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La lección de la guerra

La enseñanza del periodo de la Guerra Civil continúa siendo una deuda en El Salvador. El programa de estudios básicos y de educación media lo contempla en apenas dos momentos: en el cuarto grado y en una sola unidad del primer año de Bachillerato. A la complejidad del contenido se suman las pocas directrices dadas a los profesores en las aulas de clase, de quienes depende, en última instancia, la calidad de la enseñanza.
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Importancia. Conocer la historia es un elemento primordial para entender los procesos que definen la realidad de un individuo.

Importancia. Conocer la historia es un elemento primordial para entender los procesos que definen la realidad de un individuo.

Espacio. El MUPI tiene un convenio con el Ministerio de Educación para darle a alumnos de primaria la enseñanza de contenidos de historia con un enfoque diferente a la que le puede dar el profesor en el aula.

Espacio. El MUPI tiene un convenio con el Ministerio de Educación para darle a alumnos de primaria la enseñanza de contenidos de historia con un enfoque diferente a la que le puede dar el profesor en el aula.

Lúdico. El museo trata de hacer interesante el contenido para niños que no pasan de los 12 años. Para ello echan mano de estas guías repletas de juegos y dibujos. El museo también realiza exposiciones móviles en los centros educativos que así lo soliciten.

Lúdico. El museo trata de hacer interesante el contenido para niños que no pasan de los 12 años. Para ello echan mano de estas guías repletas de juegos y dibujos. El museo también realiza exposiciones móviles en los centros educativos que así lo soliciten.

Reciente. “En el tema de la enseñanza de la guerra, el mejor aliado será el tiempo”, comenta el historiador y docente Ricardo Ribera a propósito de que solo han pasado 24 años de los Acuerdos de Paz. Por ello, enseñar el conflicto armado representa un reto mayúsculo.

Reciente. “En el tema de la enseñanza de la guerra, el mejor aliado será el tiempo”, comenta el historiador y docente Ricardo Ribera a propósito de que solo han pasado 24 años de los Acuerdos de Paz. Por ello, enseñar el conflicto armado representa un reto mayúsculo.

Conflicto. La enseñanza de periodos históricos lejanos en el tiempo es mucho más sencilla que la de aquellos sucedidos hace pocos años como la guerra civil.

Conflicto. La enseñanza de periodos históricos lejanos en el tiempo es mucho más sencilla que la de aquellos sucedidos hace pocos años como la guerra civil.

La lección de la guerra

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¿Cómo se enseña una guerra? Esa es la pregunta que se hace el docente Mario Cruz, una con la que ha tenido que lidiar por más de 20 años como maestro de Estudios Sociales.

Se trata de un contenido que se presenta complejo por ser uno de historia reciente, en el que no existen versiones definitivas y que, debido a que sus protagonistas todavía continúan con vida, despierta pasiones encontradas: no es lo mismo hablar de José Matías Delgado que de Salvador Sánchez Cerén. Así es posible ver en un mismo salón de clases al nieto o hijo de un militar y al descendiente de un exguerrillero, cuyas opiniones chocarán por lo que cada uno ha escuchado en su casa. O a un adolescente para el que el contenido no significa nada.

Conflicto. La enseñanza de periodos históricos lejanos en el tiempo es mucho más sencilla que la de aquellos sucedidos hace pocos años como la guerra civil.

A esa complejidad se suma la historia personal del docente. Como en el caso de Cruz, quien peleó en uno de los dos bandos y perdió a varios seres queridos a manos del Ejército.

Cuando llegó el primer gobierno de izquierda a Casa Presidencial, muchos esperaron que aquello que se hablaba en actividades de memoria, con las víctimas como centro, se convirtiera en historia oficial, transmitida a todos los nuevos ciudadanos a través de un instrumento masivo, las escuelas de todo el país. Pero no ha ocurrido.

¿Cómo se enseña la guerra civil en las aulas de clase de El Salvador? No hay una sola directriz obligatoria más allá de lo incluido en el libro de texto. El último editado por el gobierno se remonta a 2009, postrero año de mandato de Elías Antonio Saca. Por lo tanto, los gobiernos de izquierda han cambiado muy poco la manera en la que esta se enseña.   

La guerra solo se da como una temática separada en una unidad en el primer año de Bachillerato. Y en el libro de texto el contenido puede calificarse como pírrico: 412 palabras distribuidas en dos páginas para explicar un fenómeno que dejó a más de 70,000 muertos tras de sí. Un texto de extensión parecida se utiliza para hablar de los Acuerdos de Paz.

