La muerte del conocimiento

La academia parece ausente de la conversación sobre seguridad y violencia, ya sea porque el Estado la ignora o porque la academia misma no muestra un interés profundo. Independientemente, las universidades sí se están viendo afectadas por la violencia, como lo ejemplifica el asesinato del catedrático de la UCA José Manuel González en diciembre del año pasado.
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Altar.  En la casa de la madre de José Manuel González hay varios altares con los que recuerda a su hijo. En  este expone fotos y el libro de condolencias.

Altar. En la casa de la madre de José Manuel González hay varios altares con los que recuerda a su hijo. En este expone fotos y el libro de condolencias.

Carreras. Algunos investigadores señalan la falta de carreras en criminología y justicia criminal. Israel Ticas, en la foto, es de los pocos, sino el único criminólogo forense del país, quien se formó de manera empírica.

Carreras. Algunos investigadores señalan la falta de carreras en criminología y justicia criminal. Israel Ticas, en la foto, es de los pocos, sino el único criminólogo forense del país, quien se formó de manera empírica.

Recuerdos.  Entre las cosas que Isabel, madre de González, guarda están los zapatos que este usaba cuando estaba en casa.

Recuerdos. Entre las cosas que Isabel, madre de González, guarda están los zapatos que este usaba cuando estaba en casa.

Investigación.  La familia de González recibió las pertenencias del catedrático por parte de las autoridades en una bolsa de plástico. Hasta ahora estas no se han acercado a la universidad para realizar investigaciones.

Investigación. La familia de González recibió las pertenencias del catedrático por parte de las autoridades en una bolsa de plástico. Hasta ahora estas no se han acercado a la universidad para realizar investigaciones.

Doctorado.  González estaba a pocos meses de terminar su doctorado en Filosofía cuando fue asesinado en diciembre pasado.

Doctorado. González estaba a pocos meses de terminar su doctorado en Filosofía cuando fue asesinado en diciembre pasado.

Maestro.  Entre las materias que González impartía se encontraban Historia del arte, Diseño y diagramación, y Semiótica de la imagen.

Maestro. Entre las materias que González impartía se encontraban Historia del arte, Diseño y diagramación, y Semiótica de la imagen.

Desconocimiento.  Investigadores, académicos y exfuncionarios concuerdan con que El Salvador no conoce a fondo el fenómeno de la violencia.

Desconocimiento. Investigadores, académicos y exfuncionarios concuerdan con que El Salvador no conoce a fondo el fenómeno de la violencia.

La muerte del conocimiento

La muerte del conocimiento

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Fotografías de Melvin Rivas y de archivo

C erca del mediodía, Isabel recibió la primera llamada de su hermana Romilia. Ese sábado 5 de diciembre, Isabel no entendía qué pasaba. Dos hombres que se conducían en una camioneta se acercaron la casa de Romilia en Izalco para pedir la dirección de Isabel y dejar un lacónico mensaje: “Lo va a agradecer”.

En El Salvador, confiarle la dirección de un pariente a alguien desconocido es imprudente, como mínimo. Preguntaban por ella y por José Manuel, el hijo de Isabel.

José Manuel todavía no llegaba a Izalco. A veces viajaba el viernes en la noche, a veces sábado en la mañana. Pero tampoco era extraño que apareciera después del mediodía. Los fines de semana se los dedicaba a Izalco.

Lo extraño eran esos hombres que la buscaban en la casa de su hermana. La reacción de Isabel fue cerrar ventanas y puertas. Encerrarse en su casa. La puerta principal es en realidad una puerta doble, una de rejas y otra sólida. Esta última a veces la dejan abierta para dejar entrar aire a la casa de este caluroso pueblo. Llegan incluso a salir de la casa y solo dejar la de rejas con llave, con vista hacia el interior de la casa. Ese sábado cerraron todo.

Romilia les dio una dirección falsa a los hombres, quienes minutos después regresaron a su puerta. De nuevo en búsqueda de Isabel. Su esposo Ramiro y su sobrino Eduardo llegaron al lugar a preguntarles por qué la buscaban.

La respuesta fue similar: que tenían que acompañarlos a Santa Ana. De nuevo pronunciaron el “nos lo va a agradecer”. Después de varias negativas, finalmente soltaron el por qué. El hijo mayor de Isabel, José Manuel González, había muerto y tenía que ir a reconocer su cadáver a las instalaciones de Medicina Legal de Santa Ana.

