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La mujer que fascinó a los británicos

Ronald Reagan, expresidente de Estados Unidos, la definió como “el mejor hombre de Europa”. Margaret Thatcher fue la dueña de una voz cálida y de una firmeza que muchos temían. Fue la arquitecta y ejecutora de las tácticas con las que se impuso a Argentina en la guerra por las Malvinas. Un episodio que le garantizó más años como primera ministra británica.
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Seriedad.  Esta imagen captada en el año 2000 muestra a Margaret Thatcher en la Casa de los Lores, en Londres.

Seriedad. Esta imagen captada en el año 2000 muestra a Margaret Thatcher en la Casa de los Lores, en Londres.

En 2005. La baronesa Margaret Thatcher a su llegada a la catedral de Salisbury para asistir a un funeral.

En 2005. La baronesa Margaret Thatcher a su llegada a la catedral de Salisbury para asistir a un funeral.

De rutina. Así lucía Thatcher mientras compraba frutas en Dartford, Kent, en 1950. Siempre dijo que no le debía nada al feminismo y que ella había logrado todo por su cuenta.

De rutina. Así lucía Thatcher mientras compraba frutas en Dartford, Kent, en 1950. Siempre dijo que no le debía nada al feminismo y que ella había logrado todo por su cuenta.

Su carrera.  Thatcher recibió múltiples honores, entre ellos el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Economía de Poznan (Polonia).

Su carrera. Thatcher recibió múltiples honores, entre ellos el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Economía de Poznan (Polonia).

La mujer que fascinó a los británicos

La mujer que fascinó a los británicos

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Cuando Margaret Thatcher entraba en la Cámara de los Comunes, un día a la semana, para responder a las preguntas de la oposición, los diputados de su partido se removían en sus duros asientos (los escaños de Westminster deben de ser los más incómodos del mundo), recomponían la figura, se abrochaban el primer botón de la camisa y se enderezaban la corbata, como estudiantes desaplicados a la vista de la directora del colegio.

La mayoría de ellos sabía que si conservaba su escaño era, más que por méritos propios, por la increíble atracción que sentían los británicos hacia aquella mujer alta, rubia y delgada, que era capaz de pedirles confianza pese a que durante sus cuatro primeros años de mandato todas sus promesas de ley y orden se habían desvanecido y el desempleo se había multiplicado por tres. Pero ocurrió que la dictadura militar argentina tuvo la sangrienta ocurrencia de invadir las islas Malvinas y el país entero entró, más bien encantado, en una guerra en el Atlántico sur. Una guerra victoriosa, pero guerra al fin y al cabo, que consagró a la señora Thatcher como Dama de Hierro.

Claro que al principio de su carrera no la llamaban así, sino Doncella de Hierro, apodo que se inventó el Daily Mirror, y que se hizo más digno (Iron Lady) cuando pasó a ser primera ministra.

Se decía que ella se sentía muy satisfecha de esta imagen y que se reía con ganas cuando el presidente norteamericano Ronald Reagan dijo públicamente que Maggie era “el mejor hombre de Europa”. Claro que Valéry Giscard d'Estaing, cuya única compensación por haber perdido la Presidencia de la República Francesa fue no tener que discutir con ella cuatro veces al año, dijo también un día: “La señora Thatcher no me gusta ni como hombre ni como mujer”.

Las anécdotas reflejaban una realidad. La primera mujer que alcanzó la presidencia del Gobierno en un país de Europa occidental no fue, en absoluto, una militante feminista. “¿Qué han hecho los movimientos de liberación de la mujer por mí?”, afirmó en una entrevista con una revista norteamericana, “algunas mujeres nos habíamos liberado antes de que a ellas se les hubiera ocurrido pensar en ello”.

Margaret Thatcher se liberó, dicen las malas lenguas, gracias a un marido rico. A ella le gustaba decir que era hija “de un tendero”, pero lo cierto es que su padre, Alfred Roberts, no era únicamente el propietario de una tienda de comestibles, sino también un político local con suficiente dinero como para pagarle un colegio privado, aunque no para sufragar las ambiciones políticas de su hija.

Maggie –que solía mencionar con cariño a su padre, mientras que hacía pocas alusiones a su madre, Beatrice, o a su hermana mayor, Muriel– recordaba que su padre le pagó unas clases particulares de latín cuando decidió solicitar una beca para Oxford. Su profesora se negó a respaldarla, por considerar que era imposible que una joven dedicada a las ciencias aprendiera suficiente latín en tan poco tiempo como para ser admitida en la superclasista universidad.