“Los principales escenarios de enfrentamiento fueron el norte y oriente del país. Tanto el ejército como la guerrilla desarrollaron variadas y cambiantes estrategias con el apoyo técnico y financiero de Estados Unidos y del bloque socialista, respectivamente. La ofensiva de noviembre de 1989 evidenció la inviabilidad de la lucha militar. Por lo tanto, era inevitable la salida política, cambiando el rumbo hacia la negociación de la paz”, dice uno de los pasajes. Pocos datos, pocas fechas y pocos elementos de importancia para detener la mirada. No hay siquiera una mención a Monseñor Romero o a los sacerdotes jesuitas. Ni siquiera un apunte de la masacre de El Mozote. Uno solo al informe de la Comisión de la Verdad, pero omitiendo los crímenes.

Aunque se limitan a cubrir el programa, las editoriales privadas ofrecen una alternativa. Ese es el caso de la española Santillana, la que más se repite entre los profesores consultados para este trabajo. Seis páginas se dedican al tema, pero sí hablan de aquello de lo que carece el texto oficial. Incluso se encuentra un mapa que ubica en el territorio las principales masacres perpetradas por las fuerzas del Estado durante la guerra civil: El Mozote, Río Sumpul, La Quesera y El Calabozo. También la realizada por la guerrilla en la zona Rosa de San Salvador.

“Según admite la comisión Kissinger: ‘En El Salvador, en 1980, 66 % del ingreso nacional fue recibido por el 20 % más rico de la población, mientras el 20 % más pobre recibía el 2 % de dicho ingreso’”, dice un recuadro destacado en el libro, donde se ilustra (no solo se menciona) a la superlativa desigualdad social como una de las principales causas del conflicto.

Del lado gubernamental hay un texto que puede servir como apoyo, aunque su utilización es solo una opción para el maestro. Se trata del segundo tomo de “Historia”, editado en el mismo año que el de Estudios Sociales y Cívica. Su mirada en la guerra civil es más reposada: un poco más de 20 páginas se detienen en la causa de manera cronológica y se habla de la ausencia de espacios democráticos que desembocaron en una cada vez más intensa protesta social, que devino en guerra.

Allí se incorporan dos párrafos dedicados al informe de la Comisión de la Verdad. En un afán de equilibrio, se habla de una violación de derechos humanos por cada parte en conflicto: la masacre de El Mozote, en la que se señala como culpables a unidades del Batallón Atlacatl; y la de la Zona Rosa, atribuida a miembros del Partido de los Trabajadores de Centroamérica. El 90 % de las denuncias para confeccionar el documento fueron hechas contra las fuerzas de seguridad del Estado.

La historia de El Salvador, de forma general, parece tener destinado un espacio limitado en los programas de Estudios Sociales. Se toca levemente hasta el cuarto grado, aunque la separación de los contenidos se realiza por grandes periodos, que cubren más de 20 años, como si hechos como la guerra civil no significaran un hito en el devenir nacional. Aquel donde aparece una mención a la Guerra de las Cien Horas y al conflicto armado, “Hechos importantes ocurridos en El Salvador entre 1970 y 1992”, se comprimen en cinco páginas.

En los dos grados que siguen al cuarto, la historia de El Salvador desaparece a favor de la de Centroamérica y América Latina. En tercer ciclo, la historia comienza a enseñarse de manera inversa: primero la universal y de América Latina para luego ir cerrando el enfoque en El Salvador, que se imparte en primer año de Bachillerato. El siglo XX se comprime en una sola unidad, “Historia política reciente de El Salvador”, de 43 páginas. El contenido debe desarrollarse en un máximo de dos meses.  

Wilfredo Granados, gerente de Gestión y Desarrollo Curricular para educación media del Ministerio de Educación, es el encargado de definir las directrices con las que se deben conducir los docentes de bachillerato en todo el país. Según afirma, se antoja demasiado lejos un cambio al libro de texto o al programa referido a Estudios Sociales y, en específico, a lo relacionado con la guerra civil en El Salvador.
Una de las razones, sobre todo, corresponde al aspecto económico: el Ministerio de Educación no está capacitado para realizar una inversión en un nuevo libro de texto. En caso de que algo de esta naturaleza se busque, comenta, dependería de la ayuda internacional, como ocurrió con el último libro de texto gubernamental, el lanzado durante el mandato de Antonio Saca. Eso, dice, no se traduce en que para este contenido no exista una discusión viva al interior del departamento que él dirige.

“Para nosotros es algo central. Hablamos, sobre todo, de enfocar el estudio en analizar los Acuerdos de Paz, si en verdad lo previsto en ellos era suficiente para que superáramos las causas del conflicto”, comenta Granados.

