La mirada salvadoreña ante el dolor de los demás

Frederick Meza marcó mis días con una serie de paisajes propios de una postal con excepción del pie de foto: “Escena de crimen donde fueron violadas y asesinadas madre e hija, Otilia Shul y Diana Blanco, en cantón Los Almendros, Sonzacate”.
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Para la escritora estadounidense Susan Sontag, recordar es cada vez más, no tanto recordar una historia sino ser capaz de evocar una imagen. Y yo estoy de acuerdo con ella. Era una adolescente cuando empecé a seguir, desde el exilio, el día a día de la guerra civil salvadoreña. Pasaba horas revisando los archivos fotográficos que retrataban la rutina de los frentes de guerra, de soldados jovencitos cargando pesados equipos de comunicaciones, de guerrilleros, igual de jovencitos, posando con sus enormes fusiles, de población civil huyendo en familia sin rumbo fijo, de vida cotidiana a pesar de la guerra.

Entre toda la información disponible que había sobre El Salvador, elegí revisar aquellos archivos, con el ánimo de comprender por qué mi familia y yo, junto a miles de familias más, habíamos sido expulsados; y por qué no se hablaba de regresar y de vivir en nuestro país. Suficientes razones para estar interesada en observar minuciosamente aquellas imágenes conmovedoras que me ayudaban a recrear el país en el que había nacido, pero que aún desconocía. La fotografía era, como dice Sontag, una forma efectiva de acercarme al sufrimiento de los demás.

En esas tardes silenciosas, después de soportar altas dosis de dolor e indignación, meditaba en los riesgos que había corrido el fotoperiodista para capturar el instante; en el privilegio de observar en paz la barbarie y en lo que significaba para la sociedad salvadoreña ser protagonista de esos terribles retratos que dieron la vuelta al mundo, con el mensaje implícito de no permitir que algo así volviera a ocurrir. Así comprendí otro de los postulados de Sontag: “Cuando hay fotografías, la guerra se vuelve ‘real’”.

Tres décadas después, como si se tratara de una recapitulación incisiva, los fotoperiodistas salvadoreños continúan cumpliendo su misión de retratar a la muerte. Ahora, a pesar de que vivo en El Salvador, estoy atrapada del lado de los espectadores. Del otro país, del que pone los muertos y protagoniza el duelo, solo recibo las imágenes. Después de esta aclaración tan absurda, pero real, quiero reflexionar sobre cómo los fotoperiodistas Frederick Meza, Francisco Campos, Mauro Arias y Salvador Meléndez con su trabajo me han acercado al dolor de los demás.

Frederick Meza marcó mis días con una serie de paisajes propios de una postal con excepción del pie de foto: “Escena de crimen donde fueron violadas y asesinadas madre e hija, Otilia Shul y Diana Blanco, en cantón Los Almendros, Sonzacate”.

Francisco Campos me estremeció con la imagen de un padre inclinado que posa la palma de su mano sobre el charco de sangre que dejó su hijo. El pie de foto decía: “Alexánder Campos fue asesinado en el cantón La Flor, en San Martín. El joven residía en la zona de la pandilla 18, pero hizo un gol al equipo del lado de la mara MS. Su padre, que lo consideraba un hijo ejemplar y trabajador, llora su muerte en el lugar del asesinato”.

Mauro Arias me impresionó con una fotografía panorámica del centro de San Salvador, en la cual nos invitaba a descubrir qué era lo que rompía la armonía de la composición visual. Unos segundos después el espectador identificaba la cinta amarilla que bordeaba la escena de un crimen.

Y para cerrar, la galería fotográfica de Salvador Meléndez titulada: “La guerra sin comandantes” me evocó de muchas maneras esas tardes silenciosas de la adolescente que revisaba archivos fotográficos buscando identidad y tratando de comprender el dolor de los demás. En efecto, lo único que falta en las fotos son los comandantes, lo demás es bastante similar a la guerra anterior.

Como espectadora, solo puedo agradecer a los fotoperiodistas por cuestionarme la aparente calma y belleza de un paisaje rural, por imaginar lo que se siente acariciar el charco de sangre de un hijo asesinado, por recalcar que toda panorámica salvadoreña lleva implícita la muerte, por la reflexión que provoca un relato visual contundente. Gracias por esa mirada salvadoreña “cargada de resiliencia”, como dice Mauro

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