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Intrusos en un sueño

Evelyn y Sandy son hermanas. Son salvadoreñas que nacieron y vivieron los primeros años de sus vidas en Ereguayquín, en Usulután. Sus padres, amparados por el TPS, las trajeron a Manassas, un suburbio al sur de Washington, cuando tenían 13 y ocho años. Ambas son el retrato perfecto de los “dreamers”: jóvenes inmigrantes indocumentados traídos a Estados Unidos cuando eran muy pequeños, quienes han vivido aquí la mayor parte de sus vidas. Sus historias sirven para tomar el pulso a la aún nonata reforma migratoria, esa gran pieza de legislación que Barack Obama pretende dejar como legado de su presidencia, pero que ahora es una ley a medio camino entre el Senado y la muy conservadora Cámara de Representantes.
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Rostros visibles.  Christopher Gutiérrez, de seis años, acompaña a su madre, que no aparece en el cuadro, durante una manifestación frente al Capitolio en Washington. Esta es una de las formas en las que la comunidad latina hace presión por la reforma migratoria.

Rostros visibles. Christopher Gutiérrez, de seis años, acompaña a su madre, que no aparece en el cuadro, durante una manifestación frente al Capitolio en Washington. Esta es una de las formas en las que la comunidad latina hace presión por la reforma migratoria.

Falta por hacer.  El DACA no resuelve el problema financiero para jóvenes como Evelyn y Sandy, que quieren estudiar una carrera universitaria.

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Empleo.  El DACA facilitó a Evelyn Hernández los permisos necesarios para conseguir un empleo en el consulado salvadoreño en Woodbridge. Entrega DUI.

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Discusión.  El cabildeo por la reforma migratoria, con la que se regularizaría la situación de millones de inmigrantes sin documentos, podría continuar hasta finales de 2013.

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Escollos.  La deportación nunca dejó de ser una amenaza y las posibilidades de estudiar carreras universitarias son muy escasas para jóvenes como Sandy y Evelyn.

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Intrusos en un sueño

Intrusos en un sueño

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Fotografías de Miguel Álvarez y ap

L

a primera vez que el Congreso de Estados Unidos quiso inmiscuirse en los sueños de Evelyn fue el 7 de junio de 2007, cuando el acta de reforma migratoria integral murió en el Senado por falta de apoyo político. A Evelyn le faltaba un año y un día para graduarse de bachiller.

Evelyn es, si se atiende a su hoja de vida académica y se escucha con atención los ecos más sutiles de su conversación, una mujer con ganas inmensas de trascender; pero para ella las buenas notas no serían suficientes si pretendía, como soñaba, estudiar ciencias políticas en la universidad. El 6 de junio, cuando la promoción 2008 de la Battlefield High School de Haymarket, Virginia, tuvo su acto de graduación, Evelyn tuvo miedo del futuro como no lo había tenido ni cuando a los 13 años viajó sola desde la casa de su tía en un pueblo del oriente salvadoreño hasta un apartamento a más de 7,000 kilómetros en el que se reuniría con sus padres.

Hay, sí, un documento que acredita su identidad, una partida de nacimiento según la cual Evelyn Yessenia Hernández Centeno nació el 8 de junio de 1990 en Ereguayquín, Usulután, El Salvador. El documento que no tiene es uno que le dé residencia, permanencia, existencia legal en Estados Unidos, este país en el que vive desde hace una década, cuyo idioma oficial habla mejor que su lengua materna, y a cuyo gobierno sus padres pagan impuestos desde que se ampararon al Estatus de Protección Temporal para salvadoreños, el TPS, en 2001.

Fue de ahí, de su condición de indocumentada, de donde le vino el agobio a Evelyn a sus 17 años: sabía, desde antes de graduarse de la high school, que no tener papeles significaba –y aún significa–, al menos en la mancomunidad de Virginia, no poder ingresar a universidades públicas ni tener acceso al tipo de créditos o ayudas financieras que le permitirían pagar por una carrera. Pero también sabía desde mucho antes de la graduación, que no había estudiado tanto para quedarse a despachar combos en una hamburguesería. “No tenía papeles y lo que venía me daba horror, pero sabía que no había estudiado tanto para quedarme de niñera o en un ‘fast food’”, dice en su español correcto, pero matizado ya por expresiones en inglés y por un ligero acento que timbra en su lengua materna tras 10 años de usarla como instrumento secundario de comunicación. Inglés en la escuela, con los amigos, con los hermanos, en el cine, para los libros y las tareas. Español en la casa, con los padres.

