Historias sin cuento

Álbum de libélulas (115)
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940. EL OTOÑO TAMBIÉN TRANSPIRA

Veraneaban en una playa rústica, de esas que se han puesto de moda en estos tiempos de turismo de mochila. Para ellos era el veraneo ideal, como una especie de homenaje a la niñez silvestre, cada quien en su comunidad perdida entre los montes. Estaban acostumbrados al calor de la tierra, y el calor del mar se les hacía un regalo de los dioses, de los dioses ancestrales desde luego. Pero el verano también tiene su fin. Como aún les quedaba tiempo disponible, se fueron a un resort cercano. Era un lugar más sofisticado, y eso les hacía permanecer casi todo el tiempo en su habitación, que era una cabina con tragaluz y azotea. Resultó perfecto para un par de enamorados que no habían perdido el anhelo de descubrirse entre sí. Ella lo miró entre la penumbra crepuscular, y él devolvió el destello. Sudaban de emoción. Otoño que se anunciaba atípico.

941. AFINIDADES CON MENSAJE

Las llamaradas nerviosas de los rayos distantes le ponen esta tarde a la atmósfera el toque de lo previsible: habrá tormenta con todas las de la ley. Qué diferente fue ayer. El espacio celeste era una lámina tranquila, pero esa serenidad resultó pura apariencia: de pronto se desató la ventisca y todos los transeúntes fuimos sorprendidos sin protección. Hoy me preparo con lo indispensable para resguardarme de la agresión climática. Mi automóvil está en el taller y tengo que pedir taxi. Llega casi al instante. El taxista es un curioso ejemplar de la generación presente: planta de hippie reciclado. “¿A dónde vamos, señor?” “Al mall más próximo, por favor”. Está bastante lejos. En el trayecto voy descubriendo que el cielo se despeja hasta volverse una lámina radiante. Lo contrario de ayer; pero en realidad lo mismo: la rebelión atmosférica. El cielo también tiene planta de hippie reciclado.

942. GRILLO MÁGICO

Se quitó la chamarra sudada y la puso sobre la única silla disponible. Fue a alcanzar una toalla percudida y se limpió el rostro, húmedo y manchado de suciedades urbanas. Fue al pequeño baño y descubrió una vez más que el agua corriente estaba ausente. Se asomó entonces a la endeble refrigeradora aculada en un rincón, y no había nada rescatable. ¿Qué le quedaba por hacer? Aspiró a fondo el aire retenido y un aroma lejano pareció ofrecérsele como alivio sin alternativa. Volvió a aspirar, y el aroma ganaba espacio en su interior, que de ser un borroso predio baldío se estaba volviendo un traspatio con voluntad de jardín, rústico pero acogedor. Entonces fue a asomarse al ventanuco mugriento. Sí, ahí estaba ese jardín. El de entonces. El que de pronto compensaba todas las penurias. Y para que no hubiera duda oyó lo de siempre: el grillo en su estridor con partitura inconfundible.

943. MILAGRO EN LA CALLE 78

La había visto infinidad de veces: una mujer de edad, delgada hasta parecer irreal, vestida siempre de oscuro, con paquetes en las manos y expresión seria hasta parecer desolada. A veces se la encontraba en la Calle 79, pero alguna vez la vio entrar en un herrumbroso edificio de apartamentos en la Calle 78. Aquel día, sin embargo, quizás porque la primavera estaba comenzando a desperezarse de su largo sueño, cuando la vio caminando por el andén con árboles cundidos de retoños sintió que la señora había rejuvenecido. Caminaba más rápido, la delgadez no era tan extrema, el vestido tenía tonalidades violáceas, no llevaba nada en las manos sueltas. No pudo evitarlo. Se le acercó. “Nos conocemos, ¿verdad?” Ella lo miró de reojo, sin responder, pero sonriendo. Bastaba con eso, porque la credencial del milagro siempre es una sonrisa.

944. LADRÓN DE LUNAS

Según todas las evidencias disponibles, se trataba de un señor perfectamente normal, aunque inclinado al aislamiento. Vivía jubilado en una colonia de la periferia urbana, que tenía un pequeño parque en el centro. En esa colonia había vivido desde que consiguió su primer trabajo y se acompañó con su primera mujer. Siguieron varias, todas fallecidas. Sin hijos, era hoy un habitante silencioso, que sólo salía para lo estrictamente necesario. Bueno, salvo por las noches, cuando ya todo el mundo estaba recogido, sobre todo por la inseguridad de la zona. Él se iba al pequeño parque en las noches de luna visible, en cualquiera de sus fases. Y ya casi al amanecer volvía a su encierro, con un envoltorio entre las manos. Ahí llevaba el resplandor de la luna, recogido en papel aluminio. Aquella colección interminable era su recurso inspirador. El único.

945. ACROFOBIA

Sí, aversión a las alturas. La padeció desde que tenía memoria, y por eso se instaló en un valle sin colinas a la vista. En contraste, le causaban emoción exultante los pasadizos subterráneos, como los que había en una antigua fortaleza abandonada que se alzaba por ahí. Pero la vida tiene desafíos insospechados. ¿Quién iba a decirle que se enamoraría al instante de aquella muchacha rubia que había llegado al lugar como parte de un batallón de paracaidistas que andaba haciendo prácticas rurales? Ella le correspondió, con sonrisa prometedora. Pasadas las espontáneas pruebas de rigor, acordaron hacer vida en común. Primer dilema: ¿Dónde vivirían? Se miraron a los ojos. El dijo: “Donde tú quieras”. Ella dijo, al unísono: “Donde tú quieras”. Entonces, riéndose, acordaron: “En alta mar, donde no hay alturas pero la libertad del aire permite vuelos sin fin…” El amor es el negociador perfecto.

946. Lección Astral

Cuando se casó con Zulma, que había sido bailarina exótica, lo hizo en el entendido de que ambos estaban dispuestos a vivir en aura íntima. Era dar un salto anímico descomunal, que había que ir modulando en la vida diaria. Se fueron a instalar en un caserío distante de todos los centros urbanos, para que el aura pudiera moverse en la tarima del aura vegetal. Ya ahí, las cosas comenzaron a manifestarse en forma de contrastes insospechados. El clima reinante fue la primera zona contrastante: era invierno, pero lo que imperaba era el cielo despejado. En las actitudes de la pareja recién llegada se producía el otro movimiento pendular: él estaba cada día más frívolo y ella cada día más introvertida. Una tarde, caminando entre la claridad radiante, se lo dijeron: “Apenas te reconozco”. “Y yo a ti”. Una ráfaga anunció lluvia de pronto. El aire había entendido el mensaje.

947. LAS ARTES DEL VERANO

El valle estaba listo para el cambio de estación, pero una colina del vecindario parecía hallarse en rebeldía. Le tocaba llegar al verano, y lo hizo con la cortesía de un caballero de los de antes. Se acercó a la colina y le besó las sienes. Ella esbozó una sonrisa. Problema resuelto.

948. ENTRE LÁMPARAS

Era noctámbulo empedernido. Un pariente cercano quiso animarlo al tratamiento corrector. Pero él se defendió con tenacidad: “Mi salud emocional depende de caminar entre lámparas”.

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