La comunidad que no tiene qué pescar

No había pasado ni un mes desde que las comunidades de San Francisco Menéndez habían retomado la autonomía de su principal medio de vida la microcuenca El aguacate, un brazo del río Paz, cuando el derramamiento de melaza en el río La Magdalena volvió a dejar a los habitantes de esta zona en estado vulnerable.
Enlace copiado
La comunidad que no tiene qué pescar

La comunidad que no tiene qué pescar

La comunidad que no tiene qué pescar

La comunidad que no tiene qué pescar

La comunidad que no tiene qué pescar

La comunidad que no tiene qué pescar

La comunidad que no tiene qué pescar

La comunidad que no tiene qué pescar

Enlace copiado
Han pasado 17 días desde la última vez que Benigno Gómez logró atrapar algo. Habita en Garita Palmera, donde el estero le ofrece todo lo necesario para comer. O lo ofrecía. Benigno, que se define como pescador desde hace 39 años, no ha pescado porque no hay nada que atrapar: todos los peces han muerto.

Garita Palmera se ubica en las costas de Ahuachapán. Benigno, requemado por el sol y acostumbrado a temperaturas calurosas, tiene la ventaja de contar tanto con el mar como con el estero para pescar. Como él, la mayoría de habitantes de Garita Palmera se dedican a esto. En un buen día, Benigno atrapaba camarones, jaibas y tilapias. Pero desde el 2 de mayo del año pasado, la pesca en el mar se volvió pobre: un fuerte oleaje ahuyentó a los peces mar adentro. Desde ese entonces, con suerte, lograba $4 al día en producto.

Y desde hace 17 días, la pesca en el estero colapsó: el derrame de melaza en el río La Magdalena de Santa Ana afectó a los ecosistemas de la zona baja de Ahuachapán. El río La Magdalena conecta con el río Paz, principal motor que nutre de vida al estero en Garita Palmera. Al estero no entró la melaza, esta quedó atascada mucho más arriba, cerca de la comunidad El Guayabo. Ahí también quedaron a las orillas del río los montones de camarones y peces adultos, de los que pesca Benigno. Cálculos de Asociación Istatén estiman que un 95 % de peces y mariscos del río se perdió.

Hoy Benigno Gómez no tiene nada más que hacer que esperar. No puede salir a pescar porque lo único que encuentra son pocos pececillos. Si los agarra, estaría acabando aún más con la vida del estero. Él está organizado, junto a otros compañeros de la comunidad, para intentar revertir su situación. Sin una fuente de ingreso estable, tiene que pensar en cómo hará para darle alimentación, vestuario y educación a sus dos hijos.

“En este sector de El Salvador, uno se muere de hambre”, sentencia Benigno desde su silla plástica en el comedor de su hogar. Vive en una casita de lámina, madera y varilla ubicada al costado de la carretera que lleva directamente al estero de Garita Palmera.

Su situación no es una rareza: si Garita Palmera, que es la zona baja y donde en realidad no llegó la melaza, tiene problemas por la muerte de los peces; las comunidades que viven a la orilla del río Paz donde sí llegó la melaza ahora se encuentran en una situación más crítica.

***

Samuel Tobar lleva ya dos días metido en el río. Camina de una orilla hacia la otra, recogiendo botellas plásticas, bolsas, ninfas acuáticas y, de vez en cuando, peces muertos que quedaron atrapados al fondo de las rocas. Él habita entre La Hachadura y la comunidad El Guayabo, casi a 11 kilómetros arriba de Garita Palmera.

Samuel tiene 36 años de dedicarse a la pesca en el río Paz. Él salía desde El Guayabo y se dirigía río arriba, justo en la zona donde sí alcanzó la melaza. En un principio, el agua entró negra, revuelta con la sustancia. Cuando Samuel bajó a la ribera, observó una gran cantidad de peces a las orillas. Al principio, no los agarró por temor a enfermarse. Luego de ver tanto pez desperdiciado, decidió que era mejor comérselo. Pero el pez a las orillas se fue pudriendo.