La segunda ocasión que el Congreso de Estados Unidos estuvo a punto de matar el sueño de Evelyn ocurrió entre septiembre y octubre de 2007, cuando ella recién iniciaba su segundo año de bachillerato, su “junior year”, que es cuando los estudiantes deben preparar sus currículos y aprobar sus exámenes más importantes de cara a la eventual admisión universitaria. A esas alturas, ya había visto cómo la clase política de Estados Unidos, la de Washington, tiraba a la basura por tercera y cuarta veces el Dream Act, una ley que hubiese permitido entonces a estudiantes indocumentados como ella evitar la deportación, acceder a créditos para pagarse los estudios superiores e incluso permisos de trabajo.

Cuando los senadores Orrin Hatch, republicano de Utah, y Dick Durbin, demócrata de Illinois, introdujeron por primera vez al Senado la propuesta de ley titulada Desarrollo, Alivio, Educación para Menores (DREAM, por sus siglas en inglés), el 1.º de agosto de 2001, Evelyn, Sandy y su hermano Kevin aún vivían con una tía en Ereguayquín. Los padres de los tres ya estaban en el norte. Él vino en 1997. Ella en 2000. Ambos llegaron sin papeles.

Sandy Carolina, cuatro años menor que Evelyn, se graduó el año pasado con honores. “Su título, sus notas”, dice la mayor de las Hernández Centeno –con un tono en el que hay una pizca de cólera, sí, pero sobre todo la serena convicción de saberse habitante por derecho ya de este país–, le abriría las puertas de cualquier universidad “en cualquier parte del mundo”.

No exagera Evelyn al hablar de las posibilidades académicas de su hermana. Sandy, de 19 años, estudió bajo el plan IB de excelencia académica en la secundaria Stonewall de Manassas. “Es una pequeña genio”, dice, cómplice, la mayor ante la sonrisa apenada de Sandy, quien baja la mirada por unos instantes antes de responder sobre sus planes académicos: “Quiero ser doctora, quiero estar en Doctores sin Fronteras”, lanza a la mesa la hermana menor, que hace 11 años dejó Ereguayquín por la promesa de que al llegar a Estados Unidos, mamá le compraría una muñeca tan grande como ella. “Al solo llegar me compró la muñeca, no era de mi tamaño, pero todavía la guardo”.

En uno de tantos restaurantes salvadoreños que salpican el área de Woodbridge/Manassas, a 40 minutos de Washington hacia el sur, las hermanas hablan de ellas, de su identidad, de sus miedos y sus certezas.

—Leí hace poco un estudio que dice que los latinos, cuando les piden identificarse, mencionan primero su país de origen. Y también que las segundas y terceras generaciones de migrantes se sienten un poco de los dos países y a la vez de ninguno —suelto sin poder evitar pensar lo absurdas, pedantes, que mis palabras de lector-de-análisis sonarán a estas jóvenes. Pero Evelyn es amable: me mira y tras un breve silencio responde:

—Yo soy salvadoreña. Es cierto, soy una combinación. Me gustan los frijoles y me gusta el “macaroni and cheese”, y en “Thanksgiving” en mi casa se comen pavo y tamales...

Más adelante en la conversación, cuando me cuente sobre su fascinación por la literatura latinoamericana, sobre por qué escogió analizar “El beso de la mujer araña” de Manuel Puig para uno de sus ensayos universitarios a pesar de que el trato que el autor argentino hace de la homosexualidad en el libro escandalizó a más de algún familiar, sobre cómo le indignó tanto leer sobre el caso de Beatriz, la mujer a la que la Corte Suprema de El Salvador impidió realizarse un aborto terapéutico, entenderé mejor de qué se trata esa combinación de la que habla Evelyn.

“El que sí es una combinación es Kevin, el menor”, dice Sandy. “Medio gringuito, medio hispano”. Y agrega Evelyn: “Él no tenía idea de dónde había nacido hasta hace poco, cuando también descubrió que tenía un segundo nombre y un segundo apellido”.

León Fresco es el asesor legislativo en asuntos migratorios del senador Charles Schumer de Nueva York, miembro del grupo de los ocho senadores –cuatro republicanos y cuatro demócratas– que escribieron la actual versión de la reforma migratoria y uno de los políticos que empujan el tema desde que en 1986 el expresidente Ronald Reagan firmó la última gran enmienda migratoria en Estados Unidos. El 27 de junio pasado, el pleno del Senado aprobó la ley S. 744, el proyecto de ley de Schumer y los ocho, con 68 votos a favor y 32 en contra, 14 republicanos entre ellos. Hoy, siguiendo el proceso de formación de ley en el Congreso bicameral de la Unión Americana, la versión senatorial va a la Cámara Baja o Casa de Representantes, dominada por los republicanos más radicales y antiinmigrantes que el Congreso de Estados Unidos haya conocido en un buen tiempo. Si la ley se aprueba ahí, o una versión distinta se concilia en una conferencia bicameral con la S. 744, habrá otra reforma migratoria. Los cálculos políticos más recientes indican que ese camino podría prolongarse al menos hasta el final de 2013.

