La PNC en la mira

Hasta el viernes 27 de febrero, 12 agentes de la PNC han sido asesinados. Tres de ellos murieron a manos de otros agentes policiales. Estos incidentes se suman a denuncias de falta de adiestramiento del personal y a un aumento en las amenazas hacia policías, la mayoría de los cuales viven en zonas controladas por las pandillas.
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Fútbol. El agente Élmer Rodrigo Benítez entrenaba a un equipo de fútbol. Esta es la cancha donde jugaban los partidos.

Fútbol. El agente Élmer Rodrigo Benítez entrenaba a un equipo de fútbol. Esta es la cancha donde jugaban los partidos.

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Fotografías de Melvin Rivas

La esposa. Han pasado cinco días desde la muerte de Élmer y la casa donde vivía con su esposa, tres hijos y su madre todavía alberga los remanentes de la vela. Al cruzar la puerta de entrada lo primero que se ve, a la izquierda de ese cuarto oscuro, es un altar dedicado al policía. Una foto en blanco y negro de Élmer está al centro de una pared adornada con coronas y ramos de flores. La virgen, un crucifijo y una candela amarilla lo acompañan mientras un juego de cortinas blancas que va del techo al piso enmarca el lugar.

La última foto que toda la familia se tomó está en la pared frente el altar. Ahí están los cinco: Élmer, su esposa (Reyna), sus dos hijas y su hijo. Reyna recuerda ese día con una sonrisa y lágrimas en los ojos.

Su esposo, Élmer Rodrigo Benítez, murió a menos de tres kilómetros de su casa, en las afueras de Sensuntepeque, de una bala proveniente del arma de otro agente policial, Juan Isidorio. Ambos estaban destacados en el puesto fronterizo El Amatillo, en La Unión; y ese día, como otros antes, salieron del turno y viajaron juntos de regreso. Ambos portaban el arma de servicio cuando uno le terminó disparando al otro.

Este fue el primer incidente del año en el que un policía murió a manos de otro agente. Cinco días después otros dos agentes murieron en una situación similar donde la combinación de alcohol, armas de fuego y un altercado resultó en policías matando policías.

Del incidente, Reyna no sabe qué pensar. Aunque no conocía a Juan Isidorio, sabía que era amigo de su marido, que desde que él consiguió un carro le daba “ride” a Élmer de Sensuntepeque hasta El Amatillo y de regreso aunque él no viviera ahí.

Al entierro llegaron casi todos los compañeros de Élmer del puesto de El Amatillo, dice, y nadie entendía cómo sucedió algo así. Reyna arrastra las palabras cuando lo cuenta. Su voz es plana y suave. No se exalta, ni grita, ni se enoja. Pero de vez en cuando su voz se quiebra. “Les sorprendía porque allá se veía que eran amigos... pero en realidad uno nunca sabe”.

Desde hace varios años Élmer tenía permiso de llevar su arma de equipo cuando estaba de permiso o licencia. La cargaba consigo por cuestiones de seguridad, dice su esposa mientras baja los ojos. Al morir, esa pistola con el logo de la Policía Nacional Civil (PNC) incrustado a un lado todavía estaba en su cintura.

El 24 de octubre del año pasado el director general de la PNC, Mauricio Ramírez Landaverde, emitió de carácter urgente el memorándum n.º 09451 con la siguiente instrucción: “Se autoriza a los señores jefes de unidades policiales para que autoricen al personal policial a cargo, de manera temporal y hasta nueva orden, a portar el arma de fuego de equipo en días de licencia, permiso o descanso semanal, sin necesariamente exigir todas los requisitos establecidos en el instructivo para la autorización de portación de armas de luego en horas no laborales”.

Menos de una semana después, el director aclaró que los agentes todavía debían justificar la petición y solicitar autorización previa a sus superiores. Algunos agentes aseguran que el anuncio fue falso y que no implicó un cambio y que siempre quedó a criterio de los jefes aplicarla o no.

Para cuando se giró ese memorándum, 33 policías ya habían sido asesinados ese año. Nueve días antes del anuncio, la PNC reportaba ya 191 ataques contra agentes policiales en todo el país.

Desde marzo hubo un aumento de homicidios en general, situación que, asegura el director Ramírez Landaverde, también coincide con el incremento de ataques a policías. En junio el presidente Salvador Sánchez Cerén anunció que su gobierno no utilizaría la tregua como estrategia de seguridad. El año cerró con una tasa de homicidios de 68.6 homicidios por cada 100,000 habitantes, casi el doble de la de 2013, de 39.6.