Reciente. “En el tema de la enseñanza de la guerra, el mejor aliado será el tiempo”, comenta el historiador y docente Ricardo Ribera a propósito de que solo han pasado 24 años de los Acuerdos de Paz. Por ello, enseñar el conflicto armado representa un reto mayúsculo.

Solo para una materia se vislumbra la creación de un nuevo material. Se trata de Matemáticas y se espera que llegue a los salones de clases en 2018. Tampoco se contempla un plan para acercar textos como el informe de la Comisión de la Verdad de forma masiva a los alumnos.

“No le voy a mentir diciéndole que lo que contienen los libros de texto es lo ideal. Me parece que el informe de la Comisión de la Verdad debería ser central… Incluso he tenido la oportunidad de ver que en escuelas se discute ese documento y ha dado muy buenos resultados… Pero todavía no contamos con los recursos para masificarlo. Nuestros recursos siempre han sido limitados”, comenta Granados.

Pero lo de la creación de nuevos libros de texto nunca ha sido una prioridad en la enseñanza en El Salvador. Solo basta recordar que antes de la edición lanzada en el gobierno de Antonio Saca la última colección gubernamental había visto la luz en 1993.

Los más recientes esfuerzos del departamento que dirige Granados corresponden a la formación de docentes, tanto la inicial (la que se imparte en las universidades) como la de seguimiento, enmarcada en el Plan Nacional de Formación Docente.

En cuanto a la primera clase de formación, el programa se inclinó mucho más en los aspectos disciplinares que en los pedagógicos, es decir, en los conocimientos específicos de cada especialidad que en cómo debe enseñarse. En el caso de Estudios Sociales se reforzaron aspectos como la historia o los derechos humanos. La reforma comenzó en 2012, por lo que será hasta finales de este año cuando egrese la primera promoción formada con el nuevo enfoque.

En cuanto al Plan Nacional de Formación Docente hay 300 maestros que se están educando concretamente en Estudios Sociales. Estos pasarán a enseñarle lo aprendido a más profesores tras completar los ocho módulos. Hasta el momento han aprobado cinco. Pero una metodología para enseñar un periodo con tantas aristas como la guerra civil tampoco es prioridad.

Sin embargo, el sistema educativo sobrelleva una realidad: debido a los complicados esquemas para ingresar al sistema público, buena parte de educadores no enseñan lo que estudian, como lo reveló un reportaje publicado por esta revista el 3 de julio de 2016.

“Son debilidades del sistema que conocemos, pero que su solución es de una gran complejidad. Ya se ha hablado con las direcciones departamentales para un reordenamiento, pero no es una cosa que estará resuelta en el corto plazo”, dice Granados.  


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 El docente, por tanto, se encuentra casi solo ante la tarea de enseñarle a jovencitos que no la vivieron una época de la historia que resuena en el presente con toda su complejidad. Tarea que, según los cinco docentes consultados para este trabajo, todavía se menosprecia entre los colegas profesores, dándole un nivel por debajo de Matemáticas o Lenguaje, consideradas más prácticas. Incluso el programa de estudios le establece una hora menos a la semana que las mencionadas.

“No es raro escuchar en las escuelas que se dice ‘cualquiera puede enseñar Estudios Sociales, no tiene incidencia en la vida de un estudiante’. Realmente es todo lo contrario, porque es la única asignatura que tiene como objetivo la creación de ciudadanía”, dice María Iraheta, actualmente en la dirección departamental de Educación de San Salvador y docente de esa materia por más de una década.
Para la profesional, a las pocas directrices para impartir un contenido de esta naturaleza se agrega otro problema: la comodidad del maestro. Un docente en soledad puede hacer la diferencia, pues cuenta con libertad de cátedra. Pero, comenta María, lo que ha observado en sus años en el medio es que el profesor se limita a copiar lo que aparece en el libro de texto.

María habla de varias técnicas para hacer del contenido algo más cercano para el alumno, no una “sucesión de fechas y nombres”, las que utilizó en su época en las aulas. Una de ellas destaca entre las otras porque se parece mucho a otra que, por lo menos en el papel, se ha institucionalizado en Chile para enseñar el periodo de Augusto Pinochet: hablar del conflicto desde las historias particulares de las personas que habitan la comunidad, ponerle el rostro del vecino a esa problemática que, en el libro de texto, parece una abstracción.