Hace apenas tres años la reforma era un imposible político. Nada. León Fresco, el asesor, lo supo entonces. En 2010, al recibir a una de tantas delegaciones oficiales salvadoreñas que desde mediados de la década pasada visitan el Capitolio para informarse sobre temas migratorios, Fresco les explicó que cuando el proyecto de reforma que los senadores John McCain y Ted Kennedy intentaron empujar entre 2006 y 2007 fracasó por la oposición decidida de demócratas y republicanos por igual, Washington se quedó sin aire político para discutir un tema tan tóxico en términos electorales. Peter Hakim, el presidente emérito del Diálogo Interamericano, ha definido la toxicidad en términos laborales: “El migratorio es un tema que nadie en el Congreso quiere tocar, porque puede costarte tu empleo dependiendo como votes”.

Así habló León Fresco en 2010, el año en que el Tea Party, el movimiento ultraconservador que se enquistó en el Partido Republicano, hizo las delicias de la derecha estadounidense con un discurso que reivindicaba la disciplina fiscal a ultranza, la defensa de un estado federal pequeño y no conceder legalización a los indocumentados.

Faltaban, entonces, dos años para la elección presidencial de noviembre de 2012 y pocos meses para la legislativa de medio término del primer período presidencial de Barack Obama. Los republicanos ya sabían que el migratorio es un tema nacional que poco importa en distritos con baja densidad de población latina. “Poco aire político”, dijo Fresco. A eso se refirió.

“De golpe ella se le retira: ha visto que alguien se acerca a la mesa. Es una mujer hermosa, al primer vistazo, pero enseguida después se le nota algo rarísimo en la cara, algo que da miedo y no se sabe qué es. Porque es una cara de mujer, pero también una cara de gato. Los ojos para arriba, y raros, no sé como decirte, el blanco del ojo no lo tiene, el ojo es todo color verde, con la pupila negra en el centro y nada más. Y el cutis muy pálido, como con mucho polvo...” Entre febrero y mayo de 2012, Evelyn pasó varias veces, decenas, por esas líneas, de las primeras que Manuel Puig escribió en “El beso de la mujer araña”, la novela más celebrada del argentino, para elaborar una de las tres tesis que necesitó para graduarse ese año de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la universidad de Roanoke, una de las dos de la mancomunidad de Virginia que aceptan estudiantes indocumentados.

—¿Por qué Puig?

—Porque quería una tesis en la que pudiera reunir mis cuatro años de estudio, un trabajo controversial que me hiciera quedarme despierta hasta las 4 de la mañana. Creo que Puig, que escribió esto a finales de los setenta, se adelanta a su tiempo al hablar del tema homosexual, un tema que todavía es polémico en nuestras sociedades. Argentina legalizó el matrimonio hasta 2008. ¿Y en El Salvador? Si llego hablando de esto a El Salvador o del aborto, creo que me cae un meteorito...

Que el país ha cambiado un poco, trato de convencerla. Que sí, que la Iglesia y los sectores más conservadores siguen siendo, pues, muy conservadores, le digo; pero que la influencia cultural de la generación de ella empieza a abrir algunas mentes. Me dice que sí, que leyó sobre Beatriz y el aborto en Newsweek. Dejo mi argumento.

La tercera vez que el Congreso de Estados Unidos estuvo a punto de matar el sueño de Evelyn, y la primera que casi trunca el de Sandy de convertirse en doctora, fue en la primavera de 2011, cuando la mayor de las hermanas estaba a un año de graduarse del “college” –al que pudo ingresar sin papeles– y la menor estaba a uno de su título de bachiller. Tres senadores republicanos dijeron que no apoyarían el más reciente intento de reintroducir el Dream Act si la Cámara Alta no estudiaba, antes, medidas para reforzar la seguridad en la frontera sur, un tema que, a la postre, se convertiría en el principal argumento de quienes aún ahora en 2013 se oponen abiertamente a la legalización de indocumentados, pero también en la más importante carta de negociación de los impulsores de la reforma: legalización y ciudadanía a cambio de militarización de la frontera sur.

