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La bienvenida a un país que expulsa a su gente

Hace dos años la Dirección de Atención al Migrante recibía cinco vuelos de salvadoreños deportados cada semana. Este año se empezaron a recibir cuatro. Y en octubre bajaron hasta tres vuelos. Las cifras lo dicen: el número de deportados desde México y Estados Unidos se ha reducido en un 47 % comparado con el año pasado, pero este número no debe engañar a nadie. Los salvadoreños siguen teniendo razones para buscar migrar.
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Reynaldo es un hombre que durante cuatro años soñó que los agentes de Migración estadounidense tocaban la puerta de su casa en Texas, entraban y se lo llevaban preso. “Soñaba que llegaban a la casa por mí. Todo el tiempo andaba de mal humor. Ya no era alegría dejar mi trabajo e irme para la casa a descansar por estar en la misma situación diaria”, cuenta hoy en un evento realizado para la comunidad de migrantes salvadoreños.

Cuando Reynaldo tenía 28 años, migró hacia Estados Unidos. Tenía visa y viajó en avión. Era la década de los noventa, el país empezaba a sobreponerse a la guerra civil. Él decidió quedarse en Estados Unidos, para ello, solicitó asilo. En 2004 legalizó su situación migratoria y obtuvo su permiso de residencia. Ahí construyó su vida de adulto: tuvo tres hijos, compró su carro para ir de paseo, su camioneta para ir a trabajar, pagó impuestos y se convirtió en un subcontratista de construcción. Ahora Reynaldo tiene 43 años, extraña a sus tres hijos de 13, 11 y 10 años, se levanta a las 3 de la mañana y viaja todos los días en bus desde San Vicente a Soyapango para instalar pisos cerámicos en un centro comercial.

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