Este residuo es lo que quedó e hizo imposible que las personas pudieran acercarse a la cuenca. Y es que para El Guayabo, el río Paz no solo les brinda pescado para comer. Las personas del lugar, especialmente las más pobres que no tienen acceso a agua por cañería, se han acostumbrado a utilizar el agua del río para lavar ropa y platos, bañarse e incluso tomar agua para cocinar.

Es por ello que cuando la Alcaldía Municipal de San Francisco Menéndez hizo el llamado para limpiar el río Paz, las comunidades de El Guayabo, La Hachadura, El Castaño y El Martillo respondieron con 180 personas. Entre todos, estarían limpiando alrededor de 20 kilómetros de río. Samuel es uno de ellos.

También María Isabel Lemus respondió al llamado de la alcaldía. Ha pasado desde las 7 de la mañana restregando piedras para asegurarse de quitar residuos de melaza. Carga una toallita amarilla, la cual humedece en el río y se la pone sobre la cabeza para combatir el calor y los rayos del sol. De tanto restregar le han salido varias ampollas en las manos, pero no son visibles por las arrugas que se le hicieron al sumergir por tanto tiempo las manos bajo el agua.

Seguirá hasta en la tarde, o hasta que sea necesario, para dejar el lugar en mejor estado. María Isabel es así: dispuesta a ayudar en los problemas de su comunidad. Por eso es miembro de la Junta de Agua en La Hachadura y al ver la crisis del río no dudó en actuar. Ella se lamentó de que, a pesar de las advertencias, las personas siguieran acercándose al río a bañarse.

***

Pablo Bonilla, de 52 años, es agricultor desde que tiene uso de razón. Su mamá así lo crio. Vive en una espaciosa casa de ladrillo, junto a sus terrenos y un par de perros guardianes, a unos cuantos minutos del río Paz. Él pesca cuando tiene antojos de sopa de pescado, pero sobrevive de sus cultivos de maíz.

Pablo habita en Rancho San Marcos, 9 kilómetros arriba de Garita Palmera. Al contrario de esa zona costera, Rancho San Marcos es una comunidad de pasto y polvo. Si hay pesca, es ocasional. Aquí el río Paz llega a través de uno de sus deltas, el zanjón El Aguacate, el cual sirve para alimentar los cultivos de la zona. Entonces, parte del río Paz toma el nombre de microcuenca El Aguacate.

Así como Pablo, las comunidades siembran para vivir: plátano, maíz, maicillo y, por supuesto, caña. Pero Pablo no siembra caña. Para eso, él necesitaría al menos 100 manzanas de terreno y una fuente lo suficientemente abundante de agua para el riego. En cambio, Pablo tiene media manzana para sembrar, aunque no lo ha hecho porque aún no llega a esta zona la época lluviosa. Lleva tres años sin venir.

Tampoco tiene agua suficiente para regar sus cultivos. Como todas las familias del lugar, Pablo tiene su propio pozo, pero está contaminado. De hecho, tiene dos. Uno se ubica en el patio de su casa, a la par de un cobertizo donde guarda leña para cocinar. Ese es de uso del hogar. El otro lo tiene afuera en sus terrenos; es un pequeño tubo que sale de la tierra de donde conecta un motor para regar cuando tiene cultivo. Con 5 metros de profundidad, sin embargo, no puede darse el lujo de utilizarlo para el riego antes de temporada.

Ambos pozos se nutren de El Aguacate, que ahora está contaminado con residuos de peces muertos por la melaza. Pero esta es solo la gota que derramó el vaso. Hace dos meses, el agua no fluía en abundancia en Rancho San Marcos. Llevan aproximadamente 15 años de tener este brazo del río Paz debilitado: El Aguacate era utilizado como una canaleta de riego para un ingenio de la zona, ubicado en El Castaño, 5 kilómetros más abajo de la casa de Pablo.

