La batalla de Marianne

Marianne Granat sobrevivió a uno de los capítulos más negros de la historia mundial: el holocausto. Estuvo cautiva en Auschwitz. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial llegó para ella otra lucha: una interna, para recuperar la capacidad de alegrarse.
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Masacre. Más de un millón de personas fueron asesinadas en Auschwitz. Solo 200,000 sobrevivieron.

Masacre. Más de un millón de personas fueron asesinadas en Auschwitz. Solo 200,000 sobrevivieron.

Testimonio. Marianne escribió el libro “Nuestras cenizas” en el que cuenta sus vivencias en Auschwitz.

Testimonio. Marianne escribió el libro “Nuestras cenizas” en el que cuenta sus vivencias en Auschwitz.

No se olvida. Marianne participó en la conmemoración del 70.º aniversario de la liberación de Auschwitz que se realizó en el Museo Nacional de Antropología (MUNA).

No se olvida. Marianne participó en la conmemoración del 70.º aniversario de la liberación de Auschwitz que se realizó en el Museo Nacional de Antropología (MUNA).

Familia. Marianne perdió a su padre y a su madre en los campos de exterminio que los alemanes ubicaron en Polonia, en el marco de la Segunda Guerra Mundial.

Familia. Marianne perdió a su padre y a su madre en los campos de exterminio que los alemanes ubicaron en Polonia, en el marco de la Segunda Guerra Mundial.

La batalla de Marianne

La batalla de Marianne

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Fotografías de Nilton García

M

arianne Granat tenía 20 años cuando fue sacada, junto con su familia, del apartamento en el que residía, en lo que antes era una población aledaña a la capital de Budapest. La salida fue apresurada, traumática. No se llevaron nada más que lo puesto.

Hasta ese día en el que los alemanes ocuparon Hungría para llevarse a los judíos, Marianne era una estudiante de música que escuchaba las noticias sobre la Segunda Guerra Mundial en un radio de onda corta. Sus padres eran Geza Reiszmann y Marguerite Loebl, un negociante en vinos, él; y una habilidosa pianista y ama de casa, ella. La hermana, cuatro años mayor, era Georgette.

Era marzo de 1944 y a Alemania le parecía que la negativa oficial de Hungría a deportar a los judíos era un claro apoyo al grupo de los países aliados. A Marianne, sin embargo, le parece que el aparataje estatal de Hungría fue muy colaborador, muy permisivo ante la vulneración a los derechos de propiedad y libertad de los judíos. “Los mismos alemanes dijeron que en ningún país habían hallado tanta colaboración como en Hungría. Evidentemente, éramos como 600,000 judíos y solo se necesitaron dos alemanes para ponernos a todos en el tren y deportarnos", cuenta Marianne con indignación en la voz.

Marianne es una mujer pequeña, delicada y al mismo tiempo fuerte. Es sobreviviente de un lugar que estaba todo diseñado para ser una efectiva máquina para matar. “En esos momentos de tanto riesgo, aparece como una fuerza interna que no se cree capaz de tener, que no se descubre hasta que es indispensable para salvar la vida”, analiza.

Tras su forzosa salida de Hungría, Marianne y su familia permanecieron en un gueto durante casi un mes. Más tarde, pasaron a ser trabajadores en una fábrica de tuercas y tornillos. “Pero estando ahí nos denunciaron”, recuerda. Esta denuncia dio paso a otro traslado hasta las ruinas de una fábrica de tejas. Desde ahí, los obligaron a emprender otro viaje, esta vez en tren de carga, apretujados, sin opciones.

De Auschwitz-Birkenau se sabe que era un campo de exterminio por el que se presume pasaron 1.3 millones de personas. Solo 200,000 lograron sobrevivir. Hasta este lugar, ubicado en la Polonia ocupada por los alemanes, no solo fueron llevados judíos, sino también representantes de cualquier minoría a la que el régimen de Adolf Hitler señalara como no deseada, entre ellos homosexuales, gitanos, artistas. Se calcula que por lo menos 450,000 húngaros, como Marianne, pasaron por Auschwitz-Birkenau.

