La edad de oro mexicana

“Birdman” se hizo con el triunfo en la 87.ª edición de los Óscar con cuatro estatuillas, tres de ellas para el mexicano Alejandro González Iñárritu. La cinta también obtuvo el Óscar al mejor director de fotografía para el mexicano Emmanuel Lubezki. Una premiación que dibuja a una generación de gente de cine criada y creada en el México convulso de los ochenta.
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Lo alcanzó. “El Negro” (apodo de Iñárritu) por fin consiguió su Óscar como mejor director tras haber aspirado a este premio por primera vez con “Babel”.

Lo alcanzó. “El Negro” (apodo de Iñárritu) por fin consiguió su Óscar como mejor director tras haber aspirado a este premio por primera vez con “Babel”.

Moral. La victoria de “Birdman” fue moral porque en número fue un empate con “El gran hotel Budapest”, la película de Wes Anderson.

Moral. La victoria de “Birdman” fue moral porque en número fue un empate con “El gran hotel Budapest”, la película de Wes Anderson.

La triunfadora. La comedia de Iñárritu triunfó en la gala del pasado domingo con cuatro premios, incluidos mejor película, director y guion.

La triunfadora. La comedia de Iñárritu triunfó en la gala del pasado domingo con cuatro premios, incluidos mejor película, director y guion.

Amigos. Iñárritu y Lubezki son la punta de lanza de una generación del cine mexicano que ha logrado colocar su nombre en lo más alto.

Amigos. Iñárritu y Lubezki son la punta de lanza de una generación del cine mexicano que ha logrado colocar su nombre en lo más alto.

La edad de oro mexicana

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Fotografías de Agencias y archivo



Para todos los que van de clase a siete, una mala noticia: ¡Ya no llegaron!”. La voz era de Martín Hernández y lo decía hace unos 25 años, en un programa matutino transmitido en WFM, una cadena juvenil donde conoció a Alejandro González Iñárritu, entonces creativo y productor. Hernández estaba nominado este domingo pasado al Óscar por la edición de sonido de “Birdman”, la cinta dirigida por Iñárritu que conquistó también la estatuilla a mejor película, un triunfo que consolida a una exitosa generación de creadores mexicanos de cine.

Para cuando Hernández e Iñárritu estaban en las cabinas de WFM, el cine mexicano atravesaba una de las mayores crisis de su historia. De 85 películas producidas al año a inicios de los ochenta, el número se redujo a solo 16. Pero ese grupo de jóvenes y otros tantos que estudiaban en el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) y el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) algo se cocía. Comenzaron a emerger los primeros avisos de lo que vendría después.

Alfonso Cuarón contó en “Solo con tu pareja” (1991), ya con la fotografía de Emmanuel Lubezki (ahora ya nominado siete veces al Óscar y ganador de dos estatuillas), la historia de Tomás Tomás: un publicista mujeriego al que, como dice un poema de E. E. Cummings, le gustan todas las chicas, excepto las verdes.

Guillermo del Toro, un joven de Guadalajara, se convertiría en un aventurado realizador de una película de terror llamada “Cronos” (1992). Iñárritu se había aventurado como compositor de películas y director de cortos y anuncios, pero fue hasta 2000 que presentó su ópera prima, “Amores perros”, y la presa se rompió. Festivales, premios, portadas... El cine hecho por mexicanos estaba de vuelta.

Pero la historia también tiene paradojas. Las entradas en México son las más baratas de América (el precio promedio es de 47 pesos, unos tres dólares) y el país ocupa el cuarto sitio entre los que congregan al mayor número de espectadores del mundo, por detrás de China, Estados Unidos y la India. Pero el mexicano no suele ver mucho cine hecho en México. En 2014 se estrenaron 71 películas, pero la taquilla registró una caída de un 10.7 %. Ese mismo año, el gobierno de Enrique Peña Nieto anunció un recorte de 4,000 millones de pesos (265 millones de dólares) al gasto de cultura en 2014: casi un 36 %.

Pasó hace tres años. En aquel momento, Iñárritu se separó de sí mismo. Fue durante un retiro. La meditación zen le permitió tomar distancia de sus pensamientos y entender el “flujo desbordante y constante” de la existencia. Había nacido un nuevo Iñárritu. Más hondo, menos caótico.

