La herencia de Romero en el primer cardenal salvadoreño

Desde la homilía y desde sus comparecencias públicas, ha sido una voz que no teme señalar los vicios de la sociedad en la que habita. Ha sido también el hombre perfecto para el diálogo, al que acuden los bandos en conflicto en busca de respuestas. Gregorio Rosa Chávez, el primer salvadoreño en la historia que será nombrado cardenal de la Iglesia católica, se revela en este trabajo como un hombre caluroso que se esfuerza por ser alguien sencillo y accesible, a pesar de los honores y las responsabilidades, capaz de darle espacio a quien lo busca. Un hombre, en fin, que existe para mantener vivo en su figura el legado de sus grandes maestros, Óscar Romero y Arturo Rivera y Damas, en una sociedad convulsa y necesitada como la de El Salvador.
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Desde fuera, desde lejos, la de este sacerdote es una imagen de fría intelectualidad, dice el pastor Mario Vega, de la iglesia evangélica Elim. En efecto, en entrevistas y comparecencias públicas, parece calcular hasta el extremo el peso de sus palabras, la intensidad de sus gestos, la frecuencia de sus sonrisas. Es la seriedad hecha persona.

Ahora, un día después de que el papa Francisco sorprendió a toda la comunidad católica en El Salvador (él incluido) anunciando su futuro nombramiento como cardenal de la Iglesia, monseñor Gregorio Rosa Chávez luce emocionado por un reconocimiento que, quizá, tampoco se esperaba: un enorme sobre con las cartas escritas para él por alumnos del Complejo Educativo San Francisco.

Una joven, de voz entrecortada y nerviosa, ha sido la elegida para su entrega. Monseñor espera en actitud solemne, el cuerpo estricto, tomándose de las manos.

—Estamos emocionados por este nuevo nombramiento que le da la Iglesia y le ofrecemos nuestro más sentido... eh –dice la muchacha, quien parece no encontrar el siguiente eslabón de la cadena.

—Pésame –complementa Rosa Chávez, mientras explota, en este patio de limpieza monasterial, un petardo de risas adolescentes.

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