Llegado el grupo de Marianne al campo de exterminio, los SS los hicieron pasar por una selección. Primero separaron a los hombres de las mujeres. Después, recuerda, los hicieron formar filas de cinco. Ella iba con su madre y su hermana y dos mujeres más. Les preguntaban la edad, sobre todo. La madre de Marianne tenía entonces 50 años, pero dijo que tenía 30 y la dejaron pasar. “A las ancianas, a las personas de edad, inmediatamente las llevaron a la cámara de gas”, dice y continúa: “Recuerdo que había un camión, y yo ya me sentía terriblemente cansada y no olvido haberle dicho a mi madre que qué bien sería ir en ese camión; ese camión era el que llevaba a la gente a la cámara de gas, pero yo no sabía nada”.

Recién llegada, Marianne se resistía a creer en el horror del lugar en el que estaba. Pasaba frente a las cámaras de exterminio y al ver las llamas buscaba creer que se trataba de una cocina industrial. El ver a tanta gente alrededor de ese lugar le hacía reafirmarse su tesis de que ahí seguramente había comida. “Era como mi forma de autoprotegerme, aunque me decían, yo no quería creer, pero con el tiempo comprendí que eso que vivíamos no era más que una matanza en serie”, recuerda.

¿Cómo se vive en un lugar diseñado para matar? Por la mañana les daban un pan. Esa especie de desayuno era acompañado de un líquido oscuro, que no era café, era otra cosa, más rala. La gran ilusión alimentaria del día era la sopa. “Éramos tan felices si había un pedazo de papa adentro, era que escaseaban mucho, casi no salían, las que distribuían sacaban las papas para ellas mismas”, recuerda. Marianne y su familia llegaron a Auschwitz en 1944, en julio. Para ese entonces, este campo de concentración llevaba años funcionando. Los roles entre los mismos detenidos en ese lugar eran cuestión de aguerrida competencia. “La vida ahí no era nada fácil, pero había gente que llevaba ahí años. Las polacas, por ejemplo, sobrevivieron tres años en Auschwitz, eran de piedra. Y como ellas eran las que repartían la sopa”, cuenta Marianne.

Las condiciones físicas fueron decayendo de manera acelerada. Todas estaban delgadas. Y ninguna vio su período menstrual. “Nadie lloró por eso, para nosotras fue un alivio, una preocupación menos; algunas se preguntaban por qué nos pasaba eso, si era que nos daban algo en la comida o si era por nuestra delgadez, de todas formas era evidentemente una buena noticia no tener que ocuparse de eso”, cuenta Marianne.

Con el acercamiento de los aliados (Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Polonia), los alemanes fueron bajando sus niveles de agresividad, pero mantenían un trato despótico con las mujeres como Marianne. Sobrevivir en un ambiente así es complicado. Marianne, con estudios de música, cantaba. Una mujer de las SS quedó prendada de su voz y le pedía que cantara para ella. Las Schutzstaffel, o mejor conocidas como SS, nacieron como un escuadrón de defensa de Adolf Hitler, pero acabaron convirtiéndose en una de las fuerzas armadas más represivas y sanguinarias que puede recordar el mundo.

La fascinación de una SS por la voz de Marianne podía, en una situación tan inestable y mortal, significar una especie de ventaja. Marianne quiso sacar provecho en donde más lo necesitaba. Le pidió a esta mujer que le ayudara a ver a su padre. “Estuve en la barraca a la hora y el día en el que me dijo que me llevaría a verlo. Y ahí esperé hasta que ya no pude, porque una no se podía quedar sola en ese lugar. Ella no llegó y me tuve que ir porque si me veían así podía significar que me enviaran a la cámara de gas. Esa fue la última oportunidad que tuve de ver a mi padre y no pude hacerlo. Murió poco después”.

Los riesgos en un lugar como Auschwitz-Birkenau no venían solo de los SS. La forma en la que se habían asentado las relaciones entre los mismos cautivos era una trampa. Los comandos especiales eran grupos de judíos que colaboraban con los SS. “Ellos mismos quizá al principio no sabían que cada tres meses los pasaban también a la cámara de gas y formaban otro grupo nuevo”.

