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Historias sin cuento

Horticultura zen (1) ACTO DE FE
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Era la hora de dar las gracias a los poderes superiores. Los presentes se congregaron en círculo, como siempre. Alguien tenía que presidir, y en esta ocasión le tocaba al más inspirado de los presentes. Tomó la palabra:

—Estamos aquí para hacerle honor al Dios que nos congrega.

Al instante se hallaban en actitud de oración.

—¡No, no! –dijo él, queriendo hacerlos reaccionar--. La celebración debe ser un convivio, no una ceremonia.

Se alzaron de sus asientos, en actitud expectante. Él, entonces, hizo una señal y la música se activó de inmediato. Todos respondieron al unísono. Era la resurrección de Woodstock, en el mundo global de nuestros días. Las estrellas, emocionadas, hacían coro.

LECCIÓN DE PASO

Al otro lado del muro casi derruido por el tiempo se abría el amplio y rozagante jardín inspirado por el tiempo. Esa figura que iba caminando a lo largo del muro era la de un jovenzuelo recién salido de la infancia. Cuando llegó frente al portón de hierro oxidado que daba acceso al jardín, se detuvo. Observó la decadencia del muro y luego giró los ojos hacia la opulencia del jardín.

En ésas estaba cuando una sombra voladora cruzó sobre su cabeza. Alzó los ojos. Era un pájaro de plumaje intensamente oscuro, más grande que un cuervo. El ave se posó en una rama vecina y lo que salió de su garganta fue un trino de sublime delicadeza.

Entonces él tuvo un golpe de intuición existencial, de seguro el primero de muchos: vivimos en el aura de los contrastes. Todo necesita de todo para permanecer en la luz. Armonía universal.

PUENTE COLGANTE

Geografía montañosa, en la que se suceden los cerros y los barrancos. Quebradas y arroyos a granel, como si las aguas estuvieran en perpetua ansiedad de hallar salidas hacia el mar desconocido. Y arriba, los miradores pedregosos parecen desvelados por tratar de escapar de sus prisiones naturales.

Ahí, partiendo de una escarpadura saliente, el puente rústico, sin hierros ni sostenes de cemento, extiende el brazo de bejucos ensortijados. Por él van y vienen los habitantes de uno y otro lado, en sus trajines naturales. La vida es ese ir y venir, que de tan sabido y conocido ya ni siquiera despierta sensaciones propias.

Pero aquel día, al salir el Sol queda a la vista que el puente no es el mismo del atardecer anterior. Como si los bejucos estuvieran en plan de alas anhelantes por alzar vuelo. Las piedras brillan con inusitado fulgor y las aguas cantan en coro. Los habitantes se quedan en suspenso en ambos extremos del puente. ¿Qué ha pasado? Lo mismo de siempre: que los elementos naturales se han puesto de acuerdo para hacer que los humanos se animen a liberarse de sus rutinas.

FUEGOS EN FILA

Los aspirantes que harán su prueba este día, el último del ciclo de pruebas programadas en estas fechas, comienzan a llegar. En la entrada, lo que se les ofrece es un pequeño vaso de infusión aromática. Apenas dicen “Gracias”. Luego, van a ponerse en fila ante la caseta donde se hace el examen final. Tienen que pasar uno tras otro.

Dentro de la caseta, el que llega toma asiento y tiene enfrente a una especie de monje que está inmóvil sin dar los ojos. Nada de lo que ocurre adentro puede observarse desde afuera. Cuando uno sale, ya está listo el siguiente. Nadie dice nada. Todos vuelven a ocupar su puesto, en silencio y sin ningún signo revelador.

Le toca el turno al último. Cuando éste retorna, da inicio la espera para saber la decisión final, que dirá quiénes han pasado la prueba. ¿Cuánto tiempo trascurre antes de conocer tal decisión? Difícil medirlo en términos convencionales. Pero como siempre ocurre, el tiempo tiene un límite. Y ese límite no perdona.

—Los resultados están disponibles. Se darán a conocer de inmediato.

Expectativa general. Pasan los minutos. Siguen pasando. La expectativa se va convirtiendo en ansiedad. Y al fin deriva en impaciencia demandante. Va surgiendo el murmullo.

—¿Qué pasa? ¿Cuándo lo sabremos?

Aparece un personaje en traje solemne, parecido al de los mayordomos de antes. Se detiene a cierta distancia y muestra un sobre cerrado.

Silencio general.

El recién llegado abre el sobre y extrae de él una hoja. Luego de unos segundos, los nombres empiezan a oírse, como a través de una cámara para disfrazar la voz.

Cuando concluye, el desconcierto es inocultable. Ninguno de los nombres leídos corresponde a los presentes. Y el personaje revelador da su explicación escueta:

—Ninguno de ustedes pasó esta vez la prueba. Son otros los elegidos. Pero no pierdan el impulso: todos ustedes son almas en proceso de volver a merecer un cuerpo. No es tarea fácil, como ya han podido constatar. Sigan haciendo méritos. A cada quien le llegará su hora.

LÍNEA DE ESTUDIO

Desde que era niño en vísperas de ser adolescente tuvo un ímpetu interior que le venía de seguro de las zonas más profundas de la conciencia. En aquellos días, no comentó con nadie aquel parpadeo desconocido y a la vez entrañable. Ya cuando estaba por concluir su educación media, se animó a hablarle del asunto a un tío no muy cercano con el que, espontáneamente, venía desarrollando una especie de confianza subliminal.

—¿Qué vas a estudiar? –le preguntó el tío una tarde, mientras caminaban por el parque del vecindario.

—No sé. Yo lo que quiero es saber.

—¿Pero saber qué?

—Saber. Sólo saber.

—Ah, entonces, vas a estudiar filosofía, que es lo que más se acerca al saber puro.

Y así fue. Una vez que obtuvo su título de bachiller, se inscribió de inmediato en la Escuela de Filosofía de la Universidad. Sus padres recibieron la decisión con discreto recelo. No sabían para qué podía servir aquello, pero respetaron su decisión.

Pasó el tiempo. Se sucedieron los años. La casa se pobló de textos filosóficos, que él iba dejando en todas partes, como si plantara un huerto a la vez espontáneo y programado. Y así llegó el momento de la graduación. Tenía diploma. Y entonces algo como un sismo interior sacudió su mundo consciente. ¿Qué era lo que tenía entre manos? Sin que nadie lo advirtiera, lo fue poseyendo la angustia. De pronto, el saber presuntamente acumulado se dispersaba en el aire, como un cúmulo de hojas desprendidas de su tallo invisible.

La salud empezó a fallarle. Estaba hundiéndose en una cenagosa depresión. Y una tarde llegó a visitarlo el tío de los consejos, a quien no veía desde hacía mucho.

—¿Qué te pasa, muchacho? ¿No se cumplió tu sueño de saber?

Él sacudió la cabeza, como si quisiera que todo lo que tenía adentro saliera definitivamente.

—Se te atascaron las palabras, ¿verdad? Y ahora necesitas ir hacia el saber real, que sólo habita en el silencio.

Él pareció rebelarse:

—¡¿Y por qué no lo dijo entonces?!

—Porque tenías que desengañarte de las palabras para poder dirigirte hacia la verdadera fuente del saber. Ahora estás listo.

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