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“La mejor agua del mundo”

Para las comunidades que habitan la hacienda El Nilo, en Zacatecoluca, contar con acceso a agua apta para el consumo humano ha representado una lucha constante. A pesar de que es posible realizar pozos artesanales a 2 o 3 metros de profundidad, el líquido está contaminado con bacterias y metales pesados. Ni siquiera la construcción de pozos profundos, de los que solo uno está en uso, ha resuelto el problema.
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Los superficiales.  Una de las hijas de Orbelina Martínez saca agua de su pozo artesanal. Aunque varía, estos contienen metales pesados y bacterias.

Los superficiales. Una de las hijas de Orbelina Martínez saca agua de su pozo artesanal. Aunque varía, estos contienen metales pesados y bacterias.

Evidencia.  Un urinario del centro escolar muestra los altos contenidos de hierro con los que cuenta el agua del pozo artesanal ubicado dentro del recinto.

Evidencia. Un urinario del centro escolar muestra los altos contenidos de hierro con los que cuenta el agua del pozo artesanal ubicado dentro del recinto.

Vigente. Este pozo, ubicado en el sector El Nilo II, es el único de los profundos que todavía funciona en la hacienda. El agua genera en la garganta la misma sensación que una infección.

Vigente. Este pozo, ubicado en el sector El Nilo II, es el único de los profundos que todavía funciona en la hacienda. El agua genera en la garganta la misma sensación que una infección.

La familia.  Ana Orbelina Martínez perdió a su esposo, su madre y su hijo debido a la enfermedad renal crónica. Ella también la padece.

La familia. Ana Orbelina Martínez perdió a su esposo, su madre y su hijo debido a la enfermedad renal crónica. Ella también la padece.

La fuente de subsistencia.  La mayor parte de los habitantes en el sector se gana la vida en actividades agrícolas, para la cooperativa o como empleados de particulares.

La fuente de subsistencia. La mayor parte de los habitantes en el sector se gana la vida en actividades agrícolas, para la cooperativa o como empleados de particulares.

El río.  El Sapuyo es utilizado para lavar ropa y otros utensilios. El agua de los pozos superficiales se vuelve amarilla al contacto con un detergente y arruina las prendas.

El río. El Sapuyo es utilizado para lavar ropa y otros utensilios. El agua de los pozos superficiales se vuelve amarilla al contacto con un detergente y arruina las prendas.

Los efectos.  Es posible que el manganeso presente en el agua afecte la capacidad de aprendizaje en los más pequeños.

Los efectos. Es posible que el manganeso presente en el agua afecte la capacidad de aprendizaje en los más pequeños.

La última etapa.  Orlando Reyes debe recibir dos diálisis a la semana para poder sobrevivir. Es apoyado por la Asociación de Lisiados de Guerra de El Salvador.

La última etapa. Orlando Reyes debe recibir dos diálisis a la semana para poder sobrevivir. Es apoyado por la Asociación de Lisiados de Guerra de El Salvador.

La esperanza.  Un grupo de habitantes de una comunidad cercana a la hacienda El Nilo trabaja en un grupo de filtros para el agua de pozos.

La esperanza. Un grupo de habitantes de una comunidad cercana a la hacienda El Nilo trabaja en un grupo de filtros para el agua de pozos.

La cooperativa.  Las entidades que trabajan en el interior de la hacienda se dedican al cultivo de la caña de azúcar y de arroz. Han abandonado las actividades relativas a ganado.

La cooperativa. Las entidades que trabajan en el interior de la hacienda se dedican al cultivo de la caña de azúcar y de arroz. Han abandonado las actividades relativas a ganado.