En el verano de 2012, a pesar de todos sus miedos y del secreto que guardó durante la mayor parte de su vida, Evelyn, la niña que dejó Ereguayquín en octavo grado, decidió que no tener papeles no la postraría. Y decidió que el Congreso de Estados Unidos no iba a entrometerse en su sueño. Evelyn Yessenia Hernández Centeno sacó su título en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad de Roanoke con las mínimas ayudas financieras que pudo conseguir. Eso sí, mientras duró su paso por el coqueto campus de ladrillo en el sur profundo de Virginia, un mundo nuevo, hecho para niños blancos de familias ricas, según ella lo cuenta, Evelyn mantuvo su secreto, como lo había hecho en la high school.

“Los problemas empiezan cuando, por el currículum, tienes que viajar a otros estados, incluso a otros países, pero sabes que no puedes porque no tienes licencia, pasaporte. Lo que haces es callarte. Lo que yo hago es analizar a la gente, oír lo que hablan, cómo se expresan y guardarme lo que yo pienso. Así sé en quién confiar”. En todos los años que pasó en Roanoke solo confió en una amiga, peruana, pero ella, al terminar el college, se regresó a Lima. En mayo de 2012, a la puerta de un posgrado, Evelyn volvió a vivir el agobio que viene con la falta de papeles. Otra amiga, estadounidense esta, en quien también terminó confiando, le había dicho que había visto en las noticias que Obama estaba preparando algo que permitiría a jóvenes indocumentados estudiar sin ser deportados. “Pero no creí. Había visto lo del Dream Act. No me gusta creer en las noticias porque siempre las exageran.”

Pero esta vez la ventana sí se abrió.

El 15 de junio de 2012, la secretaria de Seguridad Interna, Janet Napolitano, ordenaba diferir la deportación de jóvenes que, como las Hernández Centeno, habían llegado a Estados Unidos sin documentos antes de esa fecha y antes de haber cumplido los 16 años, podían probar presencia continuada, que estaban estudiando o habían estudiado y que no habían cometido delitos. Ese memo dio paso al DACA, la Deferred Action for Childhood Arrival.

Los padres de Evelyn y Sandy pagaron a un abogado por los trámites de la hija mayor: el llenado de la forma I-821D, para aplicar al beneficio migratorio, y de la forma I-765, para obtener un permiso de trabajo. Luego, Evelyn, que siguió el proceso con atención, llenó los formularios de Sandy. En octubre, por primera vez desde que llegaron, las Hernández Centeno tenían papeles, no permanentes, pero sí unos que evitaban que las deportaran y les abrían las puertas a trabajos con los que podían ayudar a pagarse sus carreras. Al 7 de junio de este año, 14,048 jóvenes salvadoreños han recibido esos beneficios según USCIS (Migración).

El DACA no ha resuelto el tema financiero de las hermanas, porque las universidades en Virginia siguen pidiendo otros papeles, una licencia, por ejemplo, para el acceso a ayudas. Sandy también se inscribió en Roanoke por eso. A Evelyn el DACA no le ha abierto la ventana financiera: no hay, con la I-821D, créditos para posgrados.

Como sea, Evelyn había decidido hace mucho espantar a los intrusos de sus sueños. “Si eso del DACA no hubiese salido, yo no iba a esperar por una reforma migratoria. Me iba a entrar una depresión a nivel alto y mi autoestima me iba a bajar a un nivel muy bajo”. Lo dice con una sonrisa. “Eso, pues, no me iba a parar. Iba a trabajar. A llevar lo que podía pagar, dos o tres clases por semestre. A seguir buscando. Eso no nos iba a parar”. Esta vez, voltea a ver a su hermana, quien sonríe y asiente.

Una elección presidencial después de aquellas clases de realpolitik que dio en el Senado en 2010, León Fresco, el asistente del senador Schumer, hablaba otro idioma a principios de 2013. Fresco fue, desde enero pasado, uno de los asesores legislativos que ayudó a finiquitar el pacto entre patronal y sindicatos para fijar el techo de visas para trabajadores no especializados, un punto crítico que en 2006 y 2007 dinamitó el intento empujado por McCain y Kennedy, que entonces recibió el apoyo de la Casa Blanca de George W. Bush. El desacuerdo en ese tema hizo que senadores demócratas también se opusieran, entre ellos un joven afroamericano de Illinois: Barack H. Obama, cuyo cálculo político entonces era no perder el apoyo de poderosos sindicatos de Chicago que se oponían a programas de trabajos temporales que extendieran demasiadas visas a extranjeros.

