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La espera que no termina

Desde abril de 2013, las usuarias embarazadas del Instituto Salvadoreño Seguro Social cuyos fetos murieron, pero permanecieron en sus vientres, no han tenido más opción que esperar a expulsarlos con el tiempo. El medicamento que acelera ese proceso está agotado desde entonces. Esta es la historia narrada desde el expediente de Lisseth, una mujer que asegura haberse enfrentado a esta y otras ausencias, como malas atenciones y displicencia.
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Atenciones. Los nacimientos que el Hospital 1.º de Mayo del Seguro Social asistió  entre enero y julio suman 6,521. De esos, 748 fueron prematuros.

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Decesos.  En los últimos seis años, el Hospital 1.º de Mayo del ISSS reporta dos casos de muertes maternas, uno sucedió en 2011 y el otro, en 2012.

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La espera que no termina

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Fotografías de Rony González y archivo

L

isseth Solórzano llegó el miércoles 8 de mayo a la clínica parroquial Inmaculada Concepción, en Santa Tecla, a realizarse un chequeo dental. Como la dentista no llegó, y para no desaprovechar el permiso que pidió en su trabajo, pagó una ultrasonografía. No podía más con la ilusión de conocer el sexo del que sería su primogénito.

Cuando empezaron a monitorizar su vientre, pensó en los nombres que había acordado junto a su esposo: Matías si resultaba niño, Valeria si era niña. Pero ese día, lo que escuchó fue que llevaba en su vientre un feto muerto, y que era probable que lo hubiera llevado así, muerto, durante al menos siete semanas. Tenía un aborto fallido.

Ocho días antes de esa ultrasonografía, el martes 30 de abril, había pasado su control prenatal de rigor en la clínica comunal San Antonio del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS). La joven de 24 años llevaba entonces 21 semanas desde que vio su última menstruación. Su expediente clínico —documento en el que los médicos del ISSS que la atendieron en la clínica San Antonio, en la Unidad Médica de Santa Tecla y en el Hospital 1.º de Mayo registraron cada observación y procedimiento al que la sometieron— dice que antes de ese chequeo, había tenido otros tres controles (el 21 de enero, el 25 de febrero y el 18 de marzo) pero el único en el que aparece registrado el tamaño de su vientre es en el que le hicieron una semana antes de que supiera de la muerte de su feto. En ese 30 de abril en el expediente se lee que el vientre le medía 19 centímetros.

Lisseth asegura que si la doctora que la atendió ese martes 30 le midió el vientre fue porque le comentó que sentía que no le crecía, y que su hijo no se movía. Después de pasarle la cinta métrica y registrar en el expediente que el área de su vientre medía 19 centímetros, la doctora anotó en un cuadro que el embarazo tenía un riesgo mínimo. “No se preocupe, todo está normal. El vientre le va a crecer después, porque ahorita el feto está enrolladito”, asegura Lisseth que le contestó después de examinarla.

— ¿Y no me le va a revisar el ritmo cardíaco?— le preguntó.

— Es que no tenemos doppler —un aparato que mide el ritmo del corazón del feto— y sin eso todavía no se lo podría escuchar. Hay que esperar a la semana 24. Para esa semana ya hasta va a tener el vientre grande— afirma Lisseth que recibió como respuesta.

Hoy, en un pequeño parque de Antiguo Cuscatlán, frente a la empresa de comunicaciones en la que trabaja como ejecutiva de cuentas, Lisseth no puede evitar que la voz le salga entrecortada. La ultrasonografía que se tomó el 8 de mayo, en comparación con su expediente clínico, indica la probabilidad de haber pasado por dos controles prenatales en la clínica San Antonio del ISSS con su feto muerto: el jueves 18 de abril, y el martes 30 de marzo. Ambos registran un riesgo mínimo. Lisseth recuerda que en esos dos controles le aseguraron que el que sería el primer hijo de su matrimonio estaba sin complicaciones.

— Ya había tenido una amenaza de aborto al principio de mi embarazo. Solo me pesaban, me medían la presión y me decían qué tenía que comer. A mis dudas respondían que mis miedos eran porque era primeriza— afirma esta tarde con una mezcla entre indignación y dolor.