“La mejor agua del mundo”

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Este pozo alguna vez significó la esperanza para una comunidad. Una esperanza pese a que desde el principio los beneficiarios sabían que el agua contenía dosis de plomo. Para entender cómo es que una comunidad se alegra tanto ante un pozo con una agua como esta, primero hay que entender qué significa vivir sin agua. Por estos días, esta es una construcción de 34 metros de profundidad inservible, ociosa. Se encuentra a unos pasos del Centro Escolar Las Tablas, en Los Nilos, un sector en Zacatecoluca al que pertenecen 12 comunidades construidas alrededor de las dos cooperativas que operan en la zona. Aquí viven, según estimaciones de la alcaldía y de los propios lugareños, unas 700 personas que conocen los más dramáticos significados de la palabra sed.

Según explica Santos Martínez, una de las lideresas de una de esas comunidades, Nuevo Oriente, la fuente de agua funcionó apenas por tres años, desde 2010 hasta 2013. Desde el principio de su funcionamiento, la organización no gubernamental Provida, contratada para hacer los exámenes de laboratorio al agua, les advirtió que el líquido tenía presencia de plomo. Su construcción se financió gracias al apoyo de la Ayuda Obrera Suiza. En los exámenes de suelo previos no se encontraron indicios de que este problema iba a ocurrir.

Los niveles eran mínimos, 0.02 miligramos por cada litro (el agua tenía otros metales, como el manganeso, en niveles más altos que los máximos permitidos, aún con un tratamiento con cloro). Les dijeron que no era lo más conveniente, pero que no había otra alternativa que no fuera comprar producto embotellado. En un lugar donde sus habitantes se ganaban la vida en labores agrícolas, con un salario mínimo cercano a los $90 al mes en esa época, eso sonaba a un lujo, muchas veces, inalcanzable. La Organización Mundial de la Salud sostiene que ningún porcentaje de plomo es tolerable para el consumo humano. La comunidad se habituó a beber de esa agua, que llegaba a cada una de las casas gracias a un sistema de cañerías y a una bomba instalada para tal fin. La inversión era demasiado cara como para desperdiciarla.

Tres años después, de nuevo a través de la ONG Provida, lograron hacer una nueva prueba a las concentraciones del mineral en el agua: había aumentado a 0.26 miligramos por cada litro, por lo que decidieron que su uso pasaba de ser poco conveniente a peligroso con todas sus letras. Sin embargo, no dejaron de utilizarla de manera definitiva hasta unos meses después, cuando los efectos comenzaron a verse en la salud de las personas. Ahí están los casos de Ángel Mancilla y su hijo Mario Eliseo, muertos en 2014 y 2015, respectivamente. O el de Matías Ayala. Los tres fallecieron por insuficiencia renal. Ahí también está el caso de Maribel Velásquez, quien murió tras una cirrosis hepática. Ambas enfermedades mortales están relacionadas, según la OMS, con el consumo de plomo.

“La gente aquí lleva años diciendo que las enfermedades aparecen por el contacto con herbicidas, pero gente como don Ángel (Mancilla) nunca trabajó con veneno en los cañales… el problema está en el agua”, comenta Santos Martínez.

Tras el fracaso del pozo, los pobladores comenzaron a adquirir agua potable de la planta de ANDA en Zacatecoluca. Los viajes representaban un fuerte gasto para los habitantes más pobres de Los Nilos, de más o menos $30 al mes por familia, entre la gasolina del automóvil comisionado para transportar el agua y el importe del líquido.

A mediados de 2013 la directiva pidió ayuda al alcalde que todavía gobierna en Zacatecoluca, Francisco Hirezi, para buscar una alternativa al problema. El funcionario dispuso que una pipa llegara una vez por semana hasta el lugar. Para eso se instalaron seis tanques de agua en diferentes puntos.

Eso llegó a su fin en mayo de este año. A Santos y los suyos les informaron que el método que les había servido como solución se vería suspendido. Las razones eran simples: la pipa que se encargaba de llevar el agua se arruinó. La alcaldía, de la que meses antes se descubrió que algunos de sus empleados estaban involucrados en actividades relacionadas con pandillas, da como razón para ello que no tiene suficientes recursos para echarla a andar nuevamente. Ni pensar en comprar otra.

