fondo, la ciudad guardaba los perfiles de una villa remota.

Llegó a su casa frente a la iglesia de Santo Domingo, en la que Lola, su esposa, tenía todo preparado. Aquella misma tarde iría donde el facultativo. Y así fue.

El médico lo examinó con los recursos disponibles, que en el momento eran los usuales. Pero lo hizo con atención que estaba fuera de lo común. Algo había pasado.

—Chico, tu dolencia parece haber desaparecido. Tu corazón marcha como en un desfile de la victoria. Aquí debe haber un gesto de la Providencia.

—Es el mar, mi amigo. El mar, que tiene el poder de los antiguos dioses. De eso hablamos con Rubén Darío, cuando el muchacho genial estuvo en el banquete que le dimos en casa, ¿recuerdas?

—Entonces hay que ser prevenidos. Vuelve a la orilla del mar, ya con tu familia.

Don Chico Galindo, rebelde como era, miró a su amigo con expresión gentilmente desafiante. Y por eso no duró mucho. Aquel mismo año 1896 se hizo a otra mar, esta vez sin orillas.

SOPA DE CEBOLLA

María estaba sola en su aposento. Era lo que ocurría casi siempre. Caía la tarde, y sobre los jardines de simetría impecable la luz declinante desplegaba lampos que nada podían contra las sombras. Ella se hallaba asomada al balcón, de espaldas a la puerta. Ésta se entreabrió, dejando paso a su asistenta de alcoba:

—Su padre está abajo y pide verla.

Ella se limpió el amago de lágrimas y se dispuso a acudir al llamado.

—Padre, aquí estoy.

—Hija, vengo llegando de Lunéville. Quizás mañana pueda ver al rey.

Ella era la reina, María, hija del personaje fatigado y sudoroso que estaba frente a ella, el antiguo rey de Polonia, Estanislas I. El marido de María, Luis XV, andaba siempre haciendo de las suyas.

—¿Ya te instalaron en tu habitación?

—Sí, de ahí vengo.

María tomó a su padre de la mano y lo llevó hacia un extremo del cuarto, en el que había un par de sillones dispuestos para el descanso.

—No, querida mía. ¿Sería posible que paseáramos por los jardines? Aún hay luz, y Versalles es un oasis.

Ella sonrió, entre emocionada y sarcástica. Salieron. Durante el trayecto por los salones tapizados y las escaleras marmóreas la luz cedió afuera casi todos sus espacios. Era ya de noche.

Caminaron entre los arriates y al borde de los estanques. El aire se estaba enfriando. El oasis mostraba su verdadero ser.

—¿Quieres que volvamos, padre?

—Sí. Me duelen las coyunturas y empiezo a tener hambre.

Ya en el salón abrigado, Stanislas entró en confianza.

—¿Puedo pedirte un favor? Es un pequeño capricho. Te cuento. En mi camino hacia aquí me detuve en un albergue de Chalons. Tenía hambre, como ahora. Los caminos inspiran, y no sólo a la mente. Me sirvieron una sopa de cebolla tan suave y apetitosa que no pude partir sin la receta. Me la dio el chef, después de muchas súplicas.

—¡Ah, pues házsela saber al cocinero principal, para que te dé gusto! A falta de rey habrá cocinero.

—Lo apunté aquí, mira: “Se retira la corteza superior de un pan, se parte en trozos que se acercan al fuego por ambos lados; cuando estas cortezas están calientes, se frotan con mantequilla fresca y se acercan de nuevo al fuego hasta que estén un poco tostadas. Se colocan entonces sobre un plato mientras se sofríen las cebollas en mantequilla fresca. Habitualmente se ponen tres bulbos, cortados en dados pequeños, y se dejan luego sobre el fuego hasta que adquieren un hermoso color rubio oscuro, color que no lograremos obtener más que si removemos casi continuamente; se añaden después las cortezas removiendo hasta que la cebolla se oscurezca. Cuando ha tomado suficiente color, para separar el sofrito de la olla se añade agua hirviendo y el condimento necesario, y se deja cocinar a fuego lento al menos un cuarto de hora antes de servir”.

—¡Qué maravilla! Si no hay felicidad , que haya al menos una buena sopa.

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