En total, 39 policías perdieron la vida en ataques en 2014. El nuevo año continúa de manera más acelerada la tendencia. Hasta la fecha 12 agentes policiales han sido asesinados. Pero tres de ellos, incluyendo a Élmer, han muerto a manos de otro policía.

El huelguista. Hace casi 10 meses un policía que estaba destacado en el puesto de La Campanera inició una huelga de hambre, denunciando las malas condiciones de la delegación y arbitrariedades de los superiores. Pero su principal denuncia era la falta de protección de los agentes una vez que estos terminaban sus turnos, y exigía que se les permitiera llevar consigo el arma de servicio sin tener que pasar por tanto papeleo burocrático.

“Lo principal, lo que nos está consumiendo, lo que nos cuesta la vida, es que somos objetivo de las pandillas. Y no nos permiten que nos llevemos el arma”, dijo ese 9 de mayo. Para el 2 de mayo de 2014, cuatro policías habían sido asesinados en 71 ataques totales a policías, según informó el entonces subdirector de la Policía, Mauricio Ramírez Landaverde.

Su respuesta a la pregunta de si sirvió de algo la huelga es un poco contradictoria. Cree que no se logró lo que buscaba, pero que sí ayudó. “Los objetivos no se van a lograr con una vez que se luche. Pero se cambió el concepto que la población tiene de la Policía”, comenta.

Según la Ley de Salarios aprobada para el año 2015, la Policía Nacional Civil cuenta con 21,590 plazas de agentes que ganan entre $424.77 y $552.20, dependiendo el tiempo que llevan de servicio en la institución. A las 66 plazas de comisionados, por ejemplo, se les asignó un sueldo de más de $2,000.

En mayo pasado la fotografía de este agente circuló por todos los medios de comunicación: un hombre moreno con la cara tapada con un gorro navarone, jeans y camiseta negra. Todavía prefiere no identificarse.

Acaba de salir de su último turno, toma un café de $0.50 mientras habla sobre las condiciones en las que trabajan los policías. Desde mayo pasado no han cambiado. Mala infraestructura, arbitrariedades y, sobre todo, inseguridad.

El último agente asesinado, José Francisco Borja Pérez, viajaba a las 5:30 de la mañana del 22 de febrero a bordo de un microbús de la ruta 29 en San Salvador cuando tres hombres asaltaron el vehículo. Cuando llegaron a él, le preguntaron si era policía.

Borja negó pertenecer a la institución, pero los asaltantes le dispararon y huyeron del lugar. Unidades policiales llegaron al sitio y lo trasladaron hacia el hospital Amatepec de Soyapango, donde falleció a las 6:30 de la mañana.

“El policía por eso es que padece de vicios. Algunos son alcohólicos, otros promiscuos... uno, por la cantidad de días que lo dejan fuera de la casa, pero también por la misma presión. No hay seguridad jurídica”, dice como explicación por los policías que han muerto en peleas con otros policías.

Aun así es de los fervientes defensores de permitir que los agentes se lleven sus armas de equipo en sus días libres. Hace algunos días, dice, escuchó unos disparos cerca de su casa y le entró miedo. “Yo me preocupo, me pregunto si habrá sido un amigo mío”.

Está indignado por las muertes de los policías y su discurso gira entre el bien y el mal. Ellos, los pandilleros, los malos. Ellos, los policías, los buenos. Suelta, como si nada, que si los malos los llegan a buscar, los van a encontrar. “Mejor que llore la familia del delincuente y no mi familia”, dice abriendo los ojos y subiendo las cejas en son de resignación.

El primer policía que murió este año fue William Alexánder Portillo, un agente destacado en el área de prevención de la PNC en el centro de San Salvador. Viajaba en la ruta 6 cuando un hombre se le acercó, le disparó dos veces, bajó del bus y luego huyó junto con un segundo hombre en una motocicleta. Portillo estaba de licencia y no portaba su arma, aunque la medida anunciada por el director de la PNC ya estaba vigente.

El alumno. Que Álvaro recuerde, solo en una ocasión habló con Élmer sobre su trabajo como policía y nunca más. Esa vez le preguntó cuánto era el tiempo que duraba el entrenamiento para ser policía. A Élmer no le agradó la pregunta porque le respondió enojado que el proceso duraba 15 meses. Después de eso, Álvaro ya no volvió a tocar el tema.