Cuando muchos años después volvió a su colegio para participar en el homenaje que le ofrecían sus antiguos compañeros, la primera ministra aprovechó para tomar una pequeña revancha: corrigió públicamente a su antigua profesora una cita equivocada en latín.

En Oxford, la joven Roberts estudió Natural Sciences (química) y se sacudió un poco “el pelo de la dehesa”. Hasta entonces, la estricta formación metodista de sus padres le había impedido ir a bailar los domingos (de pequeña, ella y su hermana no podían ni jugar en el día del Señor) ni frecuentar a jóvenes del sexo opuesto. La universidad le permitió perder el aire de jovencita de provincias algo anticuada y, más aún, encarriló su vida futura.

Maggie ingresó en la Asociación Conservadora de Oxford y conoció a quien sería su mentor político, Keith Joseph, un tory que confió siempre en ella. Algo debía tener la estudiante de Química, porque sus compañeros recordaban que un profesor dijo: “No sé a dónde va esta jovencita, pero sin duda llegará”.

A los 23 años se presentó como candidata a un escaño conservador. No fue elegida, pero había batido una marca: era la candidata más joven de los tories, nombre con el que se les conoce a los que apoyan al Partido Conservador Británico. Compatibilizar política y trabajo y estudiar leyes al mismo tiempo, como le sugirió Joseph, era algo complicado para una mujer joven sin recursos económicos holgados. Afortunadamente conoció a un hombre 11 años mayor que ella, Denis Thatcher, rico industrial, con el que se casó y que puso a su disposición dinero suficiente como para pagar secretaria y criadas que atendieran a los gemelos y para sufragar su carrera política.

El viaje de novios del nuevo matrimonio (París, Portugal y Madeira) fue el primer viaje al extranjero de la futura primera ministra. El dato fue en su momento poco conocido, pero Denis Thatcher había estado ya casado con anterioridad. Se dice que los hijos de Margaret Thatcher no supieron que su padre estaba divorciado hasta bien mayores, porque su madre se los ocultó.

Shirley Williams, dirigente del entonces Partido Socialdemócrata, decía que Margaret Thatcher parecía “una segunda reina rodeada de sus cortesanos”. Antiguos miembros de su Gabinete contaban que era difícil romper su aislamiento, y que resultaba peligroso llevarle la contraria en los consejos de ministros, porque ella siempre se las arreglaba para presentar sus propias propuestas como las únicas morales, de forma que las de su contrario, por oposición, quedan relegadas a la categoría de inmorales.

La primera ministra odiaba a los wets (moderados de su partido) y lo pasaba mal en las reuniones semanales del Gabinete. Prefería convocar a los ministros uno a uno o en pequeños grupos. Al parecer, la culpa no era solo suya. Los ministros, todos hombres, procedentes de buenos colegios y de universidades de élite, estaban poco acostumbrados a que les mandara una mujer, y cuando se reunían en torno a una mesa prodigaban las bromas y los chistes de mal gusto, del género “¿qué hay de verdad en el rumor de que el primer ministro es una mujer?”, que se le atribuyó precisamente a un exministro.

En cualquier caso, Margaret Thatcher limpió casi de wets su Gabinete en cuanto pudo. En julio de 1981, después de unos fuertes disturbios en Bristol, Liverpool y Manchester, los echó por la borda. Algunos miembros del Gobierno creyeron que la revuelta de los barrios pobres era una señal de que había que dar marcha atrás y suavizar la política económica. Thatcher no admitió las críticas. “No hay otra alternativa”, “no tiene usted en absoluto razón” y “el honorable diputado debería saber...” eran sus tres frases favoritas.

Margaret Thatcher tenía una voz preciosa, cálida, fuerte, capaz de dominar sin estridencias cualquier tumulto o griterío. Era un arma importante, porque en el Parlamento británico no se autorizaba entonces la entrada de cámaras de televisión, de forma que los ciudadanos tenían que seguir los debates por la radio. “Cuando acudo a la Cámara de los Comunes y oigo la primera pregunta, me digo: Maggie, ahí vienen. Nadie puede ayudarte. Estás sola. Y me gusta”, le contó a un comentarista político.

A la primera ministra le gustaba estar “sola ante el peligro”, y los británicos adoraban saberlo. “Margaret Thatcher encarna el enfoque decidido de los problemas”, “la mujer que no duda en poner en práctica sus ideas y sus valores”, “la primera mianistra que sabe decir no sin matices”. La prensa popular pulió cada día la imagen de la Dama de Hierro como una persona confiada, valiente y resuelta, casi autosuficiente. Ella también cuidaba todos los detalles que podían favorecer el cliché de mujer que sabe infundir respeto.