Esa camioneta y esos hombres que les pedían viajar con ellos a Santa Ana no eran ni policías ni fiscales que buscaban a Isabel para anunciarle que su hijo de 41 años había sido asesinado. Tampoco eran parte de la institución educativa en la que José Manuel trabajaba desde hace 15 años. Eran empleados de una funeraria. Querían que los contrataran.

José Manuel González fue asesinado el viernes 4 de diciembre de 2015. Tenía 41 años, de los cuales los últimos 15 fue catedrático en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), sin contar el año en que fue instructor. Pocos meses antes de su muerte había iniciado labores como coordinador de la carrera de Comunicación Social en la que impartió materias como Historia del arte, Diseño y diagramación, Semiótica de la imagen, entre otras.

Su muerte sorprendió a familiares, amigos, compañeros de trabajo y estudiantes. “Indigna y hasta causa rabia que en este país la violencia nos pueda arrancar tanta gente tan humana”, expresa David López, encargado del almacén técnico del departamento de Comunicaciones, quien tenía una amistad de 12 años con González. “Le quitaron a generaciones de estudiantes la oportunidad de aprender”.

La UCA no desconoce la muerte, su historia está marcada por el asesinato de seis sacerdotes y sus dos colaboradoras en 1989. “Ahora, la ola de violencia nos hace sufrir nuevamente en carne propia lo que hemos denunciado tantas veces con ahínco. Al igual que el odio de la guerra civil nos quitó a miembros de nuestra comunidad universitaria, ahora la irracional violencia nos ha arrebatado a otro de nuestros compañeros (el tercero en los últimos cinco años)”, reza el editorial de la universidad denunciando la muerte de González.

Solo ese diciembre la institución cargó con tres víctimas de la violencia. A la muerte de González se sumó el 26 de diciembre el homicidio Luis Manuel Quintanilla, de 22 años, un egresado de la universidad; y el primer fin de semana del mes un ataque en el que Luis Miguel Rosales, de 24 años, un profesional graduado de esta, fue lesionado gravemente.

Estos no son los únicos profesionales, estudiantes universitarios, ni universidad afectados por la violencia que en 2015 marcó en promedio a 18 familias todos los días con un homicidio.

Investigadores, exfuncionarios, docentes y dirigentes universitarios concuerdan en que las universidades, tanto privadas como públicas, deberían ser parte clave en la creación de políticas públicas y estrategias de seguridad. Sin embargo, la academia parece, en su mayoría, estar ausente de la conversación sobre seguridad. Esto a pesar de que también es víctima de la violencia que rodea al país.

La utilidad de la academia en un país polarizado como El Salvador es algo que reconoce como importante el rector de la UCA, Andreu Oliva. Explica que esta yace en que estas instituciones tienen una visión distinta, ya que no son un poder político, sino parte de la sociedad civil.

Durante los períodos más álgidos de la guerra, la UCA y los sacerdotes jesuitas que la dirigían, encabezados por Ignacio Ellacuría, eran una voz sonante de la sociedad civil. Con su muerte la universidad sufrió mucho, algunos creen que nunca se pudo recuperar.

Olivo rechaza esta idea. La universidad nunca dejó de funcionar y tuvo la capacidad de recuperarse. Pero nunca recuperó la capacidad que tenían los mártires porque eso es lo que la muerte hace. “Nunca vuelves a tener a aquella persona que tiene aquella fuerza y aquella capacidad que tenían los mártires, eso se pierde para siempre. Creo que el país perdió muchísimo con ellos porque ellos pudieran haber aportado muchísimo a la reconstrucción del país después de los Acuerdos de Paz”.

Tras esa firma en 1992, El Salvador se ha visto cada vez más incapaz de enfrentarse con el fenómeno de violencia que cada día se cobra la vida de decenas de personas. Solo el año pasado murieron 6,657 personas víctimas de la violencia. La violencia permea tanto el país, que ya se ha vuelto costumbre encontrar empleados de funerarias merodeando las escenas de homicidio. A veces, como en el caso de José Manuel González, son estos mismos quienes le rompen la noticia a los familiares y no las autoridades.