Pero este es solo un punto en el tiempo dentro de la lucha que estas comunidades han mantenido por contar con agua limpia en 36 años de existencia. Las comunidades de El Nilo surgieron después de que, en 1980, esta antigua finca algodonera fue cedida a una cooperativa como parte de la reforma agraria.

Casi todos sus habitantes originales salieron del municipio de Torola, Morazán. Se sintieron unos afortunados al comprobar que no había que excavar mucho, quizá 2 o 3 metros, para encontrar agua. Pero esta tenía un mal sabor y, si caía en la ropa, la tornaba amarilla.

Santos Martínez ahora descansa en una silla en el solar de su patio. Le pide a su hija que saque un legajo de papeles dentro de la casa para poder hablar con más propiedad. Algunos de estos documentos corresponden a varias pruebas realizadas entre 2008 y 2010 por la ONG Provida sobre muestras a varios pozos superficiales.

Estos reflejan que el agua que acogen tiene una alta concentración de bacterias como las coliformes o la Escherichia coli, que provienen de heces fecales de seres humanos o animales. Causan distintas enfermedades, desde una diarrea común hasta una hemorrágica. También está asociada a la insuficiencia renal, según información de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos. Esta enfermedad ha golpeado con fuerza a la comunidad, pues 20 personas han muerto en los últimos 15 años, según registros de la propia directiva. En la unidad de salud de Zacatecoluca no se cuenta con una cifra específica de este sitio en particular.

Las aguas de estos pozos superficiales también están contaminadas con altos niveles de hierro y con manganeso. Con respecto al primero de los minerales, el valor máximo permisible por las normas salvadoreñas es de 0.3 miligramo por cada litro. La cantidad hallada en uno de los pozos fue de 3.24, 10 veces más. En cuanto al manganeso, la ley señala su límite en 0.1 miligramo por cada litro. La prueba indica que en la muestra hay 3.3 miligramos, un 3,300 % de exceso.

Del primero no se ha demostrado que cause problemas serios de salud, más allá de manchar la ropa y los utensilios lavados con esta agua. Por eso prefieren lavar su ropa en el río aledaño, el Sapuyo, a pesar de que también presenta contaminación: en sus aguas caen los desechos del rastro municipal en el centro de Zacatecoluca y las aguas negras del hospital de esa ciudad.

El manganeso, según estudios de la Universidad de Québec, la Universidad de Montreal y la Escuela Politécnica de Montreal, Canadá, puede afectar la capacidad intelectual de los niños. Según las conclusiones de esa investigación, la relación causa-efecto “es muy marcada y pocos contaminantes ambientales han mostrado una correlación tan fuerte con la capacidad intelectual”.

A pesar de la precariedad, la escuela de Los Nilos cuenta con estudios hasta bachillerato. Su director, Arístides Cativo, apunta a que los efectos del manganeso podrían estar afectando a sus estudiantes, sobre todo los más pequeños. Casi el 50 % de alumnos que entran a primer grado deben repetirlo ante una pobre capacidad de aprendizaje.

“Pero no es solo eso el problema. Hay un montón de niños que vienen con unos sarpullidos bien raros, con diarreas constantes, otros que tienen bocio. Precisamente por estos días nos hemos reunido con algunos padres de familia porque 16 niños (de los 593 que atiende el centro) tienen infecciones en las vías urinarias, y eso puede estar relacionado con algún daño en el riñón. Queremos ponerlos en un tratamiento”, comenta el director.

Los agroquímicos son otro elemento un poco más nuevo en el agua, pues los pozos están muy cerca, algunos a 10 metros, de las manzanas sembradas de caña de azúcar que maneja la cooperativa. También de aquellas en manos de particulares, especialmente los que utilizan el método de riego de glifosato cada noviembre por medio de avioneta como medida para madurar los cultivos. Los mismos, dicen los pobladores, también afectan algunos pequeños cultivos de la comunidad, como los de hortalizas y sandía.

