Historias sin cuento

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AUXILIO ANÓNIMO

Tomó el bus, que ya iba cargado de gente, porque el lugar en que lo tomó estaba a medio camino entre el punto de partida y el punto de llegada. Era una esquina cualquiera, porque en el bus había un rótulo que quería servir de licencia autoconcedida: Paradas Continuas. Se introdujo como pudo, y quedó en un rincón, entre un hombre corpulento que olía a tugurio sin albañales y una señora espigada y olorosa a colonia, que parecía ajena a todo lo que la rodeaba.

El bus, que traqueteaba como si estuviera entregando sus fierros en cada esquina, se detuvo de repente. Había más pasajeros, que entraban con prisa, para no tener que ir colgados de los escalones de salida. Continuó la marcha, y al llegar a un punto en que la ciudad le daba cada vez más espacio a los predios baldíos, unos jóvenes repartidos entre la concurrencia de viajeros hicieron sentir su verdadera intención: el asalto para despojar a los aglomerados presentes de todo lo valioso que llevaran encima.

El motorista siguió la marcha, de seguro por costumbre de que eso era lo más común en tales condiciones. Los pasajeros intimidados comenzaron a entregar lo que se les ordenaba. Las voces de los asaltantes no dejaban alternativa. Pero de pronto algo ocurrió. El bus se detuvo como si el motor se le hubiera fundido en un segundo. El zamaqueo produjo su efecto. El motorista consentidor fue a dar con la frente contra el vidrio delantero y se desplomó entre un chorro de sangre. Los asaltantes quedaron atrapados entre la gente, como bultos inútiles. Se oyó una voz con voluntad de murmullo:

--Misión cumplida.

En el barullo, nadie le puso atención a aquella voz. Como siempre, los mensajes desconocidos se escabullen sin dejar pista.

Sereno ENIGMA

Cuando la señora joven de porte distinguido llegó a instalarse en una de las casitas de la colonia marginal que estaba justamente al borde de la quebrada que con tanta facilidad se salía de cauce en la estación lluviosa, algunos de los vecinos la miraron de reojo y otros hicieron como si no la miraban.

Pasados algunos días, tanto ella como sus vecinos parecieron haberse hecho a la idea de que aquella no era una estadía casual, sino un destino permanente. Salía de su habitáculo por las mañanas, bien temprano, y regresaba poco después del mediodía. Se encerraba y ya no se dejaba ver. Ni siquiera se oían ruidos en el interior, de esos que son tan comunes en las viviendas corrientes.

En algún momento apareció en el vecindario otro habitante desconocido. Era un hombre que aparentaba adultez reciente, aunque un observador perspicaz quizás habría podido descubrir signos de mayor edad, en la nuca y en las manos. Se instaló en un extremo de la urbanización, como si deseara poder escapar fácilmente, si llegaba el momento de hacerlo.

Un domingo de tantos, se les vio paseando por uno de los callejones a la desconocida y al desconocido. Iban juntos, pero sin ninguna muestra de familiaridad, como si el encuentro fuera casual. Iban de seguro al mismo sitio, que no era identificable porque doblaron una esquina y se perdieron de vista.

De aquel día en adelante, todo pareció entrar en una normalidad intachable. Ellos andaban juntos por todas partes, y cada vez más frecuentemente. En el vecindario ya no había dudas sobre el hecho de que fueran pareja. Y aunque nadie lo había constatado con sus propios ojos, era convicción generalizada que vivían juntos, bien en la casa de él, bien en la vivienda de ella.

Así fueron pasando los días y las semanas. Y en algún momento tanto él como ella dejaron de ser vistos en los entornos.

Alguien preguntó por ellos, y la respuesta la dio el transeúnte del momento:

--La última vez se les vio tomando el último bus de la tarde, el que lleva a la ciudad más próxima.

--¿Se fueron, entonces?

--Eso sólo se va a saber cuando haya plenilunio. Los brujos son así.

¿DEMASIADA FELICIDAD?

