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La esperanza del volver a ser persona es del tamaño de un diente

Cada vez que la Fiscalía General de la República abre una fosa clandestina gracias a la información de un testigo criteriado, por lo general, no encuentran solo a la víctima que el criteriado identifica, hallan más. Pero, con esas otras osamentas, no se abre investigación, no se cotejan muestras de ADN ni se entregan características a familiares de desaparecidos. Solo se almacenan en cajas de cartón. Y ahí, esperan.

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Lo primero que extraen los arqueólogos forenses de una osamenta son los huesos de los pies. Recogen falanges, metatarsos y tarsos con la paciencia de quien arma un rompecabezas . Siguen con las tibias y los peroné, fémures, la pelvis, el sacro, las vértebras y costillas. Así, de abajo para arriba, hasta terminar con el cráneo.

Afuera, los forenses meten los huesos en una bolsa y la marcan con una serie de números y letras que indica la fecha y el lugar donde ocurrió el hallazgo. Un inventario que sirve, a veces, para identificar a esos restos.

La segunda parte del proceso, que busca dar con el nombre de la víctima y el culpable del crimen, ocurre en un laboratorio del Instituto de Medicina Legal (IML). Allí, los antropólogos retiran todo el tejido blando que pueda tener la osamenta como músculos, tendones, ligamentos y cartílago.


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