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La Escuela del Aire

Mi sorpresa fue que el nombre bonito no coincidía con los ensueños. La escuela carecía de todo, de ahí su nombre, recibimos las primeras clases sentados en el suelo.
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Cuando comencé el tercer grado en un centro público de San Miguel, el director había sido despedido por razones políticas (tiempos inflexibles). Entonces tuvo la iniciativa de fundar una escuela para trabajar, pues su salario estatal lo mantenía como maestro. Aprovechó que la escuela donde había sido cesado estaba saturada de estudiantes (en la ciudad solo existían dos escuelas públicas de niños de primero a sexto grados) y se podía “reclutar” a escolares.

Lo racional hubiese sido que al maestro se le quitara el castigo, o que fundara un colegio privado, o encontrar otro medio de vida. Pero buscó apoyo en la comunidad suiza de San Miguel (siempre me he preguntado cómo llegaron los suizos a esa ciudad, comenzando por el clima y la carencia mínima de atractivos –aún no existía el carnaval). Pero ahí continúan, ahora son salvadoreños.

¿Fundar una escuela pública solo para ganar su salario? Increíble, el profesor se propuso inventar esa tercera escuela en San Miguel. Sus compañeros docentes se solidarizaron y le permitieron el “reclutamiento” con los estudiantes donde había sido el director. Visitó las aulas. Recuerdo bien esa época: el maestro me sacaba de clases porque “ya lo sabés todo”. Y me enviaba a su casa situada a 1 kilómetro para traerle su desayuno. Esto es para otra historia.

Nos dijo que había fundado una nueva escuela, que levantáramos las manos quienes queríamos trasladarnos. Y como en formación general nos leía poemas, el niño, que era yo, simpatizaba con don Fidel Mendoza, nombre del maestro. Debíamos pedir permiso a los padres, pero yo estaba seguro de que me iba con él. Recuerdo la sorpresa de mi madre cuando le informé mi cambio de centro escolar, explicando que quería irme con don Fidel porque nos decía poemas y nos leía cuentos. Además, era una escuela con un nombre muy bonito. “¿Quiénes quieren pasarse a la Escuela del Aire?”, nos dijo.

Por otro lado, el maestro conseguía entradas al cine todos los sábados a los de primero y segundo grado. No olvido la primera película que vi en mi vida, “Los huérfanos de Stalingrado”, de la cual solo recuerdo a niños corriendo y ocultándose en grandes promontorios de heno mientras a su alrededor caían las bombas hitlerianas. Una película extraña para una ciudad olvidada como era San Miguel, pero vivíamos la tolerancia de la Segunda Guerra Mundial.

En esa etapa de mi vida no había en mi hogar un solo libro, vivíamos en un cuarto de absoluta oscuridad, la negrura más tenebrosa que la experimentada después en las ergástulas de las dictaduras militares. Pero mi madre, en su adolescencia, aprendió de memoria poemas de autores románticos y me decía antes de dormir. Pensé que no habría problemas con el cambio, pues le contaba que el profesor Mendoza nos leía poemas y cuentos. Y ante la voluntad de un niño de nueve años, mi madre aceptó mi decisión.

Escuela del Aire era un nombre atractivo. Aunque no siempre la palabra bella concuerda con la realidad, pero permite cambiarla si actuamos al impulso de emociones positivas; si queremos renovar la sociedad en derechos civiles y políticos, las emociones son más decisivas que el razonamiento. Comprobado. Otra motivación para seguir al exdirector, además del nombre original de la escuela, fue porque con él escuché poemas de una persona que no fuera mi madre.

Dos años antes, cursaba el segundo grado, don Fidel organizó una excursión por varias ciudades del país por el único medio de trasporte: el tren. Y así, al cumplir ocho años conocí San Vicente, San Salvador, Santa Ana y Ahuachapán. El maestro había hecho consultas previas con las escuelas de esos lugares que nos servirían de refugio para dormir, incluso algunos niños de la localidad llevaban a los más pequeños a comer a sus casas. No me imagino cómo pudo organizar ese viaje tan arriesgado donde habíamos menores de segundo grado mezclados con los de sexto. Como en las escuelas no hay camas, dormíamos en el suelo, pero felices. En fin, dicho viaje, atravesando a lo largo El Salvador y con medios limitados, fue una aventura de grandes aprendizajes. Por ahí habrá venido mi incansable vocación ambulatoria, en muchos casos a la buena de Dios, pero aprendiendo siempre. ¿Cómo hizo el director para organizar esa gira que duró una semana?

No cabe duda de que fue un acto de creatividad educativa, todo un desafío viajar con mínimas condiciones logísticas para aquellos niños de escasos recursos. Está claro, en el director dominó más la emoción que el razonamiento. Fue la gran aventura de mis primeros años. Me permitió conocer otras realidades que jamás las encontraría en los recintos reducidos de las aulas maltrechas. Todo esto me impulsó a cambiar a la Escuela del Aire. Fue así como logré una formación temprana específica gracias a un maestro imaginativo, creativo. El atrevimiento, el reto, la ruptura de lo tradicional... Era un cambio de paradigma.

Por ese motivo, cuando anunció su retiro de la primera escuela, hizo mella en un niño que tuvo acceso a las emociones poéticas cultivadas por su madre. No me costó mucho decidirme por cambiar a la Escuela del Aire. Fui el primero en decidirme levantando la mano.

Mi sorpresa fue que el nombre bonito no coincidía con los ensueños. La escuela carecía de todo, de ahí su nombre, recibimos las primeras clases sentados en el suelo. Tuvieron que transcurrir cinco o seis meses para que el profesor obtuviera el apoyo solicitado a la colonia suiza: pizarrones, mesas individuales y una bonita y amplia casa nueva. En la actualidad pienso en los cientos de escuelas del aire, o en el aire, existentes en El Salvador. El presupuesto no alcanza para techos, para muros, para pagar maestros de arte, para lo prioritario de la nación, pues significa desarrollo cultural, social y económico. Para educación no alcanzamos el 4 % del PIB, Costa Rica anda por el 8 % y Bolivia ya casi alcanza el 12 %. Todo es posible, aun para países periféricos.

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