La respuesta que Álvaro recuerda es generosa con el tiempo de entrenamiento de agentes básicos. Según un informe de la Academia Nacional de Seguridad Pública (ANSP), entre junio de 2013 y mayo de 2014, esta institución graduó a 1,315 alumnos de nivel básico bajo la categoría de agentes. La mayoría se graduaron listos para salir a la calle 12 meses después de haber iniciado su formación como policías.

En su tiempo libre, el agente Élmer Benítez entrenaba a las reservas del equipo de tercera división de fútbol profesional de Sensuntepeque. Vivía a menos de dos cuadras de las canchas municipales de fútbol y llevaba cuatro años entrenándolos, jugando con ellos, comprándoles camisetas y pagándoles el pasaje a los que no vivían en la ciudad para que llegaran a entrenar.

Álvaro, un joven moreno de 20 años y con cara de buena gente, camina cerca de la cancha donde entrenaba con “el Chivo”, como le decían al agente. Es una cancha de tierra con grama y maleza seca alrededor que está abierta para que cualquiera la use. El calor de la 1 de la tarde se siente con fuerza si no se está en la poca sombra que hay.

A menos de 20 metros está otra cancha, la que está cercada, tiene graderías y gramal verde. Para usarla hay que solicitar permiso a la alcaldía, por lo que los entrenos los hacen en la de tierra y en esa solo juegan los partidos. El equipo todavía no se ha reunido sin “el Chivo”. El último entreno fue el martes, cinco días antes de su muerte.

Cuando Álvaro imita la voz de Élmer la hace macheteada y garrasposa. Lo recuerda severo, pero chistoso y, sobre todo, dedicado al equipo. Cuando estaba de turno y el equipo tenía un partido, “el Chivo” monitoreaba el juego a control remoto, tanto así que incluso ordenaba cambios de jugadores a través de llamadas telefónicas desde El Amatillo. El equipo está pensando en poner la foto del agente en el pecho del uniforme para honrar su recuerdo.

A los jugadores Élmer nunca les mencionó que tuviera algún problema en el trabajo o con algún compañero. Pero al igual que Reyna, su esposa, Álvaro y el resto del equipo sabían que Juan Isidorio, el policía que le disparó, era su amigo.

Después de dispararle en la cabeza a Élmer, Juan Isidorio agarró el carro azul gris en el que habían llegado a ese lugar en las afueras de Sensuntepeque y se fue de la escena. A los pocos kilómetros, en dirección a Ciudad Dolores, chocó, dejó el carro tirado y huyó. Desde ese momento no se le ha vuelto a ver.

La policía encontró en el carro una caja con 24 botellas de cervezas vacías, por lo que se presume que habían bebido antes del altercado. Ni Álvaro ni Reyna recuerdan al agente como alguien que bebía alcohol en grandes cantidades. “Sí tomaba, pero era poco... No era como para ponerse bien bolo”, comenta su alumno. La policía, en cambio, cree que la evidencia y el testimonio de un testigo indican lo contrario.

Esa misma semana, otros dos agentes de la PNC murieron en un altercado entre miembros de la corporación. Los agentes Josué David Godoy, de 30 años, y Stanley León Ramírez, de 25 años, murieron el 19 de febrero en la noche dentro de una cervecería llamada La Pequeña Taberna, en Chalchuapa.

Según la versión de testigos, uno de los agentes se encontraba en el lugar. El segundo policía entró al sitio y aparentemente vio algo sospechoso y sacó su arma. Fue entonces cuando el primer agente sacó su arma y le disparó.

Un agente destacado en la División Antinarcóticos (DAN), Samuel Audelino M. G., esperaba al segundo agente en un carro y cuando escuchó el disparo entró a la cervecería y le disparó al agente que estaba en el lugar. El agente de la DAN reportó el incidente y fue hasta ese momento cuando supo que quien le había disparado a su compañero era otro agente policial, ya que todos se encontraban de licencia en el momento del altercado.

El manejo de armas mezclado con el abuso de alcohol es un problema que el director de la PNC, el comisionado Mauricio Ramírez Landaverde, reconoce, pero lo matiza afirmando que el abuso del alcohol es un problema a escala nacional que afecta a personas de todo tipo y no solo a aquellos dentro de la institución.