¿Qué cambió? La influencia del voto latino cambió. Mitt Romney, el aspirante republicano en 2012, debió radicalizar su discurso para satisfacer al Tea Party y así ganar la primaria de su partido. El resultado en la comunidad latina fue desastroso. Un “lobbysta” republicano me lo explica así: “El partido se derechizó tanto que en el tema migratorio obligó a Romney a decir aquella línea absurda de la autodeportación –en un discurso de campaña el aspirante dijo que se trataba de hacer la vida tan difícil a los migrantes que estos decidirían por sí solos regresar a sus países–”.

Mark Hugo López, el director asociado del Pew Research Center, certifica lo que las estadísticas cuentan de la importancia del voto latino. “Las proyecciones dicen que los segmentos de votantes hispanos crecerán, y es cierto que este grupo votó mayoritariamente por el presidente Obama y los demócratas. Y también es cierto que el segmento de votantes blancos sigue decreciendo. Todo eso puede impactar en los resultados del partido republicano”. El “lobbysta” republicano, en lenguaje más crudo: “Sin los hispanos, el partido es inviable para las presidenciales”.

Por ahora, sin embargo, una buena porción de la bancada republicana en la Cámara Baja está ansiosa o al menos no muestra reparos por unirse a los 32 senadores que votaron en contra de la reforma el 27 de junio para, por cuarta vez, intentar entrometerse en las vidas y futuros de Evelyn, Sandy y 11 millones de personas a las que ellos llaman ilegales. Sus argumentos preferidos: todos violaron la ley al ingresar sin papeles a Estados Unidos y no se les puede legalizar; legalizarlos implicaría una carga más para las finanzas federales ya sobrecargadas, aunque el propio Congreso ha dicho que eso es, en una palabra, incorrecto; y la frontera sur no está bien protegida, aunque en preparación de la maniobra política para aprobar la reforma, la administración Obama haya deportado más personas que sus predecesores republicanos y, según dos diplomáticos centroamericanos, en los últimos meses su patrulla fronteriza haya logrado repatriar casi de inmediato a los indocumentados que arresta en los pasos fronterizos.

El permiso de trabajo que llegó con el DACA facilitó a las hermanas Hernández un empleo en el consulado salvadoreño en Woodbridge, cerca de la casa paterna. Evelyn lleva desde enero entregando DUI; Sandy está en una plaza temporal de tres meses, que termina el 29 de julio, reinscribiendo salvadoreños al TPS: “Aracely Campos, a la ventanilla 5”, llamaba la menor de las Hernández a otra compatriota para pedirle los datos el martes pasado.

Tras múltiples intentos del Congreso de Estados Unidos y de su clase política por entrometerse, por no dejar, aun ahora, a falta del desenlace en la Cámara Baja, hay DACA y hay TPS. Los papeles que permitieron a Sandy Carolina Hernández Centeno estudiar en la universidad de Roanoke en su afán por convertirse en doctora en medicina, y despachar TPS en el consulado salvadoreño en Woodbridge, Virginia, y a Aracely Campos renovar su estatus temporal al otro lado de la ventanilla número 5 esa mañana de verano son las únicas ventanas abiertas. La toxicidad política que decía el asesor León Fresco es aún palpable; amenaza con seguirse colando en los sueños de quienes vinieron aquí sin papeles.

Cuando Evelyn Yessenia Hernández Centeno entró sin papeles a Estados Unidos, la semana del 15 de septiembre de 2003, tenía 13 años. Habían pasado seis días desde que salió de Ereguayquín. Sus hermanos pequeños, Sandy y Kevin, se habían ido un año antes: “El plan era irnos todos, pero pasó el terremoto de 2001, y luego por el dinero se fueron ellos primero”. Pasó dos años con su tía, entre la casa y su escuela. De ese Usulután que dejó atrás recuerda su octavo grado; tiene la imagen de la casa materna y de la de su abuela, justo enfrente.

—¿Pasabas triste sin tus hermanos?

Evelyn mira a Sandy. Asoma una sonrisa: “Los dos pequeños eran más apegados. A mí me hacían falta, pero no para llorar todas las noches”. Lo dice como suelta la mayoría de sus frases, con serenidad, sin exaltarse.

Es muy poco probable que el futuro de Evelyn, de Sandy y el de Kevin –el que recién descubrió que tiene un segundo nombre y un segundo apellido– marquen escala en El Salvador alguna vez. En Ereguayquín no queda nadie ya. La abuela murió el año pasado, lo que llevó a mamá hasta el pueblo por primera vez en 12 años. Evelyn y sus hermanos escribirán sus historias aquí, en Virginia, en Estados Unidos, y aquí soñarán. Aunque la Cámara de Representantes decida otra cosa.

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