En términos prácticos, quienes no pueden comprar agua embotellada han tenido que comenzar a beber la misma agua que consumieron los pobladores originales de Los Nilos desde 1980 hasta 1993. Ese año la organización no gubernamental Fuertes Caminos, financiada por Estados Unidos, les propuso el proyecto de la construcción de un pozo en el centro de la comunidad, hecho a 75 metros de profundidad. En la teoría, esa sería la solución para encontrar agua no afectada por las características de estos suelos.

Siete años después, la proliferación de enfermedades relacionadas con el hígado, los riñones y huesos provocó que se revisara la calidad del agua. Entonces se descubrió que estaba contaminada con plomo. El agua, por tanto, dejó de ser considerada apta para el consumo humano. Y tuvieron que poner los ojos, de nuevo, en los pozos superficiales.


Evidencia.  Un urinario del centro escolar muestra los altos contenidos de hierro con los que cuenta el agua del pozo artesanal ubicado dentro del recinto.




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En las zonas pobres y rurales de El Salvador, las enfermedades llegan desde un lugar desconocido. O al menos impreciso. Hay un familiar que se enferma, y otro, y otro, sin saber qué se puede hacer para evitarlo.

Ana Orbelina Martínez luce cansada, con los ojos hundidos. Acaba, dice, de recuperarse de un período de prolongados vómitos, acompañados por fiebre. Su piel que, según las fotos que decoran su vivienda, solía ser más clara tiene un color inusualmente oscuro. Su casa está en una zona un poco más cercana al casco de la hacienda, conocida como El Nilo II. Es un espacio con caminos de tierra, un poco diferente al sitio donde reside Santos Martínez.

Orbelina se esfuerza por conversar, aunque parece que de un momento a otro buscará irse a dormir. Los médicos le han diagnosticado enfermedad renal crónica, un padecimiento en el que los riñones van perdiendo, poco a poco, su capacidad de servirle al cuerpo como depurador.

Ante la falta de un tratamiento sostenido, dice que no le han recetado más pastillas, sus internamientos en el hospital son cada vez más frecuentes. Del último de ellos salió apenas hace dos semanas, el 15 de noviembre.

La enfermedad renal crónica es un padecimiento que ha estado muy presente en su vida. Debido a eso murieron su esposo (2008), su hijo (2010) y su madre (2014). Dice que los dos hombres trabajaban en plantaciones de caña de azúcar y manipulaban los venenos para los cultivos.

En esta zona, según comentan miembros de la cooperativa y de la comunidad, tradicionalmente se utiliza un herbicida conocido como gramoxone. Fue incluido en 2013 en la lista de 53 sustancias que, según un proyecto de ley, debían prohibirse en El Salvador.

La Asamblea Legislativa aprobó el dictamen. Después se convirtió en uno de los 11 productos incluidos por el entonces presidente Mauricio Funes en un paquete de observaciones. El exmandatario argumentó que tal restricción afectaría de manera profunda los cultivos ese año y que era necesario que la prohibición se fundamentara en pruebas científicas. El gramoxone ha sido catalogado como posible cancerígeno por la Organización Mundial de la Salud y ha sido relacionado con el daño a los riñones, por lo que se ha considerado como probable su incidencia en el aparecimiento de la enfermedad renal crónica.

A diferencia de su esposo y su hijo, Orbelina afirma que su madre y ella nunca trabajaron en un cañal más allá de realizar un trabajo conocido como basurear, limpiar la zona de cultivos tras la quema. Los médicos le han dicho que, además de una probable exposición a agroquímicos, su padecimiento puede deberse al agua que consumieron durante buena parte de su vida, la de los pozos superficiales. O la que siguen consumiendo.

