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Historias sin cuento

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DENSE FRATERNALMENTE LA PAZ

El frío invernal lo envuelve todo en una gasa tiritante. Los humanos somos vulnerables a los poderes invasores del clima, aunque en esta era de cambio climático ya tanto el clima como nosotros hemos venido perdiendo capacidad de control, al menos como éste pretendía manifestarse en otras épocas. Por eso, hasta la ráfaga que parece más inocente es capaz de dejarnos con el alma en una hebra.

La calle es la intemperie en vivo. Hay que buscar refugio. Y ahí, a unos cuantos pasos, está la iglesia, que a esta hora de un día domingo siempre tiene servicio. Es mediodía justo, y hacia el templo fluyen los fieles. Los fieles y los necesitados. Hay que unirse a la corriente, para atender la necesidad anímica y cumplir con el ansia espiritual.

Casi no hay sitios vacantes en las bancas que llenan la nave del centro. Pero ahí hay un portillo, a la par de una de las imponentes columnas. Vamos hacia ahí. Sí, dos o tres espacios disponibles en la banca posterior a esa donde un hombre dormido cubre varios espacios. Un par de bultos puestos en el suelo junto a la banca hacen fehaciente lo sospechado: se trata de un indigente a quien el frío levantó de la calle y lo trajo hasta aquí.

Transcurre el oficio con los pasos ceremoniales consabidos. Es misa del tiempo de cuaresma. Y llega el instante de darse la paz. Lo hacemos todos los presentes, salvo el que duerme sobre la banca. Comulgamos, y es el momento de la despedida. La multitud reunida empieza a dispersarse.

Una mano invisible me retiene. Extraigo un billete de buena denominación, y toco en el hombro al durmiente, con voluntaria suavidad. Abre los ojos y me observa sorprendido. Le extiendo el billete y lo toma. Luego presiento en la cara percudida por el abandono la insinuación de una sonrisa. Es tan frecuente que el primer destello de la paz sea un bocado oportuno.

Afuera, el frío está listo para hacerse valer. Y lo enfrento con la novedosa impresión de que el frío puede mucho menos de lo que nos imaginamos.

NUBES QUE VUELVEN

No hay necesidad de decirlo: las nubes están hechas para pasar de largo, aunque algunas parezcan deseosas de anidar en alguno de los rincones del espacio disponible.

Él, desde su ya lejana infancia, había sido un testigo incondicional del despliegue cotidiano de las nubes, en el campo y en la ciudad. En el campo, sin necesidad de ventanas; y en la ciudad, asomándose a los marcos encristalados. Eso le marcó la vida.

Aunque en su casa se percataron de esta afinidad espontánea, nadie pareció darle importancia. Después de todo, era una especie de filia inocente.

Con el paso del tiempo, su vida cambió. Dejó sus mundos originarios, entre los árboles y entre los muros, y le hizo honor a una vocación que antes de manifestarse ninguno de sus allegados hubiera podido imaginar: se volvió monje de clausura.

Tal decisión parecía incompatible con su temprana vocación por los espacios abiertos, y el prior se lo adivinó en cuanto hubo cruzado con él unas cuantas palabras reveladoras de su trayectoria vital desde los orígenes.

La pregunta no se hizo esperar:

--¿Está seguro de poder sobrellevar el encierro al que voluntariamente va a someterse desde que penetre en nuestro recinto?

Él tuvo, en ese mismo instante, un golpe de intuición salvadora:

--Es que yo vengo a conocer una nueva forma de libertad. Un diferente cielo abierto poblado por las nubes que conozco.

Parecía una divagación lírica, y por eso mismo resultaba incontrovertible.

--Está bien, puede entrar a lo que será su aposento desde ahora.

Transcurrieron los días sin novedad. La quietud y el silencio hacían su labor cotidiana. Era lo esperado. Pero algo empezó a ocurrir que parecía estar fuera de lo previsto. El nuevo monje se fue haciendo cada vez menos visible, sin que eso tuviera ningún dramatismo revelador.

