Jalar la pita

¿Cómo logró este tipo ocultar cargamentos de cocaína, a veces de dos kilos, a veces de 270, a veces de 1.2 toneladas, en los últimos 10 años?
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OPINIÓN (Desde acá)

Me gusta cuando callas

*Periodista salvadoreño

Supongo que a esta altura, poco más de una semana después de la captura, ya estarán hasta el copete del tal Repollo. O de don Jorge Ernesto, como preferimos llamar a los narcos, es decir, con el “don” antes del nombre, cuando nos reunimos con los cuadros. Sé que las publicaciones han sido abundantes desde entonces y más de alguno se preguntará por qué tanta alharaca por otro narco que cae.

Estoy consciente de que podría ser más productivo publicar un ensayo sobre el cinismo de Silvia Aguilar, que renunció a GANA un día antes de ser nombrada como magistrada de la Corte de Cuentas, en un movimiento que únicamente se podría comparar a lo hecho por Francisco Salinas con la dirección de la PNC (aunque en este último caso, a pesar de la renuncia, poco puede disimular la rigidez militar cuando asiste a los actos públicos vestido de policía civil); o una entrevista con el presidente de la Asamblea, Sigfrido Reyes, sobre la importancia de defender el nombramiento de un allegado del expresidente Saca en la institución que, en teoría, está encargada de fiscalizar las cuentas públicas. Pero como esto seguramente no pasará, pues les propongo que mejor sigamos leyendo sobre los narcos, esos de los que tanto escuchamos pero que tan poco conocemos.

Hay muchos puntos interesantes ligados a la captura de don Jorge Ernesto, de apellidos Ulloa Sibrián. El primero que salta a la vista es un comportamiento que, por repetitivo, ya se ha transformado en patrón: los narcos salvadoreños no son capturados en El Salvador. ¿Simpático, no? Revisemos algunos casos. Don Reynerio de Jesús Flores Lazo, capturado en... Honduras. Don José Natividad Luna Pereira, capturado (y liberado) en... Honduras. Don Jorge Ernesto Ulloa Sibrián, capturado en... Guatemala. No hace falta explicar el porqué de su título: los verdaderos narcos son auténticos dones, con tratos privilegiados, como quien viaja en primera clase y nada más al subir al avión le ofrecen champaña Bollinger con bayas de Goji tibetanas.

El segundo todavía es más interesante. Don Jorge Ernesto está acusado de mover, desde Panamá hacia Guatemala, con escalas obligadas en El Salvador y destino final en Estados Unidos, 10 toneladas de cocaína. Diez toneladas. Es decir, 10,000 kilos o 22,000 libras. O el equivalente a dos Manyulas. ¿Lo están imaginando, verdad?, ¿cómo se hace para esconder a dos elefantes sin que nadie –pero nadie– se percate de ello? Lo mismo me he preguntado desde hace varios días: ¿cómo logró este tipo ocultar cargamentos de cocaína, a veces de dos kilos, a veces de 270, a veces de 1.2 toneladas, en los últimos 10 años? Hubiera sido curioso hacerlo de una sola vez, un robusto traslado de 10 toneladas; pero no, don Jorge Ernesto hizo por los menos 22 envíos en los últimos 10 años, de acuerdo con la investigación abierta por la Policía y la Fiscalía salvadoreñas. Perdón que sea mal pensado, pero eso, como mínimo, es sospechoso. Terificante, como diría mi estimada Beatrice de Carrillo.

En México, en Guatemala, en Honduras, en Costa Rica y en Colombia hay casos comprobados de autoridades gubernamentales infiltradas por el narco para garantizar el libre movimiento de cocaína por este gran corredor mesoamericano. Una de dos: o don Jorge Ernesto descubrió desde 2002 la teletransportación o, como suele pasar en estos casos, alguien –o un montón de alguienes– lo ha favorecido desde entonces en El Salvador.

No hay seguridad, por supuesto, de que la captura de don Jorge Ernesto nos lleve a posteriores detenciones de policías, encargados de aduanas o funcionarios que, en el que caso que así lo fuera, estuvieran coaptados por el narco. No fuera la primera vez. El reto, para las autoridades, para los periodistas, para el fiscal Martínez, que aún parece tener ímpetu, es jalar la pita que don Jorge Ernesto nos ha mostrado. Nosotros nos hemos asomado a la pecera y, como es habitual, siempre hay un pez más grande.

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