“¿En qué consiste la esencia del trabajo intelectual de una universidad? Una sola cosa: descubrir la realidad, entender la realidad y aprender a transformarla. Este es el trabajo de una universidad”, explica Dagoberto Gutiérrez, vicerrector de la Universidad Luterana, desde su pequeña oficina donde hay más papeles que espacio para moverse.

Una parte fundamental de esa realidad que las universidades deberían descubrir, entender y transformar es la seguridad. Según plantea Gutiérrez, la seguridad y la libertad mantienen una relación simbiótica. Para que haya libertad, debe haber seguridad y entender cómo estas dos se relacionan es indispensable. “Seguridad es seguridad de la vida, seguridad de la libertad, seguridad de tu educación, de la alimentación, es seguridad de que mañana va a haber otro día, seguridad de que mañana vas a tener el pan necesario para vivir”.

Hay tres ámbitos en los que las universidades deberían cumplir un papel central para atender las problemáticas de seguridad que el país enfrenta, desglosa el investigador y catedrático de la Escuela Superior de Economía y Negocios (ESEN) Carlos Carcach: la docencia, la investigación y la extensión.

Carcach plantea que hay necesidad que, desde la docencia, las universidades generen carreras especializadas en el área criminológica. Porque se necesitan profesionales que generen conocimiento sobre el tema, pero también porque se necesita recurso humano enfocado en carreras que los capaciten en las diferentes áreas que se desprenden de un tema como la seguridad. Desde personal capacitado para trabajar en centros penales hasta administrar centros judiciales. Por poner un ejemplo, solo en un mes de 2014, 46 % de los juicios programados en el Centro Judicial Isidro Menéndez fueron suspendidos por saturación de trabajo para el traslado de reos, por falta de la defensa o de los fiscales.

“La única institución especializada que tenemos es la Academia de Seguridad Pública. Y no creo que sea el mejor lugar para formar los criminólogos que el país necesita”, ataja Carcach. Esta debería educar buenos policías, aclara, pero las universidades deberían tener el papel de fuente de profesionales que provengan de diferentes áreas.

Idealmente, las universidades son una fuente de conocimiento imparcial, agrega Charles Katz, profesor y director del Centro para la Prevención y Seguridad Comunitaria de la Escuela de Criminología y Justicia de la Universidad Estatal de Arizona.

Katz visitó el país en septiembre de 2015 como parte de una comitiva que el Gobierno invitó para intercambiar experiencias. Actualmente, trabaja en una investigación sobre la conexiones entre la MS-13 en El Salvador y Estados Unidos, país que la declaró como un grupo delictivo transnacional. Una de las propuestas que el equipo hizo al Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana fue crear un instituto criminológico conformado por varias universidades.

“Creo que es de vital importancia que investigadores de alta calidad estén trabajando junto al Gobierno para ayudarlo a formar sus estrategias”, declara.

Reconoce que las agencias gubernamentales, la Policía y la Fiscalía tienen mucha pericia sobre el crimen, cómo responder ante él, cómo suprimirlo, cómo intervenirlo. Sin embargo, cuando las sociedades se enfrentan a problemas únicos y especiales como el de violencia en El Salvador, dice, es necesario que expertos e investigadores de las universidades diagnostiquen el problema para proporcionar conocimiento sobre el problema y de cómo enfrentarlo.

Hay razones prácticas y más abstractas del porqué esto es útil. Por un lado, dice, hay sociedades donde la polarización es tal que las universidades pueden ser una fuente de información imparcial. “ Si tenés grupos neutrales que no están vinculados a ningún partido y la investigación es imparcial, esa investigación puede ser utilizada independientemente de qué partido político está en el poder”, comenta.

De forma práctica, el conocimiento que proporcionan las universidades puede llegar a modificar hasta el tiempo en que un policía se queda en un lugar específico. Katz relata cómo en muchos lugares de Estados Unidos, Canadá y Europa la rutina diaria de un policía está basada en conocimiento científico. “Por ejemplo, sabemos que no sirve de mucho tener a un policía trabajando en un solo lugar por más de 20 minutos”, agrega.