Ahora en El Nilo II, desde hace cinco años, existe un pozo perforado a 38 metros, igualmente contaminado con manganeso y hierro, según comentan promotores de la unidad de salud de Zacatecoluca y afirma el presidente de la ADESCO del sector, Elvis Hernández. Dice que algunos pobladores no pueden beberla porque inmediatamente presentan dolores de estómago, especialmente los niños. También se torna de un color amarillo intenso en invierno, cuando la lluvia penetra en los suelos. Pero es más limpia que la de sus vecinos en El Nilo I, en la comunidad Nuevo Oriente.

Pero para Orbelina, consumir de esa agua solo es posible gracias a la caridad de una de sus vecinas, que le cede parte de la suya, que cae para cada hogar una hora y media diaria. La bomba la echa a andar a las 4 de la madrugada un miembro de la cooperativa y se distribuye entre los cuatro sectores hasta las 10 de la mañana. Luego se apaga. La idea es no secar el único pozo mínimamente utilizable de la zona.

Cada hogar paga $4 mensuales por el servicio. Los miembros del Consejo del Agua de la comunidad dicen que ese dinero solo sirve para mantener la bomba que hace posible que cada quien tenga el líquido en su casa. Orbelina, quien solo tiene una hija mayor, residente en Santa Ana, y dos hijas pequeñas, ya no pudo cubrir la cuota hace unos meses. Es un gasto demasiado oneroso para sus finanzas. El agua que utilizan para cocinar proviene del pozo superficial de su patio, que se nota amarilla cuando una de sus hijas saca un poco de ella y la vierte sobre el lavadero.

—Yo quisiera tomar la mejor agua del mundo, pero con mis medios, ¿qué me queda? –comenta.


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Esta es la unidad de salud de Zacatecoluca, la que se encarga de atender hasta los puntos más lejanos del principal municipio de La Paz. Tiene a su cargo la salud de los residentes de las dos etapas de la hacienda El Nilo. También la de verificar que no haya un punto que cause enfermedades.

Según varios miembros de la comunidad, como el nuevo presidente de la ADESCO de El Nilo II, Elvis Hernández, desde hace dos años que no se acerca al sitio un promotor de salud. La última que se acercó fue una profesional a la que ubican con el nombre de Lucy.

En la unidad de salud, una de las profesionales del centro trabaja en su escritorio en un salón provisional, mientras se terminan las labores de remodelación de las verdaderas instalaciones del centro médico. A su cargo tiene el envío de muestras de agua para su revisión en los diferentes laboratorios que el Ministerio de Salud utiliza para asegurarse de que se estén cumpliendo las normas exigidas en el país.

Así muestra un grupo de documentos donde están las respuestas a varios exámenes, como el que se hizo al sistema del centro penal de máxima seguridad de Zacatecoluca, que refleja que el nivel de cloro es un poco menor al sugerido para un sistema. Lo mínimo es de 0.3 miligramos por litro, la cárcel tiene 0.2. La enfermera explica que el proceso se hace tanto en el pozo o nacimiento donde surge el agua como en el chorro donde sale.

Sin embargo, hay un dato demoledor: solo se analizan aquellos sistemas que contienen cloro en sus sistemas de purificación. Es decir, aquellos donde el agua es potable, donde se supone que es propicia para el consumo humano. En términos prácticos, las autoridades del Ministerio de Salud ignoran qué clase de agua es la que toma la mayor parte de la población en Zacatecoluca, pues los sistemas de agua clorada están presentes en ocho de los 42 cantones que conforman el municipio.

En términos simples, en un centro penal donde están los criminales más peligrosos del país se bebe mejor agua, que es apta para el consumo humano, que en territorios ubicados a 15 kilómetros de distancia, habitados por campesinos pobres.

En toda historia no hay solo una causa. Siempre la realidad es un poco más compleja. Al abandono del Estado también se suman algunas decisiones que pueden chocar con el sentido común. Eso ocurre con la hacienda El Nilo. Al menos con la segunda etapa del sitio y su pozo, el único mínimamente utilizable en la zona. Desde que existe esta cooperativa de 36 años y la comunidad que le nació alrededor, por primera vez en la historia el año pasado se acercaron autoridades de ANDA a ofrecer hacerse cargo del sistema y así procurar que el agua que llega a cada casa tenga las normas recomendadas por las autoridades del país.

