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La llamada del lunes

He tenido que buscar consejos en internet. Según una psicóloga estadounidense, uno debe lucir guapo en el currículum: dientes a la vista, bien peinado y vestir de azul.
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La llamada del lunes

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Para mí, 2015 fue gustazo y trancazo. Lo bueno: gané un gran amigo español; conocí Marruecos, Estambul, Grecia, Chipre e Israel y terminé una maestría. Lo malo: conocí el desempleo.

Hace seis meses, en mi país, El Salvador, viví en carne propia lo que vivían muchos de mis excompañeros españoles de maestría: ser jóvenes, tener títulos y vivir en paro.

Debí suponer que esto podía pasar. Cuando retornaba de España tocó hacer escala en Panamá. Allí conocí a un salvadoreño, radicado en Canadá, que me contaba que dos años antes había intentado encontrar un empleo “de cualquier cosa” en El Salvador. Y como nunca lo encontró, al cuarto mes decidió retornar a Estados Unidos y finalmente a Canadá, donde trabaja como camionero y “con mejor salario que muchos profesionales salvadoreños”. No me quise asustar. Pensé que su suerte estaba amarrada al hecho de solo contar con un título de bachiller. Error.

Cuando tenía un mes de haber regresado, un primer empleador me citó para una entrevista en un café, en Santa Elena. El día y a la hora acordada, solo llegué yo. Y fui yo quien tuve que telefonearle para saber si iba a llegar. Me contestó que no y me tragué el sinsabor con un café amarguísimo. Contra lo que dicta la lógica, luego acepté hacer algunos trabajos para él; a la fecha no ha habido pagos o un mensaje. Hice bien en haber ahorrado un poco en España.

Luego de ese primer “empleo”, no sé cuántas hojas de vida he puesto en línea y en persona. Esperar a que los lunes llame alguien. He tenido que buscar consejos en internet. Según una psicóloga estadounidense, uno debe lucir guapo en el currículum: dientes a la vista, bien peinado y vestir de azul. Actualicé mi Linked in, antepuse el máster a la licenciatura. Visité el portal en línea del Ministerio de Trabajo y encontré únicamente dos plazas: para albañil y para pupusera, pero no tenía experiencia. Visité Tecoloco y hubo un lunes que por fin recibí una llamada.

Se trataba de un empleo “part time” en San Luis Talpa por $350 mensuales. Horarios rotativos, cinco horas diarias, a medianoche o en las madrugadas. Y había una condición: una capacitación de un mes “no remunerada”, cinco días a la semana, de 8 de la mañana a 5 de la tarde. Apreté los marfiles, no acepté. Y decidí preguntarle a un amigo que dirigía una institución cultural si sabía de un empleo. Se quedó mudo como si me hubiera metamorfoseado en una cucaracha kafkiana. Ese amigo aún no me contesta.

Un mes después volvió a sonar el teléfono. Era una ONG que ofrecía un salario arriba de los $1,000. Me presenté más arreglado que nunca, perfumado y con los dientes bien cepillados. La entrevistadora dijo que cumplía el perfil buscado, el problema era mi inglés. Buscaban a alguien con “inglés nativo” y el mío sonaba como el de Sofía Vergara. Big fail.

No quiero hacer este cuento largo y mucho menos lastimero. La última entrevista la tuve antes de Navidad. Me citaron a las 8 de la mañana; la entrevistadora llegó a las 10 pasadas, se disculpó diciendo que vivía lejos, en Antiguo Cuscatlán. Y que la plaza ofrecida consistía en trabajar unas 12 horas diarias, a veces fines de semana, haciendo “de todo un poco”, por $400 libres al mes. Me quedó claro que no iba a ver ningún bono por tener título de maestría.

Al cierre de 2015, llegué a un montón de conclusiones. Sin el apoyo de LPG y el de una ONG gringa que me compra artículos, hoy estaría en un psiquiátrico o el desahucio. Es duro encontrar un empleo en este país. Y a veces es más duro lo que ofrecen por trabajar. La experiencia laboral, una maestría, un doctorado, no garantiza nada; hay que luchar porque valgan. Mi sueño de tener un apartamento en un octavo piso raya en delirio. Supongo que los diputados saben de todo esto y muchos trabajan de manera vitalicia en la Asamblea para mejorar las condiciones laborales de los que nos toca aceptar lo que hay. Pero no me voy a atener, no voy a permitir que mi cabeza deje de trabajar o pensar en un futuro negocio o de plano seguir de testarudo y arriesgarme a seguir en planillas con tal de vivir en este país, cueste lo que cueste

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