El enfoque en la enseñanza de este periodo en particular depende, en buena medida, también del centro de enseñanza. En el Instituto Emiliani o el Externado San José, por ejemplo, la institución invita a su docente a explorar el contenido más allá de los libros de texto. Así se incluyen otros autores y, sobre todo, un documento capital: el informe de la Comisión de la Verdad, “De la locura a la esperanza”, publicado en 1993, solo un día antes de la promulgación de la recién derogada Ley de Amnistía General para la Consolidación de la Paz, del 22 de marzo de ese año. La Secretaría de Cultura lanzó en 2014 una nueva edición del documento, pero no está contemplado por el Ministerio de Educación que sirva como un libro de texto.


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 Una de las pocas diferencias en la manera cómo se enseñaba la guerra civil en la época de los gobiernos de Arena con la de los mandatos del FMLN recae en una mayor colaboración con una institución en específico: el Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI). Pero esta se limita a las visitas guiadas. En el actual sistema, que apenas empezó este año, el enfoque ha recaído en los alumnos de primero a sexto grado. La justificación es el deseo de crear un mayor acercamiento de los estudiantes a la institución desde las edades más tempranas.

Según la coordinadora de proyectos del MUPI, Claudia García, la actual alianza es una en la que Ministerio de Educación aporta $50,000 para que puedan asistir a las instalaciones unos 3,000 niños al año, pertenecientes a 70 escuelas, cinco por cada departamento. Estos recursos no cubren el transporte, que debe ser gestionado por cada una de las escuelas con otras instancias, como alcaldías u ONG.

Espacio. El MUPI tiene un convenio con el Ministerio de Educación para darle a alumnos de primaria la enseñanza de contenidos de historia con un enfoque diferente a la que le puede dar el profesor en el aula.

Desde el inicio del gobierno de Mauricio Funes hasta el año pasado, el enfoque era diferente, pues se le daba primacía a jóvenes de primer año de Bachillerato que, como parte de los contenidos en Estudios Sociales, estaban estudiando el apartado “Historia política reciente de El Salvador”, donde se contempla la guerra civil y los hechos de 1932, otro de los fuertes del MUPI. Entonces los recursos eran destinados a aquellos profesores y directores de escuelas que, por iniciativa propia, buscaban gozar del beneficio.
“Antes estaba a criterio del profesor. Nos buscaban porque querían que sus alumnos recibieran contenido de alguien con una visión diferente a la del docente”, comenta García.

Carlos Henríquez Consalvi, director del MUPI, pondera la importancia de que se tome en cuenta el trabajo del centro que dirige porque, según comenta, su método de trabajo proviene desde la “intrahistoria”, desde la voz de los que no la tuvieron por décadas, como en el caso de 1932, donde los contenidos utilizados se confeccionaron a partir del testimonio de algunos de los sobrevivientes indígenas.

Esta tarde de julio, una parvada de niños puebla de voces y risas las pequeñas instalaciones del museo. Vienen desde el Centro Escolar Loma de en Medio de Panchimalco. Es una de las escuelas beneficiadas por el acuerdo entre el MINED y el MUPI. Jackeline López, encargada del archivo, se dispone a hacer ameno un paseo por la historia para niños que no pasan de los 11 años.

“¿Alguno de ustedes ha ido alguna vez a Sonsonate?”, pregunta López, ante lo que recibe como respuesta un contundente no, seguido de nerviosas carcajadas. Lo hace para ubicar en el espacio a los pequeños sobre los hechos ocurridos en 1932, unos para los que todavía no se ha consolidado la palabra “genocidio”.

Los forma en parejas y les explica la dinámica con la que iniciará la actividad. Cuando ella lo indique, deben separarse del compañero con el que están y buscar a alguien diferente para formar una figura en específico de la media docena que les acaba de explicar. El que pierda deberá responder a sus preguntas. Ante la amenaza, todos se afanan en no ser los últimos. También han prestado atención para responder con propiedad si, en el peor de los casos, deben hacerlo.

Tras ello, a cada uno se le entrega un cuadernillo con contenidos referentes a las exposiciones del museo. Están llenos de cuestionarios, juegos como laberintos y dibujos para colorear.

Lúdico. El museo trata de hacer interesante el contenido para niños que no pasan de los 12 años. Para ello echan mano de estas guías repletas de juegos y dibujos. El museo también realiza exposiciones móviles en los centros educativos que así lo soliciten.

Los niños se esfuerzan por llenarlo en el menor tiempo posible. Para ello deben recorrer todo el recinto, en el que van descubriendo cosas que nunca habían visto: Monseñor Romero niño, mujeres armadas para la guerra y, lo que más los impresiona, las fotos de los sacerdotes jesuitas asesinados en 1989.
Manuel Carrillo es el director del centro escolar. Asegura que nunca habían podido visitar el sitio y agradece la oportunidad.