Un día de tantos, alguien de los que compartían experiencia de reclusión contemplativa hizo una pregunta como al azar:

--¿Qué está pasando con el clima que nos envuelve?

La reacción fue natural y provino de cualquiera de los presentes:

--Estamos siempre bajo techo, y ahora parece que tenemos un techo super puesto. ¿Será algo sobrenatural?

Nadie podía saber la verdadera naturaleza del fenómeno. Las nubes, encariñadas desde siempre con el monje recluso, se habían cansado de esperarlo, y ahora acudían en su busca, como una manada de ovejas anhelantes, y estaban ahí, encima del monasterio, aguardando explicación.

EL OTRO SUEÑO

Trabaja en el ir y venir desde hace años, y se conoce al dedillo todas los recovecos, azares y triquiñuelas del negocio de las encomiendas. Las aduanas, con su pose señorial, también manejan recursos de bajo mundo. Hay cosas que hoy se pueden y mañana no, y viceversa. Todo depende de la dependedura, según decía su abuelita con gesto pícaro.

Como es viajero vertiginosamente frecuente, también con frecuencia lo pasan a un puesto en “business class”, donde es mejor el asiento pero sobre todo es mejor la comida. Desde sus años remotos en El Salvador y luego en Canadá, el comer es la imagen vívida de su otro yo. No es casual, entonces, que esté más rollizo de lo aconsejable. Y tampoco le preocupa. Para sacrificios, basta con el de haber renunciado al tabaco fragante.

Este día, no es el único encomendero en el vuelo Nueva York-San Salvador y conexiones. A él lo han pasado a “business”, y ya en vuelo, entre nubes de alfombrado invernal, se le acerca ella, Sylvia (así con y, para darle tono al nombre), a quien conoce desde hace bastante, pero con quien se encuentra en las nubes allá muy de vez en cuando. Él sentado en su asiento de pasillo y ella de pie junto a él, conversan. La sobrecargo les advierte con suavidad que eso no está permitido. Raúl le sonríe, pidiendo licencia.

--Bueno, pero sólo un momentito.

La plática es sobre experiencias de trabajo, ansias de superación, piedras en el camino y nubecillas del porvenir.

--Yo nací en El Salvador, crecí en Canadá, de donde tengo ciudadanía, y cuando me casé me vine a vivir a USA. Antes decían: ciudadano del mundo. Trabajo en una empresa, y desde aquí, voy dos o tres veces al mes a SanSa, en busca de mercancía para traer. Productos que allá nadie aprecia y que aquí sacan lágrimas. El poder de la nostalgia dicen algunos. Yo no sé. Pero fíjese: ya estoy aturdido del ir y venir. Y como mis hijos van a acabar pronto la “jaiscul”, los ubico en un “colesh” y yo, a lo mío…

--Ah, pues mire, yo me vine no hace demasiado. Y también viajo con frecuencia, en lo mismo. ¿No habrá en su empresa alguna posibilidad de enganche, para mientras?

--¿Por qué para mientras?

--Porque ya mis hijas están en la Universidad, y viven solas. Mi marido trabaja de cajero en unas sucursal bancaria. Y yo ya no aguanto. Sería por un tiempito.

--Pues no sé, hoy está serio el enganche. Yo por eso he comprado un terreno allá al norte de Morazán, de donde es mi familia. Quiero irme a vivir allí, y estar entre vacas y celajes.

--¡No le creo! Yo también tengo mi terrenito en Ahuachapán, y quiero dedicarme a cultivos de hortalizas.

Se miran entre sí, sonriendo.

--Parece que somos el uno para el otro –dice ella, con gesto insinuante.

--Pero ya estamos amarrados.

--De todos modos, quién quita.

Y de pronto las dos risas tienen el mismo color.

La sobrecargo insiste, ahora en forma terminante:

--Señores, por favor. Cada quien en su asiento.

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