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La belleza está en la acción

Quizá no es tan buena idea, y ni tan bonito, que hasta el último pueblo intente atraer turistas pintando gatos y flores en paredes y postes. Se uniformizan. Y los turistas no buscan postes.
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OPINIÓN (Desde allá) ESPAÑA

Cruzdel Rayo

El Salvador es un país chulo. Me consta. Me faltan pocos pueblos para completar los 262. Que nadie me diga que soy “fresón” y que no conozco. Ya he dormido bajo el cielo negrísimo de Joateca. Ya he despertado con el friíto fugaz de los amaneceres en Pasaquina. Y hasta me he bañado casi chulón en esa cascada de invierno que cae al borde de la carretera que lleva a Cuisnahuat.

Quizás por eso me enojo cuando un paisano jura que “en El Salvador no hay nada”, como ocurrió hace poco. Ante tres españoles indiferentes, una chica se quejaba de que en su Atiquizaya natal no hubiera una Giralda, ni castillos, ni ovejas. Como que si una oveja en el paisaje hiciera la diferencia.

La fealdad del país está entre los que lo ningunean. Y los que no hacen nada por agraciarlo. “La belleza está en la acción”. Y como país, creo que nos hace falta valorarnos y reinventarnos. Quizá no es tan buena idea, y ni tan bonito, que hasta el último pueblo intente atraer turistas pintando gatos y flores en paredes y postes. Se uniformizan. Y los turistas no buscan postes.

En 1923, Jacques Majorelle, un francés aburrido de todo, decidió mudarse a una de las ciudades más grandes del sur marroquí, Marrakech. Una vez allí, se compró un “riad”, una casa-jardín. Y no tardó en querer estamparle su personalidad. Para ello, creó su propio azul, uno purpúreo, casi cobalto, con el que pintó muros y fuentes. Tras su muerte, la casa cayó en abandono. Hasta que el modisto francés Yves Saint Laurent y su novio la vieron y la compraron.

La pareja continuó pintando la casa con “azul-Majorelle”. Y de pronto, medio Marrakesh lo utilizaba. El esfuerzo de hacer algo genuino y estético dio resultado. La casa de Yves Saint Laurent y el azul que salpica puertas y ventanas de todo Marruecos es parte de lo que un turista busca y espera ver allí.

En El Salvador, nos hacen falta unos brochazos más contundentes. Personalidad. Se necesitan más como Alejandro Cotto, como unos 262. ¿Qué habría sido de Suchitoto sin Cotto? Seguro tendría postes pintados y poco más. Pese a que su Suchitoto no tiene edificios coloniales, lo supo vender como a un “poblado de aire colonial”.

De hecho, Suchitoto ya necesita que alguien continúe o supere lo alcanzado. Alguien que reviva su casa-museo. Que rehabilite otros espacios con potencial, como el parque que está frente al Centro Arte para la Paz. Que mejore la ciudad con, no sé, unas buenas esculturas, un museo, empedrados, cableo subterráneo, una fuente central con sus respectivas farolas acordes a su entorno.

Es triste encontrar centros históricos como el de Santa Ana, el que tiene mayor cantidad de edificios con valor histórico y estético del país, sin apuestas, venido a menos. Pese a la belleza de su catedral, hay que agacharse para que los cables eléctricos no salgan en el selfie.

Siendo un antiguo gueto de privilegio cafetero de inicios del siglo XX, no sé, se me ocurre, que los rótulos luminosos de sus edificios comerciales podrían ser sustituidos por esos que antes eran pintados en paredes con tipografía “Western” o “Slab Serif”. Recrear el viejo boom cafetero. Empedrados, farolas…

Potencial hay. Si no lo cree, trepe por la carretera que lleva a San Fernando en Chalatenango; o la que lleva a Chiltiupán desde la costa. Échele una mirada larga a los portales, caserones e iglesias antiguas que se caen por pedazos en Izalco, Chalchuapa, Sonsonate y San Miguel. La belleza está allí, falta la acción. Poblados como Ataco, que están lejos de tener el patrimonio santaneco, han demostrado que es posible ir un “pelín” más allá de los postes pintados. Es cierto que necesitamos a 262 Cottos, pero no diga que aquí no hay nada

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