Lo más visto

Más de Revistas

La Escuela del Aire

Al llegar a la escuela reparé en por qué Escuela del Aire: no tenía ni pupitres ni sillas, íbamos a recibir clases en el aire.
Enlace copiado
La Escuela del Aire

La Escuela del Aire

Enlace copiado
<h2>OPINIÓN (Desde acá) </h2><p>Escribiviendo</p><p></p><p> * Escritor y vicepresidente de la Asociación de Estados Iberoamericanos para las Bibliotecas Nacionales</p><p></p><p></p><p>Mis estudios de tercero a sexto grado los hice en la “Escuela del Aire”. Me atrajo el nombre, y porque la fundó un exdirector de la escuela “Rosales” donde hice los dos primeros grados, y quien antes de entrar a clases, formada toda la escuela, nos decía un poema. Por razones políticas le quitaron su cargo y le dieron una escuela con solo dos grados. Decidí emigrar de la “Rosales” sin permiso de mi madre, porque me simpatizaba un maestro que como oración diaria decía poemas; y la otra porque el nombre de la escuela me atraía. Mi madre aceptó el cambio cuando le di mis dos razones.</p><p>Otro día, al llegar a la escuela reparé en por qué Escuela del Aire: no tenía ni pupitres ni sillas, íbamos a recibir clases en el suelo, en el aire.</p><p></p><p>Fue mi primera aventura. Pero ignoraba que el director ya tenía negociado, con la colonia suiza de San Miguel, la donación de muebles nuevos. Hasta ahí llegó la ayuda, suficiente para sentirnos orgullosos del centro escolar público que fue bautizado con el nombre de “Confederación Suiza”. En este lugar comencé a escribir poemas desde cuarto grado. Estos hechos están narradas en mi novela Siglo de O(g)ro. </p><p></p><p> ¿Por qué cuento esta historia? En quinto y sexto grado la escuela contaba con un maestro de música, el maestro Lemus. Gracias a él comencé a conocer a temprana edad sobre Bach, Beethoven y Mozart, cuyas melodías eran interpretadas en el piano de la escuela, en una época en que no había en San Miguel, ni en mi casa, ningún tipo de comunicación radiofónica. El maestro fue la única fuente para crear una dosis de sensibilidad clásica a los niños cuya diversión era el cine de cowboys y el fútbol.</p><p></p><p>En séptimo grado entré al Instituto Nacional de San Miguel. Mi tío Tarquino Argueta, quien me había dado acceso a todo tipo de lecturas, era el subdirector de esa institución, recomendó al maestro de música, Óscar Serrano, que me incluyera en el Orfeón del Instituto. Un problema para mí pues formaba parte de un grupo fiebre que gastaba sus tardes en pequeños equipos de fútbol, los Cebollitas, hasta llegar a liga B: el Inter, el Corona. Cuando Serrano me hizo la prueba distorsioné la voz para evitar ser seleccionado, pero el maestro me dijo que sabía por mi tío que yo cantaba en el baño, que no tratara de engañarlo. No había otro camino, repasaría en el coro dos veces por semana y los otros días los dedicaría al fútbol.</p><p></p><p>Recuerdo a dos compañeros cercanos de mis equipos juveniles futboleros: el Danto Fernández, que se quedó en San Miguel, y Mauricio Saade Torres que se trasladó a San Salvador, ambos reconocidos locutores deportivos. </p><p></p><p>Pertenecer al coro me permitió cantar en otros idiomas: Va Pensiero, ópera Nabucco de Verdi, en italiano; el Ave María en latín; valses de Straus y la Marcha Tanhauser de Wagner; Bajo el almendro, de David Granadino, Guadalajara, de Pepe Guizar. ¡Y en séptimo grado! </p><p></p><p>Pese a la época, y en un San Miguel marginal, la educación pública potenció a la niñez. No trato de decir que todo tiempo pasado fue mejor. Pero ¿por qué ahora no se hace esto? ¿Somos más pobres o los conflictos políticos hicieron perder la perspectiva del papel que juega el sistema educativo hacia el desarrollo? Adelante entonces con los nuevos planes de cultivar las artes en las escuelas: formaremos mejores ciudadanos y consolidaremos la democracia. Lo necesitamos a gritos.</p><p></p>

Tags:

  • revistas
  • septimo-sentido

Lee también

Comentarios