El interés generó una discusión al interior de las dos directivas y del consejo del agua en la comunidad. Sopesaron los beneficios (muchos) y los posibles riesgos, viendo el ejemplo de cooperativas nacidas en otras partes de El Salvador, como en Sonsonate, donde tras tomar ANDA el servicio, las tarifas aumentaron al doble e incluso había días en que el agua no salía de los chorros.

Vieron también que la televisión pasaba una tras otra manifestación de comunidades que sufrían los embates de recortes de agua y salían a las calles a exigir sus derechos. Otro elemento que colaboró en la ecuación fue un trabajo de reparación de su bomba de agua por parte de técnicos de ANDA, para el que pagaron $250 por una hora de trabajo.

Al final, pudo más el temor y decidieron continuar con el otro sistema, uno que está, contaminado, enteramente en sus manos.






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Santos Argueta roza los 60 años. Camina seguro, con su machete en mano y su sombrero en la cabeza, para hacer el trabajo de todos los días: pajarear en el arrozal de 2 manzanas que la cooperativa le ha permitido cultivar este año.

Por primera vez en las tres décadas que ha existido la cooperativa, lleva dos años seguidos recibiendo ganancias de las actividades comerciales que realiza la entidad. La primera vez fueron $400. La segunda, $450. En total, $950 en 36 años como asociado. Pérdidas de cultivos y problemas con el ganado, además de un aumento en los costos de producción, habían impedido que esta cooperativa repartiera algún dinero entre sus 97 asociados.

Santos camina alegre entre el arrozal como no lo podía hacer hace tres años, cuando le diagnosticaron enfermedad renal crónica. Dice que se desmayó en su casa y sus familiares lo encontraron. Luego vinieron las pastillas. Sin embargo, desde hace 12 meses ha podido hacer un trabajo más liviano que el que hacía cuando la enfermedad no había aparecido. Dice que es un afortunado. Pero no deja de ser crítico.

“La zona costera del país siempre ha sido la más olvidada. Es como si no fuéramos seres humanos”, comenta Santos.

Muy cerca de aquí vive Orlando Reyes. Es un excombatiente al que los médicos le han diagnosticado insuficiencia renal, por lo que no puede vivir sin hacerse dos diálisis a la semana. Menos mal, comenta, cuenta con el apoyo de la Asociación de Lisiados de Guerra de El Salvador (ALGES), que le da un lugar para quedarse cuando viaja a San Salvador para someterse al proceso en el Hospital Rosales. Inicia a las 6 de la mañana. Luego sale y, si tiene las fuerzas suficientes, viaja en bus a su casa en la hacienda El Nilo. Algunas veces la organización que lo apoya le da transporte hasta su hogar.

Esta casa está llena de vacío. Apenas una hamaca y una mesa se convierten en puntos para colocar la vista. Aquí Rodolfo explica que no sabe de dónde vino la enfermedad. Estaba en Estados Unidos, en 2010, cuando se desmayó y fue internado en un hospital. Ahí le hicieron muchas preguntas para encontrar la causa.

Los médicos dieron tres posibles respuestas. La primera era un problema hereditario, aunque Orlando no recuerda que uno de sus familiares haya muerto por ese padecimiento. La segunda, que los largos períodos en los que aguantaba sed en el campo de batalla mellaron sus riñones. La tercera es la calidad del agua que consumió desde los Acuerdos de Paz hasta el día en que se marchó a Estados Unidos en 2006. Él cree que la más fuerte es la última.

La incertidumbre, sin embargo, no representa ya ningún problema para Orlando mientras camina en esta calle de polvo, con pasos arrastrados, en camino hacia una nueva diálisis en San Salvador.