Talvez por esa imagen, que según ella le permitía mantener una privilegiada relación con la opinión pública, sus relaciones con la reina no fueron buenas. Isabel II recibía todas las semanas a la primera ministra en el palacio de Buckingham, que es su casa, y lo hacía en un tono doméstico que no le iba a la personalidad de Margaret Thatcher. Uno se la imaginaba difícilmente tomando té, relajada, hablando de caballos o de pintura con la reina. De hecho, los británicos se quedaron fríos cuando el hijo de la Dama de Hierro, Mark, se perdió en el Sahara con ocasión de un París-Dakar y su madre apareció sollozando ante las cámaras de televisión.

Esa no era su Maggie. La auténtica era la que escuchaba a su oponente con la cabeza algo ladeada y sus bonitos ojos azules medio entornados, para lanzarse después como un águila, con las garras por delante, sobre su pieza. La auténtica era la que hacía callar sin remilgos a sus ministros de Asuntos Exteriores o la que discutía sin complejos con los expertos del Banco de Inglaterra hasta imponerles su criterio.

De sus relaciones con la reina se cuenta una anécdota, posiblemente falsa, que refleja la tensión entre las dos mujeres, ambas de la misma edad. Un día, la primera ministra acudió a un acto, oficial con un traje del mismo color que el que llevaba Isabel II. A la mañana siguiente, el secretario de Downing Street pidió al palacio de Buckingham que informara con antelación del vestido de la reina para evitar futuras coincidencias. La respuesta fue real: “La reina nunca se fija en el color del vestido de sus invitados”.

Margaret Thatcher y Ronald Reagan formaron una alianza personal y política que revitalizó el movimiento conservador en el mundo entero, potenció la cooperación estratégica entre Estados Unidos y el Reino Unido y, en última instancia, contribuyó de forma determinante a poner fin al comunismo y ratificar el predominio universal del capitalismo.

Thatcher y Reagan coincidieron en un periodo histórico en el que el proyecto de la izquierda languidecía después de varias décadas de disputas internas. Mientras en el Reino Unido Thatcher resucitaba los valores conservadores frente a un laborismo sindicalizado y burocratizado, en EUA Reagan devolvía la dignidad a la derecha tras el escándalo del Watergate y contra un Partido Demócrata aún anclado en la ideología estatista de los años cincuenta y sesenta.

Thatcher y Reagan promovieron la misma agenda reformista: bajos impuestos, reducciones del gasto social, todo el poder al mercado, máxima libertad para la iniciativa privada y constantes restricciones a la actividad del sector público. El Estado era, para ambos, el problema, no la solución.

Su coincidencia en el poder fue decisiva para que esa política prosperase y se consolidase como doctrina universal prácticamente hasta la reciente crisis de 2008. Thatcher, más atrevida y mejor instruida, sirvió de argumento al presidente norteamericano para impulsar su propio proyecto. Reagan, con más poder y más carisma, fue un apoyo vital para que la primera ministra británica consolidara su posición.

La conexión personal entre ambos contribuyó a extender los efectos de su alianza más allá de las fronteras de ambos países y, en realidad, a marcar una época. Ambos aceptaban ser de extracción popular y presumían de conectar con el sentimiento de los ciudadanos comunes. Odiaban al intelectualismo y todo lo que este tiene de elitismo y artificialidad.

Odiaban en igual grado el comunismo y trabajaron juntos para combatirlo, contribuyendo, por ejemplo, a la derrota de la Unión Soviética en Afganistán. Confiados, sin embargo, en su instinto y en el valor de las relaciones personales –ambos creían en las personas y aborrecían a la sociedad–, tanto Thatcher como Reagan establecieron un buen entendimiento con Mijail Gorbachov. Ese trío acabó rediseñando Occidente en los años ochenta.

Thatcher y Reagan se admiraban mutuamente y da la impresión de que llegaron a quererse. Se ha contado que la muerte del presidente norteamericano en 2004 fue un mazazo para la anciana gobernanta, que entonces ya vivía sus horas tristes de enfermedad y soledad.

Algunos de los enemigos de Margaret Thatcher, que eran muchos, incluso dentro de su propio partido, decían que se veía a sí misma como una heroína con una misión que cumplir: luchar contra la intervención del Estado, devolver la brillantez a la iniciativa privada, garantizar la defensa de Occidente y, sobre todo, devolver la confianza a sus compatriotas.