La música que inunda las calles del pueblo se derrama dentro del hogar de Isabel junto con el sol de la 2 de la tarde a través de las ventanas. Es Miércoles de Ceniza y una casa cercana aloja el altar para velar a Jesús de Nazareno.

Desde ahí sale a todo volumen una música monótona, acompañada del sonido de un tambor. Más tarde Isabel se acerca y deja unas monedas en un tazón de vidrio que yace frente al Nazareno. A cambio, le dan una flor de corozo como símbolo de su ofrenda y un morro seco con una conserva de dulce de panela. A un lado, dos peroles de 1 metro de diámetro contienen chilate.

En su casa no hay altar para el Nazareno, hay una serie de pequeños altares dedicados a su hijo José Manuel. Unos son más evidentes que otros, pero no por eso dejan de serlo.

El principal, sobre una mesa de madera con un mantel blanco, da la bienvenida a los visitantes de la casa frente a la puerta de entrada. A primera vista, las fotografías son las piezas principales del homenaje casero. De González solo, junto a su abuela, junto a su tía, junto a familiares. Otra mirada descubre que estas rodean un pequeño cuaderno rectangular de papel blanco donde amigos y parientes de González le dedicaron algunas palabras. Desde una simple firma hasta recuerdos con fechas específicas. “Amigo del alma, recuerdo que nos conocimos en 1992 y sabíamos que el arte nos iba a unir para siempre”, escribió la también catedrática de la UCA Roxana Beltrán de Cantarely, en el libro de condolencias.

Todo está acuerpado por un jarrón con flores, una figura del Niño Jesús y dos ángeles cuidan los recuerdos. González era alguien especialmente dedicado a la conservación de las tradiciones de su pueblo. Desde hace años se dedicaba al diseño y la creación de trajes para los santos. Empezó con los de su casa y poco a poco lo fueron buscando hermandades, iglesias e incluso particulares para que arreglara los de ellos.

Entre las tantas cosas que guarda Isabel de su hijo están las ropas de los santos. Al otro lado de la sala, Isabel abre un baúl donde parece que nunca acabarán de salir telas, mantos, vestidos, gorros. Todos hechos por González para la decoración de las figuras. Hay tantos, explica Isabel, porque no le gustaba repetir los trajes.

Eso es algo que también aplicaba para sí mismo. De San Salvador, donde él residía cerca de la universidad, Isabel ha traído mucha ropa. La mayoría está en casa de su madre, con quien José Manuel creció desde los ocho años cuando ella migró a Estados Unidos. Isabel ya ha empezado a regalar la ropa a un ahijado.

En el cuarto donde dormía los fines de semana, que casi sin falta pasaba en Izalco, Isabel ha dejado un grupo de zapatos. Encima, sus favoritos. “Con esos andaba en la casa”, dice mientras señala unos zapatos de tela a cuadros.

Cuando pasa por el pasillo, Isabel para frente a una cama. Se inclina y levanta el cobertor que deja entrever varias cajas. Son cajas de ollas, cacerolas y demás, explica. González había empezado a comprar sus utensilios de cocina, pues tenía planificado comprar un apartamento en San Salvador este año. Eso ha quedado. Planes para su apartamento, planes para sus estudios, planes para el departamento que empezaba a coordinar, planes para proyectos afuera de la universidad, planes para su pueblo natal.

El jueves 3 de diciembre, un día antes de su muerte, se reunió con Roxana Beltrán de Cantarely y autoridades del Museo Forma. Estaban planeando una conferencia sobre la sensualidad en el arte que desembocó en el deseo de ejecutar talleres y actividades junto al museo durante todo el año, recuerda Beltrán. Su relación con González, como lo escribió en esos recuerdos que Isabel guarda en un altar, inició cuando fueron compañeros en la carrera de Letras de la UCA. Desde entonces se apoyaban en proyectos que iban desde revistas estudiantiles hasta conferencias sobre arte.

En una de esas conferencias, recuerda fue sobre el arte y la violencia. Ella habló sobre la poesía y la violencia, mientras que González sobre las artes plásticas y la violencia.

Para el Museo Forma, el catedrático también realizaba una investigación sobre dos artistas salvadoreños, explica Beltrán. Esta no era un área desconocida para él. Su tesis de maestría la enfocó en la pintura de la artista salvadoreña Julia Díaz, tema del que en repetidas ocasiones dio conferencias.

