Historias sin cuento

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (110)
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899. EN EL CORAZÓN DEL TIEMPO

Recibía en el cuerpo desnudo la intensa llovizna de todas las mañanas. Imaginaba a veces que aquella ablución cotidiana ocurría a la intemperie, pero hacía tiempo que se había reconciliado con su ducha entre cuatro paredes. Y luego de la ablución, ahora de pronto estaba necesitada de aroma. El aroma de los destinos que circulaban por las calles circunvecinas. Se cubrió, pues, como pudo y salió al aire, a esa hora en que había transeúntes por doquier. Pese a que no era una presencia común, nadie parecía darse cuenta de ello. Caminaba con rumbo fijo. Luego de un buen trayecto, el sitio buscado estaba enfrente. Era una plaza pequeña y bien arbolada, al estilo clásico de las ciudades europeas. Se detuvo. Avanzó hacia el pedestal vacío. Y de inmediato se corría la noticia: la diosa desnuda había vuelto a su lugar, sin explicación ninguna. El mármol antiguo parecía remozado por la vida.

900. EL NUEVO DESTINO

Nació en el barrio La Vega, se crio en el barrio San Miguelito, pasó su juventud en el barrio Santa Anita y ahora estaba emprendiendo la madurez en una colonia marginal porque la vida se le había venido volviendo cada vez más dura y difícil, como a tanta gente. Sin embargo, no perdía la esperanza de días mejores, y la señal más elocuente fue que su nueva mujer quedó embarazada sin proponérselo. Él nunca había tenido hijos, y aquella novedad venía como un augurio feliz. Llegó el momento y la sorpresa fue general: nacieron trillizos, sin que ningún signo orgánico lo anticipara. Ante el fenómeno, fueron apareciendo las ayudas. Un benefactor anónimo le envió la pregunta clave: “¿A cuál de los barrios donde usted ha vivido quisiera volver, para ayudarle a que lo logre?” Él sonrió agradecido. “Ahora lo que quisiera es vivir bien cerca del Hospital Bloom. ¿Se puede?”

901. UN EJERCICIO NATURAL

A diario tomaba Artilane, complemento alimenticio a base de colágeno, para habilitar los cartílagos, que desde su infancia parecían reacios a la elasticidad natural. Y, aunque no lo percibió de manera consciente, esa disciplina homeopática fue transformando su estructura como si ya fuera la de un ser muy distinto a lo que seguía mostrando su imagen exterior. Así las cosas, le entró una especie de desánimo, que le fue diagnosticado como depresión, según es tan común en estos tiempos cuando no se sabe lo que conturba el ánimo. Él tomaba los antidepresivos, pero sin dejar su Artilane. Hasta que un día, al despertar, todo lo que estaba en su entorno se le hizo extraño, y quiso escapar de inmediato. Afortunadamente la ventana estaba abierta, y así pudo incorporarse, extender las poderosas alas y lanzase al vuelo, con deliciosa libertad.

902. TRAS EL MEJOR POEMA

Cuando dispuso encerrarse en sí mismo sin tener que renunciar a su presencia citadina, hizo la indagación al azar en el mapa infinito de las ofertas por internet. Y también al azar dio con el que sería su lugar elegido: aquel apartamentito en la Rue de Dinan, dentro de los muros de Saint-Malo, a la orilla francesa del canal de La Mancha. Encierro y libertad a la vez. El lugar escogido resultó un ático sin luz, pero con aroma a refugio sin tiempo. Lo primero que hizo fue caminar entre los viejos edificios apiñados hacia la catedral de San Vicente, un monumento de piedra bordeado de vitrales. Se persignó con agua bendita y se quedó absorto frente al vitral central, que hacía las veces de altar mayor: un mosaico de flores multicolores en el cristal iluminado. Perfecto augurio. Luego volvió a su pequeño mundo. Lo esperaba la infinitud del ensueño, con todas las ventanas a la orden.

903. ORDEN SUPERIOR

Moraba hoy en un apartamento sobre la calle Rodríguez San Pedro en esquina con la calle Zamora, frente al puerto de pequeñas embarcaciones en Gijón. ¿Cómo había llegado hasta ahí? Porque era fotógrafo de pájaros, y por cierta fuente cuyo origen tenía bloqueado en la memoria se informó que en ese lugar, y solamente ahí, había una especie de aves voladoras desconocida por la ciencia que sólo se dejaban ver en los amaneceres y en los crepúsculos. A esas horas se iba a pasear en bicicleta por la ciclovía inmediata, por si algo se le aparecía. Y ahí tropezó con un anciano peatón distraído, que le gritó “¡Joder!” La voz se le disparó en la conciencia. Sí, la fuente desconocida era el diario manuscrito de su abuelo asturiano, que él andaba llevando siempre como amuleto. El abuelo lo había llamado con un término muy suyo. Y de pronto todos los pájaros felices giraban a su alrededor, dándole la bienvenida.

904. VIAJERO SÚBITO

Las hojas verdes, amarillas, rojas o cenicientas se animaban al sentirlo pasar, como si buscaran el íntimo espacio de su conciencia. Era fantasía, desde luego, aunque cada instante más próxima a sus sensaciones reales. En el trabajo siempre lo tuvieron por raro, o al menos por excéntrico. Era técnico electrónico, y eso le daba cierta credencial imaginativa, que él aprovechaba para aislarse con frecuencia en su cubículo mental. Ahora, mientras caminaba por aquella vía bordeada de edificios típicamente franceses de pasados siglos, no supo si fantaseaba o estaba ahí de veras. Rue Notre-Dame, con la iglesia neogótica en un costado. El foquito interno le alumbró la identidad del lugar: Bordeaux, junto al río. Entró en la iglesia y buscó el nombre: San Luis de los Cartujos. Fue a sentarse en la última silla y cerró los ojos. Las hojas en conjunto multicolor continuaban crujiendo en el aire. ¿Qué estación, en cualquier latitud, le esperaba al abrirlos?

905. PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

Se sentaba en la roca blancuzca a contemplar el mar deshabitado, por el que nunca se veía ni siquiera una lancha de pescadores. Era su ceremonia cotidiana en aquel autoexilio que tenía todos los visos de una devoción depurativa. Aquel día el cielo encapotado anunciaba tormenta, y no era común que lloviera en esos días del año. Subió de todas maneras a su roca predestinada, y se quedó observando tranquilamente hacia el horizonte, donde la nublazón era cerrada. De repente, se abrió una rendija y por ella pasó una vela blanquísima, que parecía saludar con alegría familiar al hogar recuperado. Él se incorporó en su roca, y saludó al velero que se acercaba con rapidez inverosímil. Sí, era una nave muy antigua, y él percibió de inmediato que ahí estaba la imagen de alguna de sus pasadas vidas haciéndosele presente. Su alma de navegante había resucitado.

906. EFECTO DE LA LUZ

Unas gradas arriba de la plaza María Pita, la iglesia de San Jorge era el refugio ideal para recuperar energías solares en una atmósfera penumbrosa. Luego de tomarse un fino en una de las tabernas cercanas, se dirigió hacia el templo dedicado al santo que venció al dragón. Ya adentro todo lo que había ahí se le esfumó como por encanto, y lo único que permaneció intacto y aún más vivo fue el tragaluz que estaba en el centro del cielo cóncavo. Se quedó ahí, inmóvil, bajo aquel baño de luz. La noticia cundió: esa figura en madera, de origen desconocido, era de seguro un mensaje por descifrar…

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