“Estos casos han sido más que todo debido al abuso en la ingesta de alcohol, que es un problema que afecta a la institución, pero también a todo el país. Todo El Salvador y todos los sectores se ven afectados por este factor. De hecho, en nuestro país el tema de la violencia es afectado mucho por el factor alcohol, es uno de los factores más importantes. Y lamentablemente también en este período nos abarcó a nosotros igualmente”, comentó, y pidió que no se generalice el comportamiento de estos policías a todos los agentes.

Los veinteañeros. Alguien pasa a escasos metros y el agente A calla. Ve a la persona caminar y cuando se aleja lo suficiente, empieza a hablar de nuevo. Anda en una especie de paranoia. La reunión es en un centro comercial de San Salvador, pero el agente A pidió que no fuera adentro de ningún local. Es más, no puede ser ni siquiera adentro del centro comercial. Alguien podría escuchar.

Al final, la reunión es en un área verde, en la parte más alejada del parqueo. Cada vez que alguien camina cerca o para demasiado cerca para la comodidad del agente A, este vuelve a caer en silencio hasta que siente que es seguro hablar nuevamente.

“Quiérase o no, como seres humanos, hay temor. Como policías, desde que entramos, llevamos en mente que tu profesión puede costarte la vida. Lo que se hace es andar con más cuidado, andar siempre pendiente de la situación”, comenta el agente A, mientras ve y ve a su alrededor. Este agente de 29 años llegó a la reunión sin ningún distintivo de la PNC, institución a la que pertenece desde hace ocho años.

El 15 de enero de este año el agente René Alonso Barrientos Mezquita se convirtió en el séptimo policía asesinado. Barrientos tenía 23 años y estaba destacado en la División de Tránsito Terrestre de la PNC. Su homicidio no se dio mientras llevaba puesto su uniforme, sino cuando este hacía limpieza en su casa a las 8:45 de la mañana en Izalco.

El agente A no está solo en su paranoia. El agente B, también de 29 años, pero con un año más dentro de la corporación policial, comparte la sensación de miedo. La reunión con el agente B es en la acera de un parque. Sentado, mientras viste su uniforme, mueve los ojos siguiendo a todo el que pasa cerca.

El parque, que tiene alrededor varias paradas de buses, está repleto de gente este lunes al mediodía. “A la hora de salir del trabajo uno siempre está pensando... Es como una psicosis o paranoia”, dice al describir la sensación con la que vive todos los días.

Para él, uno de los grandes problemas de la Policía es la falta de equipo dentro de la institución. Las carencias van desde chalecos antibalas vencidos y escasos hasta delegaciones que no tienen radios.

La delegación de Sensuntepeque es una de estas. El jefe de la misma, el subcomisionado Domingo Bográn, asegura que la falta de radios se debe a que no hay señal en la zona. Los policías que patrullan deben entonces confiar en sus celulares.

Además de las carencias de equipo, el agente B destaca otro inconveniente: la falta de entrenamiento en polígonos de tiro. Él, por ejemplo, lleva seis años sin ir a un polígono de tiro a entrenar. El agente A fue hace menos de un año, pero otro agente entrevistado asegura que la última vez que entrenó en un polígono fue en 2009.

Los artículos 43 y 44 de Ley de la Carrera Policial establecen que es obligación “de la Dirección General de la PNC y de los mandos de la misma mantener permanentemente adiestrado y capacitado al personal policial” y planificar y organizar “cursos, seminarios y conferencias (...) por objeto la actualización del personal policial”.

Según un informe de la ANSP, entre junio de 2013 y mayo de 2014, la institución realizó 401 cursos de especialidades, actualización y filosofía en Policía Comunitaria para la PNC en los cuales participaron 9,540 alumnos. Este número ni siquiera cubre el 50 % de agentes de nivel básico de la Policía, sin contar cabos, sargentos y personal de rangos superiores.

El director de la PNC, el comisionado Mauricio Ramírez Landaverde, sin embargo, aseguró que a raíz del aumento de ataques a policías del año pasado y los 12 homicidios de este año todos los agentes han recibido readiestramiento en tiro y que además se está adquiriendo más equipo, como chalecos antibalas. “Hemos readiestrado. Todos los policías están con su respectivo readistramiento (en) tiro y estamos adquiriendo más equipo de protección, chalecos para que haya menos vulnerabilidad”, aseguró.

En enero LA PRENSA GRÁFICA publicó que después de 22 años desde que se formó la PNC, la institución no tiene polígonos de tiro en la zona oriental del país y utiliza los de la Fuerza Armada para entrenar cada dos años, pero que muchos de los policías de la zona aseguraron tener seis años de no recibir entrenamiento.