Su cine cambió. Abandonó la fragmentación y apostó por largos planos-secuencia; desechó el artificio y buscó actores tan dolientes como sus personajes. Pasada la barrera de los 50, aceptó con melancolía que la vida es un permanente fin de fiesta. El fruto de esa transformación fue “Birdman”. Una obra de madurez que marca una línea divisoria. Las cuatro estatuillas (mejor película, dirección, guion y fotografía) sitúan al director a la cabeza de una generación áurea que ha llevado al cine de raíz mexicana a cruzar la orilla y convertirse en un fenómeno global. Nunca un grupo de cineastas de habla hispana tuvo tanta influencia. Jamás una cuadrilla de amigos chilangos llevó tan lejos sus postulados.

Hubo un tiempo en que Alfonso Cuarón (Óscar por “Gravity” en 2014) sostenía el micrófono en filmaciones infames, Guillermo del Toro maquillaba a los actores para hacerles parecer muertos, e Iñárritu se ganaba la vida como locutor estrella de una emisora musical. Eran los años ochenta en el salvaje Distrito Federal.

De aquella época de miserias y alegrías, junto con el fotógrafo Emmanuel Lubezki y el ingeniero de sonido Martín Hernández, ha quedado una amistad profunda. Entre ellos se dirigen por apodos. Iñárritu es “el Negro”, y Lubezki, “el Chivo”. Sus familias son próximas, se llaman y comparten cuartel en Estados Unidos. Para muchos críticos cristalizan un boom. Un término que odia el creador de “Birdman”. “Qué palabra tan utilizada... El boom siempre trae un tum-tum-tum, como el final de una canción. Lo que hay es una simple sincronía”, dice.

Pese a estas reticencias, a nadie se le escapa que forman una camada única, con edades y orígenes similares y visiones profundamente críticas del negocio del cine –“está jodido desde que nació, porque es industria y es arte”, afirma Iñárritu–. Todos ellos, además, exhiben en público su mexicanidad.

Pese a estar afincados fuera, cuando visitan su país natal denuncian en público sus problemas medulares. Y en el extranjero, nunca renuncian a sus raíces. El propio Iñárritu lo dejó claro.

“¿Quién le dio a este hijo de perra su tarjeta verde?”, gritó Sean Penn al anunciar la victoria de “Birdman”. “Dios, quizá el Gobierno le imponga una penalización a la Academia, porque dos mexicanos seguidos ganando es sospechoso”, añadió González Iñárritu antes de hacer una defensa de sus compatriotas en su país, para que consigan “el Gobierno que se merecen”, y en Estados Unidos, para que sean tratados con el respeto que se merecen sus compatriotas, mil veces estigmatizados más allá del Río Bravo, en una nación de inmigrantes.

También reivindicó su mexicanidad ya en la sala de prensa, cuando soltó a un informador: “La sala de prensa se siente como México, no tengo que hablar inglés”. Sobre el comentario de Penn, el director mexicano recordó que durante el rodaje de “21 gramos” “me gastaba todo el tiempo ese tipo de bromas”. “Mantenemos una relación brutal y así es como sobrevive la amistad”, ha afirmado.

Sus palabras, pero sobre todo el triunfo de un mexicano que no reniega de serlo, han sido acogidos con un estallido de orgullo en su tierra. Históricamente abrumada por su vecino del norte, con una frontera compartida de 3,185 kilómetros, cerrada una tercera parte con un ignominioso muro, la gran nación hispana lleva meses consumiéndose en una crisis de confianza. La tragedia de Iguala ha resucitado demonios que muchos creían conjurados. Y tanto la anemia económica como los escándalos que han golpeado al Gobierno no han hecho más que azuzar este viento triste.

En este territorio abrupto, la generación que lideran Iñárritu y Lubezki ha mostrado un camino de éxito global. La carrera del primero, hecho a sí mismo, es la búsqueda de una voz universal, un torbellino creativo que se comprende cuando uno se acerca a este director. Iñárritu nunca cede. Poseído, como él mismo reconoce, por un “inquisidor que todo lo tumba”, su constante perfeccionismo transforma los rodajes en campos de batalla. El resultado, guste o no, nunca es un lugar común. Ahí están para demostrarlo “Amores perros” (2000), “21 gramos” (2003), “Babel” (2006), “Biutiful” (2010), “Birdman” y la próxima, “The Revenant”, un prewestern protagonizado por Leonardo DiCaprio.