Las autoridades del ISSS aseguran tener métodos efectivos para comprobar que su personal médico sigue los protocolos para atender a sus pacientes. Sin embargo, luego de conocer esas guías clínicas, Lisseth asegura que con ella no los cumplieron a cabalidad. También afirma que se enfrentó a la escasez del medicamento que aceleraría la expulsión de su feto, y que nadie se interesó en responder a sus preguntas.

¿Qué habría pasado si ese 8 de mayo Lisseth no se hubiera hecho la ultrasonografía? ¿Cuántas mujeres más han pasado por esa situación? Lisseth asegura que todavía busca respuestas.

“No lo quería creer. Me había aferrado tanto a esa pequeña vida que llevaba dentro de mí, que saber que estaba muerto me destrozó. Lloraba, temblaba, gritaba. Me sentía desorientada, sola, castigada, inútil, incapaz, mala mujer. También me entró un miedo terrible cuando asimilé que quizás lo había llevado muerto por varias semanas. Llamé y esperé a mi esposo sentada en una silla plástica. Tenía un revoltijo de pensamientos.

Junto a William, mi esposo, nos fuimos directo al Hospital 1.º de Mayo del ISSS. Cuando llegamos, lo primero que me tuve que tragar fue un ‘por algo pasan las cosas, mamita’ que me dijo una enfermera. En emergencias me mandaron a un baño a ponerme una bata porque me iban a hacer otra ultra para confirmarme el diagnóstico de la que me acababa de hacer.

Entré a cambiarme, pero todas las batas que vi tenían manchas de sangre, o estaban llenas de un líquido como amarillento. Con asco, tuve que escoger una que me pareció menos sucia.

Cuando me empezaron a hacer la ultra, quería que me dijeran que había sido un error, que mi hijo estaba vivo y que me faltaban pocos meses para tenerlo conmigo. Pero en esa pantalla tampoco se movió. Sí estaba muerto.

Después me hicieron exámenes de sangre, pero me dijeron que los resultados me los iban a entregar hasta el siguiente día. Yo le pregunté al doctor que me recibió, al de la ultra y a la enfermera qué podía pasarme. Tenía miedo. Me imaginaba que el feto estaba descompuesto y que mi vientre estaba podrido. Pensaba que me iba a morir.

Nadie me dijo nada. Solo me repetían que no me preocupara, que no era la única mujer a la que le había pasado eso, y que el siguiente día, cuando me entregaran los exámenes, me iban a explicar lo que seguía. Así me tuve que regresar a la casa, sin respuestas.”

Este día, Lisseth tiene en sus manos los resultados de esa ultrasonografía. Tienen membrete del Hospital 1.º de Mayo. El documento reporta que el feto tiene un crecimiento de 14 semanas con seis días —dos semanas más que en la ultrasonografía que se hizo en la clínica parroquial—. La prueba también confirma que el corazón del feto estaba detenido y que el líquido amniótico —en el que están sumergidos todos los fetos dentro del útero— que tenía entonces había disminuido.

El expediente del hospital también contiene resultados de los exámenes de sangre que le hicieron. En el expediente de 106 páginas se lee que le realizaron dos pruebas para conocer si el feto muerto de Lisseth estaba ocasionándole problemas de coagulación. Una de ellas se llama tiempo de protrombina, que sirve para medir cuánto tiempo tarda la sangre en coagularse. La otra prueba que se reporta es la que sirve para medir la presencia en la sangre de la proteína fibrinógeno —que ayuda a detener el sangrado.

“La noche de ese miércoles la pasé llorando. Me dieron como ataques de histeria. También tuve deseos de ver la ropa que ya le había comprado al bebé. Saqué de la bolsa pañales, mamelucos y camisetas. Me culpaba, creía que algo había hecho mal. Mi esposo y yo pasamos toda la noche en vela, hasta que amaneció el jueves 9 de mayo.

Regresamos al (Hospital) 1.º de Mayo por la respuesta de los exámenes. Cuando me los entregaron me pasaron con la doctora que me los iba a leer. Pero también entró un doctor y se puso a hablar con ella de una señora que tenía cáncer. Cuando terminaron de hablar, el doctor se quedó en el consultorio y mientras la doctora me examinaba y me hacía preguntas, el doctor llenaba mis papeles. Los dos me repitieron el discurso de que yo no era la única mujer a la que le había pasado eso, y dijeron que mis exámenes estaban bien.