Ramírez Landaverde aceptó la falta de polígonos de tiro, afirmando que los únicos dos que la institución posee en todo el país son el de la ANSP y otro en Changallo. A pesar de esta falta de recursos, dijo que la PNC se apoya en otras instituciones y negó que hayan policías sin adiestramiento.

“Imagínese, seis años sin escuchar el sonido del arma. Por eso varios compañeros se cortan, no hayan qué hacer”, comenta el agente B sentado en este parque.

Los amigos. El domingo 15 de febrero, Élmer Rodrigo Benítez salió de su turno en el puesto fronterizo de El Amatillo. Al igual que otras veces, su compañero, Juan Isidorio, le dio “ride” de regreso en su carro sedán azul gris hasta Sensuntepeque.

Viajaron a través de la carretera Longitudinal del Norte hasta llegar a pocos metros del desvío hacia Sensuntepeque, Cabañas. En viajes anteriores, Élmer se quedaba ahí y Juan Isidorio seguía su camino.

Pero ese viaje terminó con Élmer tirado en la carretera en ese lugar donde pararon con un balazo en la cabeza, el carro de Juan Isidorio chocado a unos 3 kilómetros en dirección a Ciudad Dolores y Juan Isidorio huyendo de la misma institución para la que trabajaba. Desde ese momento se desconoce su paradero y se le considera el principal sospechoso en el homicidio del agente Élmer Rodrigo Benítez.

El día del homicidio, fuentes de la PNC informaron que Élmer Benítez bajó del vehículo de Juan Isidorio y se fue junto con una tercera persona, que también identificaron como un agente de la PNC, en otro automóvil. Juan Isidorio los persiguió y “les cruzó el carro”, según un investigador del caso, quien además dijo que los agentes discutieron y fue entonces cuando Juan Isidorio le disparó a Benítez en la cabeza.

Esta versión del incidente, sin embargo, ya no es la que maneja la policía. Solo cinco días después, el subcomisionado Domingo Bográn, jefe de la delegación de Sensuntepeque, Cabañas, delegación que en el momento dirigió la investigación, asegura que la hipótesis de lo que sucedió es diferente.

Los agentes venían en el mismo vehículo, el sedán de Juan Isidorio, y se detuvieron en un punto de la carretera Longitudinal del Norte, antes del cruce hacia Sensuntepeque. Bográn no sabe explicar por qué pararon en ese lugar. Ahí no hay nada que pueda llamar la atención como para quedarse: no hay una tienda o un bar, no hay casas, es más, ni siquiera hay una acera donde sentarse. Pero ahí es donde los agentes se quedaron tomando cervezas.

En el baúl del vehículo la policía encontró la ya mencionada caja de 24 cervezas. Cuando inspeccionaron el carro accidentado también encontraron en el piso de la cabina una caja de seis cervezas Corona en una bolsa plástica negra y uno de los envases vacíos afuera de la caja. A la par de estas cervezas estaba la pistola de equipo de Juan Isidorio, un arma negra con el logo de la PNC incrustado a un costado. Además, los documentos de identificación del agente que huyó estaban en el vehículo.

Según el subcomisionado, ni Élmer se fue de ahí con alguien más, ni Juan Isidorio lo persiguió y les cruzó el carro. Los agentes, afirma, ya con las cervezas adentro de su cuerpo, empezaron a jugar con las armas que portaban.

“Lo que nosotros hemos podido enterarnos en la investigación es que ellos estaban como bromeando con las armas, me imagino que quizás tomados, sacaron las armas y se pusieron a bromear con eso. Y en esa situación se disparó el arma”, dice Bográn. No obstante, Benítez tenía todavía su arma en la cintura.

Esta versión, asegura el jefe de la delegación, la obtuvieron de una tercera persona que estaba presente en el lugar. Afirma que esta persona, que no es miembro de la institución, como se dijo antes, estaba presente a la hora del homicidio y que esta misma personas fue quien llamó para alertar del incidente.

El subcomisionado se negó a proveer información sobre el testigo.

Después de dispararle a Benítez, Juan Isidorio subió al vehículo y a los 3 kilómetros chocó, dejó el carro tirado y huyó caminando. En el momento la policía armó un operativo, pero hasta ahora se desconoce su paradero. Después de pruebas balísticas, la policía determinó que el arma de equipo de este agente fue la que disparó la bala que mató a Élmer.