En estas dos últimas obras le ha acompañado el discreto Lubezki, su gran amigo, al que en la noche de los Óscar llamó “el verdadero artista”. Un genio visual que ganó en 2014 la estatuilla a la mejor fotografía con “Gravity” y ahora con “Birdman”. Su técnica asombra. En los lugares de filmación, sabe los nombres de los árboles, el color de sus hojas al atardecer. En Canadá, en el rodaje de “The Revenant”, se veía su compenetración con Iñárritu. “Negro” y “Chivo”. Ambos, sobre la nieve, se apartaban del equipo en los momentos críticos. Hablaban, se comprendían y volvían a rodar. Sin saberlo, hacían historia.

Cuando Iñárritu le pasó el guion de “Birdman”, Lubezki dudó antes de aceptar el reto. “Tenía todos los elementos del tipo de película que no quería hacer”, admitió a la prensa. “Era en su mayor parte un filme de estudio, y yo no quería trabajar en estudio. Era una comedia, y no quería hacer una comedia. Era una película en la que él (Iñárritu) quería tomas muy largas, probablemente en una sola toma, y después de ‘Gravity’ yo no quería volver a pasar por eso, quizás nunca más”.

Pero cambió de idea. La oportunidad de trabajar por primera vez con el cineasta mexicano en una película –años atrás habían rodado juntos un comercial– inclinó la balanza hacia el “sí” y Lubezki comenzó a crear. Y no se equivocó. Su trabajo con la cámara en “Birdman”, que persigue en secuencias eternas a Riggan Thomson, un actor en decadencia (Michael Keaton) que busca volver a triunfar después de haber interpretado a un superhéroe, le acaba de valer el Óscar como mejor director de fotografía. Se trata del segundo galardón que le otorga la Academia después de siete nominaciones y tras haberse alzado con la estatuilla en la pasada edición por “Gravity”, de su amigo Cuarón.

“El Chivo” evitó usar para esta película equipos especiales de iluminación y se basó únicamente en las fuentes de luz que aparecen en las escenas, como las lámparas o los focos de los espejos de los camerinos. “Lubezki lleva a cabo un trabajo muy elaborado, con un delicado equilibro entre técnica y propuesta artística. Una concepción de la imagen que parece sencilla, pero no lo es”, comenta el cineasta José Felipe Coria, director del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM. En esta escuela, de la que se llevó “la disciplina y persistencia” que ha mostrado en sus trabajos, Coria estudió junto con Lubezki hace unos 30 años.

El ahora director lo recuerda con cariño, como un compañero que “sobresalía en el salón” con ideas y opiniones provocadoras y polémicas. “Él no pensaba que pudiera hacerse carrera en México. Discutíamos entre los que queríamos hacer un cine mexicano y los que buscaban algo más global. Al final han ganado ellos”, admite resignado.

Lubezki, de 50 años y familia judía, nació en la capital mexicana el 30 de noviembre de 1964, pero vive en EUA desde hace 20 años. Su primer contacto con la fotografía fue a través de una cámara Kodak que su padre le regaló a los 10 años. Después estudió historia en la Universidad Nacional Autónoma de México y cine en el Centro de Estudios Cinematográficos de la misma institución.

De esta escuela han salido también directores como Ernesto Contreras, Carlos Mendoza o el propio Cuarón. Ahí fue donde se conocieron y forjaron la amistad que los llevó a trabajar juntos en películas como “Solo con tu pareja” (1991), “Grandes esperanzas” (1998) o “Y tu mamá también” (2001). La dirección fotográfica en las cintas “La princesita” y “Niños del hombre”, del mismo director, le valió sendas nominaciones al Óscar en 1996 y 2007. “La leyenda del jinete sin cabeza” de Tim Burton en el año 2000 y “El nuevo mundo” y “El árbol de la vida”, ambas de Terrenc Malick, en 2006 y 2012, completan la lista de candidaturas.

En 1992 obtuvo en México su primer premio Ariel (los Goya nacionales) por la fotografía de “Como agua para chocolate”, de Alfonso Arau. Lubezki, director de fotografía en más de 30 películas, ha recibido también tres premios BAFTA. Actualmente se encuentra filmando, de nuevo bajo las órdenes de Iñárritu, el western “The Revenant”. Quien lo ha visto en el rodaje asegura que sabe con precisión la hora a la que cambia el color de las hojas de un árbol al atardecer. Así como Iñárritu tuvo palabras de elogio para Lubezki, el director de fotografía no tuvo ningún reparo en dedicarle su premio a su “extraordinario director” por “su curiosidad, pasión y amistad”. Una generación de mexicanos de cine a quienes hoy todo el mundo ve

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