En este marco, Marianne y su hermana Georgette buscaban la forma de sobrevivir física y emocionalmente. “Muy difícilmente alguien podía sobrevivir en soledad. Nosotras dos nos apoyábamos para no dejarnos enloquecer ante la situación. Muchas dejaban de comer. Había más posibilidad de sobrevivir si buscaban una compañera, una amiga. Yo tenía a mi hermana”, recuerda.

Ambas veían con cierta frecuencia a su madre a través de una alambrada de púas. En sintonía con la rudeza de las condiciones en las que estaban, lo último que les pidió fue que permanecieran unidas.

En enero pasado se conmemoró el 70.º aniversario de la liberación de Auschwitz.

El fin de la Segunda Guerra Mundial se declaró en mayo de 1945. Para entonces, Marianne y su hermana ya habían pasado por otro campo de concentración y por una de las caminatas en las que el principal objetivo de los alemanes era diezmar a la población cautiva. “No comíamos, y aún así nos hicieron caminar por 35 kilómetros, a las niñas que caían, les disparaban como para que no quedara duda de que ellos habían pasado por ahí”.

En cuerpo y espíritu habían sufrido tanto ya que en el último campamento en el que estuvieron, Ravensbrück, recibieron una noticia de vida: “No vamos a dinamitar el campamento, dijeron los alemanes, y para nosotros no significó nada. Estábamos tan cansadas que ya todo nos daba lo mismo, que lo dinamitaran o no nos daba igual”, relata.

La primera lección que recibieron apenas recuperada la libertad fue la del autocontrol. Muchos de los que hasta entonces habían sobrevivido a todo tipo de carencias en los campos de concentración encontraron la muerte en la abundancia. Comieron y comieron y comieron, fue tanto que sus organismos simplemente no lo resistieron. “El problema fue que no había médicos, cuando nos liberaron, entre los rusos no había médicos y lo primero que hicimos casi todos fue saciar el hambre y dormir, yo dormí por 48 horas seguidas”.

Cuando recuperaron su libertad, Marianne y su hermana estaban en el norte de Alemania, desde ahí, debían emprender el camino de regreso al lugar que aún consideraban su casa: Hungría. La travesía la hicieron junto a otras cuatro chicas que llevaban más o menos el mismo destino. En la ruta, encontraron desde rusos que les ayudaron a subir a un tren, hasta un médico que en un primer momento se negó a dar atención a una de ellas que se encontraba enferma y que solo lo hizo después de la amenaza de un militar.

A pesar de todas los obstáculos que implica atravesar un país en ruinas e intervenido por rusos, estadounidenses, franceses e ingleses, Marianne cuenta que hacía esa travesía envuelta en esperanza e ilusión de volver. Pero no duró mucho.

“Me agarró una cosa que no quería saber nada de nada, como si hubiera entendido hasta en ese momento lo que nos habían hecho los húngaros -cuenta Marianne todavía con voz entrecortada-, es que nos pusieron en vagones, nos sacaron del apartamento y no nos dejaron pero ni un pañuelo. Y perdimos a mis padres y a toda mi familia; en aquel tiempo, mi esposo era solo mi novio y era tan horrible mi comportamiento que él me dejó. Y yo entendí que no se podía conmigo, porque me disgustaba tanto donde estaba, era un sentimiento de horror”.

Marianne tuvo que irse a casa de una tía, en donde dice que se recuperó gracias a la forma en la que esa mujer la trataba, con cariño y paciencia, poco a poco, fue recuperando la capacidad de alegrarse.

Pese a las palabras de su madre, a Marianne y su hermana Georgette la vida acabó poniéndolas a kilómetros de distancia. Marianne vivió por 10 años en Francia, en donde se nacionalizó; después estuvo por 24 años en El Salvador y ahora reside en Panamá. Georgette residió en Australia y falleció en 2007.

De las guerras, de la recuperación física y emocional, de los viajes, a Marianne le han quedado, entre tantas otras marcas físicas y emocionales, un tatuaje en el brazo y la certeza de que tiene una gran fortaleza

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