“Cuando oímos ‘Museo de la Palabra y la Imagen’ creímos que veníamos a algo más relacionado con el lenguaje, no con la historia… Hemos podido ver un montón de cosas nuevas, que no están en los programas”, dice Carrillo, que dirige una escuela con siete profesores. Hoy no ha venido la docente encargada de impartir Estudios Sociales. El director afirma que para las decenas de alumnos que asisten a su escuela el único material que se utiliza es el libro de texto. Es una cuestión de recursos.
Días antes también visitó el museo con su grupo de alumnos el profesor Augusto, quien da clases en un colegio privado de San Salvador. Los jóvenes asisten al primer año de Bachillerato. En su caso, y gracias a los recursos del centro de enseñanza, puede ampliar aún más el rango. Un día después al que recorrieron el MUPI, se trasladaron al Museo Militar en el cuartel El Zapote, en el barrio San Jacinto.

“Trato de hacer este equilibrio por una cuestión didáctica, para que los alumnos se creen su propio criterio, que sepan que ambos bandos tuvieron su cuota de responsabilidad en la guerra. También para no meterme en problemas”, comentó Augusto. El último apunte corresponde a algo que, dijo, le ocurrió hace dos años: un padre de familia llegó a quejarse con el director de su escuela. La razón era que su hija le había preguntado si él, cuando era más joven, había acabado con poblaciones como El Mozote. El padre de familia era un militar.


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El Salvador no es el único país con un complicado pasado reciente para enseñar en sus salones de clases. Es una realidad que comparten casi todos los otros países de América Latina. Allí está el caso de Guatemala, donde temáticas como el genocidio ixil todavía polarizan a todo el país, por lo que se toca casi con pinzas por los profesores, como lo refleja el reportaje “Una pugna en las escuelas”, publicado por el periódico digital Plaza Pública en 2012.

Chile, a la vanguardia en América Latina en varios temas, también presenta deficiencias en la compleja tarea de la enseñanza de la historia reciente. Según Juan Ortega, miembro de la ONG sobre educación ECO, el momento más delicado de la historia reciente de ese país, el golpe de Estado y el posterior gobierno de Augusto Pinochet, forma parte del programa de estudios de la nación desde 2009. Pero no pasa de ser una mera formalidad: cerca del 60 % de los centros de enseñanza en el país son privados. Los dueños de los mismos se muestran poco abiertos a que se toque un tema que resulta polémico y los profesores se resignan a no enseñarlo ante el temor de perder su empleo.

Un solo país se tomó la enseñanza de un duro pasado reciente como un tema de nación. Es Argentina, que ha creado toda una asignatura para explicarle a sus nuevos ciudadanos el periodo de la dictadura y de la guerra sucia. El centro de la propuesta es el texto “Pensar la dictadura: terrorismo de Estado en Argentina”, reeditado en 2014 y enfocado en la secundaria y educación media.

En 187 páginas distribuye su contenido para responder 25 preguntas clave, agrupadas en cuatro ejes temáticos: El terrorismo de Estado, Dictadura y Sociedad, La dictadura en el mundo  y El pasado en el presente. Al texto lo acompañan otros materiales de estudio, con una metodología más lúdica. Según el departamento de prensa del Ministerio de Educación y Deportes, con la llegada de Mauricio Macri al poder se está viviendo un periodo de transición, pero se piensa en continuar con el mismo camino enfocado en las víctimas de un pasado doloroso.

Esta tarde de julio, las risas y voces de niños continúan en el Museo de la Palabra y la Imagen. Dos horas ha durado la visita del Centro Escolar Loma de en Medio, de Panchimalco, y decenas de pequeños se preparan para regresar al autobús que los trajo desde su escuela. Algunos están entusiasmados. Otros bostezan.

Dentro del recinto, Carlos Henríquez Consalvi se ha quedado dirigiendo la visita de un grupo de extranjeros, que, en inglés, lo acribillan a preguntas: el significado de este personaje, el peso de este hecho histórico, cómo se trata la pesadilla de la guerra en El Salvador de hoy. Con tono calmo, responde a las interrogantes por medio de un traductor e invita a ver más cosas, aún aquellas que no le pertenecen al museo, como el Monumento a la Memoria y la Verdad, en el parque Cuscatlán de San Salvador.

“Creo que es una tremenda aula de clases al aire libre, ver más de 30,000 nombres de víctimas civiles del conflicto es algo que impresiona a cualquiera. Es uno de los pocos esfuerzos del Estado para esto, contar ese periodo desde las víctimas. Tal vez cuando estos niños que están en el museo sean hombres, en unos 20 años, seamos capaces de enseñar mejor la guerra”, dice Consalvi, ante la mirada curiosa de todos sus visitantes.

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