Irse y regresar: dos sueños muy salvadoreños

No pasaron muchos días para que el sueño del retorno se desvaneciera. En mi caso, los contrastes entre El Salvador real y mi país inventado eran abismales. Esto se complicó cuando descubrí que en este país no tenía lazos familiares cultivados.
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De eso se trata ser salvadoreño, de un día tener que salir del país en busca de un futuro mejor y en la distancia soñar una y otra vez con el día en que el regreso sea para siempre. No importa la edad, ser salvadoreño significa tarde o temprano vivir este dilema. Por eso me pareció tan sugerente el título de la novela de Horacio Castellanos Moya “El sueño del retorno”. Tenía muchas ganas de leerla sobre todo porque la sinopsis me resultó cercana: 1991 un periodista, exiliado en México, ilusionado con la firma de la paz, que sueña con regresar a El Salvador para empezar una nueva vida y fundar una revista. Desde que encontré el libro no pude dejar de leerlo y esperaba con ansias el humor negro con el que Horacio narraría el tan esperado retorno de Erasmo Aragón a El Salvador.

De todos los tipos de retornos que registra la historia salvadoreña, me identifico con los que ocurrieron al final de la guerra porque fue cuando mi familia y yo regresamos al país. Erasmo podía haber sido cualquiera de los tantos amigos que durante el exilio en Nicaragua llegaban a la casa de mis padres para terminar hablando siempre de lo mismo: el día en que volvieran a vivir en El Salvador.

Las conversaciones de los exiliados en la década de los ochenta siempre tenían como escenario San Salvador. “Y te acordás de aquel café en el Centro, de los panes con pavo con aquella salsita tan rica, de la ADOC, de la calle Arce, de la Universidad Nacional…” en fin toda una vida llena de recuerdos y de símbolos que para mí carecían de significado, porque cuando yo salí de El Salvador tenía 9 años, y los recuerdos fugaces del país que conservaba en mi memoria, no eran los más felices. Entonces, en Nicaragua tomé la decisión de inventar mi propio El Salvador para compartir el sueño del retorno con los demás.

Lo armé como un rompecabezas: algunas piezas eran del país que mis padres soñaban, otras de lo que veía todos los días en las noticias y en los archivos de video y fotografía sobre la guerra salvadoreña. Las más especiales las tomé de la revolución sandinista, entre ellas la idea de que “luchamos contra el yanqui enemigo de la humanidad”, una frase que canté convencida durante 10 años.

Sin embargo, la revolución llegó a su fin, El Salvador firmó la paz y yo regresé a mi país con aquella república inventada, ilusionada con encontrar mi lugar en la vida. No pasaron muchos días para que el sueño del retorno se desvaneciera. En mi caso, los contrastes entre El Salvador real y mi país inventado eran abismales. Esto se complicó cuando descubrí que en este país no tenía lazos familiares cultivados (primos, tíos, abuelos, etc.), no tenía amigos, no tenía casa familiar, no había fotos de infancia, es decir no había raíces que me hicieran sentir que había regresado a mi lugar de origen.

Para mis padres el retorno no fue menos duro, ellos regresaron a un país por el que habían invertido los mejores años de su vida en cambiar y el resultado fue empezar todo de nuevo, solo que esta vez casi a sus 50 años, pero con las mismas reglas del juego. Un retorno lleno de desilusiones. Lo más irónico fue darme cuenta que había crecido en Nicaragua creyendo que era extranjera y ya puesta en El Salvador seguía sintiendo lo mismo. Todo un fiasco.

Por estas razones, esperaba que Horacio me narrara, con su particular sentido del humor, el retorno de Erasmo, hubiera sido una gran oportunidad para reírme de mi propia experiencia. De ese sueño que uno acaricia tanto hasta que ocurre y descubre que hubiera sido mejor dejarlo como eso, como un sueño. Quizá el eterno dilema de ser salvadoreño consista vivir entre el encanto y el desencanto que representa partir y volver, partir y volver... sin remedio.

No sé si Horacio tiene planeado continuar la historia o el final era solo un truco literario, lo cierto es que ahora que estoy de regreso en El Salvador he vuelto a soñar con la idea de encontrar aquí ese sentido de pertenencia que todos necesitamos para vivir y morir felices.

*Una versión de este texto se publicó en Contracultura el 16 de septiembre de 2013.

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  • el sueño del retorno
  • migracion
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