Esa tesis, encuadernada en pasta azulada, es el centro de otro altar en la casa de su madre. Flores, fotografías y velas acompañan el trabajo de González en un pasillo de la casa.

Como coordinador de la carrera de Comunicaciones no tuvo oportunidad de ejecutar todos los planes que tenía, pero algunos de ellos ya están en movimiento. Edgardo Deras, quien fue instructor de una de sus materias y asistente del laboratorio multimedia, cuenta que uno de los principales proyectos que tenía era revivir una Feria de Comunicaciones que en otra época era organizada por el poeta, escritor y catedrático de la UCA Francisco Andrés Escobar, fallecido en 2010.

Uno de muchos proyectos. Pero uno que todavía resuena en Isabel, su madre, es que González estaba por terminar su doctorado en Filosofía. La graduación, afirma, estaba programada para este febrero. “Ojalá que le reconozcan su título, para tenerlo yo, aunque él ya no lo disfrute”.

Algo en los que varios de los investigadores y académicos consultados concuerdan es que la violencia es un fenómeno que después de 23 años de la firma del Acuerdo de Paz, El Salvador todavía no entiende.

Como país, se queja Carlos Carcach, criminólogo y catedrático de la ESEN, no conocemos la naturaleza del fenómeno de las pandillas, la principal fuente de violencia. Él lo ve desde una perspectiva más del delito, ejemplifica cómo se desconoce con datos qué tipos de delito comenten, dónde, a quiénes afectan. Ese mismo desconocimiento, afirma, se traslada a otros temas como el narcotráfico o la violencia intrafamiliar.

En parte, las universidades mismas han fallado, dice. Por falta de recursos, pero también por falta de voluntad, según su propia experiencia. El Centro de Políticas Públicas de la ESEN tiene como una de sus líneas posgrados en seguridad pública y criminología. Sin embargo, Carcach aclara que la inclusión del tema se debió a su interés personal, no a uno institucional.

“Aquí solo soy yo contra todos en esto. Y si yo no fuera reconocido internacionalmente como un criminólogo, ya me hubieran echado, ya me hubieran bloqueado mi interés en el área. No es un interés institucional, yo lo institucionalizo a través del centro de políticas públicas”, comenta.

Además cree que la falta de interés en el tema se debe a la falta de fondos, muchos de los cuales se invierten en organizaciones no gubernamentales que producen informes que no tienen utilidad. Como ejemplo saca una copia de la publicación de “Aportes al debate sobre la seguridad ciudadana” de FUNDAUNGO.

El Estado, dice, debería reconocer la necesidad que tiene de recurso humano capacitado y al menos generar un sistema de becas en las áreas de criminología y justicia criminal. “Creo que el esfuerzo de formación profesional tendría que venir desde el Estado”, recalca.

Sin embargo, hace una defensa de las instituciones académicas: al menos “dos que tres” sí estamos interesados en el tema de la violencia. Aunque sus criterios no sean los mismos, hay interés. A la ESEN le interesa por el enfoque económico, explica, cómo encarece los costos de hacer negocio, de hacer transacciones, hace la economía más ineficiente.

Esa diferencia es clara cuando se habla con otros académicos. Desde la UCA, el padre Andreu Oliva también plantea que hay un desconocimiento sobre las pandillas, aunque él lo enfoca en cómo los jóvenes se involucran en estas organizaciones. “Se desconoce por qué un joven se involucra en la pandilla, cuáles son los aspectos clave que llevan a que un joven se involucre en la pandilla, se desconoce mucho de cómo actúan estas pandillas, a qué responden, cuáles son su motivaciones más profundas”.

Olivo hace un mea culpa sobre las universidades salvadoreñas: “Creo que no estamos cumpliendo responsablemente con lo que nos demanda el país. Sí se están haciendo algunas cosas, pero no es suficiente”. Entre los esfuerzos que sí se están haciendo, aclara, están varios que han impulsado desde la UCA, desde investigaciones hasta formación académica. Rescata que la UCA, la Universidad de El Salvador, la Universidad Don Bosco son algunas de las que sí se han involucrado en el tema.

