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La memoria que nos une

Nos esforzamos por romper con la desvinculación existente entre letra y realidad. La transformación cultural y educativa debe ser incluyente a la infancia y a la diáspora.
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Opinión

Escribiviendo

Manlio Argueta

En los años ochenta hice algunas visitas a Londres, me hospedaba en un barrio periférico, con una modesta familia salvadoreña. Dicho barrio era habitado en su mayor parte por emigrantes. Por las distancias regresábamos a medianoche de alguna universidad, y al encontrarnos con residentes jóvenes de la zona, para no evidenciar que era un extraño en el lugar, los compatriotas me decían cómo debía caminar, una especie de paso saltadito, y frases populares para el saludo (un año después leí la noticia de un levantamiento con quemas de edificios en ese barrio). Muchos de esos jóvenes no conocían el palacio de Buckingham ni los símbolos urbanos de esa ciudad. Me preguntaba ¿cómo es posible que un londinense no conozca esos sitios y hay tanta gente que viaja como turista miles de kilómetros para conocerlos? “Su hábitat es el barrio, si van más allá, serían rechazados, y prefieren el respeto de su entorno”, me explicaron mis compatriotas.

Eso me ocurrió al revés en El Salvador, cuando estudiantes adolescentes y padres de familia se negaron a asistir a una obra en el Teatro Nacional; y casi nadie conocía el Palacio Nacional ni la Catedral. Los jóvenes del colegio, situado a menos de dos kilómetros del Centro Histórico, perdían la oportunidad de conocer los símbolos culturales de la memoria que une. Es cierto, la zona contrasta con otras de San Salvador, pero nuestra obligación es rescatar, gestionar y promover eventos artísticos y educativos para recuperar el sector que solo tiene realce estatal cuando se celebran dos actos cívicos: muerte de Gerardo Barrios y la fecha de la independencia. ¿Cómo romper con esa falta de compenetración con lo nuestro? Estamos en la era de la universalidad facilitada por la tecnología, pero corremos el riesgo de ser eternos indocumentados o ilegales en el mundo si no contamos con las credenciales de la identidad propia, y de las raíces originarias para saber de dónde venimos y hacia dónde queremos ir. Por respeto a la nación.

El título e ideas de esta columna lo tomé de una publicación de lujo publicada por la Biblioteca Nacional de Chile, donde asistí para celebrar su aniversario número doscientos (fundada en 1810), y participar en un seminario sobre innovaciones tecnológicas bibliotecarias. El prólogo de dicha obra, en palabras de la directora de esa institución, Ana Tironi, afirma que se celebra con júbilo el bicentenario de la Biblioteca Nacional porque “hemos dado acceso a nuestra memoria y a nuevos conocimientos; porque es la primera institución cultural que consolida la democracia contemporánea, hasta asumir la globalización del conocimiento en el siglo XXI”; y agrega sobre su significado como espacio público urbano, “rico en densidad histórica y patrimonial, abierto a todos, lo cual tiene sentido si contamos con lectores”.

En verdad, las innovaciones tecnológicas no solo estimulan al lector común, sino que enriquecen a las nuevas generaciones, a niñas y niños menores de cinco años que en su educación temprana descubren no para almacenar conocimiento, sino para hacer uso de lo que perciben, y esto será más constructivo si hay mediación del adulto. Ello implica que debemos capacitar a la familia junto al docente. El hogar es el fundamento de la educación inicial hacia una educación al servicio de la vida, de respeto al medio ambiente, para asegurar una cultura de paz. Comenzar desde temprana edad a educar en el respeto al otro con valores de convivencia.

Congruente con las innovaciones tecnológicas en Chile me sentí orgulloso de pertenecer a la Biblioteca Digital del Patrimonio Cultural Iberoamericano, a la que pertenecerán dentro de poco los 24 países de Iberoamérica; pero ahora solo siete países hemos incorporado obras digitalizadas. A los grandes se sumó este “Pulgarcito de América”, cuyas obras ya son accesibles a los compatriotas en cualquier lugar que se encuentren.

Con ello nos esforzamos por romper con la desvinculación existente entre letra y realidad. La transformación cultural y educativa debe ser incluyente a la infancia y a la diáspora. Con esa orientación la Biblioteca Nacional de El Salvador trata de acercarse a los salvadoreños de aquí y de más allá. Promover la memoria que nos une a los salvadoreños privilegiados por vivir en su territorio, y a los que tuvieron que emigrar. Y sobre todo, romper con la cultura de burbuja, en el sentido no solo de dar a conocer el patrimonio histórico sino abrirnos a la gente. Por eso la biblioteca organiza cada tres semanas un Domingo Familiar con actividades artísticas, comenzamos con 150 asistentes, y ahora se sobrepasa los 300; se ha ampliado un programa de sábados y domingos, donde denominan las visitas guiadas, para atender centros educativos de Modalidades Flexibles (EDUCAME) que asisten para conocer colecciones bibliográficas nacionales, las bases de datos con miles de libros digitalizados de contenido científico, y ofrecerles charlas literarias.

Cada visita guiada representa unos 150 estudiantes, a lo que se suman otros los días laborables, esto no incluye a los lectores cotidianos, ni a la biblioteca móvil (Bibliobús) que vista las poblaciones y comunidades alejadas del centro metropolitano. Con este acceso al libro y a los salones para eventos artísticos y educativos, la institución cultural más antigua de El Salvador (1870), será menos invisible.

Para terminar con el tema de la memoria que nos une, dentro de unos dos días estaremos celebrando el IV Festival de Poesía Infantil, realizado gracias al esfuerzo de poetas salvadoreños e hispanos residentes en San Francisco, California, que se sufragan todos sus gastos: pasajes, alimentación y alojamiento. Y desde la Biblioteca se gestiona el rubro de regalos que se les da a cada uno de los 800 niños y niñas, gracias a la cooperación de embajadas, empresa privada y ONG. Nuestra idea es no dejar solos a los poetas de la diáspora, es una obligación apoyar los esfuerzos del principal coordinador en California, Jorge Tetl Argueta, a quien esta revista, en abril pasado, le dedicó seis páginas, gracias a su literatura infantil. Todo por las niñas y niños, presente y futuro de El Salvador.

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