En el río Paz, el ingenio utilizó maquinaria para partirlo a la mitad y dejar que mayor cantidad de agua fluyera hacia la microcuenca El Aguacate. Ya en El Castaño, tenían preparados diques hechos con troncos y sacos de arena para poder retener el agua. De este pequeño estanque de 2 metros de profundidad extraían agua para regar sus 250 manzanas de caña. No utilizaban toda el agua en el cultivo, pero tampoco pasaba para el resto de las comunidades. De El Castaño hacia abajo, la profundidad del río era apenas de 15 centímetros.

En época seca, Pablo no tenía agua suficiente para regar su maíz. Y en época lluviosa, el agua del río desbordaba y se llevaba el poco cultivo que lograba. Esto es porque, con obstrucciones, El Aguacate no permitía llevar el agua del río Paz hacia la costa. Sin obstrucciones, por ejemplo, tiene la capacidad de trasladar 4,000 litros de agua por segundo.

Desde el 21 de abril de este año, El Aguacate quedó sin obstrucciones para dejar correr el agua. Eso duró 19 días. El 9 de mayo se construyó un dique para evitar el paso de la melaza hacia las comunidades de abajo, entre ellas El Castaño, Bola de Monte, El Tamarindo y Garita Palmera. Pero la melaza corrió por un día entero.

***


Esfuerzos comunitarios. Un canal construido por los habitantes de Garita Palmera para dar paso al agua entre los manglares.

Benigno Gómez prefiere pescar en el estero por sobre el mar. Sale de su casa y llega al embarcadero, donde tiene una lanchita de madera con remo y sus atarrayas. La mayor parte del tiempo, va él solo. En el estero tiene sus lugares favoritos, donde sabe que pasa el pez. Estos lugares están marcados por pequeños asentamientos de arena rodeados de manglares rojos, o manglares “mechudos”. La pesca se le facilita a Benigno gracias a las raíces largas de estos árboles, que sirven de madriguera para las jaibas.

Esa es la joya de Garita Palmera: su manglar. No solo sirve como el hogar de las especies que habitan el estero, sino que su madera también se ocupa para construir las casas. Entre Garita Palmera, El Tamarindo y Bola de Monte han sembrado desde noviembre de 2015 alrededor de 76,000 semillas de manglar rojo.

Benigno se pasea entre estas zonas reforestadas. Se mantiene siempre a la orilla del pantano y camina con cuidado ya que teme quebrar alguna candelilla. A estas alturas, los manglares apenas son unas ramitas delgadas que se asoman desde el agua. En el lote donde él se encuentra, hay 16,000 semillas sembradas desde hace tres meses, el periodo justo para que germinen. Tardan un año para crecer un metro y en 6 años estarían a los 11 metros que alcanzan los árboles de Garita Palmera.

Pero los manglares de la zona en realidad no son muy frondosos: un manglar normal llega a crecer hasta 35 metros. Para que crezcan se necesita de un equilibrio entre agua salada y agua dulce. Hasta hace poco, el manglar de esta zona había estado recibiendo en mayor parte agua salada.

Benigno por eso está organizado, desde hace cuatro años, en Asociación Istatén. A través de ellos, él lucha por cuidar su fuente de alimento. Así se involucró en ir a liberar la microcuenca El Aguacate, 11 kilómetros arriba, para fortalecer el manglar. Sin agua dulce que fluya desde arriba, no llegan sedimentos que sirven de base para los árboles. Sin los árboles, no hay asentamientos ni madrigueras para los peces. Sin peces, los lugareños no tienen comida.

Tras darse cuenta en diciembre del año pasado de la existencia de estos diques, 18 comunidades afectadas (entre ellas, Rancho San Marcos y Garita Palmera), el ingenio azucarero, la Alcaldía Municipal de San Francisco Menéndez y Asociación Istatén lograron llegar a un acuerdo para liberar El Aguacate y permitir el paso del agua hacia su destino final, el estero; se benefició de esta forma a 18 comunidades que dependen de este brazo del río Paz.