El caso de la UCA es paradigmático, plantea Dagoberto Gutiérrez. Los sacerdotes jesuitas y especialmente Ellacuría, quien era filósofo y teólogo de la liberación, eran una voz crítica en el país. Sus críticas desencadenaron ataques y amenazas que culminaron con su asesinato. “Precisamente por eso la decapitaron en su parte más luminosa. La UCA no puede superar esa decapitación”, dice refiriéndose al asesinato de los seis sacerdotes jesuitas el 16 de noviembre de 1989.

Luis Ayala Figueroa, coordinador de la unidad de investigación de la Escuela de Ciencias Jurídicas de la UES, acepta que la universidad tiene una deuda en la generación de investigaciones alrededor de la violencia que vive El Salvador. “Creo que sí hay una deuda que estamos tratando de cubrir en tema de investigación”, comenta y aclara que se refiere a su facultad, la cual afirma que sí ha hecho aportes desde la docencia donde se han concentrado sus esfuerzos. Excusa la falta de investigación y afirma que el sistema judicial está permeado por profesionales graduados de la UES.

En 2013 fundaron la unidad de investigación que ahora coordina y aunque el proyecto inicial estaba enfocado sobre todo en derecho constitucional, la realidad del país, en ese momento marcada por la tregua entre las pandillas, los llevó a adentrarse en el tema de seguridad.

Ayala no concuerda con los demás docentes e investigadores que se quejan de la falta del conocimiento sobre las pandillas específicamente. Asegura que el Estado sí tiene ciertos conocimientos, sobre todo sobre las causas del fenómeno, pero que los datos se manejan sobre todo de manera institucional.

Desde fuera, Charles Katz diagnostica a El Salvador como un país que desconoce su principal problema. “Argumentaría que la violencia es el problema más grande que el país enfrenta, pero sin embargo tiene muy poca capacidad científica para entender ese problema”, comenta. Lo mismo dice ver reflejado en la mayor parte de Latinoamérica.

La visión más fatalista y crítica viene del vicerrector Dagoberto Gutiérrez. La UES, plantea, no se ha recuperado de los ataques que sufrió en la década de los setenta. “En esta etapa, la universidad renuncia a su trabajo científico y se dedica a sobrevivir”.

Gutiérrez asegura que el país no cuenta con el papel orientador de las universidades porque estas, unas más que otras, danzan al ritmo del mercado.

Una universidad que se caracteriza por producir conocimiento, es para Katz, una institución que no tiene sentido. “Para mí, es un poco difícil entender la utilidad de las universidades si no están produciendo individuos que pueden realizar investigaciones que beneficien”.

Como era costumbre, José Manuel González viajó a Izalco el fin de semana. Llegó el viernes 27 de noviembre porque había algo especial. Su primo se casaba y él estaba a cargo de las decoraciones de La Casona, donde sería la celebración.

Cerca de las 9 de la noche entró a la casa de Isabel con azucenas para el ramo de la novia. Comió, durmió y a las 8 de la mañana salió para montar los arreglos. Tenía que dejar todo perfecto y no pudo ver la ceremonia, recuerda su madre. Fue rápido a su casa a bañarse y regresó a tiempo para la fiesta con una camisa amarilla manga larga.

Durante la semana, Isabel había estado planeando también la fiesta. Una de las cosas que quería hacer era bailar la canción de Julio Iglesias “Bamboleo”. Cuando llegó el momento que había esperado se acercó a su hijo mayor, lo agarró de la mano y lo llevó hasta la pista de baile.

Nadie los acompañó y en la pista de baile solo estaban ella en su traje ocre y José Manuel González con su camisa amarilla. “Sentíamos que nunca acababa la canción… Esa fue la última canción que bailamos”, recuerda este Miércoles de Ceniza en la sala de su casa, con los cantos al Jesús de Nazareno de fondo.

A González le gustaban las fiestas religiosas. Desde pequeño. Su madre recuerda cómo una vez lo encontró con un vestido de ella en el patio cargando una cruz en la espalda, imitando las procesiones. David López, de la UCA, cuenta que desde hace seis años ya era tradición de su familia pasar al menos tres días de Semana Santa junto a la familia de González en Izalco. Le ayudaban a hacer alfombras frente a su casa.