— Mire, no hay medicamento, así que váyase a su casa y esperemos a que su cuerpo expulse el feto por sí mismo. No sabemos cuánto puede tardar, pero la naturaleza es sabia— me dijo la doctora.

— Doctora, pero a saber cuánto tiempo llevo con el bebé muerto. ¿Qué me garantiza que no me va a pasar algo peor en lo que espero?

— Mire, ya le hicimos los exámenes y usted está bien. Va a tener que venir todas las semanas a hacerse más exámenes hasta que salga lo que lleva adentro.

—¿Y cómo se llama el medicamento? ¿Lo puedo comprar aparte?

Todavía no me explicaban qué me podía pasar por llevar el feto muerto. Y yo tenía mucho miedo de morirme. Quien me contestó fue el doctor en un tono que me pareció grosero.

— Ummm, eso es carísimo, mamita. Vale como $700. Además, aunque usted lo quiera comprar, nadie se lo va a vender.

— Pero ¿cómo se llama?

— Es que no se lo van a vender, aunque usted quiera. Si ese es un medicamento restringido. Mire, si es que usted no crea que es la única. Si es que a todas se les está tratando igual. Como no hay medicamento a todas se les está dando el mismo tratamiento.

Me hablaron con tanta indiferencia, que me hicieron sentir que mis dolores y mis miedos no tenían justificación. No me daban explicaciones para tranquilizarme. Solo me repetían a cada rato que por algo pasaban las cosas y que la naturaleza nunca se equivocaba. Yo quería que me tranquilizaran con explicaciones de verdad, de esas que me dieran la seguridad de que esperar a que mi hijo se saliera por su cuenta no me iba a terminar matando. Hasta sentí que se molestaron porque les pedía explicaciones, pero estaba en todo mi derecho.”

De acuerdo con las “Guías Clínicas de Ginecología y Obstetricia” publicadas por el Ministerio de Salud (MINSAL), en febrero de 2012, Lisseth podía escoger entre dos tratamientos. Podía esperar a que su cuerpo expulsara por su cuenta al feto muerto. Así se iría a su casa y esperaría. Cada semana le harían chequeos para medir el nivel de coagulación de su sangre hasta que sintiera dolores de parto y sangrara o expulsara el feto. Entonces le harían un legrado. Ese proceso, en la jerga médica, se llama tratamiento expectante.

La otra opción implicaba quedar ingresada en el hospital. Ahí le harían tragar, o introducirían en su vagina tabletas de Misoprostol, un medicamento también utilizado para el tratamiento de úlceras gástricas que, debido a que produce contracciones en el útero y dilata los vasos sanguíneos, aceleraría la expulsión del feto. A ese tratamiento le llaman “activo”, pero Lisseth no pudo escoger.

El Misoprostol, entonces, estaba agotado. Y esa escasez la confirmó Edwar Herrera, el jefe del departamento de ginecología del Hospital 1.º de Mayo, el lunes 19 de agosto.

— Había habido un desabastecimiento (de Misoprostol) en el mercado nacional— aceptó el ginecólogo.

— ¿Cuánto tiempo duró ese desabastecimiento?

— Más o menos tres meses: mayo, junio, julio. Lo que sucede es que la empresa que lo vende no lo había traído al país.

Sin embargo, según la Oficina de Información y Respuesta (OIR) del ISSS, el medicamento dejó de existir en el Hospital 1.º de Mayo desde abril de 2013. “El producto (fue) declarado desierto en dos ocasiones previas… lo que generó la dificultad para la adquisición del producto”, responde al respecto la jefatura del Departamento de Bienes y Servicios del ISSS.

Y según el pronunciamiento oficial de las autoridades del ISSS, en relación con el caso de Lisseth, el medicamento sigue agotado. “Sencillamente, hace meses no hay ofertante a nivel de mercado local para una compra. Contamos con una serie de licitaciones declaradas desiertas por esa misma situación, pero aclaramos que administrativamente se realizan arduos esfuerzos para resolver dicha situación”, respondió el ISSS en un comunicado que hizo llegar por correo electrónico.