Luego de liberar la microcuenca el 21 de abril, se esperaba que la situación de los manglares mejorara. Pero no fue así. Tras el derrame de melaza, Asociación Istatén tomó la decisión de bloquear de nuevo el paso. Si no lo hacían, habría consecuencias más serias para el manglar. Solo se han quedado en el manglar las crías de peces. Hasta este momento, el equilibrio del ecosistema de Garita Palmera sigue sin recuperarse y, como consecuencia, tampoco los pescadores se han recuperado.

***

Desde la casa de Pablo hacia El Aguacate se hacen, a lo mucho, 20 minutos a pie. El camino, de polvo y rodeado de árboles y maleza, lleva hasta una peña que da vista hacia el río Paz. Al lado derecho de la peña, como escondida, se asoma la microcuenca. Esta se rodea de sauces, árboles que sirven de protección cuando hay inundaciones.

Aunque con 6 metros de ancho, no hay problema que este brazo se desborde. El agua turbia a duras penas y deja ver ondular a los alevines que quedaron. El Aguacate ha tenido mejores días. En 1975, la microcuenca medía 22 metros de ancho. Pero con el paso del tiempo se fue reduciendo hasta hacerla una canaleta para riego de cultivo. Tenía una compuerta que regulaba el paso, pero de ella solo queda la estructura.

Fue al pie de esa estructura que Asociación Istatén bloqueó el paso del agua durante seis días. Con un equipo de 36 personas, entre miembros de Garita Palmera y Rancho San Marcos, construyeron un dique de 2 metros de alto con 120 sacos de arena. De ese dique solo han quedado los sacos rotos. Aún tienen que limpiar algunos desechos y residuos de la sustancia que han quedado a la entrada pero, por lo menos, evitaron que la melaza terminara de dañar a las comunidades de Rancho San Marcos hacia la costa.

Sin embargo, el impacto del río ha golpeado duro. “Ese río es muy importante para nosotros”, menciona Pablo sentado desde el patio de su casa, “si se acaba, ¿de dónde vamos a conseguir agua? Es el que sustenta a todos los pozos de aquí”. No solo nutre los pozos de Rancho San Marcos, sino que de todo el municipio de San Francisco Menéndez. Si se acaba el río, ¿dónde obtendrán agua las más de 4,800 familias que viven ahí?

Por eso es que Pablo decidió ser parte del Comité de la Microcuenca El Aguacate. En realidad, este comité tiene cuatro años de haber sido formado. Pero por problemas con la alcaldía municipal han tenido que detener el proceso. Eso es, hasta que tuvieron conflicto con el ingenio en El Castaño. Han visto la necesidad de dar mantenimiento a la cuenca para liberar el paso, evitar inundaciones muy fuertes y, eventualmente, tener agua potable en sus pozos.

El otro año ya no habrá obstrucciones. El ingenio cañero ha acordado reunirse de nuevo con la comunidad para decidir la mejor forma de distribuir el recurso hídrico sin perjudicar a las personas. Asociación Istatén está de acuerdo en que se utilice de forma responsable y proponen regular la cantidad de agua que se extrae y el tiempo en el que se extrae.

Pablo permanece sentado en el patio de su casa. Él ha convivido durante años con los cañales, está acostumbrado. Pero no quiere perder por falta de agua. Vuelve a ver a su esposa, quien ha estado restregando platos con el agua del pozo.

“Mire, esto es como cuando a uno le sacan sangre, después se siente débil. Es lo mismo con el río, si le sacan agua, arena o piedra, se debilita”. Pablo se para y se apoya contra uno de los pocos palos que crecen en su patio, “por conseguir la vida, se está consiguiendo la muerte”, lamenta.

