Historias sin cuento

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (111 )
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907. ENTRE QUEBRADAS

Más de veinte años después, era de los desmovilizados de entonces. En su adolescencia y primera juventud había sido miembro de la Fuerza Armada y luego se pasó al bando contrario, cuando prácticamente toda la gente de su pueblo se hizo parte de las estructuras insurgentes de resultas de los operativos “de limpieza”. De militar a guerrillero con sólo atravesar una quebrada que a duras penas se mantenía viva en la temporada seca. Hoy vivía en una zona marginal, de esas que proliferaban en la ciudad sin horizonte. Pensaba a diario en su monte, y el alma se le encarrujaba como un latido de insoportable rebeldía inútil. También ahí había una quebrada, que tampoco era capaz de sobrellevar sin angustias de extinción las inclemencias del verano; sólo que ahora la quebrada no estaba a ras del suelo, sino al fondo de un precipicio. Como la vida.

908. AMANECER EN RUTA

Iba en el tren mañanero como uno más de los pasajeros rutinarios. En su país, la red ferrocarrilera había desaparecido hacía mucho tiempo, cuando concluyó la concesión privada y el Gobierno de turno renunció caprichosamente a prestar el servicio. Ahora, él iba en el tren de nuevo, y quería sentir que su sensación era la misma de antes. Por la ventanilla abierta parecía desplazarse el paisaje, cuando en verdad era la máquina la que pasaba de largo. Tuvo, entonces, un pálpito existencial que era a la vez evidencia y enigma. Aspiró a fondo. Se reclinó sobre el espaldar del asiento. Quizás habían transcurrido todos aquellos años para que la nostalgia pudiera hacer su labor iluminadora. El paisaje es el tiempo; el tren en marcha es la vida. Imaginamos que el paisaje pasa, pero es el tren el que circula hacia su fin. Realismo agónico e intrépido.

909. JOHNS HOPKINS, 10 A.M:

Nadia Wong viste una gabacha color magenta y hace los exámenes visuales con cierta delicadeza oriental. El señor que está sentado en el sillón con todos los aparatos alrededor ya se encuentra listo para leer las letras que, de grandes a pequeñas, irán apareciendo en la pantallita que está enfrente. La colaboradora oftalmológica apaga la luz y el pequeño cuarto queda a oscuras. Surge la primera línea de letras. Le indican que vaya diciendo qué letras alcanza a ver. M-A-Ñ-A-N-A. Okey. La segunda, en caracteres más pequeños: V-U- E- L-V-O. Okey. Más pequeños aún. E-N-V-I-V-O. Muy bien. Visión correcta. No habido ningún cambio significativo en la visión. Están listos los exámenes para que los interprete el médico maestro, Dr. Stark. Pero el examinado ya no oye lo que se le dice. Ha recogido el mensaje de su amada ausente. Se levanta y se va.

910. TRAS LA PISTA DEL SUEÑO

Su sueño era tener una casa como las típicas de Pennsylvania. Madera esbelta, techo en punta, gradas de acceso a la entrada, corredorcito al frente. Emigró al Norte con ese anhelo, aunque la excusa fue ir a estudiar su carrera en una universidad de prestigio internacional. Concluyó el estudio con éxito suficiente para hallar ubicación laboral inmediata, pero lo que él quería era establecerse por su cuenta. No era fácil, porque su especialidad era verdaderamente innovadora: encantador de jardines. Sin embargo, la suerte le fue fiel: mucha gente respondió a la oferta de hacer que su jardín se volviera espacio mágico. En poco tiempo tuvo lo suficiente para adquirir su casa soñada. Así lo hizo. Comunidad escondida entre los árboles, vivienda enteramente a su gusto. No tenía jardín, pero no lo necesitaba. Su jardín original estaba en la mente.

911. TRANSFUSIÓN CLIMÁTICA

Nunca deja de dar sorpresas la imaginería otoñal, y eso es aún más emocionante para los originarios del trópico. Puedo dar testimonio personal de ello, y más ahora cuando he decidido venirme a vivir a una isla desierta, para reencontrarme con el recuerdo infantil de Robinson Crusoe. La isla es uno de esos ambientes que las agencias de viajes califican inmediatamente como paraísos tropicales; y yo, que habito en el lugar sin ninguna compañía humana, quiero dar fe de la sigilosa presencia del otoño, que se manifiesta en días de frescura inverosímil y en noches de brumosa intimidad estelar. Después de vivirlo en experiencia desvelada y de asimilarlo como contraste embriagador, lo digo en alta voz y sin reservas: el otoño es un estado del alma, que florece en la respiración de los climas contrarios, como la fe en el invernadero de las dudas…

912. HERENCIA CON MENSAJE

Cuando se leyó el testamento cerrado, los seguros herederos se enfrentaron a la sorpresa de un reparto de bienes con todos los visos de la apacible extravagancia que había sido la característica principal del testador a lo largo de su vida. No quedaba un caudal demasiado abundante, pero en todo caso había cuentas bancarias y bienes inmuebles por distribuir. El testador los repartía; pero a su hija favorita, la que había estado siempre a su lado, sólo le dejaba aquel sencillo collar con un zafiro azul, que sí era una piedra llamativa. Los otros herederos sonrieron, con sarcasmo indisimulado. Ella sólo sonrió para sus adentros. Ninguno de los presentes sabía de su creciente inspiración esotérica. Ese zafiro sería su amuleto contra todos los males. ¿Estaba ella, entonces, detrás de aquel reparto? El tiempo trajo la respuesta: ella prosperó, mientras los otros iban a menos.

913. EL PRIMER TRACTOR

Por alguna razón que nadie supo nunca se trasladó de San Francisco, California, donde había vivido catorce años, hacia una hacienda en Chalatenango, junto a las vegas del río Lempa. Corrían los años 40 del pasado siglo. Ahí se cultivaba caña de azúcar y maíz. El dueño anterior de la hacienda, don Vicente López Guerra, era un señor en el más clásico sentido del término. Cuando llegó a hablar con él sobre la venta de la propiedad, el señor lo recibió recostado en su hamaca, en el corredor de la casa patronal, ubicada en un altozano de piedra. ¿Por qué estaba vendiendo don Vicente su propiedad de toda la vida? No se lo preguntó. El señor sólo le puso una condición para cerrar el negocio: “Permítame estar aquí hasta que usted traiga el primer tractor”. El comprador aceptó la condición, y don Vicente, con su gesto de sabio campesino, se sabía premonitorio padrino del progreso.

914. REGRESO SIN RETORNO

Había escrito aquella pieza teatral en el curso de una Semana Santa de perfecto aislamiento, sin moverse de su casa. Y en ese refugio seguro el personaje que le había surgido por impulso espontáneo era Ulises, el trajinante infatigable de regreso hacia Ítaca. Y la escribió en verso clásico y rimado porque ese fue el mandato de su conciencia. El Domingo de Resurrección le dio fin al manuscrito. Le puso un nombre susurrado al oído por la luz crepuscular: “Las hogueras de Ítaca”. Y desde entonces se duerme y se despierta junto a las hogueras de su propia aventura.

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