En su acto de rendición de cuentas, las autoridades del ISSS aseguraron que las farmacias de la institución están abastecidas con el 99.33% de los medicamentos que deberían tener. El Misoprostol sigue en la lista de los que todavía no han conseguido. Las autoridades de la institución añaden que están por incluir un medicamento alternativo que será incorporado al listado oficial de medicamentos. Sin embargo, hasta la fecha, todas las mujeres con un diagnóstico como el de Lisseth, quienes entre enero y julio de 2013 suman 372 solo en el Hospital 1.º de Mayo, deberán esperar a que sus cuerpos suelten los fetos muertos. Esta respuesta fue canalizada, también, a través de la OIR.

“Salí del consultorio con más miedos. Seguía sin tener la seguridad de qué tan riesgoso era para mí tener adentro el feto muerto. Me sentía al límite, estresadísima, nerviosísima, con miedo. Había perdido a mi hijo y ellos me hablaban como si creyeran que estaba haciendo mucho drama. No era drama, era dolor. Yo estaba mal, pero no me dieron la opción de hablar con un psicólogo.

Le conté a mi esposo que no había medicamento y que los doctores me habían dicho que no lo íbamos a poder conseguir. Él me dijo que buscáramos otra opción. Preguntamos con nuestros jefes, amigos y familiares por otros ginecólogos. Yo quería expulsar el feto lo más rápido que se pudiera. Ese mismo día logramos contactar a un ginecólogo. Nos dijo que nos iba a atender en su clínica privada.

Habló conmigo y me tranquilizó. Me dijo que él había tenido una experiencia similar con su esposa. Me aseguró que iba a hacer todo lo posible por ayudarnos.”

Además de los pasos y procedimientos clínicos, las guías de ginecología y obstetricia emitidas por el MINSAL estipulan que los médicos deben brindar apoyo emocional a pacientes como Lisseth. Edwar Herrera, jefe del Departamento de Ginecología del Hospital 1.º de Mayo, aseguró, el mismo 19 de agosto, que los médicos dan ese soporte.

—Durante la plática ahí se va viendo qué tanto se afecta ella (la paciente) anímicamente. Si prefiere que se le dé apoyo psicológico, se manda a la clínica de soporte para que se le dé ese tipo de atención.

—¿Cómo es el apoyo emocional que ustedes, como médicos, les dan?

—Básicamente hacerles ver (que) cualquier mujer, por muy sana que sea, tiene un porcentaje de riesgo a tener un aborto a lo largo de su vida. Y eso no implica que en el siguiente embarazo va a volver a tener un aborto. Luego, se trata de explicarle cuál ha sido la causa, para que ella tome sus precauciones para un próximo embarazo.

—¿Una mujer que consulta por un aborto fallido tiene más necesidad de apoyo?

— Sí, lo que pasa es que hay que explicarles bien, porque en algún momento ellas se pueden deprimir, o se pueden alterar mucho por el hecho de que el embarazo ya está perdido. Nosotros tenemos psicólogo de planta. Cuando hay necesidad solo se le sube a la consulta.

En el expediente que el Hospital 1.º de Mayo levantó del caso de Lisseth no hay ningún documento que respalde que a ella le hayan dado atención psicológica durante el tiempo en que llegó a atenderse a causa de su aborto fallido. En el expediente de la clínica comunal San Antonio, sin embargo, aparece una hoja de evaluación del estado de salud mental con fecha del 11 de junio, un mes después de que se enteró de su pérdida.

“El médico, de forma cautelosa, debe explicar por qué se detuvo el crecimiento del feto. No debe decir ‘a muchas mujeres les pasa lo mismo’, porque es minimizar el sufrimiento que la mujer tiene. Es como si cuando se muere tu papá te digan que tu papá no es el único que se ha muerto. Hay que tener sensibilidad”, asegura Isabel Camarena, una doctora en psicología que ha tratado con pacientes en duelo por abortos durante 21 años.

Camarena —quien ha trabajado en programas de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la Junta de Vigilancia de Psicología y con varios ministerios y dependencias del Gobierno— también asegura que el proceso de duelo de una mujer que ha perdido un embarazo deseado y planificado puede durar, en promedio, entre seis meses y un año. Y hace énfasis en que la atención psicológica y emocional debe ser constante y con fechas cercanas, para asegurar que la paciente supere su crisis con prontitud. “Una joven con ese caso (aborto fallido), no la voy a ver una vez al año, porque para nada la voy a ayudar. La tengo que ver una vez por semana, para que ella pueda superar el duelo, durante tres meses, más o menos, según qué tan afectada haya resultado por su pérdida”, afirma.

