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La educación prohibida

No necesitamos un siglo para transformarnos. Otros países lo resolvieron en 25 años. ¿Por qué nosotros no?
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En “El Muro”, película ya clásica de Alan Parker, aparece una escena donde niños uniformados de colegio desfilan a paso marcial, ingresan a una cinta transportadora móvil y los lleva a una trituradora de carne. La película se basa en el rock progresivo “The Wall”, de Pink Floyd. Es una crítica a la educación tradicional inglesa, con un personaje roquero ficticio llamado Pink. También recuerdo un experimento innovador en Antioquia, Colombia, donde los alumnos se convirtieron en maestros de sus docentes, con lo cual ganaron un premio latinoamericano.<p>&nbsp;</p><p>A esas manifestaciones pedagógicas agrego una cinta reciente: “La educación prohibida”, documental de más de dos horas que se refiere a innovaciones pedagógicas ya aplicadas en Alemania, España, Israel y Argentina, de donde procede este filme. Aunque entre nosotros nos parezca difícil de implementar, con tantos dramas básicos por resolver, como la violencia; me parece necesario reflexionar, y confiar que no necesitamos la eternidad para resolver la educación para el desarrollo integral. A decir verdad, los problemas educativos para el desarrollo, con cultivo de valores nacionales y universales, están íntimamente relacionados. Los personajes del documental mencionan, entre otros filósofos, a Aristóteles: “Lo que tenemos que aprender lo aprendemos haciendo”. Paulo Freire: “Estudiar no consiste en un consumo de ideas, sino en crearlas y recrearlas”.</p><p>&nbsp;</p><p>La película defiende el juego como forma óptima de aprendizaje inicial. Pugna por una educación fuera de los muros del aula, que se opone al método opresivo manifestado en frases cajoneras: “No hablen, no coman, respeten el currículo, repitan, memoricen”. Al contrario, se debe ver a la persona como sujeto activo, propiciar el pensamiento, la reflexión, la imaginación y la creación. Respetar la voluntad de aprender.</p><p>&nbsp;</p><p>Para la niñez temprana, ya inserta en las tecnologías visuales, la escuela se convierte en una entidad carente de interés, pues ellos se han vuelto más curiosos e investigadores de su contexto. “Todos los niños nacen genios, pero al final solo se salva el 10%, pues carecen de espacios y tiempo para imaginar, o para la acción”. Aun vemos conformidad docente por poner planas o colorear dibujos y olvidan cultivar las emociones (por las artes o el juego). Y si las relaciones entre maestros y estudiantes no son amorosas, sino represivas, como formas sutiles de opresión, tendremos respuestas violentas. </p><p>&nbsp;</p><p>Recuerdo mientras estaba en Washington, D.C. en 1988: unos psicólogos estadounidenses, visitantes del cerro de Guazapa, afirmaron que si la guerra no terminaba en esos momentos, el síndrome de violencia se transmitiría en los niños por dos generaciones más. El diagnóstico pareciera absoluto, pero la realidad dio la respuesta: una explosión de descontrol juvenil de quienes no habían nacido cuando se firmó el Acuerdo de Paz. El tema se vincula con el contexto social, la familia, la escuela. Ya en El Salvador se ha planteado la educación integral, con enfoque de derechos humanos, con rol protagónico de la familia y comunidades, respeto al desarrollo integral de la persona. Y para la primera infancia, como estrategia para fortalecer la niñez, también se ha eximido la fuerza de los contenidos, y puesto énfasis en el desarrollo integral del niño. Además, contamos con la LEPINA (exige a los adultos escuchar al niño para tomar decisiones). Pero estos cambios deben consolidarse convirtiéndose en políticas públicas que atiendan las heridas emocionales. Todos los salvadoreños sin distinciones ideológicas seremos beneficiados. Por eso debemos exigirlo desde la civilidad. Nada de pesimismos, no necesitamos un siglo para transformarnos. Otros países lo resolvieron en 25 años. ¿Por qué nosotros no?</p>

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