Acababa de leer un cuento de la canadiense Alice Munro, que había saltado a la notoriedad plena luego de agenciarse el Nobel 2013. Pertenecía al libro “Demasiada felicidad”. Y como era la primera vez que estaba en contacto con la forma de narrar de la autora, se sintió poseído de inmediato por una tentación contagiosa. Alice no parecía narradora, sino observadora. Ningún drama solemne: cosas normales de la vida. Y, al ser así, ¿por qué dejar que lo propio se quedara ahí como propiedad exclusiva del pasar de los días? La laptop podía hacer la diferencia a su favor.

Se acercó al horno de microondas a calentarse un sándwich de pollo y queso, para la cena. Después de comérselo a bocados impacientes, se lavó los dientes y tomó su chamarra, porque hacía algo de fresco. Necesitaba salir un rato, para recibir los insumos del aire, que aunque estuviera masivamente contaminado seguía teniendo potestades magnánimas. Respiró a fondo. Y se fue a pie calle arriba, en busca del centro de la ciudad.

Era noche temprana, con muchos negocios abiertos, porque se acercaba la Navidad, época de comercio en vivo. Había pasado muchas veces frente a aquella tienda de aparatos electrónicos de punta, y en ningún momento recordado tuvo el impulso de entrar. Ahora lo tenía y lo siguió. Adentro, una dependienta muy joven estaba de turno. Se le acercó, casi con gesto ceremonial:

--¿Me puede recomendar algún aparato para reciclar recuerdos?

Ella no se sorprendió por aquella petición. Por el contrario, pareció entusiasmada ante semejante demanda.

--Con todo gusto. Ya se lo muestro.

Y lo que le llevó, pasados sólo un par de minutos, fue una cajita de música, que al abrirse dejaba oír, con estridencia inofensiva, un vals vienés.

En cuanto lo oyó, todas las antenas del espíritu se le pusieron en guardia. Sólo atinó a decir:

--¿Cuánto cuesta?

--Nada. Es un obsequio de la casa.

Respuesta inverosímil, que parecía estar en las antípodas de la lógica comercial.

EL ENIGMA SIGUE EN PIE

Antes la zona era un oasis de tranquilidad, que nadie apreciaba mientras no vino lo que ahora se vivía a diario y con zozobra en aumento: asaltos en las paradas de buses, extorsiones a los pequeños negocios, merodeo constante de sujetos con pinta de malhechores, invasión de viviendas a punta de amenaza...

En esa zona estaba ubicada la pequeña colonia que alguna vez fue indicio de progreso y que hoy era muestra de deterioro. Los habitantes del lugar lo eran de larga data, y por eso se conocían en todas sus menudencias. Hasta en el color del humo que salía de las respectivas chimeneas. Ya no se diga en los ladridos de los perros que eran propiedad de algunos vecinos.

Aquella mañana, el Sol parecía esmerado en poner un reflejo propio en cada una de las formas del ambiente. Formas sin forma, las más de ellas. El Sol de seguro pensaba: “¿Qué importa? Mientras hay aire, hay vida”. Y esa parecía ser, justamente, la sensación que embargaba al señor que acababa de traspasar su umbral, cerrar su puerta y encaminarse por la acera casi destruida por el abandono.

Caminó hasta perderse de vista. Una ráfaga de hojas se desprendió de alguno de los árboles dispersos por los alrededores. Y esa ráfaga podía interpretarse como la vibración etérea de una pregunta con matiz de travesura: “¿Lo seguimos?”

Y la respuesta saltó por impulso: “Apurémonos, pues, para que no se nos vaya a escabullir hasta desaparecer”.

Ya lo teníamos al alcance. Y en ese preciso instante él se dirigía hacia una construcción de madera, de las de otra época. Llegaba a la puerta y tocaba el aldabón, que era una cabeza de felino oxidada por el tiempo. Le abrieron de inmediato, penetró y la puerta volvió a cerrarse. Nos quedamos observando, sin saber realmente por qué.

Cuando pasaron las horas y el ingresante no reaparecía, nos dispusimos a abandonar el empeño. Después, nos olvidamos del asunto. ¿Qué sería de aquel ciudadano anónimo? Días más tarde, al pasar frente a la casa donde entrara nos percatamos del pequeño rótulo que estaba junto a la puerta: REFUGIO PARA RESUCITADOS.

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