Se solicitó hablar con un profesional de la salud mental del Hospital 1.º de Mayo para conocer, entre otros aspectos, qué condiciones se deben identificar en una paciente para considerar que necesita atención psicológica y emocional. Pero la unidad de comunicaciones de la institución informó que la persona idónea para hablar de este tipo de atenciones estaba incapacitada. Esta respuesta se sostuvo durante más de dos semanas.

“En mi primer Día de la Madre yo llevaba en mi vientre a un bebé muerto. Ese 10 de mayo pasé encerrada en mi casa. Mi esposo estuvo apoyándome. Los dos estábamos con la angustia de que el doctor que nos iba a ayudar no nos llamaba. Recibimos la llamada hasta pasadas las 8 de la noche. Nos dijo que nos iba a recibir en su consultorio el siguiente día, el sábado 11 de mayo.

Nos había conseguido una muestra gratis de Misoprostol con un visitador médico. Nos dijo que no nos iba a cobrar nada por la pastilla. Nos contó la experiencia que tuvo con su esposa y me explicó los riesgos que tenía por llevar al bebé muerto.

Me dijo que era bien difícil que el bebé se me pudriera y me diera una infección como yo pensaba. El feto se me estaba haciendo duro (proceso de calcificación) y me aclaró que por eso hacer un legrado sin antes haberlo expulsado me podía provocar perforaciones en el útero. Que después sí ya no iba a poder tener hijos, y que por eso era tan importante que esperara. Lo que podía pasarme al llevarlo muerto era que me produjera problemas de circulación y me diera una hemorragia. Hasta ahí lo entendí.

El doctor me introdujo el medicamento y fue bien claro. Si esa única pastilla no me hacía efecto, no me quedaba más remedio que esperar a que el feto se me desprendiera solito. Me dijo que no había posibilidad de conseguir otra pastilla, por lo mismo de la escasez del medicamento. Solo nos cobró la consulta. Y solo me quedaba esperar y rogar para que me hiciera efecto rápido.

Sentí las primeras contracciones y empecé a manchar ese mismo sábado por la noche. Pasé toda la noche y toda la madrugada como si estaba en labores de parto. Expulsé el feto como a las 6:30 de la mañana del domingo 12 de mayo.

Lo vi. Estaba pequeñito y me cabía en una sola mano. Su cuerpecito y sus extremidades estaban bien formados y definidos. Empecé a llorar y a temblar. Ya teníamos la cuna para él —y todavía la tenemos— pero me tocó meterlo en un bote de vidrio. No lo quise ver más. Estaba tan mal que mi esposo me ayudó a guardarlo. Nos fuimos al (Hospital) 1.º de Mayo.

Me agarraron el bote con el feto y me pasaron de emergencia. Cuando la doctora empezó a revisarme, empecé a tener una hemorragia y me pasaron al quirófano, porque me iban a hacer el legrado. Después de eso, pasé sangrando un poco y se me quitó hasta ese día por la noche. Manché la sábana de la cama en la que estaba, pero nunca me la quitaron a pesar de que estaba toda ensangrentada. Solo me cambiaron la bata cuando me fui a bañar. Me fui al mediodía, del lunes 13 de mayo, y pasé todo el tiempo con la sábana sucia.”

Según el expediente registrado en el Hospital 1.º de Mayo, Lisseth fue evaluada a las 7:40 de la mañana. El reporte de la evaluación indica que Lisseth llevó al hospital el feto que expulsó. También revela que presentaba un sangrado abundante, mayor que la regla. En el expediente se consigna que entró a sala de operaciones a las 8:55 de la mañana, y salió a sala de recuperación a las 9:45.

Según lo reportado en las hojas de observaciones y cuidados de enfermería del hospital, Lisseth permaneció con un sangrado vaginal constante, pero escaso, hasta las 6 de la tarde del 12 de mayo. Permaneció en el hospital hasta el siguiente día, el lunes 13 de mayo.

El 28 de agosto, en una rueda de prensa antes de que las autoridades del ISSS iniciaran su rendición de cuentas, se cuestionó al director general del ISSS, Leonel Flores, sobre los métodos que la institución utiliza para asegurarse de que su personal siga los protocolos y guías clínicas con sus pacientes.