El cabo y los pandilleros. Los ataques a policías, explica el director de la PNC, son situaciones que se vienen dando desde hace varios años. “Se han dado porque hay una amenaza de los grupos delincuenciales de atacar al Gobierno, a las instituciones, ante el trabajo que se está desarrollando en combatirlos. Esta es una situación que ha tenido varios años de desarrollarse (...) Se da porque los grupos delincuenciales, a través de estas medidas, buscan que el Estado acceda a sus pretensiones, a sus objetivos, que la policía no los combata, amedrentar al país”, declara.

Carlos está de turno. Él conoció a uno de los policías muertos y trabajó en la misma delegación de otro, aunque sus caminos nunca se cruzaron. Por lo que ha escuchado, uno de los agentes que han matado este año trató de ubicar a los pandilleros de su colonia. Pero son solo chambres, dice.

Si el chambre no fuera chambre y eso es lo que realmente pasó, entonces se pregunta qué pasó por la mente de ese agente, porque “eso solo alguien que no razona”.

Lo dice porque es su forma de vivir. Dejar que los pandilleros de su colonia sean y hagan. Y así, cree, es como la mayoría de agentes viven. “¿Dígame quién de los agentes de nivel básico no vivimos en medio de esa plaga?”, pregunta desde su puesto.

Y él lo sabe. La colonia en la que vive está controlada por pandillas. Por eso se cuida de nunca llegar uniformado, de no contarle a los vecinos sobre su profesión, pero está seguro que los pandilleros saben.

A veces el grupo de jóvenes se pone enfrente de su casa, cerca de su portón. Juegan fútbol o pasan el rato ahí, afuera de su casa. Lo provocan, dice, para ver cuánto puede contenerse.

Hasta ahora el cabo ha comprobado que puede contenerse bastante. Hace algunos años le mataron a un pariente cercano en la misma colonia donde vive y lo primero que pensó es que el homicidio estaba relacionado con su trabajo. Dejó de dormir y empezó a usar chaleco antibalas cada vez que salía y entraba a la casa. Así estuvo hasta que los investigadores le dijeron que el homicidio fue parte de la iniciación de un pandillero, que no estaba dirigido ni a él ni a su pariente.

El cabo también ha sido extorsionado. Quien llamó no sabía tantos detalles de su vida, entonces empezó a platicar con él. “Yo no tengo dinero, yo soy un pinche asalariado”, le dijo. El cabo puso la denuncia vía telefónica, pero no dijo que era agente policial y tampoco ha hecho el segundo paso: poner la denuncia de forma personal.

Lo último que ha pasado es que uno de los pandilleros interrogó a su esposa cuando él estaba de turno. Creían que él había llamado a la policía para que los registraran. Pero él no llamó. “Mis hijos, mi esposa... están a merced de Dios”, dice.

El cabo asegura que en su colonia rara vez pasan patrullas de policías. Cuando hay disparos o hay un homicidio es cuando se ven policías en ese lugar. “Uno da un servicio (de seguridad) y a veces uno no lo recibe”, comenta.

El director de la PNC aclara que sí se ha dado una respuesta a los ataques a policías. “Lo primero ha sido perseguir a estos grupos. Todos los casos han tenido una respuesta rápida, hemos logrado resolver la mayoría, muchos en flagrancia, y ese ha sido el principal esfuerzo”, comentó Landaverde, quien además afirmó que se está entrenando a los policías para que puedan resolver con efectividad este tipo de situaciones.

Sin embargo, los policías siguen viviendo donde viven. A veces Carlos quisiera no ignorarlos, quisiera enfrentarlos porque suficientes razones tiene para que vayan presos. Pero sabe que si lo hace se tiene que ir de la colonia y lo desconocido puede resultar peor que el mal con el que vive.

La vida que lleva es de la delegación a la casa y de la casa a la delegación. Nada más. “A mí me gusta jugar fútbol, me gusta congregarme, pero me tengo que abstener... Evito salir. Es mejor”, comenta este cabo que lleva más de 20 años adentro de la PNC.

Pero que los ignore o los respete, dice, no significa que les tenga miedo. Hablará con el palabrero para decirle que con él no tendrán problemas. Pero al mismo tiempo dice que si en algún momento lo tratan de atacar, ya le ha dicho a su esposa qué es lo que sucederá. “Si algo tengo claro es que prefiero quedar ahí tendido. Yo no me desvío porque toda la tortura... Una muerte así, no”, declara el cabo, uno de los miembros de la Policía que lleva consigo su arma de servicio cada vez que sale de turno

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