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Juguetes de una niña solitaria

También acostaba al Niño de Atocha, porque un niño sentado era imposible que durmiera bien, por muy santo que fuese. El que quedaba de pie era mi San Martín de Porres de madera, con su escobita y sus animalitos.
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Gabinete Caligari

Un cubo de plástico transparente que en su interior albergaba un laberinto, también de plástico transparente; en una de las caras del cubo había un agujero donde se metía una chibola. El objetivo del juego era sacar la chibola por otro agujero en la cara contraria, atravesando el interior del cubo. Podía tomar horas lograrlo.

Un juego de carritos de plástico que en realidad había salido de las cajas de Corn Flakes de Kellogg’s, que en mi casa se consumían con particular devoción. Los carritos eran amarillos, verdes, azules, rojos, de diferentes marcas, modelos y años. Los amarillos eran modelos de los años veinte. Eran mis favoritos. Los azules eran Chevrolet, Datsun y Toyota. También había un Mustang rojo. Jugaba con ellos sobre la alfombra del centro de la sala que tenía un diseño intrincado en el borde que permitía imaginar una calle de dos carriles, esquinas, vueltas, jardines y vecindarios. O también sobre la tela verde oscuro del banco del piano que tenía un diseño de curvas y vueltas, apto para jugar a los carritos. Los carritos los guardaba en una caja de metal de mazapanes Niederegger, los mejores de Alemania y de todo el mundo mundial, el cosmos entero y más allá, juro que sí.

Mi triciclo rojo de metal cuyas manivelas estaban forradas de plástico, también rojo, con unas tiras que colgaban y se movían cuando yo tricicleteaba en el pasillo del frente de la casa donde me crié, en Los Planes de Renderos.

Un juego de boliches de plástico. Los pines eran verdes, azules, rojos y la bola ya no recuerdo de qué color. Quizás era verde oscuro, quizás era azul. Los pines tenían grabados en la parte superior un par de ojos y una sonrisa, para simular que los pines tenían caras. Los colocaba a todos con las caritas viendo al frente, en la sala de la entrada, y tiraba la bola como veía que hacían en los programas de televisión, donde jugaban boliche de verdad.

Un saltacuerdas de plástico blanco con una línea color lila suave. Los agarraderos del saltacuerdas eran amarillos y tenían doble función, pues servían también como micrófono cuando hacía fonomímicas de mis cantantes favoritos frente al espejo, porque cuando sea grande voy a ser una cantante de rock, toda vestida de cuero negro y ahí me aguantan, yeah.

Una cocinita rosada de metal, que tenía cuatro hornitas. La puerta del horno se abría hacia un diminuto interior para hornear panes y pollos imaginarios. Tenía algunos trastes de plástico para hacer sopas de flores, hojas, palitos y hormigas muertas que les daba de comer a los pollitos de colores (verdes, azules, morados) que me traía mi papá del mercado, metidos en una bolsa de papel café con hoyitos, para que no se ahogaran.

Una Barbie negra que se llamaba Julia, gracias a un programa de televisión que estaba de moda y que era sobre una enfermera que se llamaba Julia (interpretada por Diahann Carroll). La gran novedad de la Julia era que podía doblar brazos y rodillas en tres posiciones diferentes y tronaba cuando le doblabas las articulaciones. A veces le doblaba y desdoblaba las piernas a la muñeca solo por escuchar el ruido, porque me gustaba. Crack, crack, crack.

Un juego de dominó hecho en hueso, cuyas piezas iban dentro de una caja de madera que tenía una tapita deslizable, también de hueso. Un juego de “no te enojes” (creo que se llamaba), que era una estrella de varias puntas, cada una terminaba en un color y había canicas correspondientes a los colores de cada punta y uno tenía que llegar con su color a llenar la punta correspondiente. Lo jugamos con mis padres en las noches sin luz, cuando la guerra con Honduras.

Mi León Melquíades de plástico que se le podían poner y quitar la corbata y los puños, también salido del fondo de una caja de Corn Flakes y que tenía en mi mesa de noche junto al Santo Niño de Atocha (me encantaba la idea de que hubiera un niño que fuera santo). Al León Melquíades por supuesto que “lo desnudaba” para dormir y le quitaba el puño, el cuello y la corbata, y lo acostaba y le ponía un trapito verde encima, para cobijarlo, porque en Los Planes, en la edad de las cavernas cuando yo fui niña, de noche hacía bastante frío. También acostaba al Niño de Atocha, porque un niño sentado era imposible que durmiera bien, por muy santo que fuese. El que quedaba de pie era mi San Martín de Porres de madera, con su escobita y sus animalitos, él nos cuidaba el sueño a los tres (o sea, al León Melquíades, al Niño de Atocha y a mí).

Mi caja de colores marca Venus y mi caja de crayones Crayola, la gigante de 64 unidades con sacapuntas incorporada (que me regalaba mi tía cada vez que íbamos a Estados Unidos para las vacaciones de fin de año), mis tubitos de acuarelas chinas, mis juegos de pintar al óleo por número (recuerdo un juego que hice de las cuatro estaciones y una onda que me había agarrado de dibujar todo con crucitas, como un bordado de cruceta, solo que en dibujo).

El Monopoly. Me encantaba tirar los dados, las tarjetitas con los castigos secretos, comprar y vender casas, hoteles y propiedades, tener dinero y las figuritas de plomo que servían para cada jugador. Mi figura favorita era el zapato viejo.

Una burbuja de esas que tienen un paisaje adentro y que cuando se agitan se revuelve un confeti blanco para simular la caída de la nieve. El mío era un paisaje navideño con fondo azul.

Mi osito de peluche café que tenía la punta de los brazos, las patas y el hocico de un cafecito más claro.

Todavía imagino que, en algún mundo paralelo, aquellos juguetes de la infancia me están esperando para retomar los juegos que quedaron inconclusos

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