—Nosotros tenemos normativas. Precisamente estamos trabajando en esas normativas del Seguro Social... Tienen que ser revisadas para que sean prácticas, y esas normativas tienen que ser prácticas con todos los médicos, personal de enfermería y todo lo demás— respondió el médico.

—¿Realizan monitoreos al personal?

— Hay uno que se llama monitoreo y evaluación de la parte médica, que pertenece a la subdirección de salud.

—¿Cada cuánto se realiza ese monitoreo?

— El monitoreo es constante, hay un grupo que solamente pasa en ese aspecto.

Después, Flores se apresuró para dar inicio al acto en el que habló de los avances de la institución en el período comprendido entre junio de 2012 y mayo de 2013. Más tarde, luego de que el evento finalizara, Ramón Menjívar, subdirector de salud, ahondó sobre ese monitoreo. Mencionó que la institución se asegura de que su personal médico siga los protocolos de atención establecidos mediante comités de calidad. También dijo que esos comités funcionan en los 84 centros de salud —entre hospitales, unidades médicas y clínicas comunales— de la institución.

Según Menjívar, los comités tienen la obligación de revisar al menos 10 expedientes, al azar, de los usuarios que llegan a atenderse. Revisan diagnósticos, tratamientos, entre otros aspectos. “El Seguro Social, dentro de su ley, tiene la posibilidad de que si un derechohabiente se siente insatisfecho por la atención brindada, puede poner una queja, una demanda, y nosotros estamos obligados a darle respuesta, e incluso a veces a (dar) reintegro económico, si no atendimos oportunamente, o si comprobamos que hubo negligencia de parte nuestra”, hizo énfasis, además en que esos comités de calidad revisan 10 expedientes semanales.

“Yo he aprendido a pedir disculpas. Pero igual, vamos a investigar esa situación. Muchas veces, la gestión local falla. Yo tengo un intendente para que ande viendo lo de la limpieza… Tenemos las herramientas para evitar eso. Y si no, hay que corregirlo también. ¿Cómo se corrige? Revisando. Por lo menos en el área del (Hospital) 1.º de Mayo, la mortalidad ha disminuido”, agregó cuando se mencionó las situaciones de insalubridad que Lisseth asegura haber experimentado.

“Me iban a analizar el feto y lo que me habían sacado en el legrado. Me dijeron que los resultados iban a estar en junio. Pasó el mes y cuando llegué, un doctor me leyó los resultados de los exámenes que me mandaron a hacer.

—No le mandaron a analizar el feto, pero alégrese porque estos resultados dicen que usted está bien, no tiene ningún problema— me dijo.

Yo esperaba que con esos exámenes me dijeran qué había estado mal en mi embarazo. Les llevé a mi hijo porque pensé que también lo iban a revisar. Tenía la esperanza de que también me confirmaran el sexo, porque a mi esposo y a mí nos pareció que era niño. Pero ni eso. Me arrepiento de haberlo llevado, porque, ni me lo entregaron, ni me lo examinaron. Ahora no sé donde está, y lo hubiera querido enterrar.

Si me hicieron la evaluación psicológica fue porque casi le rogué a la doctora de la clínica comunal. Me seguía repitiendo que yo no era la única y que pronto se me iba a pasar. Por fin, el 11 de junio me hizo llenar un cuestionario y me programó una cita para el 23 de agosto. Pero cuando fui a la cita, me dijeron que quien me iba a atender tenía incapacidad. Y me la han reprogramado para el 8 de octubre. No creo que esto sea atender bien al paciente.

Ya puse una queja al punto seguro del ISSS y me estoy asesorando para poner una demanda. Sé que la muerte de mi hijo no se pudo evitar. Pero también sé que sí me pudieron detectar su muerte antes, me pudieron haber explicado bien y darme el medicamento cuando lo necesité.”

El expediente de Lisseth también presenta los resultados de una prueba de patología. Entre las especificaciones, deja claro que es un estudio del “producto del legrado uterino”. Detalla que fueron “numerosos fragmentos” y que juntos midieron 3 centímetros. Aunque el documento informa que Lisseth llevó su feto ese 12 de mayo que le hicieron el legrado, los resultados de esa biopsia no hacen referencia a ningún feto.

—¿Ustedes analizan el feto de un aborto fallido?— fue la pregunta para Edwar Herrera, jefe de Ginecología del Hospital 1.º de Mayo.