***




Lo único que Samuel puede hacer ahora es limpiar el río. Luego, esperará a que crezcan los alevines sobrevivientes para volver a pescar. Para que lleguen a adultos, tomará de tres a cuatro meses. Es decir que durante este tiempo, los pescadores como Samuel no podrán acercarse para atrapar nada. Y esto es sin contar el tiempo que falta de monitoreo por parte del ingenio La Magdalena y el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN).

Uno de los puntos que el MARN reclama en su denuncia, presentada el lunes 23 de mayo, es precisamente la compensación que se le dará a la comunidad. Narciso Ramírez, alcalde de San Francisco Menéndez, aseguró que solo en dicho municipio son 12 las comunidades directamente afectadas, ya que son las que viven de la pesca. Entre ellas, La Hachadura, El Guayabo, Paz y Progreso 1 y Paz y Progreso 2.

Para intentar alivianar la carga de los pescadores, la alcaldía se ha reunido con representantes del ingenio La Magdalena para establecer paquetes de víveres. Aún falta por llegar a un acuerdo, ya que requieren de registros exactos del número de personas afectadas a lo largo de la zona.

Mientras espera, Samuel cruzará hacia Guatemala para ver si pesca algo en El Rosario. Ahí se arriesgará a ser capturado, perder su producto y quedarse en prisión. También podría vender minutas en La Hachadura, pero teme que no sea suficiente para subsistir.

Para que el río Paz regrese a su estado anterior, esto implica que regrese el equilibrio en los niveles de oxígeno y la repoblación de las 33 especies del lugar. La ventaja es que se acerca la época lluviosa y esto significará que este proceso podrá se llevará a cabo con mayor rapidez.

A María Isabel, en cambio, le preocupa el impacto que el derrame pueda tener en la comunidad. Ya van tres años que ha habido sequía, lo que ha reducido la capacidad del río Paz, sin mencionar que la mayoría de los riachuelos y brazos del río en el municipio se han quedado sin agua. Esto ha contribuido a la escasez, especialmente para las personas de escasos que no están conectadas con el proyecto de agua potable de la alcaldía.

***

Ya van 17 días y Benigno no atrapa nada. Camina lentamente, a través de la tierra lodosa, con cuidado de no pisar pequeños cangrejos que se cruzan de un lado a otro para esconderse de nuevo entre la arena.

En lugar de ir al estero podría intentar cruzar hasta Las Lisas, Guatemala. Ahí hay más peces. El problema es que si lo atrapan los guardacostas guatemaltecos perderá todo su producto, la lancha y las redes, y quedará en prisión en ese país. Así tampoco podrá darle sustento a su familia. En cambio, Benigno viajará a San Salvador junto a sus compañeros de la Asociación Istatén. Exigirán a través del Juzgado Ambiental que el ingenio se responsabilice por los daños causados al ecosistema de la zona.

Para que accidentes como este no vuelvan a pasar, MARN también reclama la reconversión de las prácticas de la industria cañera. En este sentido, las acciones que está tomando el ingenio La Magdalena son preventivas: tener más control de la calidad de las pilas así como tener diques que eviten que la sustancia fluya hacia otras partes.

Pero no es suficiente. Benigno ha trabajado con la Asociación Istatén durante cinco años para recuperar el ecosistema de Garita Palmera. Ahí han abierto canales para sembrar manglar, han vigilado los manglares adultos para evitar la deforestación. Han luchado para que el agua vuelva a fluir hacia el manglar.

“Todo este trabajo nosotros no lo vamos a ver. Los hijos, sí”, dice Benigno al apoyarse en uno de los manglares adultos que se encuentran a la orilla del pantano. Observa el lote de ramitas que se asoman desde el agua. Esas ramitas en seis años estarán lo suficientemente fuertes y grandes para proveer a las familias de Garita Palmera. A las que se puedan quedar.

Tags:

  • garita palmera
  • contaminación
  • pobreza
  • río paz
  • melaza
  • marn

Lee también

Comentarios

Newsletter