Hasta el momento, la universidad en la que González trabajó durante 15 años emitió un comunicado exigiendo a las autoridades esclarecer e investigar a fondo su homicidio. “Exigimos, una vez más, a la Policía Nacional Civil, a la Fiscalía General de la República y a los organismos públicos vinculados con la justicia que trabajen unidos contra la impunidad y por el esclarecimiento de todos los hechos de violencia”, se lee en el texto.

El domingo después de la boda, González rechazó una invitación de su padrastro Ramiro para ir a la playa y después de almuerzo regresó al lugar de la fiesta para ayudarle a su primo a limpiar. A la mañana siguiente, Isabel se despertó a las 5:20, le preparó el desayuno y despidió a su hijo. Ese fue el último fin de semana que llegó a Izalco.

Después de su muerte, estudiantes y colegas organizaron un homenaje para recordarlo. Isabel y Ramiro llegaron al campus de la universidad. Escucharon a sus colegas hablar. En uno de los pasillos de la universidad, 11 de los alumnos de González se pararon con carteles denunciando las 28 víctimas de homicidios que murieron el viernes 4 de diciembre junto al catedrático. Uno de ellos exponía: “8 de cada 10 casos de asesinato son archivados en la Fiscalía. José Manuel González podría ser uno de ellos. No los dejemos. No lo olvidemos”.

Si las universidades y el Estado no trabajan en conjunto, ¿de dónde se han obtenido las estrategias de seguridad con las que se ha intentado frenar la violencia?

“Estos programas de Mano Dura, Supermano Dura, la misma tregua han tenido un efecto contrario al que se pretendía y en lugar de disminuir la violencia y la criminalidad, esta ha ido en aumento”, recuenta el padre Andreu Oliva, rector de la UCA. Estos programas han sido estrategias de fuerza policial.

Surgen de visiones del Estado al que no le interesa las investigaciones que sí se realizan, comenta Oliva, recordando cómo a principios del milenio, la UCA publicó una serie de cinco libros sobre las pandillas, a los que nadie hizo caso. “Uno siente que no interesa mucho a las autoridades estas investigaciones que se realizan. La UCA comenzó a investigar el fenómeno de las pandillas hace mucho tiempo y ahí sí se pudo hacer investigación profunda. Nadie nos hizo caso”, destaca.

Este sentimiento, de un Estado sordo ante los esfuerzos que sí se realizan desde la academia, resuena en otras universidades, en otros investigadores, en exfuncionarios.

Carlos Guillermo Ramos, director de FLACSO, no concuerda con que no exista conocimiento sobre las pandillas. Asegura que este se pude encontrar tanto dentro del Estado como fuera del mismo, pero que muchas veces no existe una gestión o acumulación sistemática del conocimiento.

Los resultados son decisiones a partir de intereses políticos. Ni el “manodurismo” ni la tregua, plantea, corresponden a ninguna de las producciones ni de las universidades ni de tanques de pensamiento. “Yo no sé si hasta dónde se pueden llamar políticas, no sé si hay en realidad una estrategia”, comenta.

La falta de comunicación sucede hasta del Estado consigo mismo. Salvador Samayoa, exdirector del Consejo Nacional de Seguridad Pública, cree que la respuesta es sencilla: cada funcionario que llega a la silla realiza políticas sin consultar nada. “Creo que consulta a academia cero. Pero es peor todavía. Tampoco tienen en consideración los estudios, los diagnósticos, las propuestas que se han hecho en el pasado. Cada equipo que llega tiene que empezar casi de cero”.

Como ejemplo pone un estudio que realizaron en el Centro de Estudios Políticos de FUSADES en el cual recopilaron en una matriz todos los programas, estudios y diagnósticos que se realizaron entre 2004 y 2014 sobre prevención de violencia y otras áreas. El año pasado se lo presentaron al Gabinete de Seguridad, pero después de esa presentación nadie los volvió a contactar para que explicaran más a fondo. “No le intereso pero ni un poquito”.

La falta de investigación a esos niveles, de comprensión de fenómenos, se ve reflejada en la investigación de casos específicos, así como los alumnos de González denunciaron con carteles durante el homenaje en los pasillos de la UCA.

Para su familia, su homicidio no está claro, aunque ya fueron detenidas tres personas por el crimen.