— Sí. Se manda al laboratorio de patología. Ahí le analizan el tejido y cuando ya hay un feto bien formado se revisa que no tenga anormalidades o algún problema detectable. Entre más pequeño es, solo se logra verificar que el tejido sea el de un embarazo normal. Lo importante es, en la biopsia, que no se trate de un embarazo molar —cuando la placenta crece de forma anormal y se hace una masa de quistes que podrían llegar a ser cancerosos— aseguró entonces el médico, antes de mencionar que el feto no se le entrega a la madre.

Se solicitó un pronunciamiento oficial al ISSS sobre el caso de Lisseth. Por lo que, luego de analizar sus expedientes, la institución emitió su posición por medio de correo electrónico.

“El Instituto es enfático en decir que se ha cumplido con la guía de manejo médico-legal en el caso de la señora Solórzano.” En el comunicado, las autoridades del ISSS agregaron: “El hijo de ella pudo haber tenido tamaño de la semana que no le correspondía, pero por una diversidad de factores; no necesariamente que ‘haya dejado de crecer’ por estar sin vida desde antes”.

También hace énfasis en la necesidad de una evaluación sobre la atención y las prácticas de higiene hospitalaria, que esté basada en lineamientos internacionales, para que puedan tomarse las valoraciones de Lisseth como conjeturas reales de malas prácticas dentro de la institución. “Esto no quiere decir que un ciudadano no pueda hacer valoraciones, claro que puede hacerlo, pero estas no pueden ser consideradas como hechos si no hay una comprobación técnica”, afirma el comunicado.

“Se ha verificado el historial médico y hay evidencia (de) que durante su embarazo la señora Solórzano consultó de forma privada. Esto invalida totalmente cualquier acusación de maltrato o de mal procedimiento, porque significa que no ha acudido íntegramente a llevar un control con el Seguro Social”, enfatiza.

Empero, el ginecólogo Francisco Argüello, luego de leer el expediente de Lisseth, considera que ve poca claridad en los registros de sus controles prenatales. Argüello —quien suma a su trayectoria 22 años de docencia en la Universidad de El Salvador, haber sido jefe de residentes en Cliveland Clinic de Estados Unidos, y haber desempeñado la jefatura de servicios en el Hospital Nacional de Maternidad— considera que se pudo detectar la interrupción del embarazo.

“El aborto se pudo haber diagnosticado más tempranamente y hubiera estado sometida a menos riesgos. En el control prenatal no aparecen las dimensiones del vientre y el peso que fue ganando fue poco”, afirma. Agrega que determinar el tamaño del vientre —dato que según el expediente de Lisseth solo aparece en el registro del 30 de abril—, y verificar que el peso que ha ganado la paciente sea congruente con el desarrollo del embarazo, son actividades indispensables en cada control prenatal.

No deja de subrayar la necesidad de analizar “con lupa” las atenciones que recibió Lisseth, para obtener criterios más fundamentados. “Lo que sí le puedo decir es que cuando hay amenaza de aborto, por mínima que sea, es necesario monitorear a la paciente, cada una o dos semanas, incluso cada 72 horas si lo amerita. Y, por lo que veo, con ella eso no sucedió”, concluye.

Lisseth ha iniciado el proceso para señalar las faltas que ella considera que se cometieron en su caso. Esta tarde, en este parque de Antiguo Cuscatlán, asegura que llevará su caso a instancias legales. Antes de levantarse de la banca de concreto, ordena el rimero de papeles con los que quiere demostrar que su queja tiene fundamento.

—No quiero dinero. Lo que quiero es que admitan los malos tratos que algunos de sus doctores tienen con nosotros los pacientes. Hay gente que calla por miedo, y que se resigna con que fue la voluntad de Dios o de la naturaleza. Pero no es justo que más mujeres pasemos por esto.

El jueves 12 de septiembre, llevará todos estos documentos a la Fundación de Estudios para la Aplicación del Derecho (FESPAD), donde le darán asesoría y acompañamiento legal, para que la semana siguiente interponga una denuncia formal. Antes irá a una consulta con la jefa de residentes de ginegología del hospital 1° de Mayo, como resultado de la queja que puso en el Punto Seguro. En el chequeo que durará media hora la doctora le dirá, con mucha amabilidad, que el ISSS le garantizará un tratamiento y los exámenes necesarios para cuando decida volver a embarazarse, porque será un embarazo de riesgo.

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