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La esperanza.  Un grupo de habitantes de una comunidad cercana a la hacienda El Nilo trabaja en un grupo de filtros para el agua de pozos.


Santos Martínez y su comunidad, Nuevo Oriente, están en el umbral de la utilización de una nueva herramienta para contar con agua sana para consumir. Aunque esta vez no se trata de un pozo, sino más bien de la creación de filtros individuales para cada hogar. Estos son facilitados por la organización Agua Viva, una entidad con casi 20 años de existencia que se dedica a la perforación de pozos. Desde hace 12, los filtros son su especialidad.

Actualmente, la iniciativa tiene su sede en esta iglesia evangélica en el cantón La Florida de Zacatecoluca. Aquí una decena de hombres trabaja en realizar una mezcla de cemento que será introducida en moldes de hierro para adquirir la forma de una I. Esta es la estructura base de los filtros. Dos mujeres, en tanto, toman arena con una pala para extenderla en una gran manta de plástico, con el propósito de que se seque bien.

El encargado de las actividades es el estadounidense Kennet Morrill. Su historia es curiosa: tras 20 años de servir en la Marina de Estados Unidos, tuvo como la última misión de su carrera preparar la estadía en el puerto de La Unión del barco Pearl Harbor, que venía al país para realizar labores de capacitación para militares salvadoreños.

Mientras realizaba esa misión, conoció a Carlos Molina, el director general de Agua Viva, quien lo invitó a colaborar en la búsqueda de fondos. No sabía que eso se convertiría en el trabajo de su retiro. Afirma que los filtros tienen mucha eficacia, pues de ellos toma agua él, “un gringo al que todo le afecta”.

Kennet explica el proceso de estas herramientas: en la estructura ya armada se deposita una capa de 2 centímetros de grava, cinco de chispa (un tipo de grava menos densa) y 46 de arena fina, que es traída hasta acá desde una cantera en Aguilares, San Salvador, pues debe cumplir con requisitos en la forma del grano y su grosor.

Eso es todo. Según afirma Kennet, cuando la persona tiene su filtro, debe alimentarlo con agua de su pozo tres veces durante cinco días para que pueda crearse de forma espontánea una capa biológica que sirva para eliminar las bacterias, minerales y contaminantes del agua. El instrumento, que también se usa en África y Asia, fue inventado en la Universidad de Calgary, Canadá, precisamente el país de donde vienen la mayoría de fondos de Agua Viva.

En 2013 Agua Viva ya se había acercado a la comunidad Nuevo Oriente en la hacienda El Nilo. No colaboraron porque el filtro no está hecho para limpiar el agua de plomo, problema que en esa época aquejaba a la comunidad, y porque contaban con el agua de la alcaldía municipal. Ahora lo intentarán con los pozos superficiales, que tienen problemas diferentes. Kennet afirma que el filtro es 100 % efectivo para este tipo de agua a pesar de que la organización no hace pruebas de laboratorio ni al momento de instalarlos ni como labor de seguimiento.

Pero su presencia en la zona costera del país es palpable: más de 100 comunidades, desde Ahuachapán hasta Usulután, tienen ahora estos filtros, como se pudo comprobar consultando a 15 alcaldías. Los problemas con el agua son comunes en la zona rural de El Salvador: solo el 40 % (dentro de los que tienen agua) cuenta con un servicio controlado de agua apta para el consumo humano, toda una paradoja pues se trata del grupo de la población más pobre, aquel para el que comprar agua embotellada es un lujo, muchas veces, inalcanzable.

La gente de Los Nilos está feliz con sus nuevos filtros, pues les han costado un día de trabajo, asistir a una charla religiosa y ver una película con contenidos evangélicos. Un precio pírrico que no han dudado en pagar por la promesa, todavía no totalmente comprobada, de tener agua limpia para tomar. Pero la esperanza es, por estos lados, tan vital como el líquido.

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