Cuando los argentinos tuvieron la desgraciada idea de invadir las islas, Thatcher se encontraba en un momento pésimo: su popularidad había bajado varios enteros, el partido había perdido unas elecciones parciales y sus compañeros empezaban a conspirar para desbancarla antes de las nuevas elecciones. La guerra (nunca se sabrá si Margaret Thatcher ordenó hundir el crucero argentino General Belgrano para impedir cualquier arreglo negociado) constituyó un auténtico éxito personal para la primera ministra.

“Vamos a comprobar ahora de verdad de qué metal está hecha”, dijo en los Comunes el diputado ultraderechista Enoch Powell. Thatcher no dejó lugar a dudas: se comportó como si estuviera hecha de acero, decidiendo personalmente qué hacer y cuándo hacerlo, y celebrando reuniones de guerra con generales y almirantes.

Margaret Thatcher fue la mujer que venció a Argentina en la guerra de las Malvinas. Y si hay una cicatriz en Argentina que nunca dejó de sangrar es la de esas islas. Jorge Castro, analista del diario Clarín, recuerda que este año se publicaron las actas del Gabinete británico durante la guerra: “Lo que apareció ahí ya se sabía en grandes trazos. Fue ella el factor decisivo en la victoria de su país, fue ella quien envió las fuerzas expedicionarias a las Malvinas, en contra de su Gabinete, del Ministerio de Defensa y del Foreign Office. Gran Bretaña ganó la guerra de 1982 gracias a ella. Si hubiera sido por el Departamento de Defensa o el Foreign Office, los argentinos se habrían quedado en las islas después de que la tomaran el 2 de abril”.

Antes de la guerra, recuerda Castro, los acontecimientos internacionales tenían una importancia muy relativa en Argentina: “Este era un país muy aislado, no se tenía ni idea de lo que significaba Margaret Thatcher en Reino Unido, de su relevancia en el país”. Después, tampoco se demonizó la figura de la mandataria. “Para los argentinos la derrota se transformó rápidamente en una cuestión de orden interno, como suele ser tradicional en este país. La guerra se vio como la desintegración del orden militar y el paso hacia la democracia”.

Millones de argentinos siguen teniendo la convicción de que el General Belgrano no se encontraba en ninguna zona peligrosa para Reino Unido cuando el submarino nuclear HMS Conqueror disparó contra él. Para muchos argentinos, aquella orden impartida por Thatcher fue la forma que tuvo ella de decir que estaba dispuesta a terminar con esa guerra de forma inmediata. Y el hundimiento, en el que murieron 323 soldados argentinos, marcaría un antes y un después en la guerra. Su efecto fue semejante al de la bomba de Hiroshima en la Segunda Guerra Mundial. El desembarco de los argentinos en las Malvinas se produjo el 2 de abril, el hundimiento el 2 de mayo y el fin de la guerra el 14 de junio. En el bando argentino murieron 649 hombres y en el británico, 255.

La victoria en aquella guerra que acabó con el poder de la junta argentina fue doble para Margaret Thatcher: logró imponerse al desafío argentino, pero también entre sus propias huestes, que desde entonces ya no osaron plantarle cara. El conflicto de las Malvinas inauguró para la Dama de Hierro una era de victorias electorales (volvió a ganar las elecciones de 1983 y 1987) y el respeto o temor de todos aquellos conservadores que hasta entonces recelaban de su liderazgo.

Los británicos recompensaron ampliamente el riesgo que había corrido y le devolvieron su apoyo. Margaret Thatcher les dejó en la boca el buen sabor del trabajo bien hecho. El Reino Unido no era solo un país que demostraba su eficacia organizando a la perfección bodas y entierros reales (el periódico norteamericano Boston Globe dijo que la boda del príncipe Carlos se había celebrado con la misma precisión con la que los comandos israelíes realizan sus mejores operaciones), sino una potencia capaz de llegar al fin del mundo y de imponer su fuerza.

De la guerra de las Malvinas, Margaret Thatcher conservó siempre cierto gusto por las expresiones militares: “Un general no abandona el campo de batalla”, “cuando la lucha llega a su punto culminante hay que estar presente”. Las encuestas señalaban que los británicos estaban fascinados por su imagen de mujer fuerte de la Biblia. “Cuando quieras que alguien diga algo, pídeselo a un hombre. Pero si quieres que alguien haga algo, pídeselo a una mujer”, la frase era de Margaret Thatcher.

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