Édgar Alfredo Cea Méndez, Jonathan Steven Pineda Rosales y Karla Mariela Zepeda Hércules fueron detenidos el 16 de diciembre de 2015 por el homicidio de José Manuel González. Según la versión de la PNC, ellos departían junto a González en la vivienda de un amigo del catedrático en el cantón El Ranchador de Santa Ana.

La hipótesis de la PNC: los tres jóvenes supuestamente intentaron robar dinero del amigo, de quien no revelaron la identidad porque cuenta con régimen de protección. Hubo un enfrentamiento en el que lesionaron al dueño de la vivienda y asesinaron con arma blanca a González.

“Sí le puedo asegurar que el señor catedrático no llegó ahí en contra de su voluntad, sino que había una relación de amistad con una de las personas que estaba ahí”, afirmó Howard Cotto en ese momento. Ahora, Cotto es el director de la Policía Nacional Civil.

Para el rector de la UCA, piensa que no se ha profundizado en las investigaciones. Hasta donde él sabe, ni la Policía ni la Fiscalía no se han acercado a la universidad a hacer indagaciones. “Pensamos que no se ha profundizado suficientemente y que probablemente hay algún autor intelectual y que esa línea no se sigue”, comenta. Hasta el momento, la oficina de González permanece cerrada a la espera de que lleguen las autoridades.

Isabel, madre de José Manuel, tampoco ha tenido mayor contacto con la Policía, empezando por el hecho de que no fueron ellos quienes le notificaron del fallecimiento de su hijo. Cuando su esposo Ramiro y su sobrino Eduardo viajaron a Santa Ana a reconocer el cadáver, les entregaron una bolsa plástica de supermercado con la billetera de González, su reloj y un brazalete negro.

El 15 de diciembre le pidieron que se acercara a la delegación de Santa Ana. Le dijeron que ya tenían a los responsables. “Ahí los va a ver en la tele y en el periódico”, le dijeron. Nada más.

No le explicaron cómo es que su hijo murió a las 8 de la noche en un cantón de Santa Ana –en el cual ella asegura no tenía conexión–.

Hasta el mediodía del viernes 4 de diciembre, colegas de González aseguran haber estado con él en las instalaciones de la UCA. La decoración del departamento era una de sus tradiciones. No solo era el trabajo de hacer la decoración, él hacía de esta actividad una tertulia, recuerda Roxana Beltrán.

Ya habían colocado el árbol, pero faltaba el nacimiento. Ese viernes, González junto a Edgardo Deras y David López le ayudaron con el montaje. ‘Estábamos empezando a calificar la revista”, recuerda Deras, instructor de la materia de diseño. Se cambió a una camisa manga corta de color negro para hacer el nacimiento.

López recuerda que él se tuvo que ir a las 12 del mediodía y asegura que González dijo que iría a hacer ejercicio para botar estrés antes de continuar con la jornada laboral.

Otros colegas, que piden que sus nombres no sean revelados, aseguran que se había comprometido a regresar a las 3 de la tarde, pero ya no lo hizo. Por ser fin de ciclo, un viernes, esto no se vio tan extraño.

Así como el rector de la universidad, algunos no consideran que las detenciones realizadas han cerrado el caso. El rector Oliva aseguró que la universidad dará seguimiento al caso por medio del Instituto de Derechos Humanos de la UCA (IDHUCA). “De alguna manera participaremos en el proceso para que realmente se esclarezca qué ocurrió y se deduzcan responsabilidades”, dijo.

La madre de González, en cambio, asegura que no tiene conocimiento de que el IDHUCA revise el caso.

El nacimiento fue el último legado del catedrático en el departamento. Después de las vacaciones fue difícil regresar a las instalaciones que seguían vestidas con las decoraciones que González dejó. Beltrán, su amiga y colega, recuerda como nadie quería regresar ese primer día y ver el árbol de Navidad todavía en su lugar.

Aunque las decoraciones ya no están, su recuerdo sigue. En conversaciones, en las carteleras, en el olor del café que a algunos los hace pensar que ya lo verán pasar en el pasillo. Desde su escritorio en el Departamento de Comunicaciones de la UCA, David López pregunta qué le espera a los alumnos de esta universidad, a sus hijos quienes no conocen el centro de San Salvador, a quienes no deja ir a la tienda solos. “¿Qué le espera a las nuevas generaciones?”

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