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La criticada RSE

Como quien dice, me volví una crítica más del modelo. No lo comprendí, no me sentí parte de, no hubo pasión y, aunque no dejo de lado mi deseo por lograr una convivencia utópica entre empresa y sociedad, la RSE no es mi camino.
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El universo de las comunicaciones es muy amplio. Pasa por la publicidad, el diseño, lo audiovisual, lo organizacional, las relaciones públicas, la política, el “branding” y muchas ramas más. Es una disciplina apasionante en donde especializarse es casi una obligación. Lo interesante es encontrar ese campo en donde uno se sienta cómodo y desarrollarse en él.

Yo decidí tomar el camino de la Responsabilidad Social Empresarial (RSE), ese concepto que parece haber sido demonizado para algunos, pero a mí me parecía la unión perfecta entre el mundo de la empresa privada y la conciencia social. Lo interpreté como un espacio en donde la empresa se convierte en un actor social que convive con sus grupos de interés, convirtiéndose en un ente movilizador que impulsa no solo el desarrollo económico, sino también el desarrollo social. Algo así como la responsabilidad individual, pero aplicado al ámbito empresarial.

Sin embargo, después de estudiar y trabajar en una consultora especializada en el tema, mi acercamiento a la materia tuvo que pasar por una transformación. En primer lugar, tuve que comprender que la Responsabilidad Social en El Salvador es un concepto mal entendido, mal aplicado y duramente criticado desde la precariedad de su comprensión.

El conflicto empieza a gestarse justamente en la falta de consenso que existe en torno al concepto. Hay tantas interpretaciones como personas y todos se sienten dueños de la verdad en cuanto a su definición se refiere. Algunos, lo relacionan con empresas que necesitan lavar su imagen; otros, piensan que se traduce en regalos o campañas de donaciones; hay quienes incluso, lo reducen a la dimensión tributaria. En fin, la definición real de Responsabilidad Social Empresarial pasa por una serie de índices y mediciones que difícilmente se reducen a impuestos o regalos, pero eso solo lo saben quienes se han dedicado a estudiar el tema.

Pero saliendo de la visión salvadoreña, desde su génesis, la RSE es un modelo complejo, difícil de aplicar, académico más que práctico, sumamente tecnificado y centrado en la medición. Una pelea amplísima de índices en donde aún hace falta aunar criterios y operativizar la conversación.

Al final del día, las empresas se concentran en llenar una lista de aspectos genéricos relacionados con la sostenibilidad –que se engruesa año con año– y para los que, tropas de consultores especializados, deben recopilar cientos de documentos que den cuenta de lo verídico y del nivel de cumplimiento de cada práctica. Antes de llegar al próximo año, habrá que volver a hacer la tarea de revisar cada pregunta y luchar por subir un par de lugares en la competencia de índices.

No digo que la medición no sea necesaria. Lo cuestionable es la competencia de índices que, si no son seleccionados estratégicamente, pueden llevar a la empresa a convertirse en un rellenador de encuestas, perdiendo de vista lo verdaderamente importante, caminar hacia la sostenibilidad de manera integral.

Como quien dice, me volví una crítica más del modelo. No lo comprendí, no me sentí parte de, no hubo pasión y, aunque no dejo de lado mi deseo por lograr una convivencia utópica entre empresa y sociedad, la RSE no es mi camino.

Sin embargo, tampoco considero justo demonizar el concepto sin siquiera comprenderlo. Al fin y al cabo, las iniciativas por caminar hacia la sostenibilidad son necesarias en un mundo en el que la empresa privada es un actor social poderoso.